suya; pero no se ocuparon de él para nada. Mandaron subir a Aviraneta
a la habitación del cuarto principal de la posada, una sala con una
alcoba; allí le registraron la maleta y los bolsillos, le quitaron los
papeles, contaron el dinero que llevaba y se lo devolvió el jefe de
policía.
Este propuso a don Eugenio que se echase en la cama un par de horas,
si quería descansar, tiempo que tardarían en salir para otro punto.
Aviraneta entró en la alcoba y se tendió en la cama, mientras el
comisario de policía sacó un tintero de cuerno y se puso a escribir un
oficio sobre un velador de la sala. Dobló los papeles de don Eugenio,
lacró el oficio, y llamando a uno de los agentes se lo entregó dándole
instrucciones verbales. El agente avisó a los dos ordenanzas de
caballería y les dijo:
--Para el superintendente de policía de Madrid.
Chamizo, tranquilizado, viendo que no se ocupaban de él pensó si podría
hacer algún servicio a Aviraneta sin comprometerse, y pasó a la sala
dispuesto a decir al comisario que quería despedirse del preso.
Cuando entró vió que don Eugenio y el comisario se cambiaban señas y se
daban la mano. El ex claustrado pensó que serían signos masónicos.
--¡Hola, padre Chamizo!--dijo al verle don Eugenio--. ¿Qué piensa usted
hacer? ¿Va usted a seguir a Barcelona o va a volverse a Madrid?
--Volveré a Madrid.
--¿A no ser que quiera usted venir conmigo?
--¿Preso voluntariamente? No, no; no tengo nada que ver con sus enredos.
El comisario se echó a reír.
--Puede usted venir si quiere acompañando a don Eugenio--dijo--y
marcharse cuando le plazca. Por ahora no hay nada serio en contra del
señor Aviraneta.
--Nada, don Venancio--dijo don Eugenio--, seguirá usted mi suerte de
testigo presencial.
Se encargó que buscara un coche a uno de los agentes, y poco después se
detenía una tartana delante del parador.
Entraron en el coche el comisario, Aviraneta y Chamizo; metieron sus
maletas y fueron escoltados durante una hora por tres individuos
armados.
El comisario don Nicolás de Luna había hecho, como sospechó Chamizo,
signos masónicos de reconocimiento a Aviraneta, y al momento se
entendieron los dos.
Luna dijo que era un teniente coronel indefinido, sin paga, que había
aceptado el cargo de policía para alimentar una familia numerosa. Se
notaba que el ser policía le parecía una cosa fea. El comisario tenía
diez y seis hijos, y como su mujer no podía criarlos a todos, este
hombre terrible, que prendía a conspiradores y a ladrones, se levantaba
a media noche para dar un biberón a un chiquillo o una taza de leche a
otro.
--¿Y cómo me ha conocido usted tan pronto?--le preguntó Aviraneta, a
quien los detalles familiares no interesaban gran cosa--. No he hecho
mas que bajar delante del parador de Guadalajara y se ha venido usted a
mí.
--Es que le conocía a usted de antes--contestó Luna.
--¿A mí?
--Sí.
--¿En dónde me ha visto usted? Yo apenas salgo de casa.
--En la antecámara del infante don Francisco, en compañía del señor
García Alonso.
--Ahora caigo. Usted es uno de los dos señores que estaban en la
antecámara.
--El mismo.
--Y el otro, ¿quién era? ¿El señor viejo, atildado, de pelo blanco?
--El otro era el ministro don Javier de Burgos.
--¿Y qué hacían ustedes allí?
--Pues habíamos ido, sencillamente, a conocerle a usted.
--No comprendo con qué objeto.
--Con el objeto de prenderle ahora--dijo Chamizo.
Luna se echó a reír.
--Tiene razón este señor--repuso.
--No veo la utilidad de prenderme a mí--replicó Aviraneta.
--La cosa, amigo Aviraneta, está muy turbia--dijo Luna--. Ustedes
parece que tienen una asociación, que supongo que tendrá relaciones con
la masonería. ¿No es cierto?
--Sí, es cierto; pero será una asociación legal, y dentro de poco se
publicarán los Estatutos.
--Bien; esa asociación ha mandado dos delegados a celebrar una
entrevista con don Javier de Burgos.
--Creo que se engaña usted, Luna.
--No me engaño, porque yo mismo les he visto a esos señores.
--¿Quiénes eran?
--Don Lorenzo Calvo de Rozas y Romero Alpuente.
--Debe ser verdad, pero le juro que no lo sabía. ¿Y qué objeto tenían
estos señores al visitar a Burgos?
--Pues el objeto era pactar con Burgos para derribar a Zea Bermúdez.
No se han puesto de acuerdo; le han amenazado a Burgos, y éste ha
comunicado las noticias a Zea, y los dos ministros han establecido, por
el momento, una alianza y me han llamado a mí. En esto han sabido que
un delegado de la asociación liberal iba a visitar a los infantes...
--¿Y por dónde lo han sabido?
--No sé; pero ya comprenderá usted que en Palacio las paredes oyen. Al
saber esta noticia, hemos ido a la antecámara del infante y le hemos
conocido a usted, y por eso le he prendido en seguida.
Aviraneta calló, entregado, sin duda, a sus reflexiones; calló el
comisario y calló también Chamizo. Marcharon así, en medio de la noche,
hasta llegar a Perales de Tajuña.
Aquí se apearon en un mesón, y el comisario mandó disponer un buen
almuerzo, comieron, charlaron y, poco después, montaron de nuevo en el
carricoche.
--¿Adónde me lleva usted?--preguntó Aviraneta.
--Por ahora, a Aranjuez. Allí me darán nuevas órdenes.
Llegaron a Aranjuez, al mediodía, y el comisario Luna condujo al preso
y a don Venancio a una fonda.
El ex fraile opinó que se comía muy bien allí. En la mesa estuvieron
los tres discutiendo de política, y fueron a pasear hasta el lago de
Ontígola.
A la vuelta, entraron en un café, jugaron Aviraneta y el comisario al
billar, y después de un rato de charla se acostaron. Al día siguiente,
por la mañana, un soldado de caballería trajo un pliego para el
comisario. Luna lo abrió y lo leyó, y se lo dió a Aviraneta para que lo
leyera.
El superintendente decía que, examinados los papeles del preso, no se
encontraba indicio alguno de culpabilidad; pero que, a pesar de esto,
no era prudente que dejaran a Aviraneta libre, por lo cual se ordenaba
al comisario que lo trasladara a las inmediaciones de Madrid, a uno
de los mesones del Puente de Toledo, tratándole en el tránsito con la
debida consideración y respeto.
--¿Qué le parece a usted el oficio éste?--preguntó Aviraneta a Luna.
--Que le dejarán a usted en libertad.
--Es posible; pero habrá que decir, como decían estos señores frailes,
que lo contrario es también probable.
--¿Nos sale usted ahora con el probabilismo?--exclamó don Venancio--.
Ya me parecía que le encontraba a usted algo jesuítico. Yo no soy
probabilista; yo creo que le llevarán a alguna plaza fortificada, que
es donde usted debe estar para curarse de su manía de meterse donde no
le llaman.
El comisario se rió, y Aviraneta dijo que siempre la mala intención
había sido peculiar de la gente de iglesia. Don Nicolás de Luna alquiló
una calesa, subieron los tres y marcharon camino de Madrid.
El calesero se llamaba de apodo el Lince, aunque no tenía nada en su
físico ni en su moral que justificara el apodo. El animal que tiraba de
la calesa era una yegua. El Lince a cada paso la decía:
--¡Bandolera! ¡Bandolera! ¡Maldita sea tu estampa! ¡Que te metes en los
baches! ¡Ay! Si me bajo... si me bajo... ¡Bandolera!
Cuando la yegua marchaba bien, el Lince se ponía a cantar una canción
que entonces estaba muy en boga, y que comenzaba así:
Iba un triste calesero
por un camino cantando...
Y aburría hasta la yegua con el estribillo de
¡Ay! tirana, tirana, tirana.
Salieron de Aranjuez después de comer. Pronto notaron los viajeros que
la calesa avanzaba poco y que, a pesar de los latigazos y los gritos y
los «¡Ay! tirana, tirana, tirana», del Lince, la Bandolera marchaba muy
mal. Estaba ya cansada, y había en el camino mucho barro.
IV.
CANDELAS EN EL MESÓN DEL CUCO
TOMÓ la calesa la dirección de Valdemoro y llegaron los viajeros a
este pueblo con grandes fatigas, porque el camino se hallaba hecho un
lodazal. Entre Pinto y Valdemoro pasaron grandes apuros y tuvieron que
saltar muchas veces al suelo para desatrancar las ruedas. En Pinto
cenaron y se dirigieron a Villaverde. Cruzaron la aldea y siguieron
hacia Madrid.
Ya parecía que terminaban el viaje con bien cuando el carricoche se
paró.
--¿Qué pasa?--dijo Luna.
--_Na_, que se nos han roto las correas--dijo el Lince.
--¿Hay que componerlas?
--¡Esto no lo compone ni Dios! ¡Maldita sea mi estampa! ¡Parece que no
ha llovido nunca! Voy a meter la yegua y el birlocho en este cobertizo.
--¿Y nosotros, qué hacemos?
--Tengo un paraguas grande. Se lo prestaré. Pueden ustedes ir a Madrid.
--¿A cuánta distancia estaremos?
--A media legua o a tres cuartos de legua del Puente de Toledo.
Abrió el paraguas Luna, que era de esos rojos y grandes, y Aviraneta a
un lado y el ex claustrado al otro, fueron marchando por la carretera.
Al llegar frente a un corral con una casucha blanca, se detuvieron.
Se oía el rasguear de una guitarra. Luna y sus acompañantes escucharon.
Una voz cantó:
No camelo ser erai,
que es caló mi nasimiento.
No camelo ser erai,
con ser caló me contento.
--¿Qué es esto?--dijo Chamizo.
--Es gitano--contestó Luna.
--¿Qué quiere decir _erai_?
--Yo creo que quiere decir algo así como caballero.
El cantor entonó otra copla:
La filimicha está puesta,
y en ella un chindobaró
«pa» mulabar una lendris
que han enchantado estardó.
--La horca está puesta y en ella el verdugo para matar una codorniz que
han hecho prisionera--tradujo Luna.
Aviraneta había llamado.
Tardaron mucho en abrir.
--¿Quién es?--preguntó una voz.
--Unos viajeros.
Salió un muchacho con un candil.
--Aquí no hay _posá_--dijo--. Un poco más lejos está el mesón del Cuco.
--La casa esta debe ser una guarida de ladrones y de gitanos--dijo
Luna--. He de venir a registrarla.
Siguieron marchando, metiéndose en el barro, a veces sin poder sacar
los pies, hasta que llegaron al mesón del Cuco. Empujaron el postigo,
cruzaron el portal y el patio y entraron en una cocina de planta baja
llena de arrieros, caleseros, aguadores y de otra gente desharrapada y
de malas trazas.
La mesonera acudió solícita al ver al inspector Luna y mandó a la moza
que les llevara al primer piso.
Se quitaron los pantalones y las botas, cenaron en un cuarto del piso
principal, y como Chamizo no se hallaba vigilado, bajó a la cocina
del mesón, grande y negra, en la que había quince o veinte arrieros
esperando el yantar. Estuvo don Venancio contemplando la escena
pintoresca: la posadera, que guisaba en el fogón; las maritornes,
que iban y venían con mucho garbo, agitando los refajos de campana;
los arrieros de Andalucía, con sus calañeses; los de Toledo, con sus
sombreros anchos, y alguno que otro truhán desharrapado, con sombrero
de copa. Cogió el ex fraile un rincón a la lumbre y se calentó los
pies. Sacó una edición antigua de _La vida del buscón_, que le había
prestado Gallardo para el viaje, y se puso a leerla. Estaba en aquellas
atroces y bárbaras escenas que describe Quevedo en casa del verdugo,
cuando le dieron en la manga.
--Mucho se divierte usted con la lectura, _cabayero_--le dijo un joven,
que estaba a su lado.
--Sí; es cierto.
Era el joven un muchacho de unos veinte años, vestido de manolo,
chaquetilla torera, faja roja y pañuelo en la cabeza. Chamizo creyó
conocerle.
--¡Chist!--dijo el joven.
--¿Qué pasa?--preguntó el ex claustrado.
--¿Viene usted con don Eugenio?
--Sí.
--¿Vigilándole?
--No, no.
--¿Va usted preso?
--No.
--¿Es usted amigo suyo?
--Sí.
--¿Por qué le han _trincao_? ¿Ha _berreao_ alguno?
Comprendió Chamizo que quería decir si alguno le había denunciado, y
dijo que no sabía, y contó rápidamente lo ocurrido. Pensaba que no
debía hacerlo, pero el joven aquel tenía un aire de mando que imponía.
Después de escuchar la relación, el joven dijo:
--Ahora va usted a subir a hablar con don Eugenio, ¿estamos?
--Bueno. No hay inconveniente.
--Y le va usted a decir que aquí está Luis y su amigo con sus chavales.
¿Se ha _enterao_ usted?
--Sí.
--Y _na_ más. El dará la consigna.
Subió Chamizo al cuarto de Aviraneta. No estaba Luna, y le dió a don
Eugenio el encargo del joven.
--Dígale usted que no hay nada que hacer--contestó Aviraneta.
Bajó y se lo dijo al muchacho.
--Más vale así--contestó él--, porque don Nicolás de Luna es un buen
hombre.
--¿Y qué pensaba usted hacer?--preguntó el ex fraile.
--Le hubiéramos _atao_ al comisario y hubiéramos _dejao_ libre a don
Eugenio. Nosotros las gastamos así.
--¿Ustedes? ¿Quiénes son ustedes?
--Yo soy Candelas, y ese que está ahí delante es Balseiro. No le quiero
molestar a usted más, _cabayero_. Me _najo_. ¡Muchachos, en marcha. Y
_sonsoniche_, amigo.
Y el ladrón le hizo una mueca amistosa y un guiño expresivo.
Estaba Chamizo todavía absorto, cuando Candelas y Balseiro
desaparecieron. Subió al cuarto que le habían destinado, y al ir a dar
las buenas noches a Aviraneta y al comisario, entró un guardia con
un pliego para Luna. Lo abrió éste y lo leyó. Se le decía que al día
siguiente, al amanecer, se le condujera a Aviraneta por las rondas
a la Puerta de Hierro, que allí esperase la salida de la diligencia
para Valladolid, que pasaría a las ocho de la mañana. En la diligencia
habría un asiento de interior costeado por el Gobierno.
Se le metería a Aviraneta en el coche, entregándole un pasaporte para
Santiago de Compostela, y se encargaría al mayoral que no permitiese
la salida del desterrado hasta llegar a Valladolid.
--Está usted como en libertad--dijo Luna--; nadie le impide a usted
volver de Valladolid a Madrid.
Durmió cada cual en su cuarto y por la mañana dejaron el mesón del
Cuco. En una calesa fueron por el paseo de los Melancólicos y la
Florida hasta la Puerta de Hierro. Llegaron a las siete, una hora antes
de la diligencia, y tuvieron que esperar el paso del coche.
Entraron en un ventorrillo, el ventorro del Sordo dijo el comisario
Luna que se llamaba. Este ventorrillo tenía un tinglado con buñolería,
que en aquel momento estaba rebosando gente: hueveros, lecheros,
vendedores de caza y verduleros que tomaban el desayuno con buñuelos o
churros y se preparaban a entrar en Madrid.
Se sentaron en el ventorro al lado de una ventana; pidió Luna
chocolate, y trajeron tazas limpias con bizcochos y buñuelos, y vasos
de agua con azucarillo.
Desayunaron los tres con apetito. La hija del dueño del ventorro era
una moza muy guapa, pero muy bravía, y Aviraneta y Luna la dirigieron
algunos requiebros, a los que ella contestó con mucho desgarro.
--¿No podríamos saber cómo se llama usted, niña?--la dijo Aviraneta.
--¿Para qué?--contestó ella.
--Para guardar su nombre en el corazón.
--¡Bah! No vale la pena.
--Para usted no valdrá la pena; para mí, sí.
--¿No es usted el que se tiene que marchar en la diligencia?
--Sí; porque me obligan; pero a la vuelta...
--A la vuelta lo venden tinto--dijo la muchacha volviendo la espalda.
A las ocho llegó la diligencia. Luna la mandó parar, habló con el
mayoral e hizo que el desterrado subiese al coche.
--Bueno. ¡Adiós, señor Luna! ¡Adiós, don Venancio!--dijo alegremente
Aviraneta.
Partió el coche, y el comisario y Chamizo volvieron a Madrid en su
calesa. El comisario preguntó al ex claustrado de qué le conocía a
Aviraneta, y éste se lo dijo. El, a su vez, le interrogó al policía
acerca de la Sociedad de los Isabelinos. ¿Creía que era realmente una
Sociedad fuerte? ¿Había, en realidad, muchos afiliados?
Luna contestó con vaguedades y circunloquios. Creía que la Isabelina
era una Sociedad política, de la que saldrían probablemente ministros y
diputados.
Cuando Chamizo le habló de la Junta del Triple Sello, se rió. Dijo que
la masonería estaba sin fuerzas; que la Sociedad de los comuneros se
hallaba extinguida, y que, sumados todos los carbonarios que había en
Madrid, no llegarían a tres.
--Encuentro que tienen ustedes bastante suavidad con los
conspiradores--le dijo después Chamizo.
--¿Qué quiere usted?--repuso Luna con cierta sorna--. Los conspiradores
son un elemento de éxito para los políticos. Así, de cuando en cuando,
pueden nuestros ministros salvar a la Humanidad.
Llegaron a Madrid y Chamizo se despidió del comisario Luna.
V.
LA LAGARTA
TRES días estuvo Chamizo sin salir, ocupado en sus trabajos. Al cuarto
día fué a casa del capitán Nogueras, a la calle de Toledo. Preguntó por
el capitán, y su patrona le dijo que acababa de salir con un pardillo
llegado del pueblo, y que creía que le encontraría en la tienda de
Concha la Lagarta, la prendera de la calle de los Estudios, enredada
con Nogueras. Fué Chamizo en busca de la prendería; la reconoció porque
tenía como muestra una alambrera de brasero cubierta con una faldita,
que parecía un miriñaque de pequeño tamaño. Entró en la tienda, y la
criada de la Concha, la señora Ramona, le dijo que allí no estaba el
capitán. Iba a marcharse, cuando Nogueras salió de la trastienda y
exclamó:
--¡Hola, don Venancio! Pase usted; aquí hay un aldeano que dice que le
conoce.
--¿A mí? ¡Qué cosa más rara!
Entró en la trastienda y se encontró con la Lagarta y con un campesino.
Vestía éste de chaqueta de paño pardo, calzones cortos de tela azul,
chaleco de florones y un sombrero de catite.
La trastienda estaba en la penumbra.
--¿No me conoce su paternidad?--dijo Aviraneta.
--¿Es usted?
--Sí.
--¿De dónde viene usted? ¿De Valladolid?
--Sí, señor. ¿Ha comido usted?
--No.
--Bueno; pues vamos a comer. Luego hemos de pensar en buscar una casa
tranquila donde yo pueda esconderme.
Se puso la mesa en la trastienda y se esperó a que trajeran la comida,
que encargaron al café de San Vicente, de la calle de Barrionuevo.
La tienda de la Lagarta era buena y estaba muy repleta de cosas
de valor. Había muebles antiguos, armas de todas clases, espadas,
trabucos, estampas de colores, grandes manojos de llaves, montones de
baúles, jarras de cobre, libros de coro, ropas, bordados, cacharros
de Talavera y chinos de porcelana, de los que mueven la cabeza. Había
también varios relojes Imperio con damas, marineros y perros de latón
dorado, dentro de fanales. Lo mejor de toda la tienda, según la
Lagarta, y lo que le parecía más desagradable a Chamizo, fué una cabeza
de Cristo, con pelo de verdad, que estaba guardada en una caja de
cristal y colocada sobre un armario. Parecía una cabeza de muerto.
Concha la Lagarta era una mujer bajita, morena, con el pelo negro y la
cara adornada con rizos, sortijillas y lunares. Hubiera tenido gracia,
a no ser por su aire agresivo y displicente, que a Chamizo le disgustó
en extremo, y por su manera de hablar dura y desgarrada.
La Lagarta tenía una criada y un empleado que iba a comprar en las
casas y que vestía como un señor, un hombre de unos cincuenta años,
flaco, seco, de bigote gris, a quien trataba muy ásperamente.
Mandó la Lagarta a su empleado que estuviera en la tienda mientras ella
comía, y el señor se sentó en una silla y se embozó en la capa, porque
hacía frío.
Trajeron la comida y se sentaron la Lagarta y los tres hombres. La
señora Ramona servía la mesa. Se discutió de política. Concha era
liberal exaltada, partidaria de la degollina de los frailes y de los
carlistas. La señora Ramona, su criada, le atajaba diciendo:
--Calla, calla, que no sabes lo que te dices. Cuanto menos jaleos,
mejor; lo que es necesario es que todo el mundo viva en paz.
Después de comer se habló del sitio donde podría esconderse Aviraneta,
y la señora Ramona dijo que conocía una casa de la calle de Embajadores
donde vivía un militar que había estado en América, al que llamaban el
Aguilucho.
--El Ayacucho--dijo Nogueras.
--Eso es.
--¿Y va usted a ir así con ese traje de aldeano de teatro, tan
nuevo?--preguntó Chamizo--. Le van a conocer que está usted disfrazado.
--Tiene usted razón--murmuró Aviraneta--, y en ningún lado mejor que
aquí para disfrazarse.
--¿Quiere usted un traje de cura, don Eugenio?--preguntó la Lagarta.
--Venga.
La Lagarta tomó una horquilla y descolgó de una percha unos hábitos.
Aviraneta, con cierta protesta de Chamizo, se vistió de sotana, se echó
encima el manteo, se colocó la teja, y estaba tan en carácter, que el
mismo Chamizo reconoció que no podía estar mejor.
Se mandó traer un calesín de la plaza de la Cebada, y Chamizo le
acompañó a Aviraneta a su nuevo domicilio.
A los cuatro o cinco días le encontró éste a Nogueras.
--¿Qué hay de don Eugenio?--le preguntó--. ¿Sigue en su rincón?
--¡Ca, hombre! Le han pasado grandes peripecias.
--¿Pues? ¿Qué le ha pasado?
--Al día siguiente de llegar a la calle de Embajadores se encuentra con
la policía en la casa. Iban a prender a un ayacucho que parece que es
un truhán. Se meten de noche en el cuarto de don Eugenio mientras está
en la cama, y le dicen:
--No tenga usted miedo, caballero. Contra usted no va nada. Vamos a
prender al pillastre que vive aquí al lado.
Aviraneta oye la voz del comisario Luna, que grita:
--Que nadie salga de casa.
Aviraneta piensa con rabia que Luna se va a reír de él y se le ocurre
un disparate mayúsculo. Se viste con sus hábitos, coge su maleta, abre
la ventana, y por una viga a la altura de un cuarto piso cruza un
patio; se encuentra al final un balcón abierto, lo salta y se ve en
una casa desconocida y cerrada. Don Eugenio debió pasar unas horas muy
malas. Por la mañana intenta salir y se tropieza con una señora que le
dice: «No es aquí, padre. Es arriba». Sin duda, en el piso de arriba
había un enfermo grave. Aviraneta baja corriendo las escaleras y se
presenta en mi casa.
--Y ahora, ¿dónde está?--preguntó Chamizo.
--Le hemos encontrado una casa magnífica de un paisano mío, Ambrosio de
Hazas, en la calle de Cedaceros, tres y cinco. Hazas está en su pueblo,
y en su habitación vive ahora doña Lorenza Caveda, que es el ama de
llaves, y la hermana de éste. No diga usted a nadie dónde se esconde.
--No tenga usted cuidado.
Dejando la cuestión Aviraneta, Nogueras habló de política con su aire
de insecto sabio:
--La cosa está muy obscura y de mal aspecto--dijo--; debe haber
diferencias entre la infanta Carlota y la Reina Cristina; las dos han
querido disponer de Zea y de Javier de Burgos, y andan a la greña;
estas divisiones se han exagerado con las cartas publicadas por los
generales Quesada y Llauder, y tiene que venir una crisis.
LIBRO SÉPTIMO
VIEJAS INTRIGAS Y
NUEVOS INTRIGANTES
I.
MARTÍNEZ DE LA ROSA
UNOS días más tarde del fracasado viaje de Aviraneta y del padre
Chamizo se presentaba Mansilla en casa de Tilly y le decía:
--Vístete al momento, joven número Uno.
--¿Qué pasa?
--Tenemos reunión en casa de los Carrascos.
--¿Pues qué ocurre de nuevo?
--La Reina Cristina parece que está dispuesta a prescindir de Zea
Bermúdez y a retirarle su confianza. Se va a discutir en casa de
los Carrascos quién va a ser el sustituto de Zea, discusión de pura
fórmula, porque todos estamos en el secreto de que será Martínez de la
Rosa.
--¿Tú estás en buenas relaciones con él?
--En magníficas. Don Francisco es muy amigo mío. Yo le digo que no debe
dejar de ser poeta, que ante todo él es poeta, y esto le halaga mucho.
En la primera vacante me hace obispo.
--¿Y de los amigos, no le has hablado?
--Sí, hombre, le he hablado de ti; te conoce. «Es un chico con aire muy
fino; lo haremos diplomático», dice.
--¡Muchas gracias!
--¡Si le he hablado hasta del mismo Aviraneta! Del número Uno, Dos y
Tres del primer Triángulo del Centro.
--¿Y qué ha dicho?
--Que no tiene escrúpulo ninguno en verse con él. Que en España es
indispensable echar mano del hombre de talento en donde se le encuentre.
--Muy bien. Vamos a ver si nuestro Triángulo asciende en categoría.
Marcharon el cura Mansilla y Tilly a casa de los hermanos Carrascos,
que se hallaba llena de personajes amigos de la Reina Cristina y de
alguno que otro isabelino de los menos intransigentes.
Había en el salón hasta veinte o treinta personas.
Donoso Cortés dijo, en un discurso elocuente, que la reina, convencida
de la impopularidad de Zea Bermúdez, había pensado en sustituírle en
la Presidencia del Consejo de Ministros por algún otro político más
simpático a los elementos liberales.
Añadió que él, los hermanos Carrascos y algunos otros, consultados por
Su Majestad, habían dicho que el más indicado les parecía don Francisco
Martínez de la Rosa.
Los cristinos, al oír este nombre, aplaudieron con entusiasmo, y uno
de los isabelinos que se encontraban allí, el conde de las Navas, dijo
que era indispensable que Martínez de la Rosa ofreciese restablecer la
Constitución de 1812 y convocar las Cortes.