por usted--repitió Chamizo.
--¿Nada?
--Nada.
--¡Oh Jacobo Boeme! ¡Oh Cagliostro! ¡Oh Swedenborg! ¡Oh Martínez
Pascualis! ¡Oh Saint-Martin, el filósofo desconocido! ¡Ved cómo tratan
al filósofo mayor de todos los tiempos! González, usted será testigo de
esta ofensa.
--¡Hombre! Yo no creo que le he ofendido a usted en nada--exclamó
Chamizo.
--No me ha ofendido este falso hermano. ¿Cómo me va a ofender él a mí?
¡El a mí! Imposible. ¡A mí, iniciado en los misterios de Eleusis, en
los misterios de Isis! No, González, no me puede ofender un Chamizo.
No, González. Un Chamizo no me puede ofender. Yo soy caballero de la
Orden de la Apocalipsis, gran maestre de la del Diamante, venerable de
los Invisibles, caballero del León y de la Serpiente. Yo pertenezco
al rito de los Perfectos iniciados de Egipto, a la Sociedad Alpha y
Omega, a la Orden de la Medusa y de Melusina, a los caballeros de la
Pura Verdad y de la Manzana Verde. Yo soy del rito sofisiano, del
Escorpión Azul, del Cocodrilo Rosa, de la Serpiente Blanca; soy de los
adoradores de Mitra, de los caballeros de Astarté, de los Magos de
la torre astronómica de Babilonia, de los elegidos de Hiram y de la
desembocadura del Nilo. ¿Y me pregunta si me ha ofendido, González? No.
González, no. La gente vulgar no me puede ofender.
--Está bien. Me está usted molestando con sus tonterías. ¡Váyase usted!
--¿Me echa?
--Sí: váyase usted.
--Yo soy un sublime perfecto--exclamó el comadrón, irguiéndose sobre
las puntas de los pies.
--A mí me parece usted un perfecto majadero. ¡A la calle!
--¿A la calle? ¡Me dice a mí a la calle, González!
--Sí; le digo a usted, a la calle.
--Me vengaré, González. Me vengaré--gritó el señor Bordoncillo--.
Blandiré la gleba y la palanca. Yo tomaré el compás y administraré
justicia. ¡Tiemble usted, señor Chamizo! ¡Tiemble usted! Tengo en mis
manos las fuerzas ocultas de la Naturaleza...
Mientras el señor Bordoncillo seguía diciendo fantasías, Chamizo les
fué llevando a él y a su secretario por el corredor de la casa de doña
Puri hasta la puerta de la escalera; abrió y les echó fuera.
Cuando Chamizo le vió por primera vez a Aviraneta, le dijo que no le
mandara gente como el comadrón-teósofo, porque alborotaba toda la casa
y le desacreditaba.
--¡Pero, hombre, un personaje tan pintoresco! Yo creí que le divertiría
a usted.
Aviraneta se rió mucho cuando le contó lo ocurrido y prometió no
enviarle ningún otro personaje por el estilo.
II.
LAS PASIONES HIERVEN
EL verano de 1833 fué de grandes agitaciones y jaleos populares.
Aviraneta, según dijo, estuvo perseguido por la policía; don Bartolomé
José Gallardo y sus amigos anduvieron también escondidos; se gritó
muchas veces «¡Abajo el Ministerio!»; se repartieron palos entre
carlistas y cristinos y comenzaron las noticias de las sublevaciones a
favor de Don Carlos, dirigidas por el Cura Merino, el Locho, don Santos
Ladrón y otros mil. Toda España ardía de un costado a otro.
En otoño del mismo año los madrileños presenciaron el desarme de los
voluntarios realistas en la plaza de la Leña, en donde se lucieron el
coronel Bassa y el capitán Narváez. El que, según la voz popular, tomó
parte en el desarme de los voluntarios fué Luis Candelas, el ladrón,
poco antes escapado de la cárcel de Segovia. Candelas iba sustituyendo
a José María, el Tempranillo, en la curiosidad y en la admiración de
la gente del pueblo desde que el bandido andaluz se había acogido a
indulto.
Aviraneta conocía a Candelas y un día se lo mostró a Chamizo en la
calle.
Don Eugenio debió de hacer por entonces alguna maniobra con la policía
de Zea, porque comenzó de nuevo a mostrarse en público. Había vuelto a
su casa de la calle del Lobo y nadie se metía con él. Chamizo seguía
con sus traducciones y otros trabajos.
A mediados de noviembre la marejada política aumentó; todos los días
había tiros, palos, gritos de «¡Viva la Constitución!» «¡Muera Zea!»
«¡Mueran los frailes!»
Los carlistas decían que el triunfo lo consideraban como seguro, que
todos los aristócratas, los empleados de Palacio y los alabarderos eran
suyos; que Luis Felipe iba a reconocer a Don Carlos; en fin, cantaban
victoria. Los liberales aseguraban que de un día a otro se proclamaría
la Constitución de 1812; que lord Villiers, el nuevo embajador de
Inglaterra, partidario acérrimo de los liberales, sostenía al Gobierno,
y que, en breve, podrían entrar en España Mina, Méndez Vigo, don
Francisco Valdés, Mendizábal...
Había detalles cómicos. En las tabernas de los Barrios Bajos se hablaba
de que el fantasma de Fernando VII aparecía en El Escorial en paños
menores, y todo el mundo tomaba la noticia a chacota y servía la farsa
para denigrar al difunto rey.
El Café Nuevo, de la calle de Alcalá, era un hervidero; solía estar
aquello al rojo blanco.
Un día de a mediados de noviembre, Gallardo convidó a Chamizo a comer
a la fonda de Perona, en agradecimiento de haberle encontrado el ex
fraile un volumen raro que hacía tiempo andaba buscando el bibliófilo.
Al entrar en la fonda se encontraron allí a Paquito Gamboa, al capitán
Nogueras y a Aviraneta, que comían en compañía de un joven desconocido.
--¡Hola, Viborilla; no, Aviranetilla!--le dijo Gallardo.
--¡Hola, Gallardete!--le contestó Aviraneta--, ¿qué tal va esa bilis de
bibliófilo?
--Bien. Y ese veneno de intrigante, ¿cómo marcha?
--Así, así.
Aviraneta y Gallardo se dedicaban con frecuencia a insultarse y a
morderse. Gallardo recurría en sus sátiras a la erudición; pero era
un recurso que no siempre daba resultado, porque con frecuencia sus
alusiones no se entendían.
Después de comer se acercaron Gallardo y Chamizo a la mesa de
Aviraneta y tomaron café juntos. Gallardo habló prodigando los fuegos
artificiales de su conversación.
El joven desconocido que estaba con ellos era un hombre de unos
veinticinco años, chato, de barba negra y con un aire extraño y
decidido.
Desde que se acercaron Gallardo y Chamizo el joven no habló, y poco
después se levantó y se marchó, dando la mano a los militares y a
Aviraneta y haciendo a Gallardo y a Chamizo una ligera inclinación de
cabeza.
--¿Quién es?--preguntó Gallardo.
--Es un fraile.
--¡Bah!
--Como lo oye usted. Es un fraile liberal que ha venido a vernos de
parte de nuestros amigos isabelinos de Barcelona.
--Y, ¿cómo se fía usted de los frailes?--preguntó el bibliófilo.
--Amigo don Bartolo. Esto me demuestra que no ha sido usted mas que un
conspirador de camama--dijo Aviraneta.
--¡Aviranetilla! ¡Aviranetilla! ¡Qué malo es este condenado! ¿Por qué
dice usted eso?
--Porque si hubiera usted conspirado de verdad, sabría usted que no hay
elementos mejores para la conspiración que los frailes. En la guerra de
la Independencia casi todos los movimientos los prepararon los frailes;
antes de la revolución de Cabezas de San Juan, uno de los agentes
liberales más activos fué un fraile carmelita, el padre Mata, que había
estado en Londres con Mina y recorrió todas las ciudades de España
donde había logias montado en un caballo normando; la restauración
de mil ochocientos veintitrés la hicieron los frailes; en Méjico he
conspirado con su ayuda y aquí sigo viendo que todavía es la gente de
más arrestos.
--Bien, yo no me fiaría de ellos. Este mismo tiene un aire solapado y
una mirada falsa.
--El fraile, como todo, tiene su especialidad--replicó Aviraneta con
sorna--; yo no le confiaría a éste una mujer guapa, ni una viuda, no;
pero para una conspiración esta gente es irremplazable.
--Sí, sí; fíese usted.
El bibliófilo hablaba así, principalmente, por despecho, por ver que el
fraile no había prestado oídos a su charla.
En esto entraron en la fonda unos cuantos jóvenes escritores que iban
capitaneados por Espronceda y por Larra. Llegaron hablando alto. Un
periodista calvo, barbudo, que malgastaba su ingenio acre en charlar en
los cafés, saludó a Aviraneta y a Gallardo.
--¿Hay cuchipanda romántica?--le dijo con sorna Gallardo.
--Sí; pensamos comer, en vez de cabeza de cerdo, cabeza de clásico.
III.
UNA PROPOSICIÓN DE PAQUITO GAMBOA
SALIERON de la fonda y Paquito Gamboa acompañó a Chamizo hasta su casa.
Al llegar al portal le dijo:
--¿Le puedo considerar a usted como aliado, amigo don Venancio?
--¿Aliado? Según para qué.
--Para una empresa política.
--Hombre, ya sabe usted que yo no soy político.
--No importa. Yo le explicaré a usted el asunto. Si acepta, entra en la
combinación, y si no, me da usted palabra de guardar el secreto por lo
menos durante un mes.
--Está dada, y si quiere usted, durante un año. Subamos a mi cuarto y
hablaremos con libertad.
Subieron a la habitación del ex claustrado, que estaba llena de libros
viejos, de estampas y de papeles.
--Cómo se nota aquí al sabio don Venancio--dijo Gamboa.
--¡Bah! Ríase usted. El sabio no necesita de tanto papel. Esto es un
vicio.
Chamizo desocupó el sillón, lleno de libros, para que se sentara
Gamboa, y él se sentó en la cama.
--¿Usted no ha oído hablar de una intriga palaciega, de la cual es el
centro el infante don Francisco?--preguntó Gamboa.
--No.
--Pues varios caballeros y damas de Palacio han tenido la idea de
asociar a la infanta Luisa Carlota y a su marido don Francisco a la
regencia de España.
--¿Y para qué? ¿Con qué objeto?--preguntó Chamizo.
--El motivo principal es que la reina está enamorada de Muñoz.
--Eso se dice.
--Se dice y es verdad. Para este caso se ha pensado en una regencia
triple. La cosa no tiene nada de absurda.
--No, no.
--La infanta Luisa Carlota y su marido, que saben por Celia y por mí la
influencia que va teniendo Aviraneta entre la juventud, van a llamarlo
un día de estos para hablar con él.
--¿Pero Aviraneta tiene verdadera influencia?--preguntó Chamizo.
--Sí; sí la tiene. Ahora está proyectando una sociedad de partidarios
de Isabel II, no sé en qué forma. Yo quisiera que usted intentase
convencer a don Eugenio de que la solución de la triple regencia, la
reina con los dos infantes, no es tan ilógica como a primera vista
parece.
--Bueno, probaré.
--Lo tendremos en cuenta. Vaya usted mañana a comer con nosotros a
casa de Celia. Puede usted ir allí cuando quiera. Es necesario que nos
unamos las personas discretas. Yo hablaré al infante don Francisco a
ver si puede darle a usted un empleo.
Dejándole halagado por esta dulce esperanza, se marchó Gamboa. Al día
siguiente, Chamizo fué a comer a casa de Celia, y ella le conquistó
y le hizo prometer que seguiría sus consejos, con lo cual no le iría
mal.
IV.
EL CONDE DE TORENO EN
EL CALLEJÓN DEL GATO
UNOS días después de la muerte del rey, el padre Mansilla apareció en
la Casa del Jardín a visitar a su amigo Tilly.
--Se ha presentado en mi casa un médico, el doctor Torrecilla, con una
pretensión bastante rara--le dijo.
--¿Cuál es?
--Este señor es conocido de doña Celia y quiere saber dónde vive
Aviraneta, para hablar con él.
--¿Y cómo se ha dirigido a usted?
--Por doña Celia. Este Torrecilla me ha dicho que hay una persona
importante, que ha venido del extranjero, que quiere conferenciar con
Aviraneta. ¿Usted sabe dónde vive don Eugenio?
--No; pero lo averiguaré en seguida.
--¿Usted se encarga entonces de la gestión?
--Sí; yo me encargaré, sin ningún inconveniente.
Tilly fué a buscar al capitán Nogueras y averiguó que Aviraneta
estaba viviendo en una casa de huéspedes de la calle de Segovia.
Inmediatamente fué a ver al doctor Torrecilla a su casa.
--Me han avisado que usted quiere ver a Aviraneta--le dijo--. Como
Aviraneta está hoy perseguido, si usted quiere decirme de qué se
trata...
--Se va a perder tiempo--interrumpió el doctor Torrecilla--. Soy amigo
de Eugenio, estoy al tanto de sus trabajos y tengo un encargo urgente
para él.
--¿No quiere usted que le diga concretamente de qué se trata?
--Sí; vale más que se lo diga usted, porque si no vamos a tardar mucho
tiempo en idas y venidas. Se trata de que el conde de Toreno está en
Madrid. Yo le he visitado porque está enfermo de tercianas. El conde
quiere ver a Aviraneta y hablar con él.
--Bueno, yo se lo diré. ¿Adónde le tengo que traer la contestación;
aquí, a su casa?
--Mire usted, yo, por mi profesión, no tengo tiempo disponible. El
conde está en una humilde casa de huéspedes del callejón del Gato,
número 6, piso segundo; sé hace llamar por su nombre y su primer
apellido, José Queipo. Si Aviraneta quiere ir a verle, que vaya; si
pone algún inconveniente, usted se presenta al conde y le dice: «Vengo
de parte del doctor Torrecilla con este recado de Aviraneta». ¿Estamos?
--Muy bien.
Fué Tilly a la calle de Segovia y se lo encontró a Aviraneta en un
quinto piso haciendo listas de afiliados a la Isabelina, de Madrid y de
provincias. Le contó lo que había pasado y cómo Toreno quería tener una
entrevista con él.
--¿Usted va a ser el encargado de la negociación, querido Uno?
--Sí.
--Pues dígale usted al conde que yo, particularmente, no puedo pactar
con él, porque estoy ligado con otras seis personas que forman el
Directorio Isabelino. Pregúntele a Toreno si me autoriza para que cite
su nombre a nuestra Junta, y mándeme usted en seguida la contestación.
En caso afirmativo, vaya usted a la librería de viejo de la calle de la
Paz, y al chiquillo de la librería le dice usted: «Vete a casa de don
Eugenio y dile que sí». En caso negativo, nada.
--Está bien, amigo Tres.
Fué Tilly al callejón del Gato y entró en un portal obscuro y húmedo.
Subió por una escalera sombría y llamó en el piso segundo. Preguntó
por el señor Queipo y le pasaron a un gabinete pequeño, que tenía en
el fondo una alcoba con puertas con cortinillas. Tilly pensó que desde
allí le estaban observando. Efectivamente, se abrieron aquellas puertas
y aparecieron el conde de Toreno, el doctor Torrecilla y un amigo de
los dos, don Mariano Valero Arteta.
El conde era un hombre más bien feo que guapo, abotagado, rojizo. Tenía
una mirada brillante y audaz; vestía con mucho atildamiento, como un
completo _dandy_, y hablaba un castellano en el que se traslucía el
asturiano y al acostumbrado a vivir en Francia.
--Este señor--dijo el doctor Torrecilla al conde--es el que ha quedado
encargado de avistarse con Aviraneta.
--¿Qué le ha dicho a usted?--preguntó el conde con viveza.
--Me ha indicado--dijo Tilly--que él no puede hacer nada solo y
que quiere saber si usted le da autorización para comunicar sus
ofrecimientos al Directorio Isabelino.
--Bien; no tengo inconveniente en que exponga mis ofrecimientos a
los demás miembros de su Sociedad, pero sin compromiso para ellos de
ninguna clase; hubiera deseado tener una conferencia con alguno de los
jefes isabelinos.
--Se lo diré a Aviraneta--indicó Tilly.
--Mi objeto en esta conferencia se reducía a ofrecer mis servicios a la
asociación, al paso que podría ilustrarles con los antecedentes que he
adquirido en París relativos a la marcha absolutista que piensa seguir
el Ministerio Zea.
Don Mariano Valero instó a Tilly para que dijese a Aviraneta que el
conde de Toreno estaba animado de los mejores sentimientos y resuelto a
arrostrar toda clase de peligros, a fin de lograr que se dotase al país
de una Constitución lo más liberal posible.
Al marcharse Tilly, el conde de Toreno preguntó con gran interés a
Valero por él.
--¿Quién es este joven?--le dijo.
--No le conozco apenas--contestó Valero.
--¡Qué tipo más distinguido! Este hombre hará carrera.
Tilly salió del callejón del Gato, fué a la calle de la Paz, a la
librería de viejo del señor Martín, y le dijo a Bartolillo:
--Vete a casa de don Eugenio y dile que sí.
Unos días después Aviraneta contó a Tilly el resultado de la
negociación, que fué negativo.
Aviraneta congregó a sus consejeros, y, al parecer, todos estuvieron
contentos en rechazar a Toreno.
Olavarría aseguró que el conde venía de París arruinado por negocios
bursátiles y que no traía otro plan que el de buscar un asidero
cualquiera.
--Si fuera hombre de fiar--parece que dijo--, él con los elementos con
que contamos haría la revolución; pero corremos el peligro de servirle
de escabel para alcanzar el ministerio, y que cuando no nos necesite
nos pegue un puntapié. Toreno es hombre astuto y nos dominará.
Romero Alpuente afirmó que si se aceptaban los ofrecimientos del
conde, él se retiraría de la Junta. Según él, Toreno venía a España,
como enviado de Luis Felipe, a embrollar la política española, pues el
monarca francés había perdido con Fernando VII el mejor aliado con que
contaba, y temía que se realizase en España una revolución radical que
hiciese renacer el fuego de las cenizas del republicanismo francés, que
acababa por entonces de sofocar en su país.
Flórez Estrada se expresó de idéntica manera. Aviraneta fué el único
que dijo que creía que no era prudente rechazar los ofrecimientos de un
hombre de tanta importancia. Aviraneta escribió a Torrecilla dándole
la negativa. Toreno no la echó en saco roto, y guardó gran rencor a
Aviraneta.
El mismo día Toreno salía desterrado para Asturias por orden de Zea
Bermúdez.
V.
LAS RAZONES DE LA TRIPLE REGENCIA
EL padre Mansilla subía en sus relaciones e iba escalando la alta
sociedad. El confesonario le servía de mucho. No descuidaba tampoco
la oratoria. Había adoptado en sus sermones una manera insinuante,
casuística, que le daba gran éxito.
Casi todos los días Mansilla tenía largas conferencias con Tilly, y
presentaba a su amigo en las casas más importantes, sobre todo en
aquellas que tomaban un matiz liberal.
Una mañana les mandó aviso Aviraneta de que por la tarde iría a
visitarles a la Casa del Jardín.
Mansilla y Tilly le recibieron amablemente, y constituyeron en broma el
primer Triángulo del Centro.
--¿Qué hay, Tres?--dijo Tilly.
--Vengo a ver si me sacan ustedes de una duda, ustedes que frecuentan
la alta sociedad.
--Vamos a ver...
--Creo que les dije hace tiempo que un tal Maestre nos trajo para la
Isabelina unas listas de los comprometidos en un movimiento liberal
anterior.
--Sí.
--Pues bien; por estas listas venimos a ponernos en relación en
Cataluña con un fraile, el padre Puch o Puig, a quien le conocen por
el nombre del Dominico de Vich. El tal dominico, según parece, goza de
gran prestigio, y ha organizado un Directorio Isabelino rapidísimamente
en Barcelona. Tiene ya cinco o seis mil hombres afiliados.
--¿Tantos?
--Sí; eso dice. El Directorio barcelonés se muestra lleno de
impaciencia, y quiere que se apresure el levantamiento liberal. Ha
escrito ya varias comunicaciones, y ayer se recibió una carta cifrada
del Directorio, en la que se nos dice que tardamos mucho en Madrid
en organizar nuestros trabajos, y que ellos se han puesto al habla
con un miembro de la familia real, con un Borbón que se compromete
a marchar al frente de los revolucionarios y acabar con los manejos
carlistas. Añade el escrito que en el primer correo sale un comisionado
del Directorio de Barcelona a ponerse al habla con nosotros. Yo me he
quedado asombrado pensando qué persona real puede ser... He leído la
carta a los demás y se han quedado en ayunas, como yo.
--¿Nadie ha sospechado nada?--preguntó Tilly sonriendo.
--Nadie. ¿Es que usted sabe algo?
--Sí; creo que Dos también lo sabe. ¿Verdad?
---Sí, también--dijo Mansilla.
--¿Y quién es ese personaje que va a aliarse con los revolucionarios?
--El infante don Francisco.
--¿Está usted seguro?
--Segurísimo.
--¿Pero no es un hombre negado?
--¿Hombre, eso qué importa? Carlos III fué un buen rey, y era un tonto.
-¿Y qué pretende don Francisco?
--Ser el regente. Muchos cristinos lo saben ya, comenzando por Zea
Bermúdez, que sospecha la intención.
--Me deja usted asombrado. ¡Qué malos informes tenemos! Es la desdicha
de España, de que no se puede hacer nada mas que con carcamales. Si
yo hubiera podido hacer solo la Isabelina hubiese hecho otra cosa con
gente joven...
--Hemos hecho el Triángulo del Centro--dijo Tilly--, y esto marchará.
--El número Uno y Dos van a dejar pronto atrás al número Tres--replicó
Aviraneta.
--Pero no le abandonaremos--replicó Mansilla.
--¿Y a ustedes qué les parece que debía hacer la Isabelina con relación
al infante don Francisco?
--Yo, como usted, me pondría de acuerdo con el infante--dijo Tilly.
--Creo lo mismo--agregó Mansilla.
--No va a ser posible--replicó Aviraneta--. Mis gentes no aceptan.
Les parecerá un contubernio, y desde el momento que encuentren una
palabreja de estas no saldrán de ahí. No discurren. Romero Alpuente
dirá unas cuantas frases a estilo de Robespierre, y se acabó...
--Yo intentaría convencerles. Si no se puede, entablaría relaciones
subterráneas.
--Lo averiguarán.
--No; usted es bastante inteligente para dorarles la píldora.
--¡Hum! ¡Qué sé yo!
--Ya sabe usted lo que decía madame Pompadour.
--No sé lo que decía.
--Que todo el secreto de la política consiste en mentir a tiempo.
--Es que el ambiente es tan pequeño...
--Pues yo me inclino hacia ese lado--dijo Tilly--. El conde de Parcent,
que hace de cabeza de ese partido, trata de atraerme a su bando, y
yo me dejo conquistar. Creo que no vulnero con eso mi pacto con el
Triángulo del Centro.
--De ningún modo--repuso Aviraneta--; está usted en su derecho. ¿Y
usted, Mansilla?
--Mi política es ser amigo personal de esos señores y no ser partidario
de ninguno.
--Muy bien--murmuró Aviraneta--. ¿Si se enteran ustedes de algo me lo
dirán en seguida?
--Sí. No tenga usted cuidado.
--Yo les comunicaré lo que acuerden los míos.
Dos días después volvió Aviraneta a la Casa del Jardín y se encontró
solo con Tilly.
--¿Sabe usted algo?--preguntó Aviraneta.
--Que son ellos. Parcent tiene relaciones con los isabelinos de
Barcelona. Su secretario, un capitán, De los Ríos, anda reclutando
gente.
--¿Qué pretenden?
--La pretensión es muy sencilla, y hasta lógica. Quieren constituír
una Regencia Triple con María Cristina, la infanta Luisa Carlota y don
Francisco.
--Pero, ¿con qué objeto? ¿Por qué motivo?
--Hombre, motivos hay muchos; pero el principal es que la Reina
Cristina está enamorada hasta las cachas de Muñoz. Ya no es una reina
ni una señora distinguida, es una mujer desatada, una hembra en celo.
--Yo creí que era un devaneo propio de esta familia de Borbón, que es
un tanto rijosa.
--¡Ca! Es una cosa seria... Es el amor de una mujer de treinta años,
napolitana y ardiente, que ha estado casada con un hombre viejo,
impotente y gotoso.
--Como subraya usted, amigo Uno.
--Si la cosa va como parece, todo hace creer que el descrédito de María
Cristina va a ser enorme. ¡El hijo del estanquero de Tarancón y de la
tía Eusebia en la alcoba de la reina! La cosa es fuerte. Para impedir
el descrédito se ha pensado en esta solución de la Regencia Triple, y
si Cristina se enmuñozase de tal manera que perdiera todo el prestigio
personal, entonces se intentaría sustituírla completamente en la
Regencia por la infanta Luisa Carlota.
--Todo esto que me dice usted es nuevo para mí--dijo Aviraneta--.
¿Usted cree de verdad en los amores de Cristina?
--Sí, sí; es un hecho. Pregúnteselo usted a Fidalgo. Todas las
camaristas lo saben. El otro día le vieron a Muñoz con un brillante
gordo en la pechera; era de los que usaba Fernando VII.
--¿Y esto empezó antes o después de la muerte del marido?
--Yo creo que antes. Ahí han andado en el lío la modista Teresita
Valcárcel, la querida de Ronchi, y otra muchacha camarista, Mari-Juana,
que está enredada con Colasito Franco, que es un guardia de Corps,
amigo de Muñoz. La reina ha andado rondándole a Muñoz.
--Hemos vuelto a los tiempos de María Luisa.
--Sí; nos gobernarán, como entonces, una reina italiana y un guardia de
Corps. Veremos a ver qué sale de eso.
--Usted, Tilly, no suelte el hilo de la intriga. Estamos en un momento
muy interesante.
--No tenga usted cuidado.
VI.
LOS INFANTES
SEIS o siete días después estaba el padre Chamizo en casa de doña
Celia, cuando se presentó un palaciego amigo de don Narciso Ruiz de
Herrera, un tal García Alonso, y dijo:
--Ahora acabo de dejar a Eugenio Aviraneta, después de llevarle a
Palacio a presencia de los infantes.
--¿Qué ha pasado?