por la calle Mayor y la de Toledo, fueron a los Barrios Bajos. El padre
Jacinto quería ir a la calle del Carnero; pero no recordaba bien el
camino. Entraron en la de la Ruda, materialmente llena de una multitud
andrajosa que se detenía en los puestos de verdura y de pescado. De
aquí pasaron a la calle de las Velas y se detuvieron en una tienda
donde vendían galápagos. Preguntó el jesuíta por la calle del Carnero,
y le indicaron que bajara por otra estrecha, llamada de la Chopa.
Se metieron en ésta y se encontraron con unas viejas prostitutas,
gordas y con los pellejos colgando, pintadas, y con la colilla en la
boca, que salieron de los portales y les quisieron arrastrar a sus
madrigueras. Una de las viejas tenía una pierna de palo y fumaban un
puro. El jesuíta y don Venancio se desasieron de tan horribles furias,
y salieron a la calle del Carnero. Todo aquel barrio era infame,
miserable; tenía un aire de aduar africano, sucio, quemado por el
sol. El empedrado, de pedruscos de punta, estaba lleno de agujeros y
de baches, y éstos, llenos de basura. Deambulaban por allí mendigos,
lisiados, chiquillos héticos y lacrosos y mujeres harapientas con los
ojos inflamados. Había en la calle dos o tres casas de dormir, y en un
balcón de un piso bajo, una cabeza de mujer, de cartón, con los ojos
brillantes y los pelos alborotados, que era la muestra de una peinadora.
La casa que buscaba el padre Jacinto era una casucha miserable,
leprosa, con las paredes desconchadas y adornada con colgaduras de toda
clase de harapos.
--Hay que preguntar aquí enfrente--dijo el jesuíta señalando una
cacharrería.
Era la tienda un rincón con un escaparate de cristales, compuestos
por mil parches de papeles mugrientos. Todo el género del comercio se
reducía a unas cazuelas, unos botijos, unas nueces, unas frutas, unos
caramelos de color y unas cometas de papel.
--¿Estará la señora Sinforosa?--preguntó el padre Jacinto.
--¿La echadora de cartas? Sí. Hace un momento que ha entrado.
--Bueno, vamos.
Entraron en un corredor muy largo y muy mal oliente, por el que corría
una alcantarilla abierta; al final del corredor había un patio lleno de
cosas sucias, y en este patio, una escalera que conducía a una galería
medio derruída, con cinco o seis puertas negras de mugre y llenas de
letreros. La última puerta, pintada primitivamente de rojo, era la de
la señora Sinforosa.
Subieron a la galería; el curita llamó y apareció la vieja. Era una
mujer horrible, con la tez amarillenta y verrugosa, los ojos claros,
el labio inferior colgante, y la nariz como un pico, roja, como si
la hubieran quitado la piel. Tenía la tía Sinfo el cuello muy corto,
la cabeza muy metida entre los hombros, una peluca de dos colores y
una mirada brillante, llena de sagacidad y de malicia, que lanzaba de
abajo arriba. Aquella mirada aguda, cínica, de sus ojos claros, parecía
que iba derecha a descubrir la cantidad de esencia de cerdo que cada
persona guarda en el alma.
La tía Sinfo tenía una sonrisa tan falsa y tan obsequiosa, que daba
miedo.
El jesuíta explicó a la vieja que quería ver a su hijo Gasparito, el
Nacional.
--¡Gasparito!--dijo la tía Sinfo--. Está malo.
--No será obstáculo para hablar un momento con él.
--Ya veré--dijo la tía Sinfo--. Entraré a verle, a preguntarle si
quiere hablar con ustedes. Espérenme ustedes aquí.
Entró ella y volvió al poco rato con un aire hipócrita y resignado.
--¿Qué dice?--preguntó el jesuíta.
--Dice que está muy débil. Ahora, claro, no trabaja, porque el taller
donde trabajaba está cerrado por el cólera, y estamos muertos de
hambre. ¡Si ustedes pudieran darnos para comprar medicinas y un poco de
carne!
El jesuíta, a regañadientes, sacó un duro, y Chamizo, una peseta.
--¿Y no le podremos ver?
--Sí; si le da un _acidente_ y se pone a hablar, entran ustedes
conmigo; pero no le digan ustedes nada. Ha dicho el médico que no se le
hable.
Esperaron un momento el padre Jacinto y el ex fraile, y en uno de éstos
la tía Sinfo les dijo:
--Vengan ustedes. Está hablando.
Pasaron a un tabuco, en donde había un hombre joven tendido en una
cama. Tenía los ojos en blanco y deliraba por lo bajo. Chamizo le oyó
decir:
--¡Una!... ¡dos!... ¡tres!... ¡Adelante, nacionales!... ¡Adelante!...
A la taberna de Balseiro... Aquí están Candelas... Paco el Sastre...
la tía Matafrailes... Hay que matar a todos los frailes... Yo, no...
Yo, no... ¿Quién lo manda?... La Junta del Triple Sello... Ahí está
el escrito... Yo, no... Yo, no... ¡Vamos! ¡Vamos!... Ha aparecido el
meteoro... El meteoro... ¡Cómo brilla!... Los están matando... ¡Qué
horror! ¡Qué horror!... Les están cortando la cabeza... Ja..., ja...,
ja...
Después de esta carcajada violenta, Gasparito dejó de agitarse en la
cama y quedó, al parecer, en reposo. Luego comenzó de nuevo a delirar.
Al principio, Chamizo no se fijó mas que en el hombre enfermo; pero
cuando dejó éste de delirar echó una mirada al tabuco donde se
encontraba. Era, en grotesco, un rincón de brujería medieval. En
aquel momento el escenario no estaba preparado. Los clientes de la
tía Sinfo llegaban, sin duda, más tarde. De una ventana pequeña,
con los cristales emplomados y compuestos con trozos de periódico,
entraba una claridad turbia. El cuarto tenía colgaduras negras. En un
rincón se veía una mesita con un tapete, también negro, y encima, una
calavera, un libro y unas cartas; en la ventana, una jaula de caña con
una gallina negra, y al lado, en una cazuela, un sapo grande con los
ojos brillantes. Del techo colgaba un pequeño caimán disecado, sin
duda comprado en el Rastro, y en un aparador aparecía una botella de
aguardiente. Chamizo se dió cuenta de todo.
Dentro del abandono se notaba bienestar. Las mantas de la cama eran
buenas.
--Estas brujerías deben dar dinero--se dijo.
--¿Quieren ustedes que les eche las cartas?--preguntó la tía Sinfo.
El jesuíta dió un respingo.
--No, no; muchas gracias.
Se despidieron de la tía Sinfo y salieron a la galería.
--¿No dudará usted?--dijo el jesuíta a Chamizo--. Este muchacho, en el
estado que se encuentra, no habla con malicia.
--Sí, es cierto.
Bajaron las escaleras y salieron a la calle del Carnero. Chamizo iba
muy mal impresionado.
--¿Qué va usted a hacer?--dijo el padre Jacinto.
--Ya veré.
En esto, una suela de zapato empapada en barro pasó como una exhalación
por encima de la cabeza de los dos eclesiásticos y dió en una pared,
llenándoles de barro. Se volvieron y oyeron risas, y vieron varios
chicos y mujeres cogiendo piedras.
--Son frailes disfrazados. ¡Fuera! ¡Fuera!--les gritaron.
Chamizo y el jesuíta echaron a correr, cada uno por su lado...
Chamizo pasó varios días pensando en qué habría de verdad en la
confesión de Gasparito, y como le preocupaba el asunto y le impedía
tener la imaginación libre para pensar en otras cosas, decidió aclarar
el misterio.
Fué a ver al policía don Nicolás de Luna y le explicó la duda en que se
encontraba.
--Es falso, completamente falso--dijo el comisario--. No ha habido tal
Junta del Triple Sello. Leyendas que han echado a volar los realistas.
Lo que ha sucedido, sencillamente, es que la mayoría de los que han
ido a saquear los conventos y a matar frailes han sido cristinos e
isabelinos que estaban armados.
--¿Pero usted no cree que haya habido órdenes expresas de los
isabelinos o de algunos otros?
--¡Ca, hombre! ¿No ve usted que este movimiento no les conviene; por el
contrario, les perjudica? Si hay instigadores ocultos, que no creo, más
bien serán realistas que liberales.
--¿Realistas?
--Sí, que estén agazapados y que quieran desacreditar el liberalismo
madrileño.
--¿Y de eso del meteoro? ¿Qué habrá de cierto?
--¿Qué meteoro?
--Eso que dicen que ha habido; un globo o una cometa con una luz que ha
dado la señal para la matanza de frailes.
--Todo eso no es mas que fantasía...; es tan verdad como que el alma
de Fernando VII aparece en El Escorial; como que los jesuítas están
envenenando las fuentes, y como que ha aparecido una virgen en un
tejado de Lavapiés, fantasía popular.
--¿Así que usted no cree que los carbonarios hayan intervenido?
--¡Si son cuatro gatos que no los conoce nadie! Usted vería el día de
la matanza que el pueblo entero era el que estaba en la calle.
--Sí, es verdad.
Le dió Chamizo las gracias al comisario, y al despedirse de él, Luna le
dijo:
--Me parece que le vamos a echar el guante a don Eugenio un día de
estos.
--Pues, ¿por qué?
--Tienen un movimiento preparado para el día veinticuatro. Corre
por ahí su proyecto de Constitución, que lo han hecho entre Flórez
Estrada y Olavarría, y la lista de los que serán ministros, todo el
mundo lo sabe. Por eso le digo a usted que no creo que sean ellos los
instigadores de la matanza de frailes. Esto les ha debido venir muy
mal.
V.
EL SANTO NEGRO
LAS palabras del comisario Luna hicieron vacilar a Chamizo. Salió del
despacho del policía y se volvió a casa. Se encontraba en un mar de
dudas. Iba examinando la cuestión en todos sus aspectos y no lograba
salir de sus confusiones.
--Me voy a lanzar a ver si averiguo algo--se dijo.
Por la noche, envuelto en una capa vieja, se marchó decididamente a la
taberna del hermano de Balseiro, el ladrón, de la calle Imperial, punto
de cita, en donde, según la voz pública, se habían reunido muchos de
los autores de las matanzas antes del asalto a los conventos.
Chamizo se acercó con miedo.
A la luz de un quinqué mortecino se veía, por entre cortinas rojas, la
taberna, con un papel desgarrado, los anaqueles llenos de botellas, y
un escaparate con fuentes con patatas y judías en salsa de pimentón.
Chamizo entró, pidió que le dieran de cenar, y entabló conversación con
unos granujas, a quienes convidó a unas copas. Estos le confesaron sin
rebozo que habían tomado parte en la matanza de frailes. Eran el Rapaz
y el Anublado. Chamizo les preguntó por Aviraneta. No le conocían, no
habían oído hablar nunca de él.
--Pues es un isabelino.
--Quizá le conozca el Santo Negro--dijo el Anublado--. Si quiere usted
venir conmigo...
--¿Adónde?
--A la calle de la Ruda. Allí suele estar en una taberna.
--¿Y este Santo Negro tomó parte en lo de los frailes?
--Fué uno de los jefes.
Se decidió Chamizo y fué con el Anublado a la calle de la Ruda.
Estaba la calle a obscuras, el suelo, cubierto de restos de fruta y
de verdura, como un zoco marroquí. Se detuvieron delante de una casa
alta, negra y sucia, entraron en un portal y avanzaron por un pasillo
lleno de cestas, de montones de frutas podridas y cajas. Se respiraba
dentro un aire pestilente, agrio, de materia orgánica fermentada. De
aquí pasaron a la taberna; había allí una mezcla de olor de aceite,
de humo, de sebo y de tabaco, horrible. El público de la taberna
estaba formado por traperos, con un saco al hombro; viejas encorvadas,
barbudas, con cara de hombre; viejas flacas, torcidas, con aire de
sabandijas y melenas blancas amarillentas, cubiertas de harapos; otras,
con la cara cuadrada, ancha, roja, congestionada por el alcohol;
chiquillas pálidas y marchitas, con el pelo muy negro, y algunas con
una cabellera rubia, y hombres de aire brutal.
Toda aquella gente, Chamizo la había visto el día de la matanza de
frailes desparramándose por la ciudad.
En medio de aquel ambiente viciado, esta multitud de miserables estaba
casi silenciosa; algunos hablaban en voz baja, otros jugaban, y otros
dormían con la cabeza entre las manos, echados sobre la mesa.
El Anublado se acercó a un rincón en donde jugaban a la brisca cuatro
hombres. Uno de ellos era el Santo Negro, un hombre bajito y rechoncho,
cetrino, con unos ojillos brillantes y hundidos como los de un jabalí,
unas barbas largas, negras y espesas, y una gran cadena de plata en el
chaleco. Sus compañeros eran un tipo embrutecido de borracho: Matías
el Sanguijuelero; un viejo pálido y flaco, el Raspa, y un jovencito
afeminado, el Mandita.
El señor Matías tenía un ojo abultado y lánguido, con el párpado caído,
el labio colgante, un aire de borracho socarrón y malicioso, y una
manera de hablar ronca y achulapada.
El Anublado llamó al Santo Negro y le preguntó si conocía a Aviraneta.
--¡Biranete!--dijo el Santo Negro--. Yo no sé quién es.
--El otro día--murmuró Chamizo--, cuando la matanza de frailes, ¿no
recibieron ustedes algunas órdenes de Aviraneta?
--¡De Biranete! Ninguna. Lo hicimos todo por nuestra propia cuenta.
Al Santo Negro le interesaba más la brisca que la conversación con
el ex claustrado, y no le hizo caso. Salió Chamizo de aquel tugurio
sin haber resuelto el problema. Pensando en la cuestión, que tanto le
obsesionaba, se le ocurrió la idea de si el tal Gasparito sería un
iluso, y que debía ir a verle.
No se atrevía a presentarse solo, y un domingo, con el chico de la
librería del señor Martín, fué al Rastro a revolver libros viejos,
y de allí marcharon a la calle del Carnero y se metieron en casa de
Gasparito. Subieron a la galería, y vió Chamizo el cuarto de la tía
Sinfo cerrado.
--¿Y Gasparito, el que estaba enfermo?--preguntó a un vecino.
--No sé dónde anda. Estará en la taberna.
--¿Ya se ha curado?
--¿Curado? No ha estado nunca malo. Sólo alguna que otra cogorza, que
pesca de cuando en cuando.
--Pues yo vine aquí un día que estaba con un accidente.
--_¡Acidente!_ ¡Ca! Los finge. Es un _guaja_. Como ha sido corista y va
mucho al teatro, sabe hacer todas esas comedias.
--¿Así que era una comedia su delirio?
--¡Natural! Es un tío sabiendo, el Gasparito.
Aquello tranquilizó a Chamizo, y quedó inclinado a creer que la orden
de la Junta del Triple Sello era una invención del hijo de la tía
Sinfo, la echadora de cartas.
Contento volvió a casa con Bartolillo, el chico de la librería,
echándoselas de protector suyo, aunque en aquel día él había sido el
protegido.
VI.
LOS ISABELINOS
EL 24 de julio se abrían los Estamentos. La gente política se hallaba
muy preocupada.
Este mismo día supo Chamizo que horas antes de la apertura de las
Cámaras prendieron a Aviraneta en su casa de la calle de Cedaceros.
Le había denunciado Civat, el ex guardia de Corps, el revolucionario
terrible, que, como Salvador, resultó un agente de los realistas venido
de Barcelona.
La prisión, por lo que dijo Gamundi, unos días después, la efectuó el
comisario don Nicolás de Luna. Civat llevó su cinismo hasta acompañar
al comisario con ocho soldados hasta la puerta de la casa de la calle
de Cedaceros y quedarse en la esquina de la calle de Alcalá a ver pasar
a Aviraneta camino de la cárcel, en medio de soldados, armados con
bayonetas.
Pocas horas más tarde prendieron, como isabelinos, a los generales
Palafox y Van-Halen, y a Calvo de Rozas, Olavarría, Romero Alpuente,
Villalta, Espronceda, Orense, Nogueras, Beraza, etcétera.
Todas estas prisiones se hicieron por denuncias del ex guardia de Corps
Civat. Se dijo entre los liberales que este Civat era un espía de los
jesuítas metido en una sociedad carbonaria de Barcelona, y que desde
hacía tiempo estaba trabajando por los realistas. Alguien apuntó si
sería uno de los instigadores de la matanza de frailes. Otros dijeron
que era un agente del que se valía Martínez de la Rosa, como Zea
Bermúdez se había valido de Salvador.
Difícil era saber lo que habría de cierto en todo aquello. Como los
calamares, los políticos y los conspiradores enturbiaron el agua
para salvarse. El caso fué que a Civat, en premio a su delación, le
nombraron vista de aduanas de Barcelona, y que luego se refugió entre
los carlistas.
Prendidos los principales miembros de la Isabelina en Madrid y en
provincias, se hicieron mil cábalas acerca de ellos. Espronceda y
Villalta cantaron la palinodia en seguida de una manera un tanto
vergonzosa.
Los ministros y sus agentes aseguraron que el objeto de la Sociedad
Isabelina era destronar a la reina y establecer la República. En
tan terrible complot estaban, según el Gobierno, mezclados los
revolucionarios de París y se trataba de hacer una matanza de realistas.
Según otros, más amigos de la Isabelina, la Sociedad pretendía, el
día de la apertura del Estamento de procuradores, hacer que éste se
erigiera en Cortes Constituyentes. Varios procuradores, afiliados
a la asociación, estaban comprometidos a exigir que el Estamento se
declarase en Asamblea Nacional. Las tribunas se hallarían ocupadas por
los conspiradores, que pedirían a voz en grito la restauración de la
Constitución de Cádiz.
En tanto, los jefes de las centurias se apoderarían de los campanarios,
tocarían a rebato, ocuparían el Principal, la Aduana, la Plaza Mayor y
los conventos saqueados en los días anteriores, y harían barricadas en
las calles.
No se dejó de hablar por algunos de que los isabelinos intentaban
elevar un meteoro que sirviera de señal. La fábula del meteoro iba
popularizándose.
Desde el momento que se prendió a los conspiradores, todo el mundo
empezó a hablar de ellos. Unos aseguraban que eran republicanos; otros,
masones; otros, carbonarios. Se comenzó a tener un miedo por los
isabelinos mayor que por el cólera.
«Con añadir que en la casa tiene pacto con isabelinos... hace usted
prender a un enemigo», decía Larra en uno de sus artículos políticos.
En un _Palo de Ciego_, publicado una semana después de la prisión de
Aviraneta, en una conversación entre un lechuguino y un capitán se
decía esto:
--¿Supongo que usted será
isabelino y cristino,
guardador de la inocencia
y enemigo del calismo?
--Si al que es adicto a Isabel
se le llama isabelino,
yo lo soy como el primero,
y mi honor en ello cifro;
pero se engaña quien piense
que caiga yo en el garlito
de pretores, decuriones,
centuriones, ni triunviros.
En casa de Chamizo estuvo la policía a preguntar por él, y doña Puri
tuvo la buena ocurrencia de decir que el ex claustrado hacía tiempo
estaba en un convento.
Tuvo que comer Chamizo un puchero mísero en aquel obscuro comedor de
doña Puri para los caballeros estables; tuvo que visitar tabernuchas y
el bodegón del Infierno, y otros puntos de cita de aguadores y mozos de
cuerda. Perseguido y sin recursos como se encontraba, pasó muy malos
días. No tenía ni ropa para presentarse, pues la que llevaba estaba
llena de rozaduras.
Un día se decidió a pedir protección a Celia. Cogió un gabán viejo,
negro, y pintó con tinta todas sus grietas; hizo lo mismo con las
botas, y fué a ver a la viuda de don Narciso. Ella le atendió, le dió
dinero, le consiguió un pasaporte, y Chamizo entró en Bayona después de
su accidentado período de vida en Madrid.
De aquella época le quedaron dos preocupaciones: una, la de no haber
podido recoger sus libros de casa de doña Puri; la otra, la de no haber
podido aclarar la realidad de la Junta del Triple Sello.
VII.
AVIRANETA EN LA TRENA
UNA semana después de ser prendido, Aviraneta se paseaba en su cuarto
de la Cárcel de Corte, de un lado a otro, como un lobo enjaulado. No
tenía noticias de Tilly, no sabía lo que había hecho éste con sus
papeles. A veces temía que su amigo le hubiera hecho traición; pero
luego pensaba: ¿para qué? ¿Con qué objeto? Aviraneta no quería llamar a
nadie, ni comprometer a nadie. Se consideraba bastante fuerte para ir
remediando su desgracia en la soledad basta digerirla.
Aviraneta era un preso obediente, disciplinado.
La causa suya la había empezado a incoar el teniente corregidor don
Pedro Balsera, con gran actividad.
El juez era un tal Regio, y el fiscal, don Laureano Jado, un antiguo
afrancesado y absolutista, que le puso la proa a Aviraneta desde el
principio. El escribano de la causa, don Juan José García, se le había
mostrado a don Eugenio como enemigo acérrimo.
Por último, el alcaide de la Cárcel de Corte era, además de un perfecto
bribón, un fanático de Don Carlos, y había sido puesto por Martínez de
la Rosa con la consigna de vigilar a todas horas a Aviraneta para que
no hiciera una de las suyas.
El ministro había pensado que nadie mejor para guardar a un conspirador
liberal que un acérrimo realista.
Don Eugenio, en sus declaraciones, iba armando tal maraña, que el juez
y el fiscal sentían que, a medida que avanzaba el proceso, pisaban un
terreno más falso.
Don Eugenio había declarado que era cierto que él había conspirado
contra el Estatuto; pero que no tenía cómplices; que el infante
don Francisco y la infanta Luisa Carlota le habían instigado a que
trabajase por la Regencia Trina; pero que esta solución no estaba en
sus convicciones.
Respecto a Palafox, dijo que no le conocía, y afirmó que tampoco
conocía al conde de Parcent, aunque alguien pudiera suponer que sí,
porque había estado viviendo escondido en la casa de la calle de
Cedaceros, que era propiedad del conde.
Cada nueva declaración era una maraña más. Don Eugenio iba dando
detalles y detalles, mezclando un sinfín de personajes en la intriga,
dejándolo todo en la penumbra. La aparición de un figurón respetable,
mezclado en el relato del preso, le hacía dar al juez un respingo.
Aviraneta vivía en la cárcel en un cuarto obscuro y desagradable, y
para pasear iba a la sala de políticos, en donde todos o casi todos en
esta época eran carlistas, trabucaires catalanes y valencianos, curas,
frailes y abogados y guerrilleros de la Mancha.
Había también ladrones complicados en la matanza y en el robo de los
conventos.
A estas miserias se añadía el azote del cólera, que se cebaba en la
Cárcel de Corte. El único entretenimiento que tenía don Eugenio era
oír a Romero Alpuente, que, a fuerza de miedo al cólera y al Gobierno,
llegaba a ser pintoresco y divertido.
Un día le dijeron a Aviraneta que el padre Mansilla quería hablar con
él. Lleno de emoción fué al locutorio.
Estaba el alcaide delante, y a pesar del respeto que podía inspirarle
un cura, y un cura que había venido en coche particular como Mansilla,
le dijo a éste que no le permitiría tener una conversación a solas con
Aviraneta.
--¿Aunque tuviera que confesarle?--preguntó el cura con orgullo.
--Tengo la orden del señor presidente del Consejo de Ministros de no
dejar hablar al preso con nadie sin estar yo delante.
--Está bien--dijo Mansilla--; hablaré con él en presencia de usted.
Llegó el conspirador a la reja del locutorio.
--¿Qué tal, padre Mansilla? ¿Qué tal?--preguntó.
--Bien, ¿y usted, señor Aviraneta?
--Muy bien.
--Le doy a usted las más expresivas gracias por haber venido a visitar
a un pobre preso en estos tiempos calamitosos.
--Para la desgracia son los amigos. Y ya sabe usted, Aviraneta, lo que
yo le estimo.
Aviraneta, cambiando de voz, preguntó:
--¿Y el cónclave, qué tal va?
--Bien, muy bien--contestó Mansilla--. Vamos trampeando.
--¿Y el número Uno, por dónde anda?
--El número Uno ha muerto del cólera--dijo el cura con voz triste.
--¡Eh! ¿Es posible?
--Sí; de una manera casi fulminante.
--¿Y usted habló con él?
--No; perdió en seguida el conocimiento.
Mansilla le dió detalles acerca de la muerte de Tilly. El alcaide oía
distraído este relato, porque constituía la conversación de todos los
días. Aviraneta estaba torturado, en prensa, intentando recordar cómo
se decía en la clave inventada por Tilly y la palabra documento. Como
no la encontraba, se decidió y le dijo al cura en francés:
--¿No se ha encontrado en su casa una maleta con papeles?
--No se ha encontrado nada. ¿Tenía algunos papeles?
--Sí; unos que yo le di para que guardara.
El alcaide se acercó:
--¿Qué hablan ustedes?
--Nada; me preguntaba por un francés conocido de los dos.
Siguieron una conversación vulgar de frases hechas, y, pasado un rato,
el padre Mansilla se despidió de Aviraneta y se marchó a la calle.
El preso volvió cabizbajo a su calabozo.
--Estoy perdido, sin defensa--murmuró--, me van a aplastar.
Itzea, febrero, 1919.
FIN
ÍNDICE
LIBRO PRIMERO
DOS HISTORIAS PARALELAS
Páginas
I.--Un ex claustrado 9
II.--En que el padre Chamizo comienza su historia
y no la puede terminar 13
III.--La Casa del Jardín 23
IV.--La protección del cura Mansilla 27
V.--Tres ambiciosos 31
LIBRO SEGUNDO
EL TRUENO
I.--El padre Chamizo en Madrid 33
II.--Una librería de viejo 39
III.--Un jesuíta 45
IV.--Siluetas de conspiradores 49
V.--La canción del Trueno 55
LIBRO TERCERO
EL TRIÁNGULO DEL CENTRO
I.--Explicaciones 61
II.--Trabajos del primer Triángulo del Centro 71
III.--La agitación popular 81
LIBRO CUARTO
LA MUERTE DEL REY
I.--Las primeras noticias 85
II.--La taberna de la Bibiana 89
III.--La reunión liberal 95
IV.--Los militares 103
V.--En la buñolería 107
VI.--Vacilaciones 113
VII.--La cena en casa de Celia 123
LIBRO QUINTO
INTRIGAS Y OBSCURIDADES
I.--El comadrón teósofo 133
II.--Las pasiones hierven 141
III.--Una proposición de Paquito Gamboa 147
IV.--El conde de Toreno en el callejón del Gato 151
V.--Las razones de la Triple Regencia 157
VI.--Los infantes 163
VII.--Los hilos de la intriga 167
LIBRO SEXTO
UN VIAJE FRACASADO
I.--Preparativos 175
II.--Las intenciones 183
III.--Aviraneta, detenido 187
IV.--Candelas en el mesón del Cuco 195
V.--La Lagarta 203
LIBRO SÉPTIMO
VIEJAS INTRIGAS Y NUEVOS INTRIGANTES
I.--Martínez de la Rosa 209
II.--El secreto del enviado de Barcelona 213
III.--Malos presagios 219
LIBRO OCTAVO
LAS DESILUSIONES DE CELIA
I.--Una mujer romántica 223
II.--Los amores de Celia 229
III.--La sobrina de don Narciso 233
LIBRO NOVENO
EL MOMENTO TRÁGICO
I.--El despecho de Aviraneta 237
II.--El 17 de julio 245
III.--La acusación del jesuíta 251
IV.--La tía Sinfo y Gasparito 255
V.--El Santo Negro 263
VI.--Los isabelinos 267
VII.--Aviraneta en la Trena 271
* * * * * *
Nota del Transcriptor:
Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original.
Errores obvios de imprenta han sido corregidos.
Páginas en blanco han sido eliminadas.