Después de los aciagos días de julio, mi situación, que hasta entonces
había sido franca y segura, fue comprometidísima. No es fácil dar
una idea de la presteza con que se ocultaron todos aquellos hombres
que pocos días antes conspiraban descaradamente. Desaparecieron como
caterva de menudos ratoncillos, cuando los sorprende en sus audaces
rapiñas el hombre sin poder perseguirlos, ni aun conocer los agujeros
por donde se han metido. A mí me maravillaba que don Víctor Sáez,
hombre de una obesidad respetable, pudiera estar escondido sin que al
punto se descubriese su guarida. Los palaciegos se filtraron también, y
los que no estaban claramente comprometidos, como por ejemplo, Pipaón,
dieron vivas a la Constitución vencedora, uniéndose a los liberales.
Tuve además la desgracia de perder varios papeles en casa de un pobre
maestro de escuela donde nos reuníamos, y esto me causó gran zozobra;
pero al fin los encontré, no sin trabajo, exponiéndome a los mayores
peligros. La seguridad de mi persona corrió también no poco riesgo, y
en los días 9 y 10 de julio no tuve un instante de respiro, pues por
milagro no me arrastraron a la cárcel los milicianos borrachos de vino
y de patriotería. Gracias a Dios, vino en mi amparo un joven paisano y
antiguo amigo mío, el cual en otras ocasiones había ejercido en mi vida
influencia muy decisiva, semejante a la de las estrellas en la antigua
cábala de los astrólogos.
Pasados los primeros días, pude introducirme en Palacio, a pesar de
la formidable y espesa muralla liberalesca que lo defendía. Encontré
a Su Majestad lleno de consternación y amargura, principalmente por
verse obligado a poner semblante lisonjero a sus enemigos y aun a
darles abrazos, lo cual era muy del gusto de ellos, en su mayoría
gente inocentona y crédula. No me agradaba ver en nuestro soberano tan
menguado corazón; pero si en él concordara el valor con las travesuras
y agudezas del entendimiento, ningún tirano antiguo ni moderno le
habría igualado. Su desaliento y desesperación no le impidieron que
se enamorase de mí, porque en todas las ocasiones de su vida, bajo
las distintas máscaras que se quitaba y se ponía, aparecía siempre el
sátiro.
Temerosa de ciertas brutalidades, quise huir. Brindéme entonces a
desempeñar una comisión difícil para lo cual Fernando no se fiaba de
ningún mensajero; y aunque él no quiso que yo me encargase de ella,
porque no me alejara de la corte, tanto insté y con tales muestras de
verdad prometí volver, que se me dieron los pasaportes.
El mes anterior había salido para Francia don José Villar Frontín,
uno de los intrigantes más sutiles del año 14, aunque, como salido
de la academia del cuarto del infante don Antonio, no era hombre de
gran iniciativa, sino muy plegadizo y servicial en bajas urdimbres.
Llevaba órdenes para que el marqués de Mataflorida formase una regencia
absolutista en cualquier punto de la frontera conquistado por los
guerrilleros. Estas instrucciones eran conformes al plan del gobierno
francés, que deseaba la introducción de la Carta en España y un
absolutismo templado; pero Fernando, que hacía tantos papeles a la vez,
deseaba que sus comisionados, afectando amor a la Carta, trabajasen por
el absolutismo limpio. Esto exigía frecuentes rectificaciones en los
despachos que se enviaban y avisos contradictorios, trabajo no escaso
para quien había de ocultar de sus ministros todos estos y aun otros
inverosímiles líos.
Yo me comprometí a hacer entender a Mataflorida y a Ugarte lo que
se quería, transmitiéndole verbalmente algunas preciosas ideas del
monarca, que no podían fiarse al papel, ni a signo ni cifra alguna.
Ya por aquellos días se supo que la Seo de Urgel había sido ganada
al gobierno por el bravo Trapense, y se esperaba que en la agreste
plaza se constituyera la salvadora regencia. A la Seo, pues, debía yo
dirigirme.
La partida y el viaje no eran problemas fáciles. Esto me preocupó
durante algunos días, y traté de sobornar, para que me acompañase, al
amigo de quien antes he hablado. A él no le faltaban en verdad ganas
de ir conmigo al extremo del mundo; pero le contenía el amor de su
madre anciana. No poco luché para decidirle, empleando razonamientos y
seducciones diversas; mas a pesar de la propensión de su carácter a
ciertas locuras y del considerable dominio que yo empezaba a ejercer
sobre él, se resistía tenazmente, alegando motivos poderosos, cuya
fuerza no me era desconocida. Al fin, tanto pudo una mujer llorando,
que él abandonó todo, su madre y su casa, aunque por poco tiempo,
con la sana intención de volver cuando me dejase en paraje donde no
existiese peligro alguno. El infeliz presagiaba sin duda su desdichada
suerte en aquella expedición, porque luchó grandemente consigo mismo
para decidirse, y hasta última hora estuvo vacilante.
Aquel hombre había sido enemigo mío, o más propiamente, de mi esposo.
Desde la niñez nos conocimos; fue mi novio en la edad en que se tiene
novio. Sucesos lamentables que me afligen al venir a la memoria,
caprichos y vanidades mías me separaron de él, yo creí que para
siempre; pero Dios lo dispuso de otro modo. Durante algún tiempo estuve
creyendo que le odiaba; pero el sentimiento que llenaba mi alma era,
más que rencor, una antipatía arbitraria y voluntariosa. Por causa de
ella siempre le tenía en la memoria y en el pensamiento. Circunstancias
funestas le pusieron en contacto conmigo diferentes veces, y siempre
que ocurría algo grave en la vida de él o en la mía, tropezábamos
providencialmente el uno con el otro, como si el alma de cada cual,
viéndose en peligro, pidiese auxilio a su compañera.
En mí se verificó una crisis singular. Por razones que no son de este
sitio, llegué a aborrecer todo lo que mi esposo amaba y amar todo lo
que él aborrecía. Al mismo tiempo, mi antiguo novio mostraba hacia
mí sentimientos tan vivos de menosprecio y desdén, que esto inclinó
mi corazón a estimarle. Yo soy así, y me parece que no soy el único
ejemplar. Desde la ocasión en que le arranqué de las furibundas manos
de mi marido, no debí de ser tampoco para él muy aborrecible.
Cuando nos encontramos en Madrid, y desde que hablamos, caímos en
la cuenta de que ambos estábamos muy solos. Y si había semejanza en
nuestra soledad, no era menor la de nuestros caracteres, principal
origen quizás de aquella. Hicimos propósito de echar a la espalda aquel
trágico aborrecimiento que antes nos teníamos, el cual se fundaba en
veleidades y caprichosas monomanías del espíritu, y no tardamos mucho
tiempo en conseguirlo. Ambos reconocimos las grandes y ya irremediables
equivocaciones de nuestra primera juventud, y nos maravillábamos de ver
tan extraordinaria fraternidad en nuestras almas. ¡Ser de este modo,
haber nacido el uno para el otro, y, sin embargo, haber estado dándonos
golpes en las tinieblas durante tanto tiempo! ¡Qué fatalidad! Hasta
parece que no somos responsables de ciertas faltas, y que estas, por lo
que tienen de placentero, pueden tolerarse como compensación de pasados
dolores y de un error deplorable y fatal, dependiente de voluntades
sobrehumanas.
Pero no: no quiero eximirme de la responsabilidad de mi culpa y de
haber faltado claramente, impulsada por móviles irresistibles, a la ley
de Dios. No; nada me disculpa: ni las atrocidades de mi marido, ni la
espantosa soledad en que yo estaba; ni los mil escollos de la vida en
la corte, ni las grandes seducciones morales y físicas de mi paisano y
dulce compañero de la niñez. Reconozco mi falta; y atenta solo a que
este papel reciba un escrupuloso retrato de mi conciencia y de mis
acciones, la escribo aquí, venciendo la vergüenza que confesión tan
penosa me causa.
Salimos de Madrid en una hermosa noche de julio. Cuando dejamos de oír
el rugido de la milicia victoriosa, me pareció que entraba en el cielo.
Íbamos cómodamente en una silla de postas con buenos caballos y un
hábil mayoral de Palacio. Yo había tomado un nombre supuesto diciéndome
marquesa de Berceo, y él era nada menos que mi esposo, una especie de
marqués de Berceo. Mucho nos reímos con esta invención, que a cada paso
daba lugar a picantes comentarios y agudezas. No recuerdo días más
placenteros que los de aquel viaje.
¡Cuántas veces bajamos del coche para andar largos trechos a pie,
recreándonos en la hermosura de las incomparables noches de Castilla!
¡Cómo se agrandaba todo ante nuestros ojos, principalmente las cosas
inmateriales! Nos parecía que aquella dulce vagancia no acabaría nunca,
y que los días venideros serían siempre como aquel cielo que veíamos,
dilatados, serenos y sin nubes. En tales horas, o hablábamos poco, o
vertíamos el alma del uno en la del otro alternativamente por medio
de observaciones y preguntas acordes con el hermoso espectáculo que
veíamos fuera y dentro de nosotros, pues de mi alma puede decirse que
estaba tan llena de estrellas como el firmamento.
Han pasado muchos años: entonces tenía yo veintisiete, y ahora... no
lo quiero decir por no espantarme; pero creo que he traspasado el
medio siglo.[3] Entonces mis cabellos eran de oro; ahora son de plata,
sin que ni una sola hebra de ellos conserve su primitivo color. Mis
ojos tenían el brillo que es reflejo de la inteligencia despierta y
de los sentimientos bullidores; ahora no son más que dos empañadas
cuentas azules, de las cuales se escapa alguna vez fugitivo rayo. Mi
cara entonces respiraba alegría, salud, y el alma rielaba sobre mis
facciones como la luz sobre la superficie de las temblorosas aguas;
ahora es una máscara que sirve para disimular los pensamientos, y que
a muchos deja ver todavía huellas claras de la hermosura que hubo en
ella. Entonces era muy hermosa; ahora soy una _vieja que debió de
haber sido guapa_, aunque si he de creer a don Toribio, el canónigo
de Tortosa, todavía puedo volver loco a cualquiera. En suma: todo ha
pasado, mudándose considerablemente, e infinitas personas han entrado
en la región de los recuerdos. Lo que siempre está lo mismo es mi
país, que no deja de luchar un momento por la misma causa y con las
mismas armas, y si no con las mismas personas, con los mismos tipos de
guerreros y políticos. Mi país sigue siempre a la calesera.
[3] Según nuestras noticias, la señora escribió estas
memorias durante la guerra civil del 48.
Pues bien: en todo el tiempo transcurrido entre estas dos épocas, no
he visto pasar días como aquellos. Fueron de los pocos que tiene cada
mortal como un regalo del cielo para toda la existencia, y que en
vano se aguardan después, porque no vuelven. Estos aguinaldos de la
vida no se reciben más que una vez. Salvador era menos feliz que yo,
a causa de los deberes y las afecciones que había dejado atrás. Yo
procuraba hacerle olvidar todo lo que no fuese nosotros mismos; mas
resultaba esto muy difícil, por ser él menos dueño de sus acciones que
yo, y aun si se quiere, menos egoísta. Íbamos de pueblo en pueblo, sin
apresurarnos ni detenernos mucho. Aquel vivir entre todo el mundo y al
mismo tiempo sin testigo, era mi mayor delicia. Los diversos pueblos
por donde pasábamos no tenían sin duda noticia de la felicidad de los
marqueses de Berceo, pues si la tuvieran, no creo que nos dejaran
seguir sin quitarnos algo de ella.