--Nada; viejos cansados, hombres serios y honrados, pero inútiles para

una conspiración. Gente que tiene un hermoso epitafio nada más. Yo

preferiría pillos, ambiciosos, crapulosos... indocumentados, pero con

más ímpetu.

--Pero, en fin, ya que no se encuentran pillos hay que echar mano de

gente honrada--dijo Tilly seriamente.

--Sí.

--¡Qué miseria!

--¿Y en la organización de la Junta han pasado ustedes todo ese

tiempo?--preguntó Mansilla.

--No sólo en esto--replicó Aviraneta--. Hace unos días me encontré en

la calle con un tal Francisco Maestre, ex administrador de Rentas de

Avila. A este señor le conozco porque, en 1823, se reunió a la columna

del Empecinado con los pocos fondos de las existencias de aquella

administración. Maestre me contó sus vicisitudes y los trabajos pasados

en diez años de cesantía, atenido a las míseras ganancias que iba

obteniendo en el escritorio de un procurador. A pesar de su penuria

y de sus dificultades, ha conspirado estos años pasados contra el

Gobierno absolutista en compañía de Marcoartú, Miyar, Torrecilla, etc.,

estando él encargado de la correspondencia en provincias hasta que la

conspiración fué descubierta.

--¿Y le ha dado a usted sus notas?--preguntó Tilly.

--Sí; me ha dado las listas de los comprometidos en Cataluña, Valencia,

Valladolid y Zamora.

--¿Y cómo no se ha llevado usted al mismo Maestre?

--Porque no quiere. Dice que está cansado, enfermo y con una familia

numerosa que mantener.

--¿Y los datos tienen valor?

--Grande.

--¿Así que la Sociedad Isabelina marcha bien?--preguntó Tilly.

--Viento en popa.

--¿Y qué consigna tenemos de aquí en adelante?--preguntó Tilly.

--Por ahora esperar; decir a todo el mundo que Zea es indispensable

e insustituíble. Nosotros secundaremos lo que hagan los cristinos por

debajo de cuerda, y, mientrastanto, nos prepararemos y compraremos

armas. Usted, amigo Uno, visite a todo el que pueda.

--¿Y yo?--preguntó Mansilla.

--Usted, amigo Dos, busque el modo de averiguar lo que traman los

realistas. Nosotros no estamos preparados; pero ellos, tampoco.

Probablemente los carlistas se harán dueños de media España; pero con

que nosotros tengamos las capitales, triunfaremos.

Lo mismo pensaban Mansilla y Tilly. Estas consideraciones les

arrastraron a discutir principios políticos, en lo cual no estaban muy

conformes.

--¿No podríamos hablar un poco del objeto de nuestra

Sociedad?--preguntó Mansilla--. ¿Hasta dónde queremos llegar?

A mí me parece inútil la discusión, pero discutiremos lo que a usted le

parezca. Yo creo que por mucho esfuerzo que hagamos, en España siempre

nos quedaremos cortos--contestó Aviraneta.

--Yo creo lo mismo--dijo Tilly.

--Son ustedes unos malos liberales--repuso Mansilla--. No les gusta

razonar.

--Es que yo creo que necesitamos una cierta cantidad de libertad para

poder movernos desembarazadamente, y eso, a mi entender, hay que

conquistarlo a todo trance--replicó Aviraneta.

--Es indudable--dijo Tilly.

--¿Pero es que ustedes creen que nosotros en España no hemos tenido

libertad?--preguntó Mansilla--. ¡Qué error! La hemos tenido a nuestro

modo. ¿Es que ustedes suponen que fray Luis de Granada y Santa Teresa

no escribían con libertad y sin trabas? ¿Ustedes piensan que Mariana,

Suárez, Molina Soto, no eran pensadores atrevidos?

--No sé--dijo Aviraneta--. No sé si tiene usted razón, o no. Cada época

plantea su problema de una manera especial. Hablar de que el problema

que se planteó antes es igual al de hoy, no tiene valor. Nosotros nos

referimos a la libertad actual moderna en sus dos aspectos: libertad de

pensar y libertad de hacer.

--¡Naturalmente--exclamó Tilly--, lo demás son tiquis miquis teológicos

que no nos interesan!

--Veo que ustedes quieren la libertad del pensar, para no

pensar--repuso Mansilla con ironía--. Pasemos a otra cuestión, ya que

no gustan ustedes de las doctinales. ¿Vamos a trabajar por la libertad

de los demás, sin premio?

--¡Hombre, no! Usted encontrará el puesto que merece rápidamente a

consecuencia de la política. Con los datos nuestros se apoya usted en

los realistas, y con los de los realistas, en nosotros, y como nosotros

sabemos que está usted en nuestro bando, ya basta.

--¿Y usted, Aviraneta, va usted a trabajar sin esperanzas de alcanzar

algo?--preguntó Mansilla.

--Por lo menos por ahora no tengo un plan de ambición concreta.

--¿Entonces es que quiere usted quedar en la historia? ¿Tiene usted

aspiración a la inmortalidad?

--Yo, no; ninguna. ¿Y usted, Tilly?

--Tampoco. Todos mis planes están incluídos en la vida.

--Es más--afirmó Aviraneta--, a mí eso de la inmortalidad me parece una

aspiración mezquina.

El cura torció el gesto.

--¿Usted no opina lo mismo?

--Yo, no. A mí me parece un sentimiento natural el de la aspiración

hacia la eternidad.

--Es que usted es cura--dijo fríamente Tilly.

--Ustedes mismos, que no creen en la inmortalidad del alma, pretenden

la de la historia.

--No, no. Yo, no--repuso Tilly.

--Yo tampoco--replicó Aviraneta--. No me ocupo, no me importa el pensar

que dentro de cien años haya un buen señor que descubra mi nombre y se

ponga a estudiar mis andanzas. No me preocupa eso absolutamente nada.

--No le creo a usted.

--Como usted quiera. Ahora mismo mi preocupación es lo que tengo que

hacer al salir de aquí, lo que haré esta noche, mañana, pasado. El año

que viene ya tiene perspectivas muy lejanas, casi no existe para mí.

Después de discutir este punto, que, naturalmente, no se esclareció,

Tilly propuso el empleo de un vocabulario especial para el Triángulo,

con cincuenta o sesenta palabras convenidas, que les permitiera hablar

entre gente sin que nadie se enterara.

Se aceptó la idea, y como Tilly había hecho ya la lista de palabras y

sus formas de sustitución, se examinó esta clave, se rechazaron algunas

palabras y se aceptaron las demás.

Se decidió que cuando uno quisiera pasar de la conversación corriente a

la conversación con clave preguntara:

--¿Y el cónclave, qué tal va?

El otro debía contestar:

--Bien, muy bien. Vamos trampeando.

Hicieron algunas pruebas del nuevo método y quedaron contentos.

Poco después Aviraneta dejaba la Casa del Jardín y salía de la Montaña

del Príncipe Pío por la puerta de San Gil, mientras el padre Mansilla

salía por la de San Vicente.

III.

LA AGITACIÓN POPULAR

MIENTRASTANTO, la conmoción popular iba en aumento, los cristinos y

los carlistas se venían a las manos en los Barrios Bajos, y todas las

noches había jarana y tiros, y vivas a Carlos V y a la Constitución.

Los cafés estaban convertidos en centros políticos; cada cual tenía

su matiz: la Fontana de Oro, Lorencini y la Cruz de Malta eran casi

en bloque liberales doceañistas; el de los Dos Amigos, el de la

Estrella y el Café Nuevo eran liberales exaltados; el de San Sebastián

tenía una tertulia republicana; el de San Vicente, de la calle de

Barrionuevo, y el de la Aduana, eran realistas; el de Solís, en la

calle de Alcalá, era moderado. Los literatos iban al café del Príncipe

y al de Solito; los militares indefinidos, al café de Venecia; los

viejos aficionados al ajedrez y al dominó se metían en el de Levante,

y los lechuguinos, en el de Santa Catalina. En general, el centro de

Madrid era partidario de un liberalismo manso; los Barrios Bajos eran

absolutistas.

Las dos fracciones liberales de cristinos e isabelinos maniobraban a

la par. Los isabelinos colaboraban con los cristinos, sin que éstos

notasen que otros elementos a su sombra formaban rancho aparte. Cuanto

se ejecutaba por los cristinos partía del grupo de los Carrascos, sin

que Aviraneta y los suyos tuviesen contacto con aquellos jefes.

Aviraneta desconfiaba de la fracción cristina amiga de Zea Bermúdez;

los cristinos sabían que por debajo de ellos se agitaban los exaltados

y temían su tendencia demagógica; pero no los consideraban peligrosos,

porque los creían sin organización.

Lo mismo unos que otros, y con ellos los carlistas, afirmaban que el

ministerio de Zea era insustituíble. Naturalmente, todos necesitaban

tiempo para prepararse.

Aviraneta y Tilly, para entenderse y ponerse de acuerdo, buscaron

intermediarios. Aviraneta hizo que un antiguo amigo suyo, Fidalgo,

empleado en Palacio, fuera uno de éstos. Cuando Tilly tenía que decir

algo a Aviraneta se lo comunicaba a Fidalgo, y éste mandaba aviso a

don Eugenio, a la sombrerería de Aspiroz, de la calle de la Montera,

esquina a la Puerta del Sol.

Respecto al padre Mansilla, no era sospechoso de liberalismo y se

le podía escribir sin miedo. Mansilla solía contestar con clave,

dirigiendo las cartas algunas veces al padre Chamizo.

A pesar de la forma discreta con que se hizo el armamento de los

cristinos y de los isabelinos, el ministro debió darse cuenta de sus

manejos y sospechó si por debajo de la gente de los Carrascos habría

otros elementos más peligrosos para la paz.

Un día, en un parte del superintendente de policía, se dijo que en

la plazuela de San Ildefonso, encima de una botica, se verificaban

alistamientos de cristinos, que estaban formando la sexta y séptima

compañía del segundo batallón. Se añadía que varios de los alistados,

entre ellos un fabricante de naipes de la calle de Toledo, frente a San

Isidro, y dos oficiales indefinidos, habían celebrado una conferencia

con otros individuos sospechosos en el café de la Estrella.

Con estos indicios, Zea distribuyó su policía por todo Madrid y cogió

de madrugada a un paisano armado con fusil, bayoneta, canana y diez

cartuchos de bala. Era de la Isabelina, pero se lo calló. Interrogado,

dijo que era cristino y que se había alistado en casa de un carpintero

de la calle del Postigo de San Martín, esquina a la de la Sartén;

añadió que se decía que en la plaza de San Ildefonso distribuían las

armas un oficial del regimiento de Farnesio llamado García Ampudia,

y un tal Arroyo, y que a otros puntos iba Domingo Gallego, criado de

don Rufino García Carrasco, y un capitán de la clase de indefinidos

apellidado Tominaiza.

El paisano encontrado con armas fué puesto en libertad.

Así, por debajo de los cristinos, iban laborando los isabelinos.

Llegó el 30 de junio de 1833, fecha fijada para la jura de la princesa.

Con este motivo se temió que hubiera alborotos aquel día y los

siguientes. Aviraneta y Tilly se comunicaron los acuerdos de sus

partidos, y la Junta cristina y la isabelina se mantuvieron en sesión

permanente.

Palafox trató de hacer una movilización de los isabelinos por vía de

ensayo, y fué enviando centurias con sus comandantes a distintos puntos

estratégicos, y allí donde había festejos, para que los realistas no

intentaran deslucirlos y hacerlos fracasar.

Al volver los grupos a la Puerta del Sol y al entrar en los cafés, hubo

gritos y vivas.

--¡Viva la reina!--gritaban los cristinos y los isabelinos.

--¡Viva!

Y después, cuando no había policía cerca, los isabelinos vociferaban:

--¡Viva la Constitución! ¡Mueran los frailes! ¡¡Mueran los carlistas!!

LIBRO CUARTO

LA MUERTE DEL REY

I.

LAS PRIMERAS NOTICIAS

A medida que pasaba el tiempo, la situación política se iba haciendo

más obscura. Los amigos de Aviraneta afirmaban que las revueltas no se

harían esperar. Por otra parte, los realistas daban como seguro que

el día de San José sería el del trueno gordo para la degollación de

liberales, masones y cristinos. En las Vistillas y Puerta de Moros y en

el barrio de Lavapiés los paisanos aclamaban a Carlos V.

Todos los días aparecían pasquines, la mayoría mal escritos, que

acababan con vivas a Don Carlos o a Isabel, y con un «¡Mueran los

masones!», o un «¡Abajo los _flaires_!»

Los voluntarios realistas estaban ya como licenciados, y no se les

permitía salir a la calle de uniforme. Zea Bermúdez, el jefe del

Gobierno, quería dominar la situación, y pensó en quitar las armas a

los cristinos, de quienes se decía que se preparaban militarmente, y en

desarmar a los voluntarios realistas.

El proyecto era excelente, pero de difícil realización. Todos los

días había palos en las calles. Los realistas, cuando atacaban a los

cristinos, decían que habían gritado: «¡Viva la Constitución!», y los

liberales, cuando zurraban a los realistas, que habían prorrumpido en

vivas a Carlos V.

Se dijo que iba a haber una gran conmoción popular, y que la señal

la daría la ascensión de un globo. Estas señales con globos se

relacionaban, no se sabe por qué, con el carbonarismo.

Unos días después de la jura de la princesa, al pasar por la Puerta

del Sol el padre Chamizo, se encontró con Aviraneta, que marchaba en

compañía de algunos amigos.

Había en la plaza gente mal encarada, armados con garrotes y bastones.

--¡Viva la reina!--gritaban los cristinos.

--¡Viva!--vociferaban todos.

--¡Mueran los carlistas! ¡Mueran los frailes!

--Nos están ustedes dando un trágala--le dijo Chamizo a Aviraneta.

--Esto va de broma.

Lo cierto fué que no pasó nada de particular.

El mes de septiembre se agravó la enfermedad del rey y se temió por

instantes por su vida. El 29 del mismo mes declararon los médicos de

cámara que su estado era muy grave.

Tenía Aviraneta en Palacio un amigo que le daba noticias del curso de

la enfermedad del monarca. Era éste Fidalgo, hermano de dos camaristas

de la reina, llamadas Blanca y Estrella, que tenían relaciones con dos

oficiales, el capitán Messina y el teniente Pierrard.

Aviraneta recibió una mañana el aviso de Fidalgo, diciéndole que el rey

estaba en la agonía.

--Voy a casa de los amigos a darles la noticia--le dijo a Chamizo, y le

preguntó después--: ¿Usted conoce al capitán Nogueras?

--Sí.

--Pues vaya usted a su casa, a la calle de Toledo, esquina a la de las

Maldonadas, y dígale lo que ocurre. A él le interesa mucho, por estar

esperando el destino...

El padre Venancio fué a la calle de Toledo, y entró en casa de

Nogueras. Le recibió su patrona, la señora Nieves, una pobre mujer,

que le dijo que el capitán, su pupilo, llevaba una vida muy mala.

Estaba enredado con una prendera de la calle de los Estudios, a la que

llamaban Concha la Lagarta, una mujer más mala que un dolor, según ella.

Cuando don Venancio dijo a la señora Nieves que despertara al capitán

para darle una noticia, ella se opuso; alegó que su pupilo se había

acostado por la mañana; pero cuando le aseguró que era noticia

importante, de la que dependía su destino, entró en la alcoba a llamar

a Nogueras.

Salió Nogueras en mangas de camisa y en chanclas. Era el capitán un

hombrecito flaco y cetrino, con la nariz picuda y unos anteojos muy

gruesos. Aviraneta lo había definido diciendo: «Nogueras es un cínife,

una chinche, un piojo, sabio y burocrático».

El ex claustrado contó al capitán lo que pasaba, y se fué después a

casa a trabajar en sus traducciones.

Por la tarde, estaba Chamizo en el balcón tomando el fresco, cuando

apareció Aviraneta en la calle.

--Mientras usted está aquí tranquilamente--le dijo--, el pueblo arde de

un extremo a otro. Baje usted.

Bajó Chamizo a la calle y preguntó:

--¿Qué ha pasado?

--El rey ha muerto a las cinco de la tarde. A las cinco y diez minutos

tenía yo la noticia en la sombrerería de Aspiroz. Los amigos andan

de observación. Por ahora los realistas están achicados y encogidos.

¿Quiere usted que vayamos por ahí a tomar el pulso al pueblo?

--Vamos.

A las seis, la noticia de la muerte del rey era general. La gente

andaba por las calles sorprendida y perpleja, reuniéndose en grupos,

hablando y haciendo cábalas; todo el mundo creía que iba a ocurrir

algo, aunque no se figuraban qué.

Pasaron el ex fraile y el conspirador por Lorenzini y la Fontana, y

después por los cafés de la calle de Alcalá, el de la Estrella, el de

Los Dos Amigos y el Café Nuevo. En éste se hablaba a gritos contra el

rey muerto.

II.

LA TABERNA DE LA BIBIANA

AVIRANETA y Chamizo fueron a cenar a una casa de comidas de la calle de

las Tres Cruces, la casa de la Bibiana. Estaban allí reunidos Nogueras,

del Brío, Gamundi y algunos otros jóvenes de la Isabelina, casi todos

militares indefinidos y bullangueros.

Entre ellos se destacaba un hombre de más de cuarenta años, que

parecía hecho de alambre, seco como la yesca, negro, amojamado, con

los ojos brillantes y los movimientos violentos. Era uno de los pocos

carbonarios de la Sociedad Isabelina. A su lado estaba un periodista

hambrón, melenudo, barbudo, vestido con una vieja levita de miliciano.

Toda la caterva liberal entró en un cuarto grande que comunicaba con

la cocina. Dos quinqués de petróleo iluminaban este comedor, que tenía

una mesa larga de pino y un armario con botellas. Gamundi y del Brío

se fueron, y volvieron al poco rato con dos muchachas, la _Pinta_ y

la _Cascarrabias_, con las que estaban amancebados y a las que habían

llevado a comer.

Eran dos manolas, las dos a cuál más desvergonzadas en el hablar.

Vestían mantilla con cenefa de terciopelo, peineta grande, pañuelo

de color al pecho, y guardapiés. La _Pinta_ era rubia, y la

_Cascarrabias_, morena, medio gitana.

Del Brío hacía buena pareja con su manola, porque era un jaque andaluz,

presumido y fanfarrón; pero Gamundi ya no estaba tan bien en este

ambiente.

Gamundi era el hijo de un guerrillero de Mina y había vivido, en su

juventud, en Inglaterra. Era de pequeña estatura, rubio y un poco

zambo, con un gran bigote dorado y patillas cortas. Aviraneta le

llamaba el Zambete.

--¡Hola, Zambete!--le decía.

--¡Hola, Vinagrete!--le contestaba él en broma.

Tenía Gamundi los ojos azules, llorosos, con el blanco con rayas rojas;

la nariz, grande, llena de venas moradas, y la cara, inyectada. Era un

borracho inveterado, hombre bueno, valiente y atrevido.

Con las mujeres tenía una galantería inofensiva y aparatosa. El culto

de Baco le había hecho olvidar otros cultos paganos. La _Cascarrabias_,

su querida, le insultaba constantemente.

--¡Desaborío! ¡Arrastrao! ¡Escarríao!--le decía.

Gamundi oía esto como quien oye llover.

Se habló en la cena de mujeres y de juego y se bromeó con las manolas.

--Como habrá usted notado--le dijo de pronto Gamundi,

confidencialmente, al padre Chamizo--, yo soy hombre sin ningún talento.

--No, no.

--Sí, no tengo ningún talento. Corazón, sí; aquí hay un corazón firme,

capaz de sacrificarme por un amigo. No me pida usted más. No pretenda

usted que haga cuentas o que sepa declinar: _Musa musae_. Eso, no. Está

en contra de mis aptitudes.

Al concluír la cena, Gamundi se levantó, y, tomando una actitud

gallarda, dijo, con un arranque sentimental y oratorio, que para él no

había mas que dos religiones: la de la patria y la de la mujer.

--Olvidas la botella--le dijo uno.

--No la olvido--gritó Gamundi, agarrando una por el cuello y llenando

el vaso--. ¡Escuadrones! ¡Adelante! ¡Viva España! ¿Quién ha dicho

retroceder? Que lo fusilen por la espalda. No... No hay cuartel para

los realistas. Sangre y exterminio. No debe quedar una botella, no debe

quedar un realista.

--Has hablado bien--dijo Nogueras, el piojo sabio--, pero estás

borracho.

--Por eso he hablado bien. Bueno, cantemos el _Himno de Riego_. Me

rebosa el liberalismo.

¡Soldados, la patria

nos llama a la lid!

--¡Gamundi, a callar!--gritó Aviraneta.

Aviraneta tenía sobre aquellos militares gran ascendiente. Gamundi

hizo un gesto de resignación cómica, apretando con los dedos un labio

contra otro, como si quisiera impedir que se le despegaran.

Aviraneta y Nogueras dijeron lo que había que hacer al día siguiente.

Chamizo se levantó para marcharse.

Aquellos endiablados calaveras siguieron bebiendo y haciendo ruido. El

periodista trajo una guitarra y se puso a cantar. Los demás llevaban el

compás dando palmadas y golpeando con el puño en la mesa.

--Arza ahí... ¡Olé!

Del Brío se levantó e invitó a bailar el fandango a la _Cascarrabias_.

Lo hicieron los dos muy bien, y como del Brío era, sin duda, maestro

se subió a la mesa y bailó un zapateado al compás de las palmadas y de

los golpes con el puño. Mientrastanto, Gamundi dormía un momento con la

barba apoyada en una botella y con los ojos abiertos.

Salieron de la casa de la Bibiana a eso de las ocho de la noche y

fueron hacia la Puerta del Sol.

--¿Quiere usted venir, don Venancio?--dijo Aviraneta.

--¿Adónde?

--A una reunión liberal que vamos a tener aquí en una casa de la calle

del Arenal.

--Yo tengo que ir a trabajar.

--¡Bah!, por un día.

--Iría si yo fuera liberal, pero no lo soy.

--Bueno; como usted quiera.

En esto se les acercó un sujeto de unos cincuenta años, que Aviraneta

presentó al ex claustrado. Era don Martín Puigdullés, coronel de

carabineros, llegado de la emigración, una mala cabeza, que el Gobierno

perseguía para llevarlo a un presidio de Africa.

El señor Puigdullés iba con una mujer de mantón bastante zarrapastrosa.

--¿Qué hay de nuevo, Aviraneta?--preguntó Puigdullés.

--Ya sabe usted: la muerte del rey.

--¿Va usted a la reunión?

--Sí. ¿Cómo sabe usted que hay reunión?

--La idea ha partido de nuestro grupo del café de la Fontana. Estábamos

Gallardo, Fuente Herrero y yo con otros patriotas, cuando a Gallardo

se le ha ocurrido el proyecto. Se le ha avisado a todo el mundo; se

ha enviada recado a los Carrascos, y éstos han contestado que están

conformes, y que la reunión se verificará en una casa de la calle del

Arenal, cerca del palacio de Oñate.

--¿Usted va ir, Puigdullés?

--No, porque me prenderían en seguida. Hay que sujetar a los cristinos.

Tenga usted mucho cuidado con ellos, Aviraneta. ¡Adiós, señores!

--¡Adiós!

Entraron Aviraneta y su acompañante en la sombrerería de Aspiroz. La

noche parecía presentarse tranquila. Seguían los grupos estacionados en

la Puerta del Sol.

En esto pasó Gallardo con un amigo y se detuvo. Dijo que los

absolutistas se hallaban tan inquietos como los liberales con la muerte

del rey, y que se veía que nadie tenía nada preparado.

Salieron de la sombrerería en dirección a la calle del Arenal y se

cruzaron con Calvo de Rozas, y luego, con Donoso Cortés y sus amigos,

que iban a la reunión.

--¿Decididamente, usted no viene?--dijo Aviraneta al ex fraile.

--Decididamente, no voy.

III.

LA REUNIÓN LIBERAL

MANSILLA y Tilly estaban citados a las ocho y media de la noche en la

Puerta del Sol, delante de la sombrerería de Aspiroz.

Aviraneta se despidió de Chamizo y se unió con sus compañeros del

Triángulo, y los tres juntos tomaron la dirección de la calle del

Arenal.

Entraron en la casa inmediata a la del conde de Oñate; subieron una

escalera no muy ancha hasta el piso principal, y pasaron a una sala

donde había reunidas de cuarenta a cincuenta personas en varios grupos.

Era un salón grande y vacío con balcones, y unos ventanales cuadrados

encima de ellos.

Iba entrando poco a poco más gente. Llegaron a congregarse hasta unos

cien individuos de todas castas y pelajes; los había elegantísimos,

currutacos con aire de figurín, y tipos mal vestidos, abandonados y

sucios.

Tilly y Mansilla conocieron a Donoso Cortés, a los dos Carrascos,

a Cambronero, al médico Torrecilla, a Valero y Arteta, a Martínez

Montaos. Por su parte, Aviraneta encontró allí a media Isabelina;

estaban Gallardo, Calvo de Rozas, Fuente Herrero, Calvo Mateo, Beraza,

y una porción de militares de graduación, oficiales de la Guardia Real

y jóvenes lechuguinos de bigote y perilla.

Aviraneta se acercó disimuladamente a Tilly.

--Amigo Uno. ¿El cónclave, qué tal va?

--Bien, muy bien. Vamos trampeando.

--Y los cucos (cristinos), ¿por qué no empiezan?

--Parece que hay cierta decepción entre ellos.

--Pues, ¿por qué?

--Hay aquí más jóvenes ilusos (isabelinos) que cucos (cristinos).

--¿Y eso les asusta?

--Dicen que está aquí Romero Alpuente, hombre peligroso, y que lo va a

echar todo a perder.

--¡Romero Alpuente! Si es un mastuerzo.

--Pues los nuestros lo tienen por un hombre terrible.

--En cambio, entre los jóvenes ilusos (isabelinos) se dice que esta

reunión se hace por iniciativa del Pastor (Zea Bermúdez).

--No lo creo.

--Eso aseguraba Calvo de Rozas.

--Me parece una fantasía, amigo Tres.

Pues los nuestros están alarmados. Me han dicho que Flórez Estrada,

Palafox y Olavarría van a pasar la noche en claro, y que el peligro

para los ilusos (liberales) es inminente.

--¡Bah!

--Sin embargo. Conviene decir que estamos en peligro.

--Eso es otra cosa. Se dirá--murmuró Tilly.

--Sabe usted que me están invitando para que hable en nombre de los

jóvenes ilusos (isabelinos).

--¿Y usted, qué va a hacer?

--No sé. A usted, ¿qué le parece?

La Isabelina · 第 3 / 11 段