Con entusiasmo y placer emprendí estos manejos: con entusiasmo, porque
adoraba en aquellos días la causa de la Iglesia y el trono; con placer,
porque la ociosidad entristecía mis días en Bayona. La soledad de
mi existencia me abrumaba tanto como el peso de las desgracias que
a otros afligen y que yo aún no conocía. Separándome de mi esposo,
cuyo salvaje carácter y feroz suspicacia me hubieran quitado la vida,
adquirí libertad suma y un sosiego que, después de saboreado por
algún tiempo, llegó a ser para mí algo fastidioso. Poseía bienes de
fortuna suficientes para no inquietarme de las materialidades de la
vida: de modo que mi ociosidad era absoluta. Me refiero a la holganza
del espíritu, que es la más penosa, pues la de las manos, yo, que no
carezco de habilidades, jamás la he conocido.
A estos motivos de tristeza debo añadir el gran vacío de mi corazón,
que estaba ha tiempo como casa deshabitada, lleno tan solo de sombras
y ecos. Después de la muerte de mi abuelo, ningún afecto de familia
podía interesarme, pues los Baraonas que subsistían, o eran muy lejanos
parientes, o no me querían bien. De mi infelicísimo casamiento solo
saqué amarguras y pesadumbres; y para que todo fuese maldito en aquella
unión, no tuve hijos. Sin duda Dios no quería que en el mundo quedase
memoria de tan grande error.
Fácilmente se comprenderá que en tal situación de espíritu me gustaría
lanzarme a esas ocupaciones febriles que han sido siempre el principal
goce de mi vida. Ninguna cosa llana y natural ha cautivado jamás mi
corazón, ni me embelesó, como a otros, lo que llaman dulce corriente
de la vida. Antes bien, yo la quiero tortuosa y rápida; que me ofrezca
sorpresas a cada instante y aun peligros; que se interne por pasos
misteriosos, después de los cuales deslumbre más la claridad del día;
que caiga como el Piedra en cataratas llenas de ruido y colores, o se
oculte como el Guadiana, sin que nadie sepa dónde ha ido.
Yo sentía además en mi alma la atracción de la corte, no pudiendo
descifrar claramente cuál objeto o persona me llamaban en ella, ni
explicarme las anticipadas emociones que por el camino sentía mi
corazón, como el derrochador que principia a gastar su fortuna antes de
heredada. Mi fantasía enviaba delante de sí, en el camino de Madrid,
maravillosos sueños e infinitos goces del alma, peligros vencidos y
amables ideales realizados. Caminando de este modo y con los fines que
llevaba, iba yo por mi propio y verdadero camino.
Desde que llegué me puse en comunicación con los personajes para
quienes llevaba cartas o recados verbales. Tuve noticias de la rebelión
de los Guardias que se preparaba; hice lo que Ugarte me había mandado
en sus minuciosas instrucciones, y hallé ocasión de advertir el mucho
atolondramiento y ningún concierto con que eran llevados en Madrid los
arduos trámites de la conspiración.
Lo mejor y más importante de mi comisión estaba en Palacio, a donde me
llevó don Víctor Sáez, confesor de Su Majestad. Muchos deseos tenía yo
de ver de cerca y conocer por mí misma al rey de España y toda su real
familia, y entonces quedó satisfecho mi anhelo. Hice un rápido estudio
de todos los habitantes de Palacio, particularmente de las mujeres: la
reina Amalia, doña Francisca, esposa de don Carlos, y doña Carlota,
del infante don Francisco. La segunda me pareció desde luego mujer a
propósito para revolver toda la corte. De los hombres, don Carlos me
pareció muy sesudo, dotado de cierto fondo de honradez preciosísima,
con lo cual compensaba su escasez de luces, y a Fernando le diputé por
muy astuto y conocedor de los hombres, apto para engañarles a todos, si
bien privado del valor necesario para sacar partido de las flaquezas
ajenas. La reina pasaba su vida rezando y desmayándose; pero la varonil
doña Francisca de Braganza ponía su alma entera en las cosas políticas,
y llena de ambición, trataba de ser el brazo derecho de la corte.
Doña Carlota, por entonces embarazada del que luego fue rey consorte,
tampoco se dormía en esto.
Los palaciegos, tan aborrecidos de la muchedumbre constitucional,
Infantado, Montijo, Sarriá y demás aristócratas, no servían en realidad
de gran cosa. Sus planes, faltos de seso y travesura, tenían por
objeto algo en que se destacase con preferencia la personalidad de
ellos mismos. Ninguno valía para maldita la cosa, y así nada se habría
perdido con quitarles toda participación en la conjura. Los individuos
de la Congregación Apostólica, que era una especie de masonería
absolutista, tampoco hacían nada de provecho, como no fuera allegar
plebe y disponer de la gente fanática para un momento propicio. En los
jefes de la Guardia había más presunción que verdadera aptitud para
un golpe difícil, y el clero se precipitaba gritando en los púlpitos,
cuando la situación requería prudencia y habilidad sumas. Los liberales
masones o comuneros vendidos al absolutismo, y que al pronunciar sus
discursos violentos se entusiasmaban por cuenta de este, estaban muy
mal dirigidos, porque con su exageración ponían diariamente en guardia
a los constitucionales de buena fe. He examinado uno por uno los
elementos que formaban la conspiración absolutista del año 22, para que
cuando la refiera se explique en cierto modo el lamentable aborto y
total ruina de ella.
NOTA DEL AUTOR. _A continuación refiere la señora los sucesos del 7 de
julio. Aunque su narración es superior a la nuestra, por la graciosa
sencillez y verdad con que toda ella está hecha, la suprimimos, pues no
conviene repetir, aun mejorándolo, lo que ya apareció en otro volumen._