--¡Hombre!, eso tiene que depender de la fuerza de que disponga. ¿Tiene

usted fuerza y gente alrededor y puede hablar de una manera clara y

terminante? Hable usted. ¿No tiene usted confianza? No diga usted nada.

A las diez, los cristinos iniciadores de la reunión, después de muchos

cabildeos, dieron como comenzado el acto. Se trajo un velador con

dos candelabros al medio de la sala, y se sentaron, presidiendo la

mesa Cambronero y Donoso Cortés, los dos muy guapos, muy currutacos y

peripuestos, y don Rufino García Carrasco, que era un tipo más vulgar,

grueso, pesado, de barba negra, uno de esos extremeños, como dice

Quevedo, cerrados de barba y de mollera.

La gente del público, los que pudieron cogieron sillas para sentarse, y

quedaron de pie unas treinta o cuarenta personas.

Entonces el abogado Cambronero tomó la palabra y explicó el objeto de

aquella reunión. Vino a decir de una manera florida que era necesario

apoyar al Gobierno, a la Reina gobernadora y a la inocente Isabel, y

que todos los reunidos allá debían colaborar a tan santo fin. Hablaron

después dos abogados diciendo, poco más o menos, lo mismo; habló

Gallardo, con su acento extremeño y su intención mordaz; luego, los

Carrascos, y, por último, Donoso Cortés, de una manera pomposa.

Aviraneta estaba muy inquieto.

--¿Qué le pasa a usted?--le dijo Mansilla.

--Esto es estúpido--exclamó--. Están divagando de una manera ridícula

sin aclarar la cuestión principal.

--Hable usted--le dijo Calvo de Rozas.

--Creo que no debe usted hablar--le advirtió Mansilla--; está usted

exaltado y se va a comprometer.

Otros individuos de la gente de mal pelaje invitaron a Aviraneta a que

hablase. El se levantó y gritó:

--¡Pido la palabra!

--Tiene la palabra el señor... el señor Aviraneta--dijo Carrasco.

Hubo un movimiento de extrañeza en el público. ¿Quién es? ¿Qué apellido

ha dicho?--se preguntaron unos a otros.

Aviraneta avanzó hasta el centro del salón con un rictus amargo en la

boca, y comenzó a hablar de una manera seca, áspera y cortante.

Aquella voz agria, aquella mirada siniestra, aquel tipo de pajarraco

produjeron cierta expectación.

Era un Robespierre, pero un Robespierre ya viejo, sin éxito, sin

dogmatismo, sin la fofa utopía de Rousseau en la cabeza. Era un

Robespierre sin sostén social, sin partidarios, amargado, ácido,

después de haber recorrido el mundo y haber conocido la miseria y la

inquietud en todas sus formas. Era un Robespierre de España, de un

país pobre, áspero, desabrido, frío y sin efusión social. El furor

lógico del sombrío Maximiliano lo reemplazaba Aviraneta con la rabia,

con el despecho, con la cólera y, sobre todo, con el desprecio por los

hombres.

«--La situación ha cambiado en veinticuatro horas, desde la muerte

del rey--dijo Aviraneta con voz sorda--. Liberales y realistas hemos

venido defendiendo durante largo tiempo al presidente Zea Bermúdez.

La razón era clara; ni ellos ni nosotros estábamos preparados para la

lucha, y la vida del rey suponía para todos principalmente una tregua.

Ha muerto Fernando VII; la tregua ya no existe, y mañana los carlistas

se lanzarán al campo. Para nosotros la presidencia de Zea Bermúdez

no tiene objeto hoy, no nos defiende de los avances del carlismo,

que se organiza precipitadamente; no sirve de garantía para nuestras

aspiraciones liberales. Todo lo que sean dilaciones, todo lo que no sea

idear un plan y realizarlo, no sólo es perder tiempo, es retroceder. En

este instante nuestros enemigos no cuentan con fuerzas preparadas, pero

contarán mañana con ellas y serán grandes, terribles, las suficientes

para tener en jaque al Gobierno. Creo, señores, que hoy lo prudente y

lo práctico es asaltar el Poder, dominar la situación incierta en que

nos encontramos, proclamar una Constitución liberal y apoderarse de las

trincheras, para defenderse del carlismo, que es un enemigo formidable.

Este es mi plan: cambio de gobierno inmediato y dictadura liberal.

Enfrente de nosotros hoy no hay nadie. Si nos decidimos y vamos todos,

la empresa me parece fácil. Si se acepta este plan, expondré mi

proyecto en detalles, que se podrán discutir; si no se acepta, como

considero que la inacción en estos momentos es una torpeza y un crimen

de lesa patria, si no se acepta, me retiraré. He dicho».

Al terminar Aviraneta su discurso hubo algunos aplausos y algunos

silbidos.

--¿Quién es este hombre?--se preguntaban unos a otros--. ¿Qué modo de

hablar es ese? ¿Cómo se atreve? ¡Es un anarquista! ¡Es un carbonario!

Para tranquilizar el cotarro se levantó don Rufino Carrasco, y dijo

atropelladamente y sin arte:

«--Señores: No me parecen estos momentos los más propios ni los más

favorables para tratar de una cuestión tan peligrosa como la que ha

suscitado el orador que me ha precedido en el uso de la palabra.

Imponer a una reina viuda resoluciones violentas cuando aun no se ha

enfriado el cadáver de su regio consorte, es cruel e inhumano, y más

cuando se trata de una reina todo bondad como la excelsa Cristina, que,

postrada como se halla en el lecho del dolor, desde él ha manifestado

al marqués de Miraflores que su mayor anhelo es procurar la felicidad

de España. La tregua se impone, señores, ante el cadáver del rey».

Aviraneta se levantó como movido por un resorte, y avanzando en el

salón dijo con voz agria y cortante:

«--Si el rey que acaba de morir no hubiera sido uno de los personajes

más abominables de la historia contemporánea, si hubiera tenido algo

siquiera de hombre, todos los españoles estaríamos ahora en un momento

de dolor; pero el rey que ha muerto era sencillamente un miserable,

un hombre cruel y sanguinario que llenó de horcas España, donde mandó

colgar a los que le defendieron con su sangre. No hablemos de tregua

producida por el dolor. Sería una farsa. Interiormente todos estamos

satisfechos pensando que el enemigo común ha muerto y que su cadáver

hiede. No hablemos de sentimiento; lo más que se nos puede pedir es

olvido, y que nos perdonen las sombras augustas de Lacy, de Riego,

del Empecinado y de otros mártires. No hablemos de ayer, pensemos en

mañana».

La contestación de Aviraneta produjo una terrible marejada de gritos,

protestas y aplausos en la sala.

En vista de ello, Cambronero volvió a levantarse y echó un discurso

habilísimo para poner a todos de acuerdo.

El participaba de los mismos sentimientos que su querido, que su

particular amigo el señor Aviraneta, a quien tenía por un patriota

ferviente y un liberal de corazón; pero creía que no todas las

ocasiones eran propicias para un movimiento radical; él admiraba la

adhesión del señor García Carrasco por la excelsa Cristina...

Así, con una serie de equilibrios y de sin embargo..., si bien es

cierto..., continuó su discurso Cambronero. No se habló más de la

cuestión. Se acordó escribir y publicar una hoja apócrifa, simulando

ser una Gaceta de una junta carlista, en la que se daba como efectuado

el levantamiento del partido, enumerando hechos falsos en apoyo de la

invención.

Gallardo, Oliver y otros dos la redactaron, la consultaron y se aprobó.

Se terminó la sesión a las doce y media y todo el mundo fué saliendo

del salón de una manera tumultuosa, discutiendo y gritando.

IV.

LOS MILITARES

AL salir a la calle formaron un grupo Calvo de Rozas, Aviraneta, Tilly,

Mansilla, el capitán Del Brío, Gamboa, Gamundi, que había dormido sus

libaciones de casa de la Bibiana, y otros oficiales vestidos de paisano.

--Aviraneta--dijo Gamboa--, ¿quiere usted venir al café de Levante, de

la Puerta del Sol? Unos cuantos amigos tenemos que hablarle.

--Vamos todos.

--Pero no así; en grupo llamaremos la atención.

Calvo de Rozas se despidió de Aviraneta diciéndole:

--No se comprometa usted a nada.

--No tenga usted cuidado.

Tilly, Aviraneta y Gamundi entraron en el café de Levante, ya vacío

y sin público; llegaron Gamboa, Del Brío y otros jóvenes oficiales

vestidos de paisano. Hubo apretones de manos y signos masónicos

de reconocimiento. Se sentaron todos y Gamboa dijo a uno de estos

oficiales:

--Habla tú.

El indicado era un muchacho apellidado Urbina, hijo del marqués de

Aravaca, teniente de Artillería.

--Señor Aviraneta--dijo Urbina--. Nos ha parecido muy bien el discurso

de usted en la reunión y estamos identificados con sus ideas. Contamos

con muchos oficiales de los mismos sentimientos que nosotros; tenemos

de nuestra parte a los sargentos y soldados del regimiento de la

Guardia Real. Denos usted su plan revolucionario y lo realizamos

mañana mismo. Prendemos a Zea Bermúdez y a todo el Ministerio; si es

indispensable los fusilamos y damos un cambio completo a España.

--¿Qué garantías necesitarían ustedes?--preguntó Aviraneta.

--Por de pronto la lista completa del nuevo Gobierno que asuma la

responsabilidad del movimiento.

--Eso tengo que consultarlo.

--Consúltelo usted con sus amigos cuanto antes.

--Lo haré así.

--Cuándo nos dará usted la contestación--preguntó Urbina.

--Mañana al mediodía.

--¿En dónde?

--En el café de Venecia.

--Está bien.

Se habló poco, porque iban a cerrar el café. Salieron todos a la

acera de la Puerta del Sol, donde siguieron charlando. Dos o tres se

despidieron y se fueron. El grupo seguía en la acera cuando Gamundi y

otro joven volvieron corriendo hacia el café.

--¿Qué pasa?--les preguntó Aviraneta.

--Que hemos encontrado a Nebot, el agente de policía de la Isabelina,

a la entrada de la calle del Arenal. Nos ha dicho que hace una hora

ha pasado Zea Bermúdez a Palacio en coche y que debe volver dentro

de poco. ¿No le parece a usted una magnífica ocasión para echarle el

guante?

--Sí. Magnífica.

Se le dijo a Urbina y a los demás lo que pasaba, y les pareció la

ocasión de perlas.

--¡Hala!--exclamó Aviraneta--. ¿Cuántos somos, nueve? Vamos cuatro por

aquella acera y cuatro por ésta; nos pondremos enfrente de la casa

donde hemos estado. Uno que vaya ahora mismo y que se ponga delante de

la plaza de Celenque. Vaya usted, Gamundi. En el momento que pase el

coche grita usted: ¡Sereno!

--Muy bien.

Y Gamundi desapareció embozado en la capa.

--Los que tengan bastón que se planten en medio y peguen a los caballos

hasta parar el coche--exclamó Aviraneta--. ¿Hay algo que decir?

--Nada.

--Entonces, en marcha.

Fueron los dos grupos hacia la calle del Arenal.

Al llegar a la esquina oyeron el ruido de un coche que venía de prisa

por la calle Mayor. Aviraneta y Tilly volvieron hacia él corriendo. El

cochero, al ver que se acercaban dos hombres, azotó los caballos y el

coche pasó como una exhalación.

--Ha cambiado de camino.

Zea Bermúdez se les escapaba.

Se avisó a los dos grupos y la gente se marchó cada cual a su casa.

V.

EN LA BUÑOLERÍA

ESTABA lloviznando; Aviraneta y Tilly fueron por la calle de Esparteros

a cobijarse a los portales de Provincia, y de aquí, a los arcos de la

Plaza Mayor.

Aviraneta hablaba a gusto con Tilly.

Se entendían los dos perfectamente. Dieron una vuelta por la plaza, que

estaba a obscuras. En un extremo de la plaza, en la esquina de la calle

de Ciudad Rodrigo, había una buñolería abierta.

--¿Quiere usted que entremos aquí?--preguntó Aviraneta.

Entraron. Era el local un sitio negro, lleno de una muchedumbre mal

encarada y andrajosa. En un rincón había una cocina ahumada con un

zócalo de azulejos blancos, y dentro de la chimenea, dos grandes

calderos, donde el buñolero, un hombre rubio, gordo, con una elástica

que debía ser blanca, pero que era negra, aparecía sudoroso entre

resplandores de llamas friendo churros y buñuelos. Un olor acre de

aceite frito irritaba la garganta.

Aviraneta y Tilly se sentaron a una mesa y pidieron chocolate con

buñuelos.

--¿Qué le ha parecido a usted todo esto?--preguntó Aviraneta.

--Todavía no tengo opinión. Lo mismo puede ser el exabrupto de usted

un acierto que un desacierto. Si usted consigue que su gente acepte la

colaboración de estos jóvenes oficiales...

--No lo conseguiré.

--Entonces se ha comprometido usted inútilmente.

--Es lo que yo supongo también. ¿Y qué efecto ha hecho mi discurso?

--Un efecto tremendo de sorpresa. Todo el mundo preguntaba: «¿Quién

es ese hombre?» Y algunos palaciegos dijeron que debía usted ser un

carbonario y que a gente así no se debía permitir la entrada en sitios

donde se reúnen personas discretas.

--¿Así que he pasado por un insensato?

--Por un completo insensato.

--¿Y para usted?

--Hombre, yo ya sabe usted que creo que la fortuna es _donna_ y que hay

que violentarla. Muchas veces un loco o un iluso van mucho más lejos

que el primero de los maquiavélicos.

Era esta cuestión suscitada por Tilly, la única que en aquel momento

podía distraer a Aviraneta de sus preocupaciones, y se enzarzaron los

dos en una larga discusión.

Tilly había llegado a pensar que el maquiavelismo era ilusorio.

--El maquiavelismo falla, porque tampoco es lo práctico--dijo--. Es lo

práctico en teoría, y nada más.

--No, no, amigo Uno.

--Maquiavelo engaña, parece un genio de la práctica y es más bien un

teórico de la práctica. Yo creo que el arte de conspirar, el arte de

crear pueblos y de sublevarlos no tiene reglas, como no las tiene el

arte de esculpir, ni el de escribir, ni el de pintar.

--Sin embargo...

--No lo creo. Sobre el impulso, sobre la intuición, no se pueden dar

reglas como sobre la manera de hacer relojes. En política se necesita

el genio, la ocasión, el momento, y una porción de condiciones más que

no están en la mano del hombre.

Aviraneta no estaba conforme y presentaba argumentos.

Esta mecánica de la política les apasionaba a los dos, y discutieron a

César, a Catilina, a Carlos V, a Catalina de Médicis, a Robespierre, a

Napoleón y a Talleyrand.

Estaban enfrascados en su conversación cuando se les acercó un

desharrapado completamente borracho.

--¡Salud, señores!--les dijo con una voz aguardentosa--. Veo que son

ustedes gente de labia que no se avergüenzan de reunirse con los pobres.

--Ni con los ricos tampoco--le contestó burlonamente Aviraneta.

--Así me gusta a mí la gente. ¡Terne!--exclamó el borracho--. Porque

aquí lo que hace falta, sabe usted, es que mismamente _haiga_

hombres... eso... y no andarse con andróminas ni con tiquis miquis...

¿Es verdad o no es verdad, tú, Manco?

--¡Sí, es verdad! Como la Biblia--exclamó un ciudadano tan astroso como

el primero, a quien le faltaba una mano.

--Vamos, que aquí hace falta resolución... para que usted me

comprenda..., y yo lo digo esto aquí, en este cafetín, o buñolería,

o cáfila, o como se le quiera llamar..., y lo diré en las Cortes...,

y en Francia también si se tercia..., y a este respectiva me tendrán

siempre a su lado los buenos... que si no no le encontrarán al hijo de

la señora Petra en su tienda de la calle del Bastero..., pero si hay

resolución...

--Que no la habrá...--dijo el Manco con sorna.

--Tú cállate, Manco, que estoy hablando yo, y porque me hayas

_convidao_ a un _soldao_ de Pavía en la taberna de aquí al _lao_ no

tienes derecho a interrumpirme... porque yo digo y sostengo que si hay

resolución... pues lo hay _tóo_... Constitución... y Cámaras... y ¡viva

la angélica! Porque, ¿qué se necesita en España?

--Muchas cosas creo que se necesitan--dijo Tilly indiferente.

El hijo de la señora Petra movió la cabeza con violencia de un lado a

otro, como si hubiera oído la mayor estupidez del mundo.

--No, señor..., no, señor--dijo--. Veo que usted no comprende

mismamente el sentido, o la alegoría, que voy exponiendo...; aquí lo

que se necesita ¿me entiende usted?, es que _haiga_ resolución... que

_haiga_ resolución.

--Bien, hombre, bien. Ya se lo hemos oído a usted muchas veces--dijo

Tilly--. Resolución, ¿para qué?

--Toma, ¡para qué! Resolución para _tóo_.

Tilly volvió al borracho la espalda y el hombre se fué vacilando a

sentarse a su banco.

--¡Qué extraña pedantería la de esta gente!--exclamó Tilly.

--Sí, quieren ser sabios; pero hay que reconocer que el consejo del

hijo de la señora Petra de la calle del Bastero parece una indicación

del Destino--exclamó Aviraneta--. ¡Resolución! ¡Resolución! No estaría

mal que la hubiera.

Tilly sacó el reloj. Eran las cuatro de la mañana.

--Voy a ver a mi gente--dijo Aviraneta--. ¿Usted qué va a hacer?

--Yo me voy a dormir. Si su gente aprueba el movimiento, avíseme usted.

--Si se acepta le avisaré a usted; pero no tengo esperanza.

Aviraneta y Tilly se estrecharon la mano, y el uno marchó hacia la

Montaña del Príncipe Pío y el otro hacia casa de Calvo de Rozas.

VI.

VACILACIONES

AVIRANETA, al salir de la buñolería, fué a casa de Calvo de Rozas y le

explicó lo que le habían propuesto Urbina y los oficiales jóvenes. No

dijo nada de la intentona de la noche.

--Eso es muy grave--exclamó Calvo de Rozas alarmado--. Eso es muy

serio. Hay que celebrar junta en seguida.

Calvo de Rozas y Aviraneta examinaron y discutieron la proposición.

Aviraneta quería convencer a su compañero. Calvo estaba indeciso.

Aviraneta expuso varios proyectos para apoderarse de Madrid; se

consultó el plano de la villa, la lista de los legionarios afiliados a

la Isabelina, el anuario militar, para ver qué jefes podrían ser amigos

y cuáles enemigos declarados.

Podían contar con mil quinientos hombres armados, a más de los

militares que siguiesen a Urbina y a los otros oficiales.

Aviraneta trabajaba en tener de su parte a Calvo de Rozas, porque con

Romero Alpuente, Flórez Estrada y Olavarría no contaba gran cosa;

tampoco esperaba nada de Palafox.

Calvo de Rozas no se convenció, y no quiso salir de su estribillo de

que había que reunir la Junta.

--Vamos a perder mucho tiempo--dijo Aviraneta.

--No; Romero Alpuente, Flórez Estrada y Olavarría hoy duermen aquí en

mi casa. A las ocho se les llamará.

--Bueno. Entonces voy a dormir un rato en este sofá--dijo Aviraneta.

--Sí; duerma usted si puede.

Aviraneta dejó el sombrero de copa en el suelo, se quitó las botas,

se envolvió en la capa, y a los cinco minutos estaba profundamente

dormido. El león o el gato que había en él escondió las garras, y la

vulpeja soñó nuevas aventuras.

Calvo de Rozas se pasó las horas de la madrugada paseando delante de

Aviraneta y contemplándole asombrado.

--¡Qué hombre!--murmuraba--. ¡Qué tranquilidad!

A las ocho se llamó a Romero Alpuente, a Flórez Estrada y a Olavarría.

Romero y Flórez se presentaron de bata con sus gorros blancos de

dormir, los dos tosiendo, con la nariz húmeda.

Se le despertó a Aviraneta, que se encontró con los dos viejos y se

echó a reír.

--Creí que estaba soñando--dijo, y añadió para adentro--: con gente así

no se puede hacer nada.

Se habló de la reunión de la noche anterior, y se puso a discusión el

ofrecimiento de los militares.

--Yo creo que la cosa es muy factible--dijo Aviraneta--y que tiene

todas las garantías de éxito que puede ofrecer un plan de esta clase.

La Guardia Real quiere tomar la iniciativa. Nosotros, con nuestros

mil quinientos hombres de las centurias dominamos Madrid. Entre los

cristinos hay gente que nos secunda.

Expuesto el proyecto por Aviraneta, Olavarría lo apoyó. El había

presenciado la revolución de Bruselas en 1830, y, según dijo, allí se

contaba con menos elementos que en Madrid en aquel momento. Calvo de

Rozas afirmó que consideraba viable el plan; Flórez Estrada y Romero

Alpuente se alarmaron.

--La cosa es gravísima--decía éste con su aire de buitre viejo,

paseándose por el cuarto con su bata y su gorro de dormir--; gravísima.

--¡Eso no se puede intentar sin consultar con Palafox!--exclamó varias

veces Flórez Estrada.

Después de una larga discusión, se acordó que Calvo de Rozas y Flórez

Estrada fueran a consultar con Palafox.

Almorzaron todos allí en la casa, y, después de almorzar, Calvo y

Flórez Estrada tomaron una berlina, puesta a disposición de los

conspiradores por un rico bilbaíno muy liberal que se llamaba también

Olavarría y que era pariente lejano del que figuraba en la Isabelina.

--Yo estaré aquí hasta la una--dijo Aviraneta a los comisionados--. A

la una iré al café de Venecia para no hacer esperar a Urbina y a sus

amigos. Allí me envían ustedes la contestación, si no la pueden traer

antes aquí.

--Bueno. Está bien.

Se metieron en el coche Calvo de Rozas y Flórez Estrada, y a la media

hora volvieron con Palafox y con Beraza, el masón.

Palafox, que era hombre sin ningún talento, a quien gustaba darse aires

de gran político, echó un pequeño discurso.

«--Señores--dijo--: Mis dignos colegas los señores Calvo de Rozas y

Flórez Estrada me han comunicado la proposición que hicieron ayer

algunos militares a un miembro de nuestra Sociedad. Entiendo, señores,

que el dar oídos a esa proposición constituye una gran imprudencia

y una gran torpeza. Primeramente, al alterar el orden, se creería

que trabajábamos por los carlistas y nuestras cabezas rodarían en

el patíbulo; después produciríamos una reacción en el Gobierno,

precisamente en este momento en que se intenta hacer avanzar las

instituciones políticas españolas. En resumen, señores, yo no me presto

de ninguna manera y por ningún concepto a tomar parte en esta sedición,

y si se acuerda en el Directorio el hacerla, el intentarla, que no se

cuente conmigo para nada».

Flórez Estrada y Romero Alpuente se adhirieron en seguida al parecer

del duque de Zaragoza, y los demás se callaron sin hacer observaciones.

El duque, triunfante, se volvió de nuevo a su casa.

Olavarría y Aviraneta fueron juntos a la Puerta del Sol.

--¿Qué le han parecido a usted las razones de Palafox?--preguntó

Olavarría.

--Fatales--contestó Aviraneta--. Es un tonto complicado con un

palaciego. Pensar de antemano en las consecuencias de un movimiento,

como si ya hubiera fracasado, es una majadería.

--Con esta gente no vamos a ningún lado.

--Revoluciones con generales de salón y con señores con gorro de

dormir, imposible--contestó Aviraneta--. Bueno, me voy a ver a esos

militares.

--¡Adiós, Aviraneta!

--¡Adiós!

Aviraneta entró en el café de Venecia, que se encontraba lleno de gente

y de humo; había dos mesas ocupadas por militares jóvenes, y en un

rincón estaba Tilly. La cuestión de Aviraneta no era la única que se

debatía, pues había otra que apasionaba más a un grupo de oficiales

jóvenes, y era un desafío concertado entre Gamundi y el teniente

Pierrard con un sargento y un alférez de los voluntarios realistas.

El desafío se iba a verificar al mediodía en los altos del

Observatorio, en el antiguo Cerrillo de San Blas.

En otras mesas se jugaba al dominó con un gran estrépito, y de la sala

de billar llegaba el ruido del choque de las bolas.

Aviraneta se sentó en el grupo en que se encontraban Urbina y sus

amigos, y contó rápidamente lo que había ocurrido en casa de Calvo de

Rozas y lo que había dicho Palafox.

--Es un disparate--saltó Urbina--. Pierden la mejor ocasión.

--Es verdad--replicó el teniente Pierrard, que se levantó con sus

padrinos para ir a batirse--. Ahora era el momento de dar el golpe

revolucionario y de restablecer la libertad para siempre.

--Yo lo creo también así--aseguró Aviraneta--. Pero no tengo medios.

--Sea usted el jefe--exclamó Urbina--. Le seguiremos.

--Hasta la muerte--gritó Gamundi.

Otros militares se agruparon alrededor de la mesa para ofrecerse.

--Muchas gracias, señores--replicó Aviraneta--, pero yo no tengo

prestigio para eso. Nuestras fuerzas organizadas están a las órdenes

del general Palafox. ¿Me seguirían a mí, si yo intentara suplantar al

general? Es muy dudoso.

--De todas maneras, usted cuenta con nosotros. Hable usted, vea usted.

Si hay alguna posibilidad, haremos lo que sea de nuestra parte.

--Sí: cuente usted con nosotros, con todos.

Los militares estrecharon la mano de Aviraneta y se fueron. Don Eugenio

se sentó en la misma mesa de Tilly y le explicó lo que había ocurrido.

--¡Qué ocasión más admirable se pierde!--exclamó Tilly--. No se debía

dejar escapar.

--¡Qué quiere usted! La negativa de Palafox nos imposibilita para todo.

--¿Por qué no habla usted a los comandantes de las centurias?

--¡Si no sé dónde están! ¿No ve usted que hemos dado la dirección

militar a Palafox? Hoy Palafox ha pensado en una movilización cuyo plan

sólo él lo tiene.

--¡Qué lástima!--volvió a murmurar Tilly.

La Isabelina · 第 4 / 11 段