La proposición produjo cierta perplejidad; entonces pidió la palabra

Mansilla, y de una manera muy diplomática, y haciendo alarde de

liberalismo, dijo que, como toda obra del tiempo, la Constitución de

Cádiz tenía sus errores de perspectiva, y que no le parecía prudente el

exigir que se proclamase íntegra la Constitución de 1812, pues podía

modificarse y hacerse con ella un Código más oportuno, progresivo y

liberal.

La mayoría de los cristinos fué de la misma opinión, y se llamó

entonces a don Francisco Martínez de la Rosa, que estaba en otro cuarto

y que, al entrar en la sala, fué aclamado. Martínez de la Rosa prometió

que cumpliría los deseos de los patriotas.

Al momento, Donoso Cortés y uno de los Carrascos marcharon en coche a

Palacio, y trajeron a la reunión la palabra de la reina de que aceptaba

la destitución de Zea, y el nombramiento de Martínez de la Rosa.

Mansilla y Tilly le felicitaron, y el poeta granadino les dió a

entender que no les olvidaría.

La entrada de Martínez de la Rosa en el Poder produjo, al principio,

gran satisfacción entre los liberales, que creyeron que había llegado

definitivamente su hora.

Pronto se vió que no había tal cosa; la política, naturalmente, no

cambió, y los procedimientos de los ministros fueron los de siempre;

una nube de policías comenzó a espiar, no precisamente a los carlistas,

sino a los liberales.

Los de la Isabelina se decidieron a ayudar a que se consolidasen

las antiguas sociedades secretas. El hermano Beraza tomó la paleta

simbólica y se dispuso a levantar las columnas del templo masónico; se

nombró gran maestre de la Orden a Pérez de Tudela, y jefes del Gran

Oriente a Calatrava, San Miguel y otros varios. Calvo de Rozas tomó

la dirección de los comuneros, y Aviraneta con González Bravo intentó

nutrir las ventas carbonarias de los Europeos Reformados.

Martínez de la Rosa derivó sin proponérselo hacia la reacción como los

anteriores gobernantes, no porque él quisiera ser reaccionario, sino

porque todo Poder lo es.

Se decía que su política se discutía y se decretaba en un gran

consistorio de abates afrancesados, como Miñano, Lista, Hermosilla y

Reinoso; que después de resueltas las cuestiones pasaban los Pirineos,

llegaban a París y allí recibían la suprema sanción de Guizot, el rey

de los doctrinarios.

De este consistorio de abates nació, según unos, la idea de

confeccionar una especie de carta como la de Luis XVIII en Francia, que

fuera una Constitución en pequeño.

A los dos o tres meses de entrar en el Poder Martínez de la Rosa, los

liberales eran tan enemigos de él como de Zea Bermúdez.

II.

EL SECRETO DEL ENVIADO

DE BARCELONA

DÍAS después de su llegada, el padre Chamizo fué a casa de Celia; le

contó su viaje y la detención de Aviraneta, aunque no le dijo que don

Eugenio había vuelto y que estaba escondido en una casa de la calle de

Cedaceros.

Como a Aviraneta no le convenía que nadie le visitase, pues por las

visitas podían dar con su escondrijo, Chamizo no fué a verle a su nueva

casa.

Poco tiempo después tomó las tres mil pesetas que había dejado

Aviraneta en la biblioteca del ex claustrado y se las entregó a su

hermana. Don Eugenio le escribió una carta dándole las gracias,

acusando recibo de la cantidad, y le envió una caja de turrón.

Un día de mucho frío, a fines del mes de enero, Chamizo se encontró a

Nogueras en la Puerta del Sol y le detuvo.

--¿Tiene usted prisa?--le preguntó el capitán.

--No.

--¿Quiere usted venir conmigo al Café Nuevo?

--Vamos.

Fueron allá, se metieron en un rincón y le dijo Nogueras:

--¿Sabe usted que acaban de detener a Salvador, el enviado de Barcelona?

--¿En dónde?

--En el patio de Correos.

--¿Y por qué? ¿Se sabe?

--No. Estaba con él en el patio de Correos, y mientras yo miraba las

listas y él recogía una porción de cartas, un comisario de policía con

dos agentes le ha prendido. Ha llamado a la guardia, que ha venido con

cuatro soldados, y se lo han llevado. He ido yo tras ellos. Han cruzado

la Puerta del Sol y han entrado en una casa de la calle de Preciados,

cerca del callejón de Rompelanzas. En esta casa, que es de huéspedes,

vive Salvador. He pasado por delante de la puerta, donde había un

agente. Este agente era de los nuestros, un tal Nebot, afiliado a la

Isabelina. «Capitán, no se detenga usted--me ha dicho--. Vaya usted al

Café Nuevo y espere usted allí. Cuando acabe el servicio iré a contarle

lo que ha ocurrido». Y estoy esperando a que venga.

Aguardaron en el café un par de horas el ex claustrado y el capitán,

hasta que entró el agente. Nogueras se levantó y el policía se acercó a

él.

--¿Qué ha pasado?

--Pues nada--dijo Nebot, el agente--; llegamos a la calle de Preciados

custodiando a Salvador; la tropa se quedó en la calle y subimos al piso

principal el comisario don Nicolás de Luna, Salvador, cuatro celadores

y yo. Don Nicolás arrestó al ama de la casa y a la criada. Dió orden

también de que si alguien llamaba a la campanilla se le detuviese.

Nuestro jefe pidió a Salvador la llave de un baúl grande que tenía en

su alcoba, sacó de dentro una infinidad de papeles, hizo un inventario

y firmó él, Salvador y nosotros dos. Se registró después el cuarto, los

libros y la ropa, y como no se encontró nada, se puso en libertad al

ama y a la criada, tomando a las dos sus nombres. Luego el comisario

mandó bajar a Salvador a la calle, y escoltado por nosotros, los cuatro

celadores y la tropa, lo llevamos a la Cárcel de Corte. Don Nicolás dió

la orden al alcaide para que pusiera al preso incomunicado, y concluída

la faena he venido aquí.

--¿Qué tal se ha portado Salvador?--preguntó Nogueras--. ¿Estaba sereno?

--No; nada de eso. Estaba muy pálido, y en la Cárcel de Corte, cuando

le dijeron que le llevaban al calabozo, se puso tan amarillo que

creímos que le daba algo.

Nogueras felicitó al agente por su gestión y cuando se marchó le dijo a

Chamizo, con su aire grave y de suficiencia:

--Voy a visitar a los primates del partido a ver si hacemos algo

por ese pobre Salvador. Le han debido coger algunos documentos

comprometedores. Es un revolucionario terrible.

Nogueras tomó su capa y su chambergo y se marchó del café.

--Al día siguiente el ex claustrado estuvo en casa de Celia, donde

se habló de Salvador. Se decía allí que éste era un republicano, un

carbonario, un bebedor de sangre, que había venido con una misión

secreta de Barcelona para los clubs de Madrid, y que lo iba a pasar muy

mal.

Chamizo se acordó de la Junta del Triple Sello, de que algunos hablaban

con gran misterio.

Por curiosidad y por saber qué ocurría, fué Chamizo a casa de Nogueras

y a la tienda de la Lagarta; pero no lo encontró. Una semana más tarde

vió al capitán, que estaba en el Café Nuevo, y se acercó a él.

--¿Qué hay de Salvador?--le dijo.

--¡Calle usted, hombre! ¡Calle usted!--exclamó Nogueras--. ¡Qué chasco!

--Pues, ¿qué pasa?

--¿No sabe usted?

--Nada.

--Pues que ha resultado que era un espía, un agente de Zea Bermúdez. Ya

está en libertad.

--¡Es extraordinario! ¿Y cómo se ha averiguado eso?

--Verá usted. Cuando yo di la noticia de que habían preso a Salvador,

se reunió el Directorio de la Isabelina y se habló de la manera

de protegerle, y se decidió que sería conveniente ir a ver al

superintendente de policía don Fermín Gil de Linares. Romero Alpuente,

que le conoce, fué a visitar a Linares y le habló del asunto. Linares

se presentó en la Cárcel de Corte, hizo que llamaran a Salvador y le

tomó declaración. Salvador declaró que era un agente de Zea Bermúdez,

que estaba en la corte para desbaratar un plan revolucionario que se

fraguaba al mismo tiempo en Madrid y en Barcelona por los isabelinos,

en el que estaban complicados la infanta Luisa Carlota y su marido,

el conde de Parcent, el general Llauder, el general Palafox, Calvo de

Rozas, Aviraneta y todos nosotros. Linares se quedó asombrado. Consultó

en seguida con el ministro, y Martínez de la Rosa dió orden de que

dejaran a Salvador en libertad. Figúrese usted el asombro de Romero

Alpuente cuando fué como hombre bueno y se encontró acusado. El buen

señor vino más amarillo y más feo que nunca a relatar lo ocurrido.

--¡Qué enredos!--exclamó Chamizo.

--Sí; está todo tan revuelto que ya no se va uno a poder fiar ni de su

sombra.

--El mejor día va a resultar que todos ustedes son agentes de Don

Carlos.

--No; eso no--dijo Nogueras, que no comprendía las bromas.

--Bien, pero algo parecido.

--Mire usted el papel que han publicado los nuestros.

Y Nogueras le dió al ex claustrado una hoja escrita.

En este papel se contaba la historia de Salvador; una historia de

espionaje y traiciones. Se decía que en 1823, siendo oficial del

regimiento de Lusitania, se pasó a los facciosos con parte de su

compañía; que poco después estuvo de emisario del Gobierno realista con

el objeto de espiar a los patriotas en Gibraltar y a los presos en los

pontones de Lisboa, Barcelona y Marsella.

Se aseguraba también que había sido amigo de Regato; agente de

Calomarde para sus juegos de Bolsa e intrigas políticas, y uno de

los espías de González Moreno cuando el fusilamiento de Torrijos.

Ultimamente había entrado al servicio de Zea como confidente para

conocer los proyectos de los liberales y denunciarlos. Se afirmaba

también que tenía una Sociedad secreta en Barcelona, donde maniobraba

él con sus agentes provocadores.

Tras de esta hoja de servicios se ponían en el papel las señas

personales de Salvador y la casa donde vivía en Madrid.

La lectura de la hoja en el Café Nuevo indujo a algunos exaltados a

castigar al espía dándole una paliza, y a otros chuscos se les ocurrió

alquilar una murga e ir a cantar el oficio de difuntos delante de los

balcones de casa de Salvador.

La policía se enteró del proyecto y mandó a la calle de Preciados un

piquete de caballería que dispersó a la multitud, que ya empezaba a

reunirse en la esquina del callejón de Rompelanzas.

Un mes más tarde, Chamizo vió a Salvador, que salía de la iglesia de

Montserrat de la calle Ancha con una mujer del brazo, los dos con un

aire muy místico.

Chamizo le conoció e hizo como que no le veía. Por las pesquisas de

Nogueras y sus amigos se averiguó que vivía en la calle de Silva,

entrando por la plaza de Santo Domingo, a mano derecha, cerca del

callejón del Perro, en el número 12, casa que era del Sello Real de

la Corte, donde había vivido mucho tiempo Regato. De Madrid, Salvador

salió para Cádiz, y de Cádiz se le envió a Filipinas con alguna misión

del Gobierno.

III.

MALOS PRESAGIOS

LA primavera de 1834 fué para Chamizo poco agradable. Como la Sociedad

Isabelina, dirigida por Aviraneta y demás compadres, era ya tan

conocida, el ex fraile no se atrevía a visitar a Nogueras y a los otros

amigos.

Comenzó a dar lecciones de latín y de francés; pero no sacaba bastante

para vivir. Gallardo le proporcionó alguno que otro trabajillo más; con

todo su presupuesto se desnivelaba. Doña Puri, la patrona, le decía que

no se apurara.

A casa de Celia comenzó a dejar de ir. Había en la familia un grave

disgusto, que suponía el ex claustrado provenía de las relaciones de

Celia y Gamboa.

Preguntó por éste varias veces, y por las contestaciones ambiguas que

recibió comprendió que en él radicaba la causa del malestar.

El último día que Chamizo comió a gusto en Madrid fué el día de

Carnaval. Chamizo se encontró a Gamboa, a Nogueras y a Gamundi en

compañía de un paisano. A éste le presentaron como un ayudante del

general Mina, llamado Francisco Civat.

Civat era catalán, carbonario y antiguo guardia de Corps. Era un

hombretón, con el pecho saliente, un poco tosco, con una franqueza

exagerada para ser sincera. Tenía la nariz gruesa, la cara juanetuda,

los ojos claros y el pelo rojizo. Se manifestaba gastador, rumboso,

hombre expeditivo, que no admitía dificultades ni dilaciones en sus

proyectos. Civat era jugador y tenía fiebre de dinero y de placeres.

Iba todo este grupo a comer a la fonda de Genies y le invitaron a

Chamizo a acompañarle. Los oficiales jóvenes marchaban al día siguiente

a Navarra a batirse con los carlistas. Gamboa aseguró que no tardaría

en reunírseles. El ex claustrado les envidió, porque estaban contentos

de su suerte y se auguraban grandes venturas.

En la comida, Nogueras y Gamboa tuvieron la mala ocurrencia de discutir

de política. La entrada de Martínez de la Rosa en el Poder no había

satisfecho a los isabelinos. Antes de que el Ministerio del poeta

granadino hiciera algo, ya estaban todos diciendo que era un pastelero

y les daría un mico.

Nogueras exageró su malevolencia contra el nuevo presidente, llamándole

con su pedantería habitual el coplero, el poetastro, Rosita la

pastelera...

Gamboa, que se hallaba irritado y nervioso, aseguró que los isabelinos

no debían echar a nadie en cara su inacción, porque ellos eran los más

inútiles y los más incapaces de todo.

--No puedes decir eso--exclamó Nogueras--. Estamos todavía organizando

la gente, tenemos ya cinco legiones en Madrid y ramificaciones por toda

España.

--A mí no me vengas con historias--replicó Gamboa--. Tus isabelinos

no son mas que unos ambiciosos como todos los demás que ansían ser

ministros. En el momento en que creíamos que venía el absolutismo por

el estilo del de Calomarde, les ofrecemos sublevarnos, echarnos a la

calle, y nos dicen: «No, no; es necesario contemporizar, esperar...»

--¿Cuándo ha sido eso?--preguntó Nogueras.

--¿Cuándo? Cuando la reunión de los liberales en la calle del Arenal.

Urbina y yo hablamos a Aviraneta en el café de Levante, y él estaba

dispuesto. Esperamos, porque así dijeron los santones, y ahora resulta

que no debemos esperar ni contemporizar... Todo porque no le quieren

hacer ministro a ese bárbaro de Calvo de Rozas, ni a ese momia ridícula

de Romero Alpuente...

--Estás exaltado--dijo Nogueras.

--No, no estoy exaltado; estoy cansado de intrigas y de tonterías. Así

que cuando me digan a la guerra, voy a ir más contento que unas pascuas.

El ex guardia de Corps Civat, con acento catalán, dijo que no se

podían hacer las cosas tan pronto como se querían; que había que tener

paciencia y perseverar en todo.

Concluyeron de comer; los dos oficiales jóvenes se fueron por un lado;

Nogueras y Civat, por otro, y Chamizo le acompañó a Gamboa un rato.

--Este Nogueras es un pobre iluso--dijo Gamboa.

--El piojo sabio, como le llama Aviraneta.

--Sí; ahora ya cree que ese Civat lo va a resolver todo. Para él Civat

es un Robespierre. Lo mismo le pasó con Salvador.

--¿Ya no vive usted con su tío?--le preguntó Chamizo.

--No; ya no vivo con él. A última hora le ha dado por ser celoso.

Chifladuras de viejo.

--¿Dónde vive usted?

--En casa de una señora muy simpática, que es algo parienta de mi tío.

Esta señora tiene una sobrina joven y tenemos nuestros conciertos;

solemos tocar: ella, la guitarra, y yo, la flauta. Vaya usted algún

día. Vivo en la calle de San Justo, encima de una cerería que hay

frente a la iglesia.

Chamizo fué a la tienda una vez y volvió con frecuencia.

La cerería estaba en una casita pequeña de un piso, con un alero

saliente, dos balcones con los cristales pequeños y emplomados, y un

escaparate lleno de cirios, velas de colores, rojas y amarillas; otras,

adornadas con papel rizado, cerillas y pastillas de chocolate.

La dueña de la cerería era una mujer flaca, acartonada; su sobrina

Pilar era una muchacha simpática.

Chamizo, el primer día que fué a la cerería, oyó a Pilar y a Gamboa, y

comprendió que el militar estaba muy entusiasmado con la muchacha, y

que ésta coqueteaba con él.

Chamizo fué invitado a tomar chocolate, y volvió principalmente por

matar el hambre.

LIBRO OCTAVO

LAS DESILUSIONES DE CELIA

I.

UNA MUJER ROMÁNTICA

EN la primavera de 1834 apareció en Madrid Margarita Tilly con su

marido Sampau a pasar una temporada. Tenía tres niños pequeños.

Margarita convidó a comer en casa de los padres de su marido a su

hermano Jorge, a Fidalgo, a Blanca, la camarista de Palacio, y a

Aviraneta.

De sobremesa se habló mucho de Celia, que hacía días estaba algo

enferma y retraída.

--Yo creo que está, más que nada, descontenta--dijo Tilly.

--¿Y por qué?--preguntó su hermana Margarita--. ¿No vive bien? ¿No

tiene un pequeño círculo de adoradores?

--Sí; pero tiene ese egocentrismo de todas las mujeres, que les hace

querer que el mundo entero gire alrededor de ellas.

--Ya está mi hermano definiendo--exclamó Margarita con ironía.

--Es la verdad. Todas vosotras exigís ser el centro del mundo, al

menos de vuestro mundo, y no queréis que nadie se distraiga en los

alrededores.

--¡Bah! ¿Y ustedes?--preguntó Blanca Fidalgo.

--No tanto. Al menos nosotros aceptamos que el punto central de la

vida sea una idea: la Política, la Literatura, la Ciencia... Ustedes,

no; ustedes tienen el amor del pequeño círculo, y Celia más que nadie.

Nuestra amiga desearía que no pudiéramos ser felices sus íntimos mas

que por su intermedio, y ella nos distribuiría la felicidad. Ella

quisiera ser el nudo de su tertulia, el cerebro o la médula espinal.

--Yo no comprendo por qué Celia está tan descontenta--dijo Margarita--.

Vive bien, el marido la mima, tiene una sociedad agradable....

--Todo eso no es obstáculo para que se aburra--interrumpió Tilly.

--No ha debido tener nunca entusiasmo por su marido--dijo Aviraneta.

--Nunca. Ahora que don Narciso está enfermo es cuando se ocupa con

interés de él--dijo Fidalgo--. Antes era cosa conocida. Le tenía usted

a Celia con su marido, y bostezaba, se ponía triste; venía Gamboa o uno

de ustedes, y Celia renacía, estaba viva, ingeniosa, perspicaz; pero se

marchaban todos, y entonces Celia decaía y comenzaba a bostezar y se le

ponía como un velo en los ojos.

--Es una romántica--dijo Fidalgo.

--Hoy así se llaman estas mujeres--saltó Aviraneta--. Mañana se

encontrará que los temperamentos de esta clase tienen el cerebro con

más fósforo o los nervios con más electricidad que la normal.

--¡Qué materialista es don Eugenio!--exclamó Margarita--. Yo no creo

que Celia es una mujer arrebatada.

--¡Ca!--dijo Blanca Fidalgo--. Celia es una mujer fría, sin arrebatos,

con una coquetería puramente de cabeza; quiere tener a Gamboa a su lado

sin soltar prenda, y esto es muy difícil.

--Segunda edición de madame Recamier--dijo Tilly.

--Yo creo que Celia está esperando a que se muera su marido para

casarse con el sobrino--dijo Blanca, con la mala voluntad natural de

una mujer para otra--. Es muy lagarta.

--¿Y él cómo es?--preguntó Margarita.

--¿Gamboa? Es un guapo muchacho--dijo Blanca.

--Es un hombre impulsivo... poco inteligente--añadió Tilly.

--Hombre lleno de ideas exageradas sobre la honra--agregó Aviraneta--,

enemigo de todo lo extranjero, enemigo de lo irregular, serio, formal,

en fin, un tipo vulgar como todo el mundo.

--¿Y le quiere a Celia?

--Sí, le quiere a su manera, a la manera corriente--dijo Blanca

Fidalgo, riendo.

--El cree que el amor es el amor--afirmó Tilly--, y no quiere aceptar

los tiquis miquis sentimentales de madama Celia.

--¿Es que usted los aceptaría?

--¡Qué sé yo! Según.

--Es que algunos dicen que ya los va usted aceptando--repuso con

malicia la camarista--, y que usted y el secretario de lord Villiers

son rivales.

--Pues se engañan los que eso dicen--contestó Tilly--. Entre Celia y

yo no hay mas que una buena amistad; yo le comprendo a ella y ella me

comprende a mí. Aquí don Eugenio es también amigo suyo.

--Entre nosotros hay siempre cierta reserva--repuso Aviraneta--. Entre

usted y ella, no.

--Pues nos miramos más como dos hermanos que como un hombre y una mujer

que pueden ser por cualquier contingencia amantes--repuso Tilly.

--Ahora sí, porque está usted muy flaco--dijo Aviraneta,

sarcásticamente--; más adelante ya veremos.

--Ya está con su materialismo terrible don Eugenio--exclamó Margarita.

--Yo creo que no hay que hacer mucho caso de Jorge--replicó Blanca--.

Es un jesuíta, hipocritón, quiere despistarnos.

--¡Ca! Si mi hermano está ahora enamorado--dijo Margarita--de una chica

modosita, un poco pava...

--¡Ah! Claro. Es el tipo que les gusta a los calaveras

arrepentidos--saltó Blanca.

Tilly se encogió de hombros.

--¿Y usted conoce a Celia desde hace tiempo?--preguntó Aviraneta a la

hermana de Tilly.

--Desde la infancia. Celia es hija de un diplomático del tiempo de José

Bonaparte y Fernando VII. Su padre era un realista. Celia se educó

conmigo en París, en un colegio. Era entonces una chica muy religiosa:

había tratado vendeanos y chuanes. Cuando yo la conocí tenía el culto

de Juana de Arco y María Antonieta. El pensar en el niño del Temple

le hacía llorar a lágrima viva. Morir por el Papa y por el Rey era

su sueño dorado. Luchar contra los impíos hubiera sido su gloria.

De niña, Celia, muy bonita, muy mimada, muy animosa, tomó parte en

conciliábulos realistas. Las monjas exaltaron en nosotras el misticismo

y el sentimiento monárquico. Cuando la intervención del duque de

Angulema, Celia bordó una bandera para los Dragones de la Fe, con unas

flores de lis. Celia era muy inteligente y ganaba los premios en todas

las clases. A los diez y seis años, cuando yo tenía ocho, su padre la

sacó del colegio. Tiempo después la volví a ver; había tenido unos

amores desgraciados con un joven e iba a casarse con el que es ahora su

marido. Entonces había cambiado de ideas: era poetisa, escribía versos

y aprendía a tocar el arpa. Ahora la veo en compañía de usted, metida a

liberal y no sé si a carbonaria.

--Es una mujer interesante y de talento. No cabe duda--dijo Aviraneta.

--Este mundo frío y algo monótono en que vivimos todos, ella lo

desprecia profundamente--agregó Margarita.

--Por eso me es a mí simpática--dijo Tilly--. Ese desprecio por la

vulgaridad corriente está muy bien.

--No comprende mi pobre Celia--siguió diciendo Margarita--que esas

cosas que ella desdeña son las más esenciales, y para la mayoría de

las mujeres el hacer todos los días lo mismo tiene grandes encantos.

Ella aspira a las cosas extraordinarias y le gustaría vivir en heroína;

yo creo que sería capaz de subir al patíbulo con valor.

--¡Y yo que suponía que la candidata a heroína era usted!--exclamó

Aviraneta.

--¡Y lo dice como quien hace un reproche!--saltó Margarita riendo.

--Y tiene razón--dijo Tilly.

--Sí; yo parecía de soltera un poco loca--añadió Margarita--; pero mi

afición ha sido la casa. La vida, un poco rara, que había hecho me

había dado unos gustos aparatosos; pero mis inclinaciones eran otras.

Se discutió largamente en la comida el carácter y el temperamento de

Celia y el de Gamboa. Los hombres encontraban más inteligente y más

espiritual a Celia que a Gamboa; pero les parecía lógica la actitud de

Gamboa; en cambio, Blanca Fidalgo encontraba más bueno a Gamboa que a

Celia y suponía que Celia hacía bien al tener siempre a distancia a

Gamboa.

II.

LOS AMORES DE CELIA

PAQUITO Gamboa era un buen muchacho, sin malicia, huérfano de

madre y de unas excelentes condiciones. De familia de posición y

con influencias, hubiera prosperado en seguida; pero la casualidad

le llevó, en 1823, cuando era teniente y tenía veintiún años, al

cuerpo que mandaba el coronel De Pablo, en Alicante, y después de la

capitulación de esta ciudad fué llevado a Francia. De hallarse en

España le hubiera sido fácil conseguir la purificación por una junta

militar; pero como su padre era realista fanático y hombre autoritario

y déspota, le creyó liberal, y en vez de favorecerle le dijo que no

interpondría su influencia mientras no abjurara de sus ideas. Gamboa

se prometió no pedir protección a su padre ni a su familia. De Francia

pasó a Inglaterra, porque sin motivo alguno sentía más simpatía por

los ingleses que por los franceses. Tenía algún dinero de su madre,

encontró un destino en Londres y se dedicó a vivir y a vestir con

elegancia.

A los cinco o seis años de vida londinense y de estar hecho un

_sportman_, se encontró con su tío don Narciso Ruiz de Heredia,

diplomático, que iba de secretario a la Embajada de Londres.

Don Narciso hacía pocos años que acababa de casarse con Celia, y era

un hombre de cierta edad, muy amable y servicial. Al llegar a Londres

temió que se le presentara su sobrino, a quien pensaba encontrárselo

derrotado, sucio y exaltado; pero al verle pulcro, atildado,

indiferente en cuestiones políticas y hecho un _dandy_, le recibió con

gran afecto.

Celia acogió al sobrino de su marido con una afabilidad y una

coquetería disimulada, que hicieron de Gamboa un esclavo suyo.

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