--Pues siguiendo las instrucciones de Sus Altezas me avisté con el

capitán Nogueras y le dije que necesitaba verme con Aviraneta. Puso

el capitán algunos obstáculos, pero, por último, me dijo que le

encontraría en su misma casa, a las tres de la tarde. Volví a esta

hora, le expliqué de qué se trataba; me pidió un plazo de veinticuatro

horas para consultarlo con sus amigos, y hoy he estado de nuevo en casa

de Nogueras y en una berlina particular he llevado a don Eugenio a

Palacio.

--¿Y qué ha ocurrido allí?

--Nada de extraordinario. Aviraneta y yo hemos sido introducidos en

el saloncito pequeño dorado. Doña Carlota y don Francisco estaban

arrimados a la chimenea, en donde ardía una hermosa llama. Después de

la correspondiente presentación y frases de rúbrica, el infante, con su

aire sencillo y franco, le preguntó:

--¿Conque tú eres Aviraneta?

---Para servir a Su Alteza.

---Tienes una fama de conspirador terrible.

--Son habladurías de por ahí.

--Ya sé que trabajas mucho en favor de mi sobrina Isabel.

--Hago lo que puedo, como súbdito que soy de Su Majestad.

--¿Tienes muchos compañeros que te ayuden?

--Bastantes.

--Son gentes decididas, según me han dicho.

--Sí. Es gente de corazón.

Aquí se mezcló la infanta con su aire enérgico y decidido.

--¿Cuántos sois en Madrid? ¿Más de mil?

--Más de mil... Pronto llegaremos a cinco mil.

--¿Trabajáis también en Barcelona?

--En Barcelona y en otras ciudades de España.

--¿Por qué trabajáis y para quién?

--Trabajamos para asegurar la libertad en España y a favor de la Reina

Isabel.

--¿Y de nadie más?

--De nadie más. De la Reina abajo, por nadie.

--Me habían informado mal. ¿Estáis satisfechos de Zea Bermúdez?

--No, señora; lo tenemos por un absolutista.

--Sabrás--dijo la infanta--que en Cataluña se está formando un partido

numeroso contra Zea para derribarlo del Poder y establecer una Regencia

que gobierne la monarquía durante la menor edad de mi sobrina Isabel.

¿Tus amigos de Barcelona piensan secundar este plan?

--Señora: mis amigos de Barcelona se han organizado y preparado para

desbaratar las intrigas carlistas. No creo que entre ellos haya nadie

que intente trabajar en favor de una Regencia.

--Pues, no lo dudes--replicó la infanta con viveza--; tus amigos serán

acaso los primeros en proclamarla.

Después hablaron en voz baja y no llegó hasta mí su conversación. Luego

oí de nuevo que decía la infanta:

--Nosotros desearíamos que pasases a Barcelona y con tu influencia

activaras los planes y deseos de aquellas gentes, y que la cosa se

hiciese sin mucho ruido ni efusión de sangre.

--Doy a Vuestra Alteza las gracias--contestó Aviraneta--por la

confianza que tiene en mí; pero debo manifestarle que estoy unido con

otras personas y que tengo que consultar con ellas.

--Nos despedimos de los infantes--concluyó diciendo García Alonso--,

bajamos a la plaza de Oriente, tomamos la berlina y le dejé a Aviraneta

en la Puerta del Sol.

--¿Y eso ha sido todo?

--Eso ha sido todo.

Esta relación dió a Chamizo, a doña Celia y a Gamboa una porción de

datos desconocidos. Aviraneta había formado una Sociedad con más de

cinco mil asociados en Madrid y con ramificaciones en provincias. Había

varios directores y él.

Se hicieron comentarios acerca de la actitud de Aviraneta, temiendo que

éste y sus amigos intentasen acercarse a María Cristina para instruírla

del insidioso plan de Regencia preconizado por los infantes, plan que a

la Reina, probablemente, no podría hacer mucha gracia.

A los tres o cuatro días, Paquito Gamboa dijo a Chamizo que ya se

había aclarado el misterio de la Sociedad de Aviraneta. Se llamaba la

Confederación de los Isabelinos o Isabelina, y tenía un Directorio

formado por Calvo de Rozas, Palafox, Flórez Estrada, Romero Alpuente,

Beraza, Juan Olavarría y Aviraneta. Cada uno era jefe de una sección

especial. La organización militar no se conocía bien. Se sabía que la

fuerza estaba dirigida por el general Palafox y tenía sus legiones y

sus centurias. A juzgar por la forma de estar constituída, la Isabelina

era una Sociedad carbonaria.

--La cosa es más seria de lo que parece--dijo Gamboa--. El Gobierno

sabe la existencia de la Sociedad y la teme. Dos individuos de la

Isabelina han ido esta mañana a visitar al ministro don Javier de

Burgos, a pactar con él, pero no se han podido poner de acuerdo.

Unos días después, el mismo Gamboa dijo al ex claustrado que le habían

dicho que la Isabelina tenía un Comité de acción misterioso que se

llamaba la Junta del Triple Sello, formado por un masón, un comunero y

un carbonario. Esta Junta era la encargada de las obras secretas, de

los asesinatos y de las ejecuciones.

VII.

LOS HILOS DE LA INTRIGA

UNAS semanas después estaba Aviraneta en su piso alto de la calle

de Segovia, en compañía del capitán Nogueras, cuando se presentó un

caballero de unos treinta años, muy bien portado.

Llamó y preguntó a la patrona:

--¿Don Eugenio de Aviraneta?

--No sé si estará. ¿A quién tengo que anunciarle?

--Diga usted al señor Aviraneta que hay aquí una persona que quiere

hablarle de parte de un dominico de Vich.

--¿De un fraile?

--Sí.

--Don Eugenio no es muy amigo de frailes--murmuró la patrona para sus

adentros--, ni yo tampoco.

Dió el recado a Aviraneta y éste exclamó:

--Que pase en seguida ese caballero.

Recorrió un largo pasillo el enviado de Barcelona y entró en un

cuarto en donde estaban Aviraneta y Nogueras. Era un cuarto grande,

blanqueado, con una estufa de hierro al rojo. Tenía las puertas y las

contraventanas de cuarterones, y un balcón tan alto sobre la calle de

Segovia, que el asomarse a él daba el vértigo.

El reciénvenido saludó a Aviraneta y a Nogueras con una inclinación de

cabeza.

--Vengo de Barcelona--dijo--con una contraseña del Dominico de Vich.

--Siéntese usted--le indicó Aviraneta.

El hombre vió la puerta que había quedado abierta, la cerró él mismo y

se sentó en seguida.

--¿Supongo que estamos en una casa de confianza?--preguntó.

--De entera confianza. Este caballero es el capitán Nogueras, amigo mío

y afiliado a la Isabelina.

--Yo me llamo Salvador, y traigo esta contraseña del padre Puig, que

debe corresponder con la otra mitad que ha debido remitirle y que

componen las dos una tarjeta.

Nogueras fué al fichero y sacó de allí un trozo de cartulina cortado

de una manera caprichosa, que se confrontó con el que traía Salvador.

Venían bien.

Era el enviado de Barcelona un hombre pálido, de bigote negro, fino,

vestido de obscuro, con unas maneras frías, humildes e insinuantes, y

un aire reservado y misterioso. Se le hubiera tomado a primera vista

por un enfermo; pero observándolo mejor se veía que no lo estaba. Tenía

una palidez de hombre que no ve el sol; era un tipo de obscuridad, de

covachuela, de iglesia o de convento. Su sonrisa le desenmascaraba;

era una sonrisa cínica, de un hombre débil, servil y bajo.

--Puede usted hablar, señor Salvador--indicó Aviraneta al enviado.

--El Dominico de Vich--dijo éste--, es hombre que, como ustedes, ha

organizado los elementos avanzados de Cataluña. El Dominico se puso en

relación con nosotros, los Europeos Reformados, que constituímos una

Venta carbonaria en Barcelona, e hizo que nos asociáramos con él.

--¿Tiene mucho prestigio, al parecer?

--Sí, mucho; tiene el prestigio del hábito y el de haber sido un

guerrillero de la guerra de la Independencia.

--¿Ha sido guerrillero?

--Sí.

--¿Y son ustedes muchos afiliados en la Isabelina de Barcelona?

--Muchos. De gente influyente, casi todos los liberales, empezando por

el general Llauder. Tenemos tres o cuatro mil hombres en la capital

preparados, armados, y otros tantos o más en la provincia.

--Han ido ustedes pronto.

--E iremos lejos, porque nosotros los carbonarios no tenemos el

propósito de contentarnos con esta idea ñoña del Gobierno de Isabel II.

Iremos a la República.

--Si les sigue alguien. Es querer marchar muy de prisa--replicó

Aviraneta.

--Allí se hacen las cosas más de prisa que aquí. Ahora ocurre que el

Directorio que preside el Dominico, y que se ha puesto en relación con

ustedes, ha tenido ofertas de otro grupo liberal de Madrid.

--¿De otro grupo liberal de Madrid? No es posible--exclamó Aviraneta.

--No hay otro grupo Isabelino mas que el nuestro--afirmó Nogueras.

--Hay otro--replicó Salvador--, y está dirigido por el conde de Parcent.

--¡Bah! Eso no es nada--repuso Aviraneta.

--No, no, no tan de prisa, caballero. Ese grupo cuenta ya con

mucha fuerza; tiene en sus filas una porción de militares jóvenes

de la Guardia Real y Guardias de Corps, tiene muchos palaciegos y

aristócratas, y está, además, patrocinado por la infanta Luisa Carlota

y por el infante don Francisco.

--¿Y qué objeto tiene ese grupo? ¿Qué se propone?--dijo Aviraneta

fingiendo ignorarlo.

--Este grupo aspira a derribar del Poder a Zea Bermúdez y a instaurar

una Regencia Triple formada por María Cristina, la infanta Luisa

Carlota y el infante don Francisco de Paula. El Dominico de Vich ha

oído las proposiciones de este nuevo grupo, y por ahora no ha decidido

nada. El Dominico quiere tener una entrevista con usted para que le

oriente en la política de Madrid, y, sobre todo, quiere ponerse de

acuerdo con ustedes en esta cuestión grave de la Regencia.

--Yo, la verdad--dijo Aviraneta--, no veo la utilidad de modificar la

Regencia. Esta nueva idea me parece perturbadora.

--A mí me parece lo mismo--aseguró Nogueras.

--Pero, aun así, la consultaremos con el Directorio--añadió Aviraneta.

--Es posible que la idea no sea oportuna--replicó Salvador--; como

teníamos la duda, por eso me han enviado a mí aquí. El Dominico lo que

quiere saber es si el ofrecimiento de esta gente palaciega que sigue al

infante don Francisco y al conde de Parcent es aprovechable, o no.

--Es muy lógica la actitud de ustedes--exclamó Aviraneta--. Yo no la

reprocho. Espero que nos pondremos en todo de acuerdo.

--Yo lo dudo--repuso Salvador.

--¿Por qué?--preguntó Aviraneta.

--Aquí la cuestión principal--dijo Salvador--es que ustedes parece que

están dispuestos a esperar, y en Barcelona no se puede esperar. Los

patriotas de allí acosan al Directorio y están dispuestos a elegir

nuevos jefes y a abandonar a los antiguos si éstos no dan la voz de

marcha y derriban al momento a Zea Bermúdez.

--Eso también quisiéramos hacerlo nosotros lo más rápidamente

posible--replicó Aviraneta--. La cuestión es poder.

--Naturalmente--dijo Nogueras.

--Bien; pero allí hay una inquietud cada vez mayor. El Dominico quiere

calmar a la gente dándole la esperanza de que, aguardando lo necesario,

el movimiento será secundado en las demás capitales; pero la gente se

cansa de esta espera.

--Esa es una cuestión irresoluble--murmuró Aviraneta--, en estos

asuntos, el impaciente no tiene más remedio que dejarlo.

--Yo creo, señor Aviraneta--dijo Salvador--, que lo mejor sería que

usted mismo fuera a Barcelona para ver si puede tranquilizar aquella

agitación y aconsejar calma a los impacientes explicándoles lo que pasa

aquí.

--Yo consultaré con el Directorio y veré qué resuelven.

--También quisiéramos que se viera usted con el general Llauder, en

Barcelona, y, a cambio de la protección de aquí de Madrid, le arrancara

la promesa de tener dominados a los carlistas. Llauder, como sabe

usted, es voluble; allí le llaman el Meteoro.

--Consultaré eso también con el Directorio.

Hablaron después de cosas indiferentes, y Salvador se marchó de casa.

--¿Qué le ha parecido a usted este ciudadano?--preguntó Nogueras.

--No me gusta este tipo. Esa palidez, esos labios delgados.

--¡Eso qué importa!

--A mí me parece un hombre vil, serpentino, que sería peligroso si

fuera inteligente y valiente; pero creo que no es ni una cosa ni otra.

A Aviraneta le quedó la impresión de que Salvador era un hombre

enigmático, lleno de duplicidad y de misterio.

Aviraneta no había estado en Barcelona, no conocía a los políticos

catalanes, no podía contrastar la manera de ser y la actitud del

enviado con otras conocidas.

La proposición de Salvador y el asunto de la Regencia Triple alborotó

al Directorio Isabelino. Nadie quería la colaboración de la infanta

Luisa Carlota, ni la de su marido. A ella se la tenía por una italiana

ambiciosa e intrigante; a él, por un tonto. Respecto a la cuestión de

enviar un delegado a Barcelona, se aceptó la proposición y se dispuso

que fuera Aviraneta.

LIBRO SEXTO

UN VIAJE FRACASADO

PREPARATIVOS

AL día siguiente iba don Venancio camino del Rastro cuando se encontró

con Aviraneta.

--¡Hola, padre! ¿Qué hay?--le preguntó.

--Ahora no se le ve a usted--le dijo Chamizo--. ¡Claro, como frecuenta

usted los palacios!...

--¿Cómo lo sabe usted?

--Amigo, aquí todo se sabe. Se sabe adónde ha ido usted, con quién ha

hablado usted...

Aviraneta quiso enterarse de dónde le había llegado la noticia al ex

claustrado, y pronto supuso que de casa de Celia.

Después contó a su modo la entrevista que había tenido con los

infantes, y dijo que éstos y los amigos de la Isabelina querían que

fuera a todo trance a Barcelona, viaje que no le hacía mayormente mucha

gracia.

--¿Por qué no encarga usted la comisión a otro?--le preguntó Chamizo.

--Es imposible; no tengo más remedio que decir como Maquiavelo cuando

su República quiso enviarle de comisionado a Roma: «Si yo voy, ¿quién

se queda? Si yo me quedo, ¿quién va?»

--Es usted un vanidoso, señor don Eugenio.

--Tiene uno motivos para ello.

--Sí; ya sé que anda usted maquinando; pero el mejor día esto se le

pone muy mal. Se está usted metiendo en muchos fregados. Además, usted

con su soberbia es capaz de cualquier cosa cuando le excitan por

vanidad, por fanfarronería.

--¿Quiere usted venir conmigo, don Venancio?

--¿Adónde?

--A Barcelona.

--¿A qué voy a ir a Barcelona?

--Puede usted encontrar allí libros viejos.

--No, no quiero ir, y eso que hay una persona que se alegraría mucho

que fuera con usted.

--¿Quién?

--Doña Celia, la señora casada con el tío de Gamboa.

--Es algo más que la mujer del tío de Paquito.

--Lengua viperina.

--¿Y por qué se alegraría esta señora que viniera usted conmigo?

--¿No ve usted que es amiga de los infantes? Pues quiere que yo le haga

a usted observaciones, que le persuada... Yo le he dicho: «Aviraneta es

impersuadible, tiene demasiada vanidad para eso».

--Así que usted también está intrigando... ¡Ay!, ¡ay!

--Yo, no. Yo todo lo que hago está a la luz del sol.

--Sí; pero ya tiene usted su partido, el partido celista o celiático.

Celia le dará buenas comidas...

--Excelentes.

--¡Oh santo varón idealista que se vende por un buen asado o por una

salsa en su punto!...

--Yo no me vendo. Eso se queda para ustedes los políticos. Yo soy amigo

de mis amigos...

--Ya lo sé. Es una broma. Quiero que pueda usted tener una ocasión de

triunfo con Celia. Venga usted conmigo a Barcelona. Yo le convido.

Cuando le diga a ella que ha venido conmigo para vigilar mis pasos, le

da a usted el festín de Baltasar.

--¿Habla usted en serio?

--Sí, señor.

--¿El viaje no me costaría nada?

--Nada.

--Bueno; si yo voy, iré sin solidaridad alguna. Si a usted le llevan a

la cárcel y le quieren agarrotar por masón o por conspirador, yo diré

que no tengo nada que ver.

--¡Ah!, claro. No somos amigos; a lo más, conocidos.

--Así, acepto.

--De acuerdo. Con que si quiere prepararse, ande usted. Es posible que

en Barcelona encuentre usted ediciones raras para dar dentera a don

Bartolo Gallardete.

--Bueno. ¿Y cuál es su objeto al llevarme a mí?

--Ninguno utilitario. Tener un compañero de viaje en la diligencia y

en Barcelona para charlar con él. Usted es un hombre ameno.

--Bien; pero yo no estoy más de una semana en Barcelona.

--No llegaremos a tanto.

Dijo Aviraneta que se marchaba al café del Príncipe, donde estaba

citado con un palaciego para volver a Palacio a verse de nuevo con don

Francisco de Paula.

--Ya se nota que está usted orgulloso--le dijo Chamizo--; así son los

revolucionarios de vanos y de majaderos.

--Pues figúrese usted cómo estaría si fuera fraile--contestó Aviraneta.

Se dirigieron ambos al café del Príncipe y se sentaron delante del

cristal.

Al poco tiempo apareció el señor García Alonso. Tomaron café y el

palaciego y Aviraneta se levantaron.

--Espéreme usted aquí una hora, don Venancio--dijo don Eugenio.

Salieron los dos a la calle y entraron en una elegante berlina.

Chamizo le esperó leyendo un ejemplar en griego de _El sueño de

Luciano_. A la hora u hora y cuarto apareció Aviraneta. Salieron

Chamizo y él del café y fueron marchando por la calle del Príncipe, la

Puerta del Sol y la calle Mayor.

Aviraneta tenía que dejar un recado en una casa grande próxima a la

Almudena.

Pasaron el postigo, viejo y roto, que era lo único que quedaba de la

primitiva Puerta de la Vega del Madrid antiguo, y se sentaron en unas

piedras. Estuvieron contemplando los cerros de la Casa de Campo, las

casuchas próximas al Manzanares, las ropas puestas a secar y la gran

vega, que comenzaba a ponerse verde. El cielo brillaba muy azul, con

algunas nubes blancas.

--¿Qué ha habido con los infantes?--preguntó el ex fraile.

--Hemos tenido una conferencia. Hay un detalle que me ha escamado. Al

entrar en la habitación de los infantes, en la antecámara había dos

señores que parecían aguardar audiencia; uno viejo, muy elegante; el

otro, más joven; pero me han dado la impresión de que me observaban

mucho. Al terminar mi visita y al salir a la antecámara, los dos

caballeros ya no estaban, cosa que me chocó, pues si esperaban

audiencia no es lógico que se marcharan tan pronto.

--Sí, es raro. Quizá iban a ver alguna camarista.

--También es posible; pero allí no hubieran hecho antesala.

--¿Y qué ha habido con los infantes?

--Los infantes me han recibido como la primera vez, de pie, delante

de la chimenea. La cosa ha pasado así. Don Francisco, con su aire de

bobalicón me ha dicho:

--«¡Hola, Aviraneta! ¿Supongo que tendrás todo dispuesto para el viaje

a Barcelona?»

--Alteza, todavía, no. Espero sus órdenes.

--Pues es necesario que te apresures, porque urge tu presencia allí.

--Mis preparativos están hechos en veinticuatro horas. Lo único que

tardará un poco es el pasaporte.

La infanta me preguntó entonces con una entonación dura y con acento

extranjero:

--¿Conoces al conde de _Pagcent_?

--No tengo el honor de conocerle mas que de nombre.

--_Quisiega_ que _tuviegas_ con él una _entgevista_. _Podgía dagte

instgucciones._

--Mis amigos quizá no vieran con buenos ojos que yo me entienda

directamente con él. En los partidos políticos hay celos y es necesario

andar con mucho cuidado para no excitar la envidia.

--Tienes _gazón_, tienes _gazón_. Los datos del conde te los

_comunicagemos nosotgos_. Veo que _eges pgudente_. _Cgeo_ que

_llevagás_ a buen _gesultado nuestga empgesa_.

--Si no hay fuerza mayor, espero, señora, realizar mis propósitos.

El infante me preguntó si conocía al coronel Obregón.

--Sí; tengo un amigo militar que se llama así y vive en la misma calle

donde vive mi hermana, enfrente de su casa.

--¿En qué calle vive tu hermana?

--En la calle del Lobo.

--Pues es ese. Ese Obregón es mi secretario y mi apoderado. Mañana, por

la mañana, irá a verte, le entregas esta tarjeta y él te dará el dinero

que necesites para el viaje. Yo le hablaré esta noche, cuando venga a

tomar la orden. En seguida que llegues a Barcelona, escríbeme. Saludé a

los infantes y salí.

--¿Así que mañana va usted a recibir el dinero para el

viaje?--preguntó el ex claustrado a Aviraneta.

--Sí.

--¿Y en seguida se va usted?

--Nos vamos, amigo Chamizo. Nos vamos.

--Bueno; entonces haré mis preparativos.

II.

LAS INTENCIONES

CHAMIZO estuvo un momento en silencio. Luego dijo:

--Ahora, ¿quiere usted explicarme, amigo Aviraneta, qué es lo que

quiere cada una de las personas que entran en este lío; por lo menos,

qué pretenden los infantes, qué desea Celia y qué desea usted?

--Amigo Chamizo, es usted muy poco político... ¿Usted cree que las

gentes tienen un plan tan claro? No. Los infantes andan a ver si pescan

la Regencia, y si pudieran, el Trono... Celia quisiera ser dama de la

reina y elevar a Gamboa, como María Cristina eleva a Muñoz. Yo quisiera

hacer la Revolución y ser presidente del Consejo de Ministros.

--¡Bah! No tiene usted talla para eso. No tiene usted cultura.

Se rió don Eugenio y siguió fantaseando. Volvieron al centro y se

detuvieron delante de la sombrerería de Aspiroz.

--Bueno--dijo Aviraneta a Chamizo--, encárguese usted de los

pasaportes, billetes, equipajes, etcétera. Mañana, a las doce del día,

iré a su casa.

--Está bien; ahora mismo voy.

Mientrastanto, Aviraneta marchó a verse con Tilly y le contó la

conferencia que había tenido con el infante don Francisco.

--Detalle más o menos, estaba enterado de lo ocurrido--dijo Tilly.

--¿De verdad?

--Sí. Lo malo es que me parece que Zea está también enterado.

--¿Usted cree?

--Creo que sí. Por si acaso no lleve usted ningún papel comprometedor

en su viaje a Barcelona.

--No pienso llevar nada.

--¿Y a qué va usted allí? ¿A trabajar en favor, o en contra?

--Yo, en contra. Los de la Isabelina no aceptan por nada del mundo la

solución de la Regencia Triple.

--Bueno. Estaremos, aparentemente, en campos enemigos; yo trabajaré a

favor.

--Por eso no reñiremos.

Se despidieron y Aviraneta volvió a casa.

Como su memoria no era completamente segura hizo una combinación

mnemotécnica con los nombres de las personas que tenía que ver y sus

señas, y se inventó un sistema de rayas y de puntos que encargó a su

patrona le bordara en un pañuelo con hilo rojo, como una greca de

adorno.

En tanto, Chamizo terminó los preparativos de viaje, y al anochecer

marchó a casa de Celia a contarle lo que ocurría y cómo iba a ir a

Barcelona. Ella felicitó por su supuesta habilidad a don Venancio e

insistió para que influyera en Aviraneta y le quitara de la cabeza

toda idea de abandonar a los infantes. Celia pintó al ex claustrado un

porvenir muy risueño.

Al día siguiente, por la mañana, antes de la hora convenida, se

presentó Aviraneta en casa de Chamizo.

Venía de hablar con el coronel Obregón, el agente del infante don

Francisco, y con un tal Ríos que le acompañaba, capitán de Urbanos, que

era preceptor de los hijos del conde de Parcent.

Este Ríos afirmó delante de don Eugenio que la Reina María Cristina era

en el fondo carlista, que creía que su cuñado Carlos era el que tenía

la razón y el derecho en la cuestión dinástica, y que estaba dispuesta

a entenderse con él. De aquí que la infanta Luisa Carlota y el infante

don Francisco quisieran compartir con ella la Regencia para impedirla

que hiciera traición a los liberales.

Aviraneta contó esta versión a Chamizo.

--¿Qué le parece a usted?

--¡Qué sé yo lo que habrá de cierto en eso!

Aviraneta traía cinco mil pesetas: cuatro mil que le había dado el

coronel Obregón de parte de los infantes, y mil Calvo de Rozas.

Guardaron tres mil pesetas en un rincón del armario de libros de don

Venancio y fueron a almorzar a la fonda de Genies, en compañía del

capitán Nogueras y de Salvador.

Salvador le explicó a don Eugenio lo que debía hacer en Barcelona y a

qué personas debía ver.

Al mediodía marcharon a la casa de postas de la calle de Carretas y

esperaron la diligencia.

Estaban allí Olavarría y Calvo de Rozas. Aviraneta habló con ellos.

Luego se reunió con Chamizo.

--¿Sabe usted?--le dijo--. Esa invención de la Regencia trina dicen que

ha nacido en París, entre los íntimos de Luis Felipe.

--¿Así que usted va a trabajar en contra de ella?--le preguntó el ex

fraile.

--¡Ah! Claro. Los amigos me han dicho que debo ir a Barcelona cuanto

antes, no a secundar el movimiento, sino a impedirlo.

--¡Y ayer que nosotros hicimos el cuento de la lechera doña Celia y yo!

--¡Bah! Si una cosa no sale bien, otra saldrá.

Se preparó la diligencia y don Eugenio y Chamizo montaron en ella.

Entraron después en el coche un canónigo, una señora gorda con una niña

muy delgada, un matrimonio que iba a Zaragoza, un lechuguino de levitín

y unos tratantes en granos. Aviraneta se envolvió en la capa y cerró

los ojos. Chamizo sacó un libro y se puso a leer. Era el día 10 de

enero de 1834.

III.

AVIRANETA, DETENIDO

AL caer la tarde llegaron a Guadalajara, se detuvo la diligencia en el

parador de las Animas, fuera del pueblo; bajó Chamizo, y al hacer lo

mismo don Eugenio, un señor de sombrero de copa y gabán esclavina, alto

y de bigote negro, levantando el bastón, gritó:

--Señor Aviraneta. De orden de la reina queda usted preso.

Era el comisario de policía don Nicolás de Luna.

Al lado de éste había dos agentes y cuatro soldados de caballería.

La Isabelina · 第 7 / 11 段