Celia cautivó a la colonia española de Londres, donde tuvo grandes

admiradores. Teresa Mancha, amante y después mujer de Espronceda,

rivalizaba con ella en la colonia española; pero la mayoría de la gente

reconocía que Celia estaba a mayor altura. Celia era muy inteligente.

Sentía entusiasmo por todas las cosas nobles, estaba siempre dispuesta

a hacer algo grande. Con su mirada brillante, su actitud decidida,

cautivaba a todos. De Londres, don Narciso Ruiz de Heredia fué enviado

de embajador al Vaticano, y Celia hizo que Paquito fuera purificado,

ascendiera a capitán y entrara como agregado en el personal de la

Embajada.

En Roma hicieron Celia y Gamboa una vida espléndida de paseos, de

fiestas. Era el caballero _servente_ de la embajadora, honorario,

porque no pasaba de ahí.

Celia era una mujer de mediana estatura y de una esbeltez de muchacha

soltera. Tenía los ojos claros, de un tono de seda, unos ojos muy

humanos, y el pelo, castaño; no había en ella ninguna solemnidad en sus

actitudes; siempre se manifestaba natural y espontánea.

Celia conquistaba a la gente; tenía una voz que no era de timbre claro,

pero que cautivaba por su acento de simpatía. Los que la conocían la

reprochaban su versatilidad. Olvidaba a sus cautivos con una rapidez

notable. Se cansaba de sus amistades. Gamboa estaba acostumbrado a

verla amable y afectuosa con una persona y a los dos o tres días oírla

decir de la misma:

--¡Qué tipo más fastidioso, más pesado!

No recordaba que muchas veces era ella la que había rogado al importuno

que fuera a su casa.

Al llegar a España, Paquito Gamboa estaba para ascender a comandante.

En Madrid fué ascendido y destinado al Ministerio de Estado.

Paquito Gamboa, mientras vivió en el extranjero, no sintió con tanta

fuerza como en España la situación falsa en que se encontraba con

respecto a Celia; aquí, un tanto humillado, quiso aclarar la situación.

Celia intentó tratarle como a un chico, darle largas, enternecerle;

Gamboa se convenció; pero cuando cayó en la cuenta de que ella jugaba

con él, su amor propio ofendido se exacerbó, le entró una profunda

cólera y decidió romper de cualquier manera con Celia.

III.

LA SOBRINA DE DON NARCISO

UN día don Narciso Ruiz de Heredia recibió una carta anónima. En ella

le decían que su mujer era la amante de su sobrino Paquito Gamboa y

que la correspondencia de éste la guardaba Celia en un vargueño de la

sala. Don Narciso registró el vargueño y no encontró nada, pero este

resultado no le tranquilizó; por el contrario, pensando y pensando en

lo mismo llegó a creer que lo que le denunciaban era verdad.

Don Narciso estaba enfermo y no tenía energías para provocar una

explicación categórica con su mujer; lo que hizo fué vigilarla y

prepararle celadas para ver si la descubría.

Poco después comenzó a tranquilizarse, y comprendió que si había

simpatía entre los dos, no habían llegado al capítulo de las

realidades. Entonces emprendió la tarea de alejar a su sobrino de su

lado.

No quería reñir con Celia, pues si lo hacía no iba a tener quien le

cuidase; constantemente la pedía que no se apartase de su lado y que

le leyera algo.

Celia atendía a su marido; pero como no tenía una naturaleza fuerte,

pronto comenzó ella a languidecer y a ponerse enferma.

Había días en que estaba desencajada, nerviosa, impertinente; en que

se le ponía la cara roja por las malas digestiones y padecía grandes

jaquecas.

En vista del estado lánguido de Celia, don Narciso dijo que se podía

hacer venir una sobrina lejana suya, de Burgos, para que les cuidara a

los dos. Celia aceptó la entrada en su casa de una mujer joven, no sin

cierta preocupación.

Pilar Heredia, la sobrina de su marido, se presentó unos días después

en casa. Era una muchacha servicial, simpática, sin ninguna pretensión

de superioridad, incansable en su cargo de enfermera.

Los caracteres de Celia y Pilar contrastaban fuertemente.

Celia era distinguida, aristocrática, amable con todo el mundo, pero

con un fondo de desdén. Pilar, popular, franca, nada aristocrática. No

podía llamársele bonita, pero sí fresca y sana; tenía la cara un poco

basta, vulgar; los ojos, negros.

Esta muchacha contaba con otros parientes en Madrid, dueños de una

cerería de la calle del Sacramento, enfrente de la iglesia de San Justo.

Desde el momento de llegar a Madrid, Pilar se dispuso a luchar

contra Celia y decidió arrebatarle a Gamboa. Celia, confiada en su

superioridad, no notó al principio la maniobra. Su marido se iba

agravando y esto le ocasionaba muchos cuidados.

Celia estaba cada vez más abatida, más llena de preocupaciones.

Gamboa había llegado a sentir por ella despego y cansancio.

Un día, al entrar en el comedor, Celia vió a Gamboa que estaba besando

a Pilar. Celia los miró casi sin darse cuenta y no les dijo nada.

Pilar y Gamboa contemplaron a Celia como a una intrusa, sin sentirse

cohibidos ni avergonzados. Ella llegó en su descaro hasta reírse.

Celia tuvo una explicación con Pilar y le advirtió que tenía que

volverse a Burgos.

Pilar accedió, al parecer; pero en vez de marcharse a su pueblo se

quedó en la cerería de sus tíos de la calle del Sacramento.

Una semana después Gamboa le indicó a Celia que la policía le andaba

buscando y que iba a esconderse en casa del capitán Nogueras.

--Bien; vete--exclamó Celia--. Me quedaré sola.

Don Narciso seguía cada vez más grave. Celia le cuidaba únicamente. Los

amigos iban a verla. Un día que fué Margarita Tilly, le dijo Celia:

--¡Tengo un miedo!

--¿Miedo de qué?

--Miedo de todo. No duermo, no tengo ganas de comer.

Don Narciso empeoró y murió. El mismo día Celia recibió una carta de

Gamboa diciéndole que todavía no podía salir de su escondrijo. Una

semana después Celia supo por Blanca Fidalgo que Gamboa se había casado

con Pilar en la iglesia de San Justo.

--¡Es imposible!--exclamó ella.

La cosa no era sólo posible, sino que era cierta. Celia pareció no

sentirlo tanto como ella misma lo hubiera pensado. Quince días después

de la muerte de su marido, Celia marchó a Cádiz, y de Cádiz, a Nápoles.

A los dos meses, desde aquí le escribió una carta a Gamboa recordándole

la vida pasada, diciéndole que fuera a reunirse con ella. La carta la

recibió Pilar; su marido había ido a la guerra y acababa de morir en la

acción de Muez. Pilar le escribió a Celia dándole muchos detalles de la

muerte de Gamboa, y al año se volvió a casar. Celia volvió poco después

a Madrid y se entregó de lleno a la iglesia.

LIBRO NOVENO

EL MOMENTO TRÁGICO

I.

EL DESPECHO DE AVIRANETA

ALGUNAS mañanas de primavera y de verano, el padre Chamizo solía ir al

Retiro a pasear, y se sentaba en un banco a leer un libro, generalmente

en griego.

Un día, al entrar por el parterre, se encontró a Aviraneta hablando con

una mujer, por su aspecto ya vieja. Aviraneta estaba elegante: vestía

levita obscura, chaleco de terciopelo y corbata negra.

El padre Chamizo hizo como que no le veía, y siguió marchando por una

avenida; pero poco después se lo encontró de nuevo y se tuvo que parar.

--Amigo don Eugenio--le dijo Chamizo--, parece que nos dedicamos al

amor.

--Hombre, no. Esta señora es una antigua patrona mía; además, yo estoy

un poco viejo para eso--replicó Aviraneta.

--Todavía, no. Todavía puede usted casarse.

--¡Bah! Con esta vida que uno hace, ¿qué mujer va a querer cargar con

uno?

--Sí, eso es verdad; tendría usted que dejar sus costumbres de

conspirador.

--¿Usted cree que un conspirador tiene costumbres?

--No sé; no tengo experiencia en eso. ¿Y qué tal va la

Isabelina?--preguntó Chamizo.

--Ahora estamos entregados a un tal Civat, amigo de Palafox--dijo

Aviraneta con sorna--. Lo que dice este señor parece la Biblia al

general y a sus amigos. Andan todos faroleando por esas calles y

hablando más de lo que debían.

Aviraneta afirmó que la política de los liberales llevaba mal camino.

--Tenemos una organización grande--dijo--; pero no contamos con hombres

de acción: mucho charlatán y nada más. No existe el sentido del

heroísmo y del sacrificio. Esta gente es incapaz de poner su nombre

y su vida en una empresa. No hay un revolucionario de verdad. Yo me

ofrecí a serlo; tarea difícil: exigía primero un voto de confianza y

poderes omnímodos, responsabilidad única en el éxito o en el fracaso.

Pronto vi que con estos señores no se va a ninguna parte. ¿Se trata

de una medida de prudencia? Todo el mundo dice: «¿Para qué estas

precauciones?» ¿Se intenta una medida de energía?: «Eso es una locura».

Hay la suspicacia de la tontería. No vamos a hacer nada; lo siento,

lo veo. Los militares quieren la guerra civil para ascender y algunos

para enriquecerse; los oradores buscan una tribuna donde lucirse, y el

pueblo, al que hemos estado excitando y pinchando, hará el mejor día

una barbaridad, que será una estupidez, pero que será algo.

--¡Vaya una confianza que tiene usted en el pueblo!

--El pueblo necesita cabeza y no tenemos una cabeza, no hay un hombre.

Todos estos señores de la Isabelina no valen nada.

--Excepción de usted, don Eugenio.

--Es la única excepción; por eso me temen, por eso no quieren dejarme

dirigir de verdad los asuntos. Dicen que soy un loco, un Don Quijote.

--Pero además de los isabelinos hay otros liberales--dijo Chamizo--.

Mendizábal...

--¡Bah! Mendizábal es un hombre inteligente, según parece, muy

entendido en cuestiones de hacienda, pero nada más.

--¿Y Alcalá Galiano?

--Es un pedante y un reaccionario en el fondo.

--¿Y Argüelles?

--Es un figurón respetable.

--¿Y don Fermín Caballero?

--Muy buen escritor, según dicen, muy cuco, que se ha hecho propietario

gracias a Calomarde, hombre capaz de hacer un artículo muy castizo y

muy punzante, pero para sacar el pecho fuera no sirve.

--¿Y Toreno?

--Reaccionario también y palabrero.

--¿Y entre los militares?

--Entre los militares hay jóvenes valientes, pero tornadizos; no se

puede contar con ellos. Mina está muy viejo y enfermo; Palarea no

sirve; Valdés, tampoco.

--¿Así que les falta a ustedes el hombre?

--Nos falta el hombre.

--Pues me alegro.

--No, pues no se debe usted alegrar, amigo Chamizo. Una revolución

dirigida podría quizá no ser muy sanguinaria. Una tendencia

revolucionaria sin dirección ni organización será mucho peor. Como le

digo a usted, el mejor día el pueblo hará una barbaridad grande.

--Ustedes tendrán la culpa.

--Tanto como ustedes y como todos. No vamos a vivir constantemente como

menores de edad, cosidos a las faldas de la Iglesia.

--Por lo menos sería mas cómodo, don Eugenio.

--Sí, más cómodo; pero sería la vileza y el desbarajuste. Porque

ustedes también han perdido sus condiciones de mando, convénzanse.

Ustedes ya no sirven... Otra cosa: ¿Usted no podría guardarme unos

papeles, don Venancio?

--Si usted quiere, sí; pero no creo que mi casa sea un sitio seguro;

porque la policía, empezando por el comisario Luna, sabe que somos

amigos.

--Es verdad. Tiene usted razón.

Siguieron paseando un rato, hasta que Aviraneta vió a lo lejos que se

acercaba Tilly.

--Ahí viene Tilly, a quien he citado.

--¡Ah!, sí; Tilly. Le conozco.

--Tengo que darle un encargo.

Se despidió Chamizo de Aviraneta, y éste se reunió con Tilly.

--¿Qué pasa, don Eugenio?--preguntó Tilly.

--Pasa que el día veinticuatro de este mes vamos a tener jolgorio,

iniciado por los isabelinos.

--Eso se dice.

--Todo el mundo lo sabe. Hay un ministerio en proyecto. ¡Hum! Yo me

temo que el Gobierno esté enterado y que me van a prender.

--¿Y qué ha pensado usted?

--Como yo no puedo moverme de la casa en donde estoy sin que me acusen

de traidor, he pensado poner a buen recaudo algunos papeles. Yo

quisiera que usted los guardara, y, si me prenden, yo le indicaré lo

que tiene usted que hacer con ellos.

--Muy bien.

--¿No tiene usted inconveniente?

--Ninguno.

--Entonces esta señora, que vive en la calle de Segovia, le entregará

mis papeles cuando vaya usted por ellos. He hecho que vengan ustedes

aquí los dos para que se conozcan respectivamente. ¿Ya recordará usted

la cara de este señor, doña Nacimiento?

--Sí, sí; la cara de este joven no es de las que se olvidan.

Tilly se inclinó sonriente.

--¿Cuándo va usted a ir a casa de doña Nacimiento?--preguntó Aviraneta.

--Cuando usted quiera. Si quiere usted, mañana mismo.

--Bueno; me parece bien.

Se marchó la antigua patrona de Aviraneta, y quedaron solos éste y

Tilly.

--¿Qué hace Mansilla?--preguntó Aviraneta.

--Parece que le dan un alto cargo en el Tribunal de la Rota, y cuando

haya vacante le hacen obispo.

--¡Diablo! El número Dos marcha viento en popa. ¿Y usted?

--A mí me quieren enviar de secretario a la Embajada de Viena; pero yo

prefiero quedarme aquí y ver de ser diputado. ¿Usted qué hace?

--Yo, en casa. El Gobierno ha lanzado a la calle una nube de polizontes

que espían por todas partes, y hay que ocultarse.

--Creo que hace usted bien.

--Se dice que sus amigos de usted, los cristinos, se ponen contra

Martínez de la Rosa.

--Sí--contestó riendo Tilly--. Rosita, la pastelera, parece que ha

jugado una mala pasada al partido. Se dice que a Donoso Cortés y a los

Carrascos les ha cerrado la puerta de la cámara de la reina.

--¡Cómo estarán!

--Bufando. Dispuestos a echarse a la calle. Parece que vamos a tener

jaleo.

--Sí, yo también lo sospecho; por eso quiero que me guarde usted esos

documentos. Me temo que estos días me prendan. Si me prendieran, yo le

avisaré para que publique usted en Francia, si no es posible en España,

algunos de ellos. No los pierda usted. Póngalos en sitio seguro; en

ello está mi defensa.

--No tenga usted cuidado.

--¿Dónde los va usted a guardar?

--Lo estudiaré. En esa Casa del Jardín no me parece conveniente. Ya

debe haber alguien que sepa nuestra amistad.

--Sí. Es muy probable.

--En casa de mi hermana, tampoco. Yo estudiaré el sitio y se lo

indicaré a usted.

--¡Adiós, número Uno!

--¡Adiós, número Tres!

Al día siguiente, Tilly recogía de la casa de la calle de Segovia los

papeles de don Eugenio.

II.

EL 17 DE JULIO

A principios de julio comenzó a extenderse el cólera en Madrid. Supuso

Chamizo que en un pueblo poco limpio produciría la enfermedad un gran

estrago, y, efectivamente, lo produjo.

Se decidió el ex fraile a no salir de casa mas que lo necesario para

no presenciar horribles escenas. Como iban faltándole los medios de

vida escribió a Bayona y a Burdeos para ver si podía volver, y le

contestaron dándole esperanzas.

En Madrid la epidemia había desarrollado un individualismo terrible; el

que podía se escapaba; el que no, se metía en un rincón.

Los ricos abandonaban la ciudad poco a poco. Unicamente los políticos

parecían no ocuparse de la epidemia y seguían intrigando como si tal

cosa.

Chamizo solía ir con frecuencia a la biblioteca de San Isidro a copiar

documentos. Era amigo del rector del Colegio de Jesuítas, el padre

Puyal.

Un día de julio, el 17, en que hacía un calor horrible, Chamizo salió

de casa y fué a media tarde en dirección de San Isidro, con la idea de

pasar unas horas en la biblioteca del colegio.

Se cruzó varias veces con curas llevando el viático, que iban a las

casas de los moribundos, y con carromatos cargados de cadáveres, pues

no había bastantes coches fúnebres en la ciudad; tantas eran las

defunciones. En la Puerta del Sol vió Chamizo gente de mal aspecto

formando grupos que hablaban y vociferaban. Se acercó a los corrillos

y oyó que decían que había habido muchos muertos por el cólera aquella

mañana. Otros hablaban de la insurrección carlista, que se corría

por España como un reguero de pólvora. Supuso el ex fraile que estas

noticias serían la causa de la agitación de la multitud y avanzó a la

Plaza Mayor. Desde aquí, calle de Toledo abajo, había un batallón de

milicianos.

--¿Qué pasa?--preguntó el ex fraile a un sargento de urbanos.

--Que la gente ha hecho una degollina de frailes en San

Isidro--contestó el sargento con petulancia, atusándose el bigote--. Se

lo merecen.

--¿Y por qué?

--Porque están impulsando al carlismo. Los carlistas, que estaban

escondidos en los conventos, han salido, disfrazados de frailes, a

reunirse con Merino.

--¡Si no fuera mas que eso!--dijo otro miliciano.

--¿Pues? ¿Hay algo más?

--Que están echando cosas malas en el agua.

--¡Bah!

--Se les ha visto envenenando las fuentes con unos polvos.

Chamizo quedó horrorizado con la noticia.

--¡Qué absurdos se pueden creer--pensó--cuando se tiene la idea de

la propia inferioridad, como la tiene el pueblo! ¿Para qué va nadie

a envenenar las fuentes? ¿Qué objeto se puede tener para matar a los

demás? ¡Qué locura! ¡Qué absurdo!

Empujado por los curiosos avanzó Chamizo por la calle de Toledo

abajo. Subieron en dirección contraria un grupo de hombres, mujeres y

chiquillos desharrapados, manchados de sangre, caras hurañas, gente

frenética, gritando, con espuma en la boca. Entre ellos iban busconas

pintarrajeadas y dueñas de las mancebías con sacos llenos de botín.

Algunos hombres iban armados con fusiles, con la bayoneta calada;

otros, con navajas, palos y martillos, y a manera de trofeo arrastraban

ornamentos de iglesia. Al frente marchaba un hombre joven, fuerte,

rojo, con la melena encrespada, sudoroso, manchado de sangre, con una

pistola en la mano. Tenía algo de lobo.

Uno de los del tropel era Román, el Terrible, el hijo del señor Martín

el librero, y llevaba con aire de fiera una bayoneta atada a un palo.

En la esquina de la calle de Toledo y la de los Estudios había un

montón de ropas, muebles, libros, cuadros, tirados desde el Colegio

de San Isidro, todo ennegrecido por el fuego. Los milicianos hacían

la guardia como si su única misión fuera vigilar estos objetos, y

mientrastanto se seguía asesinando y se arrojaban desde las ventanas

una porción de cosas a la calle y se les pegaba fuego, con gran

algazara y aplausos.

Al poco rato apareció el joven fuerte, rojo, a gritar, a dar órdenes.

--¿Quién es?--preguntó Chamizo.

No le conocía nadie.

A la puerta de la prendería de la calle de los Estudios estaba Concha

la Lagarta en medio de un grupo de gente.

--Han hecho bien--gritaba con voz aguda--; que los maten a todos.

¡Canallas! ¡Envenenadores! No se debía dejar uno vivo. Por ellos pasa

lo que está pasando; por ellos está toda España llena de carlistas.

Hasta que no se quemen todos los conventos y no se desuelle a todos los

frailes no habrá aquí paz.

Chamizo la oía absorto. La criada de la Lagarta, la señora Ramona, se

acercó al ex fraile.

--¿Ve usted esa fiera? Está como loca. ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Dios mío! ¡Qué

cosas tenemos que ver!

La señora Ramona le dijo a Chamizo que en los claustros de San Isidro

había frailes muertos, asesinados, en las más extrañas posturas.

La gente no manifestaba la menor compasión. Días antes se confesarían

con ellos como buenos católicos; días después se arrodillarían ante una

procesión. En aquel momento los mataban sin piedad. Setenta y tantos

habían degollado. Así es el pueblo, cruel y tornadizo como un niño.

Al anochecer vió Chamizo que entraba un carro en el portal del colegio;

según dijeron las gentes lo iban a llenar de cadáveres de frailes.

Al aparecer la carreta de nuevo y ponerse en marcha, la multitud se

puso a aullar y a bailar alrededor, gritando con furia: «¡Mueran los

frailes!»

Allí también andaba el hombre rojo de la melena encrespada, con su

pistola en la mano y su aire de matón fiero.

Chamizo vió o creyó ver una mano de un muerto que salía del carro.

El ex claustrado estaba completamente trastornado. Subió la calle de

Toledo y tomó por la Concepción Jerónima. Unos chicos habían hecho un

monigote de paja, y, después de envolverle con un hábito de fraile, lo

arrastraban por el suelo cantando el _Himno de Riego_. Unas busconas,

con antorchas encendidas, les precedían.

Como la marea que entra en la ría fangosa y empuja a la superficie

todos los detritos podridos, los perros y los gatos muertos con el

vientre inflado, así estas aguas, desbordadas del odio popular, habían

sacado a flote lo más pobre, lo más mísero y lo más encanallado de la

urbe.

--¿De dónde procedía tanto furor?--se preguntaba Chamizo--. ¿No era

esta gente en su mayoría creyente? ¿Tenían alguna idea? Ninguna. Su

plan era matar, destruír, quemar, por rabia, por desesperación. En

estos momentos de tumulto, de confusión, de histeria sanguinaria,

¿quién es de los que van entre la masa que tiene conciencia?

Le hubiera gustado al ex claustrado hablar con alguno. Entró en el

café de la Fontana de Oro. Allí los oradores peroraban; a cada paso

llegaban chiquillos andrajosos, señoritos pálidos, elegantes, manchados

de sangre, y se les aplaudía y se les estrechaba la mano dándoles la

enhorabuena.

La noche fué horrorosa de calor, de inquietud. Se oyeron campanas,

tiros, gritos y quejas en la vecindad... Chamizo no pudo conciliar

el sueño. Aquellos fantasmas hórridos vistos en el día bailaban una

terrible zarabanda ante sus ojos, y el hombre con su melena roja

encrespada, su aire de mastín y su pistola en la mano, se le presentaba

a cada paso y hasta le parecía que le estaba oyendo hablar.

III.

LA ACUSACIÓN DEL JESUÍTA

AL día siguiente se hallaba don Venancio tan rendido, que decidió

quedarse en la cama.

Una semana después, estaba por la mañana dormitando cuando oyó que

entraba alguien en su cuarto.

--¿Quién es?--preguntó.

--Soy yo.

Era el jesuíta, el padre Jacinto, que al principio de su estancia en

Madrid iba a visitarle con frecuencia. Venía vestido de paisano.

Sin más preámbulos comenzó a perorar y a decirle que la horrible

matanza de los días anteriores se había verificado por su culpa.

--¿Cómo por mi culpa?--dijo Chamizo--. ¡Usted está loco!

--Sí; por su culpa. Porque usted conocía a los criminales que han

dirigido este complot horroroso y estaba usted obligado a vigilarles.

Sobre su cabeza caerán estos crímenes abominables.

El jesuíta hablaba descompuesto. La serenidad de Chamizo le

tranquilizó. Le dijo éste que no creía que fuera verdad que sus amigos

antiguos hubieran ordenado la matanza, y expuso sus razones. Aunque así

fuera, él no podía conocer los designios de los liberales, porque hacía

mucho tiempo que no se trataba con ellos.

El padre Jacinto afirmó que sí, que eran los isabelinos y los

carbonarios los inductores de la matanza, y que él tenía la prueba, por

la confesión de un nacional. Se sabía, además, que algunas personas se

habían dirigido al Ministerio de la Gobernación y avisado al capitán

Narváez, que estaba de guardia, lo que pasaba en los conventos, y

Narváez había dicho:

--Mientras no me manden, no voy.

--Es que los están matando--le replicaron.

--Pues que los maten; por mí pueden no dejar uno.

Otros militares isabelinos habían tenido, según el jesuíta, una

idéntica actitud.

--Pero si quiere usted convencerse venga usted conmigo a casa de ese

nacional que yo conozco--concluyó diciendo el padre Jacinto.

--Muy bien. Voy con usted.

Se vistió Chamizo y marcharon juntos.

En el camino, el jesuíta le contó varias cosas. Según él, la matanza

de frailes la había decidido la Junta del Triple Sello, asociación

satánica formada por masones, isabelinos y carbonarios, pero dirigida

principalmente por éstos. Para dar la señal de la matanza elevaron un

meteoro, un globo de luz que brilló misteriosamente en el aire durante

algún tiempo la noche anterior al día de los saqueos y muertes.

Esta historia del meteoro le parecía a Chamizo una fantasía ridícula y

absurda, pero no dijo nada.

IV.

LA TÍA SINFO Y GASPARITO

La Isabelina · 第 10 / 11 段