Para la composición de este libro cuenta el autor con materiales muy
preciosos. Además de las noticias verbales, que casi son el principal
fundamento de la presente obra, posee un manuscrito que le ayudará
admirablemente en la narración de la parte o tratado que lleva por
título _Los cien mil hijos de San Luis_. El tal manuscrito es hechura
de una señora, por cuya razón bien se comprende que será dos veces
interesante, y lo sería más aún si estuviese completo. ¡Lástima grande
que la negligencia de los primeros poseedores de él dejara perder
una de las partes más curiosas y necesarias que lo componen! Solo
dos fragmentos sin enlace entre sí llegaron a nuestras manos. Las
laboriosas indagaciones para allegar lo que falta han sido inútiles, lo
que en verdad es muy lamentable, porque nos veremos obligados a llenar
con relatos de nuestra propia cosecha el gran vacío que entre ambas
piezas del manuscrito femenil resulta.
Este tiene la forma de Memorias. Su primer fragmento lleva por epígrafe
_De Madrid a Urgel_, y empieza así:
I
En Bayona, donde busqué refugio tranquilo al separarme de mi esposo,
conocí al general Eguía.[1] Iba a visitarme con frecuencia, y como era
tan indiscreto y vanidoso, me revelaba sus planes de conspiración,
regocijándose en mi sorpresa y riendo conmigo del gran chubasco que
amenazaba a los francmasones. Por él supe en el verano del 21 que
Su Majestad, nuestro católico rey don Fernando (que Dios guarde),
anhelando deshacerse de los revolucionarios por cualquier medio y a
toda costa, tenía dos comisionados en Francia, los cuales eran:
[1] Puede verse el retrato de este personaje en las _Memorias
de un Cortesano de 1815_.
1.º El mismo general don Francisco Eguía, cuya alta misión era promover
desde la frontera el levantamiento de partidas realistas.
2.º Don José Morejón, oficial de la secretaría de la Guerra, y después
Secretario reservado de Su Majestad con ejercicio de decretos, el cual
tenía el encargo de gestionar en París con el gobierno francés los
medios de arrancar a España el cauterio de la Constitución gaditana,
sustituyéndole con una cataplasma anodina hecha en la misma farmacia de
donde salió la Carta de Luis XVIII.
Alababa yo estas cosas por no reñir con el anciano general, que era muy
galante y atento conmigo; pero en mi interior deploraba, como amante
muy fiel del régimen absoluto, que cosas tan graves se emprendieran por
la mediación de personas de tan dudoso valer. No conocía yo en aquellos
tiempos a Morejón; pero mis noticias eran que no había sido inventor de
la pólvora. En cuanto a Eguía, debo decir con mi franqueza habitual que
era uno de los hombres más pobres de ingenio que en mi vida he visto.
Aún gastaba la coleta que le hizo tan famoso en 1814, y con la coleta
el mismo humor atrabiliario, despótico, voluble y regañón. Pero en
Bayona no infundía miedo como en Madrid, y de él se reían todos. No
es exagerado cuanto se ha dicho de la astuta pastelera que llegó a
dominarle. Yo la conocí, y puedo atestiguar que el agente de nuestro
egregio soberano comprometía lamentablemente su dignidad y aun la
dignidad de la corona, poniendo en manos de aquella infame mujer
negocios tan delicados. Asistía la tal a las conferencias, administraba
gran parte de los fondos, se entendía directamente con los partidarios
que un día y otro pasaban la frontera, y parecía en todo ser ella misma
la organizadora del levantamiento y el principal apoderado de nuestro
querido rey.
Después de esto he pasado temporaditas en Bayona, y he visto la
vergonzosa conducta de algunos españoles que sin cesar conspiran en
aquel pueblo, verdadera antesala de nuestras revoluciones; pero nunca
he visto degradación y torpeza semejantes a las del tiempo de Eguía.
Yo escribía entonces a don Víctor Sáez, residente en Madrid, y le
decía: «Felicite usted a los francmasones, porque mientras la salvación
de Su Majestad siga confiada a las manos que por aquí tocan el pandero,
ellos están de enhorabuena.»
En el invierno del mismo año se realizaron las predicciones que yo,
por no poder darle consejos, había hecho al mismo Eguía, y fue que
habiendo convocado de orden del rey a otros personajes absolutistas
para trabajar en comunidad, se desavinieron de tal modo, que aquello
más que junta parecía la dispersión de las gentes. Cada cual pensaba
de distinto modo, y ninguno cedía en su terca opinión. A esta variedad
en los pareceres y terquedad para sostenerlos llamo yo enjaezar los
entendimientos a la calesera, es decir, a la española. El marqués
de Mataflorida[2] proponía el establecimiento del absolutismo puro.
Balmaseda, comisionado por el gobierno francés para tratar este asunto,
también estaba por lo despótico, aunque no en grado tan furioso;
Morejón se abrazaba a la Carta francesa; Eguía sostenía el veto
absoluto y las dos Cámaras, a pesar de no saber lo que eran una cosa y
otra, y Saldaña, nombrado como una especie de quinto en discordia, no
se resolvía ni por la tiranía entera ni por la tiranía a media miel.
[2] Conocido por _don Buenaventura_ en las _Memorias de un
cortesano_ y en _La segunda casaca_.
Entre tanto, el gobierno francés concedió a Eguía algunos millones, de
los cuales podría dar cuenta si viviese la hermosa pastelera. Dios
me perdone el mal juicio; pero casi podría jurar que de aquel dinero,
solo algunas sumas insignificantes pasaron a manos de los pobres
guerrilleros, tan bravos como desinteresados, que desnudos, descalzos
y hambrientos, levantaban el glorioso estandarte de la fe y de la
monarquía en las montañas de Navarra o de Cataluña.
Las bajezas, la ineptitud y el despilfarro de los comisionados secretos
de Su Majestad no cesaron hasta que apareció en Bayona, también con
poderes reales, el gran pájaro de cuenta llamado don Antonio Ugarte, a
quien no vacilo en designar como el hombre más listo de su época.
Yo le había tratado en Madrid el año 19. Él me estimaba en gran
manera, y, como Eguía, me visitaba a menudo, pero sin revelarme sus
planes. Desde que se encargó de manejar la conspiración, seguíala yo
con marcado interés, segura de su éxito, aunque sin sospechar que le
prestaría mi concurso activo en término muy breve. Un día Ugarte me
dijo:
—No se encuentra un solo hombre que sirva para asuntos delicados. Todos
son indiscretos, soplones y venales. ¿Ve usted lo que trabajo aquí por
orden de Su Majestad? Pues es nada en comparación de lo que me dan que
hacer las intrigas y torpezas de mis propios colegas de conspiración.
No me fío de ninguno, y en el día de hoy, teniendo que enviar un
mensaje muy importante, estoy como Diógenes, buscando un hombre sin
poder encontrarlo.
—Pues busque usted bien, señor don Antonio —le respondí—, y quizás
encuentre una mujer.
Ugarte no daba crédito a mi determinación; pero tanto le encarecí mis
deseos de ser útil a la causa del rey y de la religión, que al fin
convino en fiarme sus secretos.
—Efectivamente, Jenara —me dijo—: una dama podrá desempeñar mejor que
cualquier hombre tan delicado encargo, si reúne a la belleza y gallarda
compostura de su persona un valor a toda prueba.
En seguida me reveló que en Madrid se preparaba un esfuerzo político,
es decir, un pronunciamiento, en el cual tomaría parte la Guardia real
con toda la tropa de línea que se pudiese comprometer; pero añadió que
desconfiaba del éxito si no se hacían con mucho pulso los trabajos,
tratando de combinar el movimiento cortesano con una ruidosa algarada
de las partidas del norte. Discurriendo sobre este negocio, me mostró
su grandísima perspicacia y colosal ingenio para conspirar, y después
me instruyó prolijamente de lo que yo debía hacer en Madrid, del arte
con que debía tratar a cada una de las personas para quienes llevaba
delicados mensajes, con otras muchas particularidades que no son de
este momento. Casi toda mi comisión era enteramente confidencial y
personal, quiero decir que el conspirador me entregó muy poco papel
escrito; pero, en cambio, me repitió varias veces sus instrucciones
para que, reteniéndolas en la memoria, obrase con desembarazo y
seguridad en las difíciles ocasiones que me aguardaban.
Partí para Madrid en febrero del 22.