--¡Qué quiere usted! Gente joven. Cabezas locas. Y hablando de otra

cosa, ¿quiere usted que le diga a don Bartolomé José Gallardo que le

envíe algunos libros raros? Se los enviará, porque yo responderé por

usted.

--Usted será responsable, señor Aviraneta, si mi alma se pierde--dijo

con energía Chamizo.

--Sí, es verdad.

Salieron los dos del café. Llegaron a la calle del Lobo, donde vivía

don Eugenio.

--¿Le ha dicho a usted Paquito Gamboa qué día tenemos que ir a cenar a

casa de Celia?--preguntó Aviraneta.

--No; ha dicho que nos avisará.

Se despidió Chamizo de don Eugenio, y se fueron cada uno a su casa.

Al día siguiente, en la librería del señor Martín, Gallardo dijo al ex

fraile que Aviraneta le había hablado de él, y añadió que le pidiera

los libros que quisiera, que él se los daría con mucho gusto.

--Si yo encuentro algo que le convenga a usted...--dijo Chamizo.

--No, no. Eso es demasiado para un fraile--contestó con sorna

Gallardo--. A un fraile no se le puede pedir que dé nada; ustedes están

hechos para tomar lo que les den. Ya sabe usted lo que decía el padre

Barletta, el predicador de Nápoles, en su latín macarrónico: _Vos

quoeritis á me, fratres carissimi quómodo itur ad paradisum? Hoc dicut

vobis campanae monasteri, dando, dando, dando_.

--¡Bah, invenciones!

--No, hombre, no. El padre Barletta es el mismo que, contando la

entrevista de Cristo con la Samaritana, dijo que ésta conoció en

seguida que Cristo era judío porque vió que estaba circuncidado.

V.

LA CANCIÓN DEL TRUENO

A los tres días de esta conversación fué el padre Jacinto a casa

del ex claustrado. Don Venancio se mostró con él bastante ambiguo,

dándole a entender que haría lo posible para sonsacar a sus amigos los

liberales, sin comprometerse formalmente a nada. El jesuíta proporcionó

algunos trabajos, traducciones de documentos latinos; pero viendo

después que las confidencias de Chamizo no le servían para gran cosa,

dejó de visitarle. Solía ir Chamizo con frecuencia a ver a Aviraneta;

le redactaba cartas y le traducía otras que le llegaban escritas en

francés y en inglés.

Don Eugenio manejaba sumas respetables, tenía medios, aunque no los

gastaba en sí mismo. A Chamizo le daba lo que le pedía, dinero que el

ex fraile invertía en comprar libros y en comer bien, huyendo como de

la peste del comedor de doña Puri para los caballeros estables.

Alguna vez le enviaron cartas a su nombre para entregárselas a

Aviraneta, cosa que le hizo poca gracia, porque comprendía que allí se

encerraba algo sospechoso.

Aviraneta le aseguró un día que no había nada oculto.

--Bueno; pues para convencerme--le dijo Chamizo--, enséñeme usted una

carta de éstas y déjemela leer.

Le enseñó Aviraneta la carta; no se podía leer nada, lo que hizo pensar

a Chamizo que estaba escrita con alguna clave.

--Bueno, don Eugenio--dijo el ex fraile--. Haga usted el favor de decir

que no me envíen cartas así.

Aviraneta lo prometió, y, efectivamente, no se las volvieron a enviar.

Siempre le quedaba a don Venancio la curiosidad de saber qué hacía

Aviraneta, con qué gente trataba y a qué casas iba.

Un día que estaba el ex fraile traduciendo unos trozos de una obra de

Jeremías Bentham, en casa de Aviraneta, para Flórez Estrada, vió a don

Eugenio sentado a la mesa ante un papel lleno de tachaduras.

--¿Qué diantre hace usted?--le dijo--. ¿No estará usted haciendo versos?

--Haciendo versos estoy.

--¡Usted!

--Sí. Parece que me cree usted absolutamente incapaz de hacer una copla.

--La verdad... Así es. Le tengo a usted por un hombre negado para eso.

Pero, ¡quién sabe! Quizá sea usted un lord Byron o un Quintana. ¡Vamos

a ver esos versos!

--Ya sé que le parecerán a usted mal--dijo don Eugenio--. Son versos de

circunstancias hechos para cantar con la música del _Al tun, tun_, y

para uso exclusivo de la gente del Trueno.

--No conozco ni ese _Al tun, tun_, ni ese trueno.

--El _Al tun, tun_ es una musiquilla popular que no tiene nada que ver

con Mozart, ni con Rossini. Respecto a la partida del Trueno, el otro

día le hablaba a usted de ella...

--No recuerdo. He oído hablar del Trueno, de estudiantes nocherniegos y

calaveras...; pero no creí que eso tuviera ninguna organización.

--No la tiene, pero a mí se me ha ocurrido darle un aire de

organización, y de cuando en cuando uno de estos oficiales ilimitados,

con quince o veinte amigos, van de ronda por los Barrios Bajos y se

les reúnen algunos menestrales de nuestras ideas, y dan, de Pascuas

a Ramos, un estacazo a un carlista enemigo y gritan por las calles:

«¡Mueran los carlistas! ¡Viva la Constitución!» Cuando hacen alguna

cosa de éstas se dice: «¡Es la partida del Trueno!» Al mismo tiempo,

cuando se reúnen en los cafés poetas, periodistas, ex guardias de

Corps, liberales y militares indefinidos, y hablan a gritos, y riñen,

y salen embozados en sus capas hasta los ojos, se dice: «Es la partida

del Trueno». Y esta partida del Trueno hace mucho ruido y no es nada.

Se asegura que son jóvenes liberales exaltados de la aristocracia y

de la clase media; se ha hablado de que con ellos anda Candelas, el

ladrón... Con esto los realistas se asustan y creen que tienen un

enemigo mayor.

--Es usted un farsante, amigo Aviraneta.

--No se puede aspirar a ser político sin ser un poco granuja, padre

Chamizo. Todo político empieza por ser un pillastre. Yo acepto la

pillastrería necesaria, íntegra; tomo un baño de picardía y sigo

adelante.

--¡Oh! Usted no necesita eso. Tiene usted bastante bilis y bastante

mala intención para desafiar el veneno de los escorpiones y de las

víboras.

--¡Cómo se conoce que ha sido usted fraile!--dijo Aviraneta--. Tiene

usted la manera de hablar rencorosa de todos ellos.

--¡Gracias! Vamos a ver sus poesías.

--Poesías, no; son versos deplorables, variaciones sobre la consigna de

la partida del Trueno.

--No sé cuál es esa consigna.

--La consigna es ésta: Garrotazo y decir que nos pegan.

--¡Muy bien, muy cristiano!

--Ahora verá usted el sublime himno. No me elogie usted demasiado,

padre Chamizo; me voy a ruborizar. Allá va:

Al tun tun, paliza, paliza;

al tun tun, sablazo, sablazo;

al tun tun, ¡mueran los realistas!;

al tun tun, que defienden a Carlos.

En la callejuela,

en el callejón,

darles buenas tundas,

sin vacilación.

Reinará Don Carlos

con la Inquisición,

cuando la naranja

se vuelva limón.

--¿Esta es la primera copla?

--Sí.

--Muy ática, muy culta.

--Sí; ya me figuraba yo que le conmovería a usted. Ahora va la segunda:

Al tun tun, garrote, garrote;

al tun tun, trancazo, trancazo;

al tun tun, ¡abajo los frailes!;

al tun tun, que se llevan los cuartos.

Por la portezuela

y por el portón,

¡duro y tente tieso!

¡leña a discreción!

Reinará Don Carlos

con la Inquisición,

cuando la naranja

se vuelva limón.

--¿Qué le ha parecido a usted la coplilla, padre?

--Una necedad y una salvajada.

--¿Ve usted? Eso me demuestra que la copla está bien: el que le indigne

a usted. No puede usted negar que ese ritornelo:

Reinará Don Carlos

con la Inquisición...

es muy artístico.

--Sí; es arte para un cuerpo de guardia o para el patio de un presidio.

El otro día me aseguraba usted que no era verdad que se cantase en

Madrid la copla que ponía el papel carlista:

¡Muera Cristo!

¡Viva Luzbel!

¡Muera Don Carlos!

¡Viva Isabel!

--Y es cierto que no se ha cantado nunca eso.

--Lo que no es obstáculo para que usted escriba una copla por el estilo.

--No, hombre. Decir: «¡Abajo los frailes!», no es lo mismo que decir:

«¡Muera Cristo!». Hay su diferencia. Ustedes son, como ha dicho muy

bien Gallardete, animales inmundos encenagados en el vicio. Ustedes no

tienen nada que ver con Jesucristo; ¡qué van a tener que ver!

--Bueno, bueno. Está bien. No diga usted más disparates. En fin, ya que

usted acepta como programa el del «Al tun tun...», yo aceptaré este

otro, de una canción del año 23:

Bórrese de la memoria

la infernal Constitución,

y sólo sirva en la historia

para eterna execración.

LIBRO TERCERO

EL TRIÁNGULO DEL CENTRO

I.

EXPLICACIONES

SE habían citado para las dos de la tarde Aviraneta y Tilly delante

del cuartel de San Gil, y juntos entraron en la Montaña del Príncipe

Pío, y fueron marchando por el campo hasta llegar a la Casa del Jardín.

Pasaron a la salita que ocupaba Tilly y se sentaron en unos sillones de

mimbre.

--Si no ha tomado usted café le traeré una taza--indicó Tilly.

--Lo he tomado; pero no tengo inconveniente en tomar más--contestó don

Eugenio.

Salió Tilly. Aviraneta se puso a contemplar la sala y las pinturas de

las paredes. La sala era rectangular, las paredes tenían mediascañas

doradas y el suelo era de mármol. El techo estaba lleno de pinturas con

guirnaldas, angelitos y frutos, y en medio, una ninfa subía por el aire

entre nubes, con un ademán elegante y amanerado. Había pocos muebles

para el tamaño del salón: una consola y un sofá, los dos rococos, muy

llenos de conchas y agrietados por todas partes; varias sillas doradas

y unos sillones.

En las dos paredes largas había pintadas: en una, la vista de Nápoles,

con el Vesubio en el fondo; en la otra, la villa de Amalfi, tomada

desde el fondo de una gruta. En los testeros se veían: en uno, la

ciudad de Capri, con las ruinas del palacio de Tiberio, destacándose

sobre grandes montes pedregosos, y en el otro, la abadía de

Vallombrosa, con su torre antigua, al pie de unas montañas llenas de

pinos. Estas pinturas al temple, rápidas, abocetadas, descascarilladas

por el tiempo, tenían su gracia amanerada.

Tilly, al traer una cafetera y una taza, que colocó en un velador, dijo:

--¿Mira usted las pinturas de mi salón?

--Sí.

--No valen gran cosa, según dicen.

--No, como pintura, no; pero como literatura, sí.

--Celebro que me lo diga usted.

--¿Por qué?

--Porque yo me suelo entretener muchísimo mirando estas figuras.

¿Querrá usted creer que a veces me enternezco pensando en esta

pastorcita que hay aquí en Capri, y voy a pescar con estos marineros

de Nápoles, y paseo con los frailes en la terraza de este convento de

Amalfi?

--No me choca; ese sentimentalismo de cabeza es muy propio del hombre

terne.

Don Eugenio llenó la taza de café y encendió un cigarro.

--Ahora, maestro y compañero número tres--dijo Tilly--, dejémonos de

sentimentalismos y de pinturas, y cuénteme usted los comienzos de su

Sociedad, para que pueda estar en todos los detalles.

--¿No le hablé a usted en Ustáriz--preguntó Aviraneta--de un plan que

tenía, al llegar a España, de constituír una Sociedad secreta en que se

fundieran masones, comuneros y carbonarios para defender la libertad?

--Me habló usted algo, pero muy vagamente--contestó Tilly.

--Este proyecto, que entonces yo llamaba la Sociedad del Triple Sello,

se lo expuse a Mina en Bayona, y Mina quedó de acuerdo.

--¿Tenía usted un programa político definido?

--No. Eso lo dejaba para los hombre notables que entraran en la

Sociedad--replicó Aviraneta--. Mi proyecto era sencillamente fundar una

Sociedad secreta sin simbolismos; nada de mojigangas, ni de columnas,

ni de templos, ni de majaderías por el estilo: una organización fuerte,

una vigilancia grande entre los afiliados y un programa mínimo.

--Es dar a la Sociedad secreta el carácter del tiempo--murmuró Tilly.

--Eso es--y Aviraneta llenó otra taza de café--. Respecto a mi

orientación general era llegar al máximo de liberalismo compatible

con el orden, exterminio del carlismo por todos los medios posibles

y Constitución del año 12, modificable en parte si se consideraba

necesario.

--Bueno. Ahora, maestro, explíqueme las gestiones que fué usted

haciendo al llegar a Madrid.

--Al primero que hablé fué a don Bartolomé José Gallardo.

--¿Al escritor?

--Al mismo. Gallardo me dijo que había tenido una idea parecida a la

mía; pero que le enfriaba el ver que aun quedaban odios y rivalidades

entre los masones y los comuneros de 1821 a 23, y más aún, el recuerdo

de esta Sociedad comunera, cuya base él había establecido, y que

gracias a los manejos de Regato había servido a los absolutistas. Yo

traté de convencerle de que hay que repetir las experiencias, y él me

dijo que lo intentara yo.

--Una pregunta: ¿Tenía usted dinero?

--Sí; traje algo de Méjico.

--¿Qué hizo usted después?--preguntó Tilly.

--Me vi con varios masones y comuneros, y unos me recomendaron que

consultara con Calvo de Rozas, y otros, con Flórez Estrada. Visité a

Calvo de Rozas, y éste me recibió con entusiasmo. Me aseguró que la

juventud madrileña era liberal ardiente, que se podía contar con la

oficialidad joven del ejército, y que no faltaba mas que organización,

y que era necesario comenzar la obra. Bien--le dije yo--, pero no tengo

elementos. Yo se los proporcionaré a usted--me contestó él.

--¿Y se los ha proporcionado?

--En parte, sí.

--¿Y constituyeron ustedes la Sociedad en seguida?

--No; yo había pensando en fundar la Junta del Triple Sello con dos

delegados de cada sociedad antigua y un presidente, en total siete;

pero no teníamos al empezar mas que un ex comunero, Calvo de Rozas; un

masón, Beraza, y yo, que ingresé en una Venta Carbonaria en París.

--¿Hay carbonarios aquí?

--Algunos, entre los militares.

--¿Qué hicieron ustedes primeramente?

--Yo le dije a Calvo de Rozas que se encargara él de constituír la

Junta y que me dejara a mí organizar la oficialidad y la juventud

liberal. Necesitaba dinero, carta blanca para hacer y deshacer a mi

antojo y un hombre de confianza a quien se le pudiera encargar una

misión difícil. Estas fueron mis condiciones.

--¿Y las aceptó?

--Sí.

--¿De dónde sacaron ustedes el dinero?

--Se hizo un pequeño empréstito dirigido por Calvo y Mateo, antiguo

agente de la Compañía de Filipinas y después banquero en París, que

prestó sumas crecidas a Mina y a Torrijos.

--¿Y encontró usted en seguida el hombre de confianza?

--Sí.

--¿Quién era?

--Un capitán indefinido, Antonio Nogueras, hombre que conoce la

sociedad de Madrid.

--¿Es hombre que vale?

--Es un tanto farragoso, amigo de hacer frases campanudas. A este

capitán le encargué que me proporcionase diez comandantes o capitanes

de la clase de ilimitados o indefinidos, a quienes se pudiera confiar

la organización militar de los liberales de Madrid.

--¿Qué organización ha empleado usted?

--La de los carbonarios. El núcleo primero es de diez hombres, con

un jefe, y se llama decuria, y al jefe, decurión; cada diez decurias

forman un centuria, con un centurión; cada diez centurias, una legión,

con su jefe o pretor.

--Los nombres no me gustan--murmuró Tilly--, tienen un aire arcaico.

--A mí, tampoco; pero hay que dejar un poco de pintoresco para la gente

y habría que reemplazarlos por otros, lo que no es fácil.

---¿Ha encontrado usted pronto sus hombres?

--Muy pronto. Hay entusiasmo. En una semana Nogueras me ha traído a

casa una porción de oficiales jóvenes, un poco ruidosos y fanfarrones,

que se han encargado de la obra. Han reclutado dependientes de

comercio, estudiantes, médicos, abogados...

--¿Y es una gente fácilmente dirigible?

--De todo hay. Al lado de estos militares alegres y fanfarrones, de los

dependientes de comercio y estudiantes llenos de entusiasmo, hay los

abogados, los que se sienten con aptitudes políticas, y esa gente es

gente hambrienta y rapaz que busca la carrera, que quiere medrar...

--Tipos como yo--dijo Tilly.

--Pero que no tienen las condiciones de usted.

--¿Y cuánta gente ha reunido usted ya?

--En el tiempo que llevamos se han completado las diez centurias y se

ha distribuído a cada hombre su número en la centuria a que pertenece.

--¿Así que tienen ustedes mil hombres, maestro?

--Sí. Yo digo por ahí que somos más.

--¿Y el jefe militar? El pretor, ¿quién va a ser?

--Por ahora yo. Para más tarde tenemos un jefe de prestigio.

--¿Quién?

--Palafox.

--¿Aceptará?

--Sí.

--Pero esos hombres tendrán que estar armados. ¿Y las armas?

--En eso estamos. Por el informe de los jefes de las centurias sabemos

que hay muchos voluntarios que están dispuestos a comprar su fusil y

sus municiones. Para los indigentes habrá que regalárselos, y se hará

una suscripción.

--Muy bien: contribuíremos a ella con la modestia de nuestros

recursos--aseguró Tilly.

--No hay necesidad. Ustedes pueden dar algo más que unas pesetas.

--Veamos cuál va a ser nuestra especialidad--indicó Tilly.

--El padre Mansilla que se dedique a buscar relaciones entre palaciegos

y el clero realista; que se presente ante ellos como un partidario del

absolutismo ilustrado..., un poco de tradición..., un poco de siglo.

--Está bien. Comprendido. Lo hará perfectamente. Va por ese camino.

--Aconséjele usted que se ponga a confesar para que pueda ir

enterándose de todo.

--La cosa es delicada, pero lo conseguiremos.

--Respecto a usted, Tilly, si está usted ya en disposición de

trabajar...

--Sí, sí.

--Convendría que entrara usted en el partido de los cristinos.

--¿Ha pensado usted el procedimiento?

--Sí; podía usted hacer un folleto pequeño acerca de las reformas de

España. Podía usted defender a la Reina Cristina con entusiasmo; una

carta por el estilo de la de Luis XVIII, y otras reformas. Unas cuantas

citas sabias, Montesquieu, Bentham, etc.

--Nada; lo haré. Mansilla me ayudará. ¿Y después?

--Después imprime usted su folleto sin nombre, sólo con iniciales, y se

lo envía usted a una serie de personas del partido cristino.

--Bueno. Se hará todo ello.

--Naturalmente, usted es noble. Usted se firmará de Tilly y tendrá

usted un sello con las armas de los Tillys.

--¿Le parece a usted indispensable?

--Sí, me parece conveniente. Además, usted en Madrid será un joven

serio y religioso. Irá usted a la iglesia de moda y hará usted que le

vean.

--Eso lo encuentro un poco aburrido.

--Serio, aristócrata, liberal, religioso, un poco melancólico, porque

ha tenido usted amores desgraciados, antiguo calavera, está usted en

condiciones admirables para hacer su camino.

--Me quiere usted convertir en un joven Werther retirado--dijo riendo

Tilly.

--No, aparentemente nada más. Haga usted de palomita, y luego, si puede

usted, ya sacará usted el pico y las garras de buitre.

--Bueno.

--Mientrastanto, se dedica usted a estudiar un poco de política y hace

usted todo lo posible para conocer el máximo de gente.

--Muy bien.

--Cada uno de nosotros puede crear, si encuentra ocasión, un nuevo

Triángulo, y tenerlo en secreto.

--Yo, por ahora, será difícil--dijo Tilly.

--¡Ah, claro! Pero cuando salga usted más, será otra cosa. De todas

maneras dígaselo usted a Mansilla.

--Se le dirá.

--Bien; me voy. Dentro de un mes vendré de nuevo por aquí.

--¡Un mes! ¿No será mucho tiempo?

--No. Si tienen ustedes necesidad de comunicarme algo importante me

avisan a mi casa, calle del Lobo, trece, y yo vendré. A poder ser,

escribir poco, únicamente en caso de necesidad. Para ello usaremos una

clave.

--Muy bien.

--Después de comer estaré los lunes, miércoles y viernes en el café de

Venecia; los martes, jueves y sábados, en el Café Nuevo; los domingos,

en la fonda de Genies. Ahora, querido Uno, buenas tardes.

--Espere usted, amigo Tres. Mansilla vendrá a las cinco en punto, es

muy puntual.

--¿Quiere usted que le hable yo?

--No; únicamente quiero explicarle su misión en un momento, por si

acaso se le ofrece alguna duda, para que consulte con usted.

Efectivamente: a las cinco en punto se presentó Mansilla. Era un hombre

bajo, grueso, la cara ancha y la mirada enérgica. Tenía una actitud de

mando y unos movimientos bruscos.

Tilly habló con él a solas, y después charlaron los tres de política

de actualidad. Aviraneta se despidió, y, acompañado de Tilly, bajó la

escalera de la terraza y salió por la puerta de la tapia.

Unos días después, Aviraneta recibió aviso de Tilly diciéndole que el

cura y él habían principiado su campaña, y que el Triángulo del Centro

comenzaba sus trabajos con buenos auspicios.

II.

TRABAJOS DEL PRIMER

TRIÁNGULO DEL CENTRO

UN mes después de esta conversación, Aviraneta, embozado en su capa,

entraba por la tapia de la Montaña del Príncipe Pío, por la puerta de

enfrente a Caballerizas, y avanzaba hasta la Casa del Jardín.

Don Eugenio atravesó el zaguán, subió la escalera y entró en la sala,

en donde se encontraban Mansilla y Tilly.

--Santas y buenas tardes--exclamó Aviraneta al entrar--. ¿Qué tal

vamos, señores?

--Muy bien; ¿y usted, don Eugenio?--dijo Tilly.

--Perfectamente. ¿Y el reverendo padre Mansilla, el número Dos de

nuestro Triángulo, cómo va?

--El reverendo padre marcha tan bien como el número Dos--murmuró el

interesado.

--¿Damos por comenzada la sesión del Triángulo del Centro?--preguntó

Aviraneta.

--La damos--contestó Mansilla.

--¿Hay cosas que contar?

--Las hay--repuso Tilly.

--Empiece usted, número Uno.

--Como habrá usted podido observar--indicó Tilly--, el folleto mío

se ha publicado y se ha repartido. He recibido varias cartas de

contestación, que tiene usted aquí, y he sido invitado a una reunión,

que se celebró hace dos días en casa de don Rufino García Carrasco.

--¡Hombre, muy bien! No creí que marchara usted tan de prisa. ¿Qué pasó

en la reunión?

--A la reunión acudieron don Juan y don Rufino Carrasco, el duque de

San Carlos, el oficial de la Secretaría del Ministerio de Gracia y

Justicia, don Juan Donoso Cortés; el conde de Parcent, con el capitán

Ríos, y algunos otros aristócratas y palaciegos. Se puso a discusión

la fundación del nuevo partido, que tendrá como principios la defensa

de los derechos de la Reina Isabel, la regencia de su madre y un vago

liberalismo.

--¿Llegan a esto?--preguntó Aviraneta.

--¡Hum! En este último punto hay sus más y sus menos; algunos creen

que debe establecerse una Constitución moderna; otros son partidarios

de la Carta y de las dos Cámaras, y otros, por último, prefieren el

absolutismo ilustrado.

--¿Hay partidarios de Zea Bermúdez?

--Partidarios de Zea, no; más bien de sus doctrinas.

Como la discusión del problema constitucional llevaba camino de

eternizarse, el presidente don Rufino Carrasco resolvió dejarla para

más adelante, y se pasó a discutir el punto de si los cristinos debían

armarse, o no, para defenderse de los carlistas.

--Es cuestión importante. ¿Y qué se ha resuelto?--preguntó Aviraneta.

--Se ha resuelto comenzar en seguida el armamento. Los Carrascos serán

los encargados de hacerlo, y con sus influencias en Palacio creen que

no les pondrán obstáculos. Probablemente, en seguida va a empezar la

compra de armas.

--La cosa es importantísima--murmuró Aviraneta--; nosotros haremos lo

mismo. ¿Y usted, amigo Mansilla, ha adquirido nuevos datos?

--Los datos que tengo--contestó el cura--son que se prepara un

movimiento absolutista terrible. En Palacio la mayoría son carlistas.

La Milicia realista hierve; de los pueblos vienen constantemente

emisarios preguntando cuándo se echan al campo; Merino, don Santos

Ladrón, el conde de España, Maroto, González Moreno se está preparando.

--Aquí, ¿quién es el jefe? ¿El duque de Infantado?

--Sí; él y su hijo. El hijo es el que se dice que se pondrá a la cabeza

de los realistas de Madrid.

--Pero, en fin, padre e hijo son un par de imbéciles--dijo Aviraneta.

--¿Eso qué importa?--contestó Tilly--. Pueden ser la bandera.

--¿Quién va con ellos?--preguntó Aviraneta.

--Va el rector del convento de jesuítas de San Isidro, padre Puyal; el

colector Zorrilla, el archivero del duque del Infantado...

--Esta no es gente de armas tomar.

--No, claro es, pero de mucha influencia.

--¿Y de militares, hay muchos?

--No muchos: los jefes de los voluntarios realistas, el coronel Rodea,

el teniente Paulez, el capitán Portas, que es el cuñado de Bessieres...

Casi todos estos piensan unirse a Merino, si la cosa va mal, porque

algunos tienen la esperanza de que si entre cristinos y liberales

exaltados echan a Zea Bermúdez de la presidencia, apoderarse ellos del

Poder.

--No está mal pensado. Es lógico. Nosotros defenderemos a Zea--murmuró

Aviraneta--, y, mientrastanto, nos armaremos. Al menos, siquiera

que podamos contar con Madrid. Aconsejaré a la gente que no haga la

menor manifestación contra Zea. Que dure lo más posible es lo que nos

conviene.

--Y ¿usted qué ha hecho?--preguntó Tilly.

--Nosotros hemos organizado nuestra Junta Isabelina, que ha quedado

compuesta por Flórez Estrada, Calvo de Rozas, Romero Alpuente, Beraza,

Olavarría y yo. Como jefe militar, con voto en el Directorio, ha

quedado Palafox.

--¿Es gente que vale?--preguntó Tilly.

La Isabelina · 第 2 / 11 段