--Amigo, ¿qué quiere usted? Este culto por el prestigio, por la

tradición, nos mata. Yo he organizado las fuerzas de la Isabelina y

cuando he terminado la organización he tenido que entregar esta fuerza

en manos de Palafox, que no hará mas que tonterías o algo práctico para

su interés personal. Vamos a almorzar. Le convido a usted a la fonda de

Genies... Luego haremos todas las gestiones que se puedan.

Almorzaron Tilly y Aviraneta y tomaron un coche. Fueron a ver a

Nogueras, pero no estaba. No encontraron a ninguno de los comandantes

de las centurias. Unicamente vieron a unos cuantos isabelinos en el

Café Nuevo.

--¿Dónde está la gente nuestra?--les preguntó Aviraneta.

--Unos están en los cafés. A otros los ha mandado el general Palafox

a los claustros de la Soledad, del Buen Suceso, de la Victoria y a la

Aduana. Están a la expectativa por si estalla un movimiento realista

para que se preparen inmediatamente. Los demás se encuentran en las

casas con las armas en la mano dispuestos a echarse a la calle.

--¿En qué caso?

--En el caso de que los carlistas se pronuncien por Don Carlos.

--¿Ve usted?--dijo Aviraneta a Tilly--. No hay manera de disponer de la

gente. ¡Si yo llego a ser el dueño de las centurias en el día de hoy!

--¿Y sus carbonarios?--preguntó Tilly.

--¡Son tan pocos! Y estarán probablemente en la calle. Vamos a casa de

un amigo, chispero del barrio de Maravillas. Quizá haya alguno allí.

Fueron al taller del _Majo_. Estaban de tertulia Cobianchi, el

joyero; Antonio Farigola, un antiguo oficial; Ramón Adán, y Román,

el _Terrible_, el hijo del señor Martín el librero. Todos estos eran

republicanos exaltados y consideraban como jefe al abogado González

Brabo, a quien tenían por un Dantón. Uno de ellos había propuesto el

deshacerse de Zea Bermúdez y de los absolutistas enviándoles cartas

explosivas, como la que se le envió años antes al general Eguía y le

dejó manco.

Aviraneta explicó la situación y los carbonarios parecieron no darle

gran importancia. Ya una revolución liberal no les interesaba; querían

la República, por lo menos.

--¿Ve usted?--dijo Aviraneta a Tilly al salir del taller del _Majo_--.

Con estos no se puede hacer nada.

Volvieron a la Puerta del Sol, se acercaron a la sombrerería de Aspiroz

y se encontraron a Olavarría y al masón Beraza, el del aire frailuno.

--De la torpeza de hoy nos hemos de arrepentir--exclamó Olavarría--. La

gente está decidida. Ese Palafox es un imbécil.

Pasaron varios grupos por la calle. Aviraneta no conocía a ninguno de

los que iban en ellos.

--¿Quiénes son?--preguntó al sombrerero.

--Son los cristinos, que deben tener una organización militar, porque

de cuando en cuando aparecen coroneles y militares de uniforme que

hablan con ellos. Estos cristinos--añadió--están muy levantiscos y

dicen que si Zea no ata a los carlistas corto, derribarán a Zea.

Parecía que Madrid entero se decidía por la Reina Cristina. Aviraneta

y Tilly se metieron entre la gente y oyeron sus conversaciones.

--¡Qué tontería han hecho sus amigos!--exclamó Tilly--. Con esta

agitación de la masa, un regimiento y los mil quinientos isabelinos, la

cosa estaba hecha.

Aviraneta hizo un ademán resignado. En esto, en la Puerta del Sol, se

encontraron a Gamundi.

--¿Qué han hecho ustedes?--le preguntó Aviraneta.

--Gran día--dijo el militar--. Pierrard y yo hemos dado dos hermosas

estocadas en el Cerrillo de San Blas. Gran día. Primero, duelo; ahora,

gresca, y a la noche, orgía. Esa es la vida. Ahora viene nuestra gente

hacia aquí después de dejar las armas en casa.

Efectivamente, comenzaron a llegar por la calle de Alcalá, la de

la Montera, la de Carretas y la Carrera de San Jerónimo, grupos de

jóvenes, la mayoría bien vestidos, muchos, de levita y sombrero de copa.

«¡Viva la Reina!» «¡Viva Isabel II!», se oía a cada paso, y alguno que

otro grito de: «¡Abajo el Ministerio!» Entre la gente se señalaba con

el dedo a Espronceda, a Larra, a Patricio de la Escosura y algunos

otros escritores que se lucían en medio de la multitud.

Tilly y Aviraneta iban a despedirse, cuando un chico se les acercó

corriendo. Era el de la librería de la calle de la Paz.

--¡Don Eugenio!

--¡Hola, Bartolillo!--exclamó Aviraneta--. ¿Qué ocurre?

--De parte del capitán Nogueras que se escape usted y no vaya usted a

su casa.

--¿Pues?

--Porque la policía le anda buscando.

--Bueno. Toma este sombrero de copa--dijo Aviraneta, quitándoselo de la

cabeza y dándoselo al chico--. Guárdalo en la tienda.

Al mismo tiempo sacó una gorrita pequeña y se la encasquetó.

--¿Quiere usted venir a mi rincón?--preguntó Tilly.

--No, no; gracias. Tengo otro sitio más próximo. ¡Vaya, adiós, amigo

Uno! Dentro de poco pasaré por allí.

--¡Adiós, compañero Tres!

Y los amigos se separaron.

VII.

LA CENA EN CASA DE CELIA

UNA semana después de la muerte del rey, Chamizo se encontró a Paquito

Gamboa, que le convidó a cenar a casa de su tío.

Le citó en el café del Príncipe, a las ocho de la noche. Estaba

esperando el ex fraile, cuando se presentaron Gamboa y Aviraneta.

--¿Qué hace usted?--le preguntó Chamizo a don Eugenio, porque hacía

días que no le veía.

--Ya no vivo con mi hermana.

--¿No? ¿Por qué?

--He tenido que largarme de allá, porque la policía de Zea Bermúdez ha

empezado a molestarme.

--¿Y dónde vive usted ahora?

--Estoy con una familia amiga. Ya le diré el sistema que tengo para

comunicarme con la gente, porque apenas salgo a la calle.

Estuvieron un rato en el café, y fueron después a una casa grande de

la calle de Trujillos, en el barrio de las Descalzas, donde vivía doña

Celia.

Don Narciso y Celia se habían instalado en Madrid con verdadero lujo.

De su estancia en el extranjero habían traído hábitos de confort,

apenas conocidos en la corte mas que por gente muy rica.

En la casa había varios salones alfombrados, con tapices, con muebles

muy suntuosos y con algunas obras de arte.

Pasaron Chamizo, Aviraneta y Gamboa a un saloncito, donde estaba Celia

con sus invitados, y tras de un rato de charla entraron en el comedor.

Eran quince o veinte los reunidos.

El anfitrión, don Narciso Ruiz de Herrera; su mujer, doña Celia;

Paquito Gamboa, la marquesa de Albalate, Aviraneta, Fidalgo, con

su hermana Estrella; el coronel Rivero, Nogueras, un napolitano

llamado Ronchi, director de Loterías; el secretario del embajador de

Inglaterra, lord Williers; Tilly, el cura Mansilla, el padre Chamizo,

el capitán Messina, el capitán Del Brío y el teniente Gamundi.

El comedor presentaba un hermoso aspecto. Se hallaba iluminado con

una gran araña de cristal y por dos candelabros, llenos de bujías,

colocados sobre la mesa. Celia estaba elegantísima, con un traje verde

pálido, que hacía destacarse su cabeza fina, adornada con una cabellera

de un rubio obscuro; la marquesa de Albalate iba de blanco, y Estrella

Fidalgo, que era una mujercita redondita y muy viva, en _jeune fille en

rose_. Los hombres vestían de frac, excepto los militares, que iban de

uniforme, y Mansilla, que llevaba sotana.

El anfitrión, pálido, demacrado, con el pelo entrecano, los ojos

negros, vivos, el bigote lleno de cosmético, parecía una rata. Gamboa

miraba disimuladamente a Celia, y ésta hablaba con el coronel Rivero y

con Tilly; el capitán Messina piropeó a Estrella; Aviraneta y Ronchi

obsequiaron a la marquesa de Albalate; el padre Chamizo charló con

Gamundi, y Mansilla, con el secretario de lord Williers y con dos

militares.

Todos eran del bando cristino. La cena fué espléndida y muy bien

servida. Felicitaron a la dueña de la casa y se habló por los codos.

De sobremesa, don Narciso contó una historia melodramática de los

carbonarios de Roma, en la que había intervenido, con muchos detalles;

Aviraneta estuvo amenísimo y chispeante; Messina explicó su evasión de

la Ciudadela de Barcelona, y el napolitano Ronchi habló de su vida y de

sus aventuras en Argel y Marruecos, en su lengua chapurrada, con mucha

gracia.

Ronchi era un hombre grueso, moreno, con la cara redonda y unos pelos

negros de punta sobre la frente. Tenía algo de polichinela, y una

gesticulación tan cómica, que hacía reír aunque hablara en serio.

El caballero Ronchi dijo que no creía en la Medicina, a la que

consideraba como un empirismo sin base; pero en cambio consideraba la

craneoscopia del doctor Gall como una ciencia.

--El viejo refrán de «Dime con quién andas y te diré quién eres», yo lo

sustituyo de esta manera craneoscópica: «Enséñame tu cabeza y te diré

quién eres.»

El padre Chamizo y el cura Mansilla negaron la certeza de esta máxima,

y Ronchi gritó:

--Pruebas, pruebas. ¿Quién de ustedes quiere que le examine la cabeza?

A las damas no les hago el ofrecimiento. Sería un poco duro para mi

encontrarles la prominencia del amor físico o de la infidelidad, y

denunciarlo ante el público.

--Vamos a ver--dijo Gamboa--. Ahí va mi cabeza.

Ronchi palpó la cabeza del oficial y dijo:

--Prominencia del cerebelo, grande...; hay sentido del amor y de la

reproducción; el órgano del afecto y de la amistad, bien desarrollado;

el del valor y el orgullo, también... Esta no es una cabeza

filosófica..., pero hay sentido artístico.

--Está bien--dijeron todos.

Gamboa se rió, porque Ronchi le conocía y obraba sobre seguro.

--A ver Aviraneta. Aviraneta debe tener una cabeza curiosa para un

frenólogo--indicó Gamboa.

--¡Aviraneta! ¡Aviraneta!--dijeron todos.

--Vaya, señores, no hay que impacientarse--repuso don Eugenio, y se

acercó a Ronchi.

Ronchi le saludó y le cogió la cabeza entre las dos manos.

--Señores--dijo el napolitano--. Esta es una cabeza.

Todo el mundo se echó a reír.

--No hay que reírse--replicó él con un ademán de charlatán que habla

en la plaza pública--. Yo ruego al respetable público que la examine

con detención. ¿Qué vemos en este cráneo, señores? Primero, mirad este

abombamiento de las sienes. ¿Qué significa este signo? Este signo

significa, señores, el valor, el valor personal, que está acusadísimo

en este cráneo. Ahora, reparad en esta prominencia que hay encima de

la oreja. Este signo es el signo de la crueldad y de la inclinación

sanguinaria. Este caballero que posee este cráneo es un hombre cruel

y sanguinario. Ahora ved el abultamiento que hay delante del oído: es

la señal de la astucia y de la malicia; observad lo alta que es la

cabeza: indicio de firmeza de carácter, y lo señalada que está la línea

del orgullo. En lo demás, vulgar, completamente vulgar; el sentido del

amor, de la amistad y del afecto, sin relieve; el sentido poético y

religioso, nulo. Esta no es una cabeza filosófica, no es una cabeza

artística, este es un _condottiere_... En fin, caballero--concluyó

diciendo el napolitano inclinándose de una manera ceremoniosa y

bufonesca ante Aviraneta--, craneoscópicamente es usted un hombre

peligroso.

Aviraneta correspondió a la reverencia y dijo:

--Eso dice también Zea Bermúdez, pero yo no lo creo.

Se miraron unos a otros riendo de la alusión política de Aviraneta, que

se sabía que estaba perseguido.

Se abandonó la craneoscopia, que a algunos no hacía gracia, sin duda

porque la encontraban derivaciones antirreligiosas, y se habló de

cuestiones del momento.

--¿Saben ustedes el epitafio que se ha hecho a Fernando VII?--preguntó

el cura Mansilla.

--No.

--Pues oíganlo ustedes. Es breve y compendioso:

Murió el rey, y lo enterraron.

--¿De qué mal? De apoplejía.

--¿Resucitará algún día

diciendo que le engañaron?

--Eso no; que le sacaron

las tripas y el corazón.

¡Si esa bella operación

la hubieran ejecutado

antes de ser coronado,

más valiera a la nación!

Este epitafio, recitado por un eclesiástico, se aplaudió

estrepitosamente y escandalizó a Chamizo. Días antes, una cosa así

hubiera hecho temblar a todo el mundo.

Acababan de recitar estos versos, cuando entraron en el comedor de casa

de doña Celia dos oficiales jóvenes, Ramón Narváez, vestido de paisano,

y Fernandito Muñoz, con uniforme de guardia de Corps.

La señora de la casa estuvo muy amable con los dos, sobre todo con el

segundo. Pasaron todos a un saloncito a fumar y a charlar, y a la una

de la noche se fueron los invitados a la calle.

Hacía una noche soberbia y fueron juntos hablando Aviraneta, Gamboa,

Tilly, el capitán Del Brío y Chamizo.

--¿Saben ustedes lo de Fernandito Muñoz?--preguntó Gamboa.

--No. ¿Qué pasa?

--Que la reina está loca por él.

Del Brío soltó una blasfemia.

--¡Qué _zuerte_!--exclamó con su acento andaluz--. _Eze_ llega a

general.

--Si no llega a rey--repuso Tilly.

--Y aquí, en confianza. ¿Qué clase de mujer es María Cristina? ¿Ustedes

la conocen de cerca?--preguntó Aviraneta.

--Yo he hablado una vez con ella--dijo Tilly.

--¿Y qué le ha parecido a usted?

--Pues es una mujer guapetona; pero no tiene ninguna majestad. Habla

de una manera afectada, pensando mucho lo que dice, y parece que está

representando un papel.

--A mí me ha parecido una mujer basta, ordinaria--aseguró Gamboa con

cierta saña--, una tía de estas a las que les gustan los hombres guapos.

--Una mujer caliente de corazón--agregó Tilly.

--Sí, es el tipo de la italiana gorda, fondona, un poco abandonada, que

se pasaría la mayor parte de la vida en la mesa y en la cama.

--¿Pero al menos es inteligente?--preguntó Aviraneta.

--Poca cosa.

--¿Y liberal?

--Nada, absolutamente nada. Es liberal por fuerza.

--Pues sí que es un encanto nuestra excelsa Cristina--dijo Aviraneta.

--A nosotros los liberales nos conviene pintarla como una mujer

ideal--dijo Tilly--; si no lo es, peor para ella.

--¿Y su hermana Luisa Carlota?

--Yo creo que es por el estilo--contestó Tilly--, quizá más enérgica,

más ambiciosa.

--¿Y el infante don Francisco?

--_Eze ez_ un _calsonasos_--dijo Del Brío.

--No lo creo yo así--replicó Gamboa--; a mí me parece que no es tan

tonto como dicen, y creo, además, que es un liberal de verdad.

Se pasó revista a los comensales de la cena.

--¿_Zerá sierto_ que el coronel Rivero tiene un _proseso_ por

_azezinato_?--preguntó Del Brío.

--No estoy enterado--contestó Gamboa--. Ya sé que ha tenido una causa,

pero creí que era algo militar.

--¿No conocen ustedes la historia?--preguntó Aviraneta--. ¿No? Pues la

cosa pasó en Cádiz, en mil ochocientos treinta y uno. Rivero estaba

allí de comandante y tenía todo el regimiento comprometido para

sublevarse con Torrijos. Los conspiradores se reunían en la logia. El

día señalado, al anochecer, va Rivero a la logia y se encuentra con

varios oficiales comprometidos, que le dicen que se ha presentado allí

el brigadier don Antonio del Hierro y Oliver, con su ayudante, y que

va a volver por la noche. Rivero y sus amigos parlamentan y preparan

una emboscada, y a la mañana siguiente aparece en la calle el brigadier

muerto de cuatro tiros, y a pocos pasos de él, un zapatero de la

vecindad también muerto. La justicia toma el asunto con frialdad y la

mujer de Hierro, que era una mujer de pelo en pecho, jura denunciar

a los conspiradores enemigos de su marido, arma un zafarrancho en el

cuartel, hace que prendan a cinco o seis, y, mientrastanto, un sargento

comprometido se escapa con la doncella del brigadier, con la caja del

regimiento y con una maleta de documentos comprometedores.

--¿Y no lo pescaron?--preguntó uno.

--¡Ca! Ahora está en París hecho un personaje, de empresario de

teatros, camino de tener millones.

--¡Qué _zuerte_!--volvió a decir Del Brío.

--¿Y de Narváez?¿Qué se sabe?--preguntó Aviraneta--. Estaba pendiente

de purificación.

--Lo han nombrado capitán del regimiento de la Princesa, del cuarto de

línea--dijo Gamboa.

--Es un hombre de porvenir--exclamó Aviraneta--, tiene mucha fibra y es

un liberal entusiasta.

--No quiero nada con él--repuso Del Brío.

--¿Pues?

--_Ez_ un bárbaro _zin formaz_ de ninguna _claze_. _Eztaba_ yo de

_guarnisión_ en Granada y _zolíamos_ ir a jugar a un casino muchos

_oficialez_ y _algunoz paizanos_, entre _elloz_ uno de los jefes de

los _realiztaz_. Una noche llevaba yo la banca y _eztaba_ Narváez a

mi lado. Yo perdía ciento veinte _duroz_, y Narváez, aproximadamente,

_otroz_ tantos. En _ezto_ entra el jefe de los _realiztaz_ de la

_siudad_, se acerca, _zaca_ una bolsa verde llena y la pone en la

_meza_. Narváez coge la bolsa verde, la tira al aire y dice: «Donde

_eztoy_ yo no apuntan los _realistas_». _Zalimoz_ de ella a palos.

Ya ven ustedes. ¡Qué tendrá que ver el juego con la política! _Eze_

Narváez _ez_ un salvaje.

Pasando revista a los demás comensales se habló del napolitano Ronchi.

Tilly conocía su historia.

--La vida de ese tipo es una novela--dijo--. Es un _lazzaroni_ de

Nápoles, hijo de un prendero, creo que judío. Salió de su tierra y fué

a Argel de quincallero. Aquí se transformó en charlatán y llegó a ser

el médico de Cámara y del harén de Su Majestad Argelina. El bey parece

que una vez le quiso empalar porque rompió un diente a su sultana

favorita. De Argel marchó a Tánger, siempre de médico, y vino a Madrid,

hace ocho o nueve años, donde puso una tienda de cambio. Quién le metió

en Palacio no se sabe; el caso es que Ronchi acompañó a la princesa de

Nápoles, novia del infante don Sebastián, a Madrid, y desde esta época

tiene una influencia cada vez mayor con la Reina Cristina. Dicen que ha

conseguido suplantar en su confianza al barón Antonini, encargado de

Negocios del Reino de Nápoles. Ronchi protege a una modista, Teresita

Valcárcel, fina como los corales, que entra todos los días en Palacio.

Entre ellos y Muñoz están mandando en la Reina Cristina en el momento

actual.

Aviraneta, a quien interesaba, sin duda, muchísimo todo esto, hizo más

preguntas a Tilly. Gamboa escuchaba la relación con marcado disgusto.

Llegaron a la Puerta del Sol. Para Chamizo era tarde, y se fué a casa

pensando en la sociedad abigarrada y extraña que aparecía en Madrid.

LIBRO QUINTO

INTRIGAS Y OBSCURIDADES

I.

EL COMADRÓN TEÓSOFO

SOLÍA pasar Chamizo largas temporadas sin ver a Aviraneta. No andaba

con él, porque no quería comprometerse. Don Eugenio le enviaba alguna

que otra vez un libro, una botella de vino, o algo de comer, con una

carta burlona. También intentó darle dos o tres bromas pesadas.

Una tarde, después de comer, estaba el ex fraile leyendo en su cuarto,

cuando entró la patrona, doña Puri, y le dijo:

--Don Venancio.

--¿Qué pasa?

--Que aquí está el señor Bordoncillo, con su secretario.

--No le conozco a ese señor; dígale usted que no estoy.

--Dice que trae una carta de un amigo de usted y que le tiene que

hablar de cosas importantes.

--Bueno; pues que pase.

El señor Bordoncillo era un hombre bajito, de unos cincuenta años,

melenudo, de bigote y perilla grises, con los ojos un poco bizcos y muy

brillantes, el cráneo estrecho y piriforme, la boca sin dientes. Vestía

perfectamente andrajoso, unos pantalones llenos de flecos, un chaleco

lleno de grasa y un gabán negro lleno de caspa; usaba cuello de camisa

grande y mugriento, corbata roja, unas botas destrozadas y un sombrero

de copa como un tubo. El secretario era por el estilo de él, pero aún

más raído y un tanto jorobado.

El señor Bordoncillo entró en el cuarto de Chamizo, seguido de su

secretario. Se sentó en el único sillón con la mayor familiaridad, y se

desembozó la bufanda, dejando en el ambiente un olor fuerte a tabaco.

--Lea usted--dijo al ex fraile, y le alargó una carta.

Era ésta de Aviraneta, y decía así:

«Mi querido amigo don Venancio: El dador de la adjunta es el señor

Bordoncillo, profesor de obstetricia y de ciencias ocultas. El

señor Bordoncillo es hombre eximio, de gran profundidad de ideas,

y con el cual yo, por mi incultura, no puedo alternar debidamente.

Usted, con sus conocimientos filosóficos e históricos, sabrá

comprender a este hombre ilustre, hoy perseguido por enemigos

poderosos, y elevarse a la altura de sus lucubraciones. Muy suyo,

AVIRANETA.»

Al principio no comprendió el ex fraile que la cosa era broma; pero al

poco tiempo de hablar con el señor Bordoncillo vió que se trataba de un

iluso, de un chiflado.

--¿Ha leído usted la carta?--le preguntó el hombre mirándole

atentamente.

--Sí.

--¿Y qué me contesta usted?

--Nada. ¿Qué quiere usted que le conteste? ¿Por qué dice el señor

Aviraneta que es usted profesor de obstetricia?

--Porque lo soy.

--¡Ah! Usted se dedica a asistir a partos.

--Sí, señor; tengo esa noble profesión, que algunos intentan

ridiculizar llamándonos comadrones, parteros y otras palabras

igualmente absurdas. Mi secretario González es herbolario.

--¿Y trabaja usted?

--Poco, muy poco; pero dejemos esa cuestión. No es como profesor de

obstetricia que vengo a visitarle a usted, ni a ofrecerle mis servicios.

--¡Oh! Lo supongo, lo supongo--dijo Chamizo.

El señor Bordoncillo le advirtió que sabía que el ex fraile había

abandonado los antros de la superstición, por lo cual le felicitaba;

después se acercó a él y le dijo con gran misterio:

--Soy un perseguido. Vea usted cómo me tienen--y abrió el chaleco y le

mostró que no llevaba camisa.

--¿Qué le pasa a usted?

--Es muy largo de contar; otro día en que esté en mejor situación de

ánimo se lo contaré. Hay poderes, señor mío, que quieren arrebatarme

la libertad, arrebatarme el albedrío para hacerme contra mi voluntad

consejero de la Corona. Que lo diga mi secretario.

--Es cierto, es cierto--murmuró el secretario.

--¡Pero hombre, eso no es tan malo!--le dijo Chamizo.

--No me entiende usted--dijo Bordoncillo--. ¿Y mi obra? ¿Cómo yo acabo

mi obra, si me secuestran, si me monopolizan?

--¿Y qué obra quiere usted hacer? ¿Algún trabajo de obstetricia?

--Un tratado de obstetricia del mundo.

--¿Y cree usted que no tendría usted algún poco de tiempo...?

--Necesito toda la vida, caballero, y aun no basta. Quieren distraerme.

Quieren impedirme trabajar. Vivo mal, señor mío. Vivo mal. Estoy a la

merced de un Tubal Caín.

--¿Quién es Tubal Caín?--preguntó Chamizo asombrado.

--Es un herrero de la Ronda de Atocha, que es masón y que me desprecia.

¡A mí! ¡Un Tubal Caín! ¡Qué vergüenza para el mundo! Su mujer, a la

que yo llamo la ciudadana Minerva, me hace el puchero, un puchero

miserable; lo que usted oye; y su criado, a quien yo llamo Ierófilo,

me saca la lengua cuando me ve... Así vivo yo. ¡Qué ironía! Me están

asesinando. González, mi secretario, lo sabe.

El secretario movió la cabeza gravemente, y cerró los ojos en señal de

asentimiento.

--Me han hecho quemar más de diez libras de papel--siguió diciendo el

comadrón teósofo.

--¡Diez libras de papel!

--Sí; diez libras de papel escrito por mí. ¡Por mí! Una gnosis, una

mística y mi gran obra sobre los Adelfos y los Filadelfos.

--¿Y por qué ha quemado usted eso?

--Para no producir más víctimas. Ya ha habido bastantes. Más de una

docena de hombres han muerto por esa cuestión.

El señor González volvió a cerrar los ojos gravemente y a hacer un

signo de afirmación.

--¿Tan importante es?--preguntó Chamizo.

--¡Importante! Es la síntesis de toda la filosofía espiritualista.

Los descubrimientos de los templarios, de los alumbrados, de

los filaletas, de los masones, de los martinistas, de los

teofilántropos, de los Rosa-Cruz, de los caballeros Kadosch, todas

estas ramas de las ciencias ocultas se condensan en mi sistema

filosófico-religioso-social-antropológico-obstétrico. ¿Y qué necesito

para desarrollarlo? Papel y un poco de comida y una persona segura

que rechace los ofrecimientos de los monarcas que quieran captarme.

Nada más. Usted puede ser esta persona. Usted puede asociarse a mi

gloria. El señor Aviraneta me ha dicho que usted me cedería su casa.

Este cuarto está bien. González podría vivir ahí. Parece que tiene

usted algunos libros. ¡Uf!--dijo con desdén--. ¡Literatura latina!

¡Paganismo, paganismo!

Chamizo le dijo que el señor Aviraneta se había equivocado al referirse

a él, que no era capaz de rechazar los ofrecimientos del monarca porque

estaba comprometido con la reina.

--No me diga usted más, todo lo comprendo--dijo el señor Bordoncillo

con una risa sardónica--. Está usted también vendido al Becerro de Oro.

No me diga usted más, todo lo comprendo; pero para que vea usted quién

soy, vea usted y tiemble.

Y el señor Bordoncillo sacó un cartel de cartón de debajo del abrigo,

con unas letras que decían

V G M C K,

y se lo colgó en el cuello. Luego sacó una cinta de tres colores, azul,

amarillo y verde, y se la puso en el pecho.

--Ya me comprende usted--dijo tocando la cinta con el índice, adornado

por una uña con ribete perfectamente negro--; azul el cielo, amarillo

el sol, verde la tierra--luego el comadrón teósofo se llevó la mano a

la garganta e hizo--: ¡Aj..., aj...!--como si se le hubiera metido una

espina y no pudiera sacarla.

La Isabelina · 第 5 / 11 段