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Nota del Transcriptor:
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las minúsculas) han sido sustituidas por letras
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PÍO BAROJA
MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN
_El aprendiz de conspirador._
_El escuadrón del Brigante._
_Los caminos del mundo._
_Con la pluma y con el sable._
_Los recursos de la astucia._
_La ruta del aventurero._
_Los contrastes de la vida._
_La veleta de Gastizar._
_Los caudillos de 1830._
_La Isabelina._
_El sabor de la venganza._
MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN
LA ISABELINA
ES PROPIEDAD
DERECHOS RESERVADOS
PARA TODOS LOS PAÍSES
COPYRIGHT BY
RAFAEL CARO RAGGIO
1921
Establecimiento tipográfico
de Rafael Caro Raggio
PÍO BAROJA
MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN
LA ISABELINA
[Ilustración]
RAFAEL CARO RAGGIO
EDITOR
MENDIZÁBAL, 34
MADRID
LIBRO PRIMERO
DOS HISTORIAS PARALELAS
I.
UN EX CLAUSTRADO
EL año 1845--dice Leguía--estaba yo en Burdeos terminando una misión
diplomática que me habían encargado los moderados, cuando conocí
al padre Venancio Chamizo. Chamizo era un fraile ex claustrado que
trabajaba por las mañanas en un escritorio y por la tarde daba
lecciones de latín y de retórica a algunos muchachos, hijos de
españoles y de franceses legitimistas.
Chamizo era hombre de cuarenta y cinco a cincuenta años, de mediana
estatura, de cuerpo pesado y de mucho abdomen. Tenía la cabeza grande,
calva, los ojos grises, la nariz gruesa y el mentón pronunciado. Se
traslucía en su tipo al mismo tiempo el labriego, el fraile y el hombre
de cultura.
En la conversación con Chamizo se habló de Aviraneta, y el ex
claustrado me dijo:
--He tenido relaciones con ese réprobo.
--Creo haberle oído hablar de usted.
--¿Quizá mal?
--No, no; me parece que no.
--¿Es amigo de usted?
--Sí.
--Lo siento por usted. También es amigo mío.
--Yo le conozco mucho, y no sólo no me ha hecho daño, sino que me ha
protegido--dijo Leguía.
--Lo creo, lo creo. El señor Aviraneta sabe proteger. Quizá sea usted
también de su cuerda.
--Lo soy. Soy liberal, completamente liberal; pero eso es lo de menos.
Usted puede hablar de él con completa confianza.
--¿Le interesa a usted el señor Aviraneta?
--Sí. Mucho. ¿Usted ha tenido algunas relaciones con él?
--Sí.
--Me gustaría que me contara usted eso.
--Pues yo le contaré a usted lo que sé de él, con una condición.
--Veámosla.
--Que me convide usted a una cena en una buena fonda de Burdeos.
--Muy bien. Acepto. Usted elegirá en qué sitio.
El padre Venancio vaciló; no sabía si sería mejor ir a la Fonda de la
Paz, de la Cour de Chapeau Rouge, o a la de los Americanos, de la calle
del Espíritu de las Leyes.
Por fin se decidió por esta última, y dijo que vendría a buscarme al
Hotel de Ruan, donde yo paraba.
Marchamos a la Fonda de los Americanos, y encargué la cena en un
gabinete reservado.
El padre Chamizo comió y bebió como un templario. Después de tomar café
y unas copas de licor, me dijo:
--Ahora, para aligerar la lengua, mi querido señor Leguía, pida usted
una botella de vino más. Es una mala costumbre antigua que me queda.
--¿Del convento?
--No, no. Parece mentira que diga usted eso, señor Leguía. ¿Es que
usted también es enemigo nuestro? ¿Será usted un volteriano?
--Un tanto.
--¡Qué error, amigo mío! ¡Qué error!
--¿Y qué quiere usted, otra botella de Burdeos, padre Chamizo?
--No; ahora, Jerez...; sí, Jerez...; la beberé por patriotismo. Lejos
de la patria, estas cosas se estiman más. La última la bebí en compañía
del señor Usoz y Río, el cuáquero. No sé si le conocerá usted.
--Sí. ¿Y él bebía?
--No, él, no. ¿Adónde vamos a ir a parar? ¡Un cuáquero español! ¡Qué
absurdo! Me estuvo hablando mal de los frailes y de España. ¡Hablar mal
de un país que produce este vino!--exclamó, llenando la copa de Jerez,
mirándola al trasluz y vaciándola de un trago.
--Realmente es no tener sentido.
--Ninguno, señor Leguía, ninguno.
--Comience usted, padre Chamizo, su relato; le oigo con atención.
--Mi relato se refiere a los años de 1833 y 1834. No sé si le
interesará a usted.
--Me interesa, sí, me interesa.
--Bueno, pues voy allá.
II.
EN QUE EL PADRE CHAMIZO COMIENZA
SU HISTORIA Y NO LA PUEDE TERMINAR
EL padre Chamizo sacó un cuaderno del bolsillo, lo leyó aquí y allá, y,
dejándolo entreabierto, dijo:
--Bien; comenzaré. Primeramente permítame usted que le diga dos
palabras acerca de mi vida. Soy de la provincia de Palencia, de un
pueblo próximo al del abate don Sebastián de Miñano y Bedoya, célebre
autor de las _Cartas del pobrecito holgazán_, que tanto ruido hicieron
y tanta influencia tuvieron contra nosotros los pobres eclesiásticos.
Mi padre murió joven, dejando a mi madre viuda, con varios hijos, de
los cuales era yo el menor. Me creían listillo, yo no tenía afición
al trabajo manual, y por amistad de un fraile que solía venir a mi
casa, a llevarse el pobrecito lo que podía, me metieron en un convento
de Palencia. Estuve algún tiempo de fámulo, sufriendo mil perrerías,
lavando ropa sucia, llevando recados y haciendo de pinche en la
cocina, hasta que vino de superior un buen hombre que me hizo estudiar,
ordenarme y profesar. Tenía yo afición a las letras y creo que alguna
disposición. Creía ya resuelta mi vida tranquila, dedicado al griego,
al latín y a la historia; me habían enviado a un convento de Lerma,
cuando en 1822 aparece por allí una columna del infernal Empecinado, se
apodera del convento, y sus soldados me arrastran a mí a ir con ellos.
En esa columna iba el malvado Aviraneta, ese aborto del infierno...; no
sigo porque es amigo de usted. Me incorporan a las fuerzas liberales,
me llevan de la derecha a la izquierda, me hacen perder las tranquilas
costumbres del convento, y, en 1823, cuando la entrada del duque de
Angulema, me cogen prisionero en Valladolid y me traen a Francia.
--¿Y usted trataría en seguida de volver al convento de Lerma, padre
Chamizo?
--No; no traté de volver, señor Leguía, y éste fué mi error. Iba ya
por el mal camino. Al quedar libre marché a Bayona, donde me acogí a
la protección de Miñano. Llevaba trabajando tres años con él, y, mi
querido señor Leguía, nuestra fe comenzó a vacilar. Nos dedicamos a
las malas lecturas, leímos las inmundas obras de Voltaire, de Diderot
y de otros réprobos; comentamos las innobles chacotas del _Diccionario
crítico-burlesco_, de Gallardo, contra los frailes, en donde se nos
llama peste de la República y animales inmundos encenagados en el
vicio...
--Y bebimos un poco de más, quizá, padre Chamizo.
--Tiene usted razón; bebimos un poco de más y cometimos otros actos
poco morales. Sí, sí..., es cierto. ¡Yo! ¡Sacerdote aunque indigno!
_Quantum mutatus ab illo!_ Por entonces don Sebastián Miñano me propuso
entrar de preceptor en casa de una señora viuda de Saint-Palais.
Yo acepto, y paso durante unos meses una vida cómoda y agradable.
Buena comida, buenos vinos... En esto empiezan a decir que si yo me
entiendo con la viuda..., la eterna maledicencia... Yo no digo que no
me gustara, no; la carne es flaca, y aunque uno haya vestido, bien
indignamente por cierto, el glorioso sayal, uno es un hombre... No;
puedo afirmar que nadie me vió a mí cortejar a la viuda; pero un primo
suyo y pretendiente recogió estas calumnias y me desafió... ¿Yo qué iba
a hacer? ¡Yo, un sacerdote! Naturalmente, no fuí al terreno, porque
aunque uno es un mísero pecador, ama uno la vida..., y la señora, al
saber que no había acudido al desafío, me despreció y me despidió de su
casa... ¡Sexo frívolo! Vuelvo de Saint-Palais a Bayona, donde conozco
al malvado Aviraneta, y voy con él a Madrid. ¡Cuántos errores comete
uno en la vida!
Y aquí nos tiene usted ahora dominando el latín, el griego, el inglés,
la literatura, la teología, la historia eclesiástica y los cánones,
y ganando treinta duros al mes en un almacén de cuerda del muelle y
algunas otras menudencias por dos o tres lecciones que damos. Y España,
¿qué hace entretanto por uno? Nada. ¡Ingrata patria, no poseerás mis
huesos! No haga usted caso. Es hablar por hablar. ¿Qué quiere usted,
señor Leguía? Soy una víctima del destino... No es que yo sea, ni
mucho menos, partidario de la predestinación. Lejos de mí semejantes
errores, que defendían algunos discípulos extraviados de San Agustín en
el monasterio de Adrumet, en Africa, Lucidus, sacerdote de las Galias,
Jansenius y Primacio, el autor de _Proedestinatus_. No, no. En ésta,
como en otras muchas cosas, conocemos el buen camino, aunque no siempre
vayamos por él.
--¡Padre Chamizo!
--¿Qué?
--Dejemos a Primacio y vamos, si le parece a usted, con Aviraneta.
--Bueno, vamos con ese réprobo, con ese hijo de Satán. Déjeme usted
consultar mis notas.
El padre Chamizo volvió a leer el cuadernito, concentró un momento la
atención y dejó de desvariar.
Mientras iba leyendo se le cerraban involuntariamente los ojos, y se
veía que estaba deseando echarse a dormir.
--Usted no puede conocer por su edad, señor Leguía--dijo el padre
Chamizo--, la transformación verificada en Francia después de los
sucesos de 1830. Los realistas españoles, que vivían en las ciudades
del Mediodía como el pez en el agua, tuvieron que desaparecer de
la superficie y hundirse en los líquidos abismos. A la emigración
absolutista sucedió la emigración liberal.
En 1832 estaba yo en Bayona dando lecciones de latín y de español en un
colegio, viviendo en una mala casa de huéspedes, cuando caí gravemente
enfermo.
Mi protector Miñano se hallaba fuera, mis amigos realistas se habían
marchado y mis ahorros eran nulos. Con todo esto no necesito decirle
a usted que me encontraba lo más miserablemente que puede encontrarse
un hombre, solo, abandonado, enfermo, y sin más asistencia que la de
un matrimonio francés, avaro, que me robaba los libros raros que yo
tenía para venderlos. En esto, una tarde, ya pensando en la ventura de
morir, entra en mi cuarto su amigo de usted, el señor Aviraneta. Yo le
conocí en seguida. Era el ayudante del infernal Empecinado, causante
de mis desdichas. El no se acordaba de mí. Le habían hablado de un
cura español liberal, enfermo, y venía a verme. Su amigo de usted, ese
réprobo, me atendió y me cuidó cuando me encontraba yo tan débil y tan
miserable, que no hubiera dado un ochavo partido por la mitad por mi
vida. Cuando me curé nos reconocimos como habiendo peleado juntos con
el Empecinado.
--Yo le creía a usted liberal--me dijo.
--No, no--y añadí--: enemigo de sus ideas siempre. Agradecido a su
bondad siempre, también.
Yo, señor de Leguía, soy un hombre que ha practicado el culto de
la amistad. Amigo de mis amigos. Esa ha sido mi divisa. No soy un
fanático. Usted es turco, protestante, jansenista, revolucionario...;
yo abomino de las ideas de usted; pero usted es un amigo mío y yo le
favorezco si puedo. No me hable usted de sacrificarme por la República
o por la Monarquía; no me diga usted que haga sucumbir a mis amigos
por el Estado o por la patria. Esta severidad catoniana no está en mi
alma. Dirá usted que es una debilidad. Lo reconozco. Voy a beber un
poco más de vino.
Con la enfermedad--siguió diciendo el padre Chamizo--perdí la plaza
que tenía en el colegio y me quedé en la calle. No tenía más recurso
que Aviraneta y me uní a él. Naturalmente, si me pedía algún servicio,
escribir una carta o redactar un escrito, lo hacía. Conocí también
a algunos amigos suyos liberales, al auditor don Canuto Aguado, al
coronel Campillo, a don Juan Olavarría, y a otros partidarios del
tristemente célebre Mina. Yo no descubría entre ellos mis ideas, no me
parecía oportuno. Me daba como moderado.
Después de una temporada que estuve sin trabajar encontré una plaza de
corrector de pruebas en la imprenta de Lamaignere, y comencé de nuevo a
ganarme la vida.
Los días de fiesta, aunque me esforzaba por quedarme en casa, no tenía
bastante voluntad, y me iba a buscar a Aviraneta. Ese réprobo amigo
de usted, como sabía mi flaco, me llevaba a una fonda de un navarro,
un tal Iturri, de la calle de los Vascos, y me convidaba a una cena
suculenta. ¡Qué bien se guisaba en aquella casa! ¡Qué merluzas, qué
angulas, qué perdices rellenas he comido allí! Ante unas comidas como
aquéllas, ¿qué quiere usted, amigo mío?, yo era un hombre al agua.
Hay perfecciones dañosas, perjudiciales. Una persona de olfato muy
fino, poco a poco, sin quererlo, se hace antisocial y enemigo de la
plebe; un gastrónomo, un hombre de paladar refinado, pierde, a veces,
la dignidad y los principios por una buena comida... Pero divago, y no
quiero divagar.
En esto se supo en Bayona la noticia de la enfermedad grave de Fernando
VII, el otorgamiento de poderes a favor de la reina masona, y el
decreto de la amnistía general.
A principios de 1833, todos los liberales se prepararon para entrar
en España. Como yo tenía en Bayona mis relaciones entre ellos, vi con
tristeza que se marchaban.
A mediados de febrero encontré a Aviraneta en la calle y me preguntó:
--Usted, ¿qué va a hacer?
--Me voy a quedar aquí. Aquí solamente cuento con medios de vida. No
tengo dinero para ir a España.
--Por eso no se preocupe usted--me dijo--. Si quiere usted entrar en
España, venga usted. Yo tengo algún dinero y voy en compañía de mi
primo Joaquín Errazu, que es un millonario mejicano. Este, si usted
quiere, le pagará su viaje a Madrid. Para él es una bicoca.
Aviraneta me presentó a Errazu. Errazu me tomó por liberal y dijo
que un hombre tan ilustrado y de ideas tan progresivas como yo era
necesario en la patria, y que él, por su parte, con verdadero placer
sufragaría mis gastos hasta que encontrara una colocación en España.
Pasé por liberal a la fuerza.
Se decidió que yo fuera a Madrid con Errazu y con Aviraneta. Por aquel
tiempo había estallado con un ímpetu atroz el cólera morbo asiático y
hecho estragos en París, Burdeos y en toda Francia. Si usted ha leído
esa novela de Eugenio Sué titulada los _Misterios de París_, novela
absurda, cínica, inmoral y de pésima literatura, habrá usted visto allá
una descripción de los horrores del cólera.
Por entonces, en la frontera de España se hallaba establecido el cordón
sanitario, y a los viajeros que intentaban entrar en la Península se
les obligaba a una cuarentena rigurosa en el lazareto establecido en el
puente del Bidasoa.
Salimos de Bayona en compañía de Errazu y de su criado, y, al llegar
a San Juan de Luz, Aviraneta dispuso que nos embarcáramos en una
escampavía, en el puerto de Socoa, y nos dirigiéramos a San Sebastián.
Fuimos en la barca nosotros cuatro y un señor enfermo que viajaba con
su mujer y su sobrino. Este señor, don Narciso Ruiz de Herrera, había
sido embajador en Roma. Le acompañaba su mujer, doña Celia, que por
la edad podía ser su hija, y el sobrino de don Narciso, un capitán de
caballería, Francisco Ruiz de Gamboa, a quien luego llamamos siempre
Paquito Gamboa.
Llegamos a San Sebastián, ingresamos en el lazareto, fuera de la
muralla, en el cual no había nadie, pasamos unos días muy divertidos,
y, concluída la cuarentena, entramos en la ciudad.
El señor Errazu fué llamado a Irún por sus parientes, y como Aviraneta
tenía prisa para ir a Madrid, tomamos los dos la diligencia.
Aviraneta aseguraba que su propósito en la corte era hacer gestiones
para reingresar en el ejército; yo me figuraba si tendría otros planes
revolucionarios.
Llegamos a la corte; don Eugenio fué a vivir a casa de su hermana, a la
calle del Lobo, y yo, a una de huéspedes de la calle de Cervantes.
Al llegar a Madrid fuí a visitar a don Sebastián Miñano, que me
proporcionó varias cartas de recomendación para personas influyentes, y
no encontré más que un trabajo mezquino de traducciones de noveluchas
francesas del vizconde de Arlincourt y de otros autores por el estilo.
Mientrastanto, Aviraneta subvenía a mis necesidades, y yo, la verdad,
me encontraba a mis anchas. Madrid, pueblo que no conocía, era un
lugarón destartalado y feo, pero muy pintoresco y divertido. Iba a los
cafés, recorría los puestos de libros viejos, hablaba en los corrillos
de la Puerta del Sol y de San Felipe, me enteraba de una porción de
cosas que ignoraba. Toda aquella gente, la que más bullía tenía su
misterio en la política y algo que ocultar. Quién había servido al
rey José, quién había estado en América de traidor contra España;
otros podían dividir su vida en un período absolutista y otro liberal.
Aquello era un Carnaval. En ningún sitio podía aplicarse mejor la
frase de Goya, un pintor sordo que conocí aquí en Burdeos, que hizo
una estampa de gente con careta, y puso al pie la leyenda: «Nadie se
conoce».
Había por entonces una gran inseguridad en el origen de la mayoría de
las personas conocidas; daba la impresión de que no se podía rascar
mucho en la vida de la gente sin encontrar algo feo.
Todo el mundo era pretendiente a un destino, a un estanco, a una
pensión, y por cada destino había cientos que lo solicitaban; se
llamaba en broma a algunos aspirantes a pretendientes.
Yo también era aspirante, pues aunque don Eugenio seguía costeándome
los gastos, quería independizarme lo más pronto posible.
* * * * *
En esto el padre Chamizo sintió que la nube de sueño que le venía
encima era cada vez mayor, y balbuceó:
--Mi querido... señor Leguía... Creo la verdad, que he bebido
demasiado...; tome usted el cuadernito éste, donde están mis notas...
y haga usted lo que quiera con él... Me lo devuelve... o no me lo
devuelve... Ahora me voy a dormir... porque no puedo más.
Leguía llamó al camarero y le mostró a Chamizo, que dormía.
--¿Qué se puede hacer con él?--le preguntó.
--Se le puede subir al hotel y echarle en la cama.
--Eso es. Muy bien.
Entre dos mozos cogieron a Chamizo como si fuera un saco y se lo
llevaron. Leguía pagó la cuenta y se marchó a su casa. Las notas del ex
fraile le sirvieron de base para escribir este libro.
III.
LA CASA DEL JARDÍN
EL año 1833, el cuartel de la Montaña del Príncipe Pío, de Madrid, no
estaba edificado aún, y el cerro que ocupa en la actualidad, con sus
alrededores, formaba parte del Real Sitio de la Florida.
Esta posesión era muy extensa; se hallaba rodeada de una tapia de doce
pies de altura, construída de cal y canto, con machones intercalados
de ladrillo, y tenía para su comunicación con la villa cuatro puertas:
una, la principal, que daba frente a las Caballerizas; otra, al cuartel
de San Gil; la tercera, a la cuesta de San Vicente, y la más lejana,
que comunicaba con el descampado de San Antonio de la Florida.
Dentro de los tapiales había varias huertas con sus pozos y sus
fuentes, una granja de labor, un picadero y una cuadra para los
caballos del infante don Francisco. Había también un edificio bastante
grande, que se llamaba la Casa del Jardín. La Casa del Jardín,
construída en el siglo XVIII, ofrecía el carácter de las posesiones
reales rústicas de aquel tiempo. Era de ladrillo amarillento, con los
balcones muy espaciados, pintados de verde, y un tejado con lucernas.
Rodeaban esta granja arriates abandonados, en los cuales las plantas
parásitas habían sustituído a las cultivadas.
Por dentro, la casa tenía grandes salones de paredes pintadas con
paisajes y guirnaldas, y los techos, llenos de amorcillos, y una
galería de madera con los barrotes carcomidos por el sol y la lluvia.
La Casa del Jardín se hallaba desde hacía mucho tiempo abandonada, y
sus grandes salas servían de guardamuebles y de graneros. Unicamente
en un pabellón, adosado a una de las esquinas, vivía un domador de
caballos con su mujer y dos chicos.
En la primavera de 1833, dos mozos hortelanos entraron una mañana en
la Casa del Jardín, desocuparon una sala y un gabinete que daban a la
galería, llevando los muebles amontonados allí al desván, y limpiaron
los suelos; pocos días después un inquilino fué a vivir a la casa
rústica. Era un joven demacrado, con aire de convaleciente de una
enfermedad, flaco hasta vérsele los huesos, con las orejas que se le
transparentaban a la luz. Este joven pálido tenía los ojos azules,
el pelo rubio y el tipo elegante. El joven debía tener influencia
sobre el mayordomo de Palacio, pues hizo que le dejaran entrar en las
habitaciones cerradas y eligió varios muebles, que mandó llevar a la
sala y al gabinete de que se había apoderado.
Eran estos dos salones hermosos; uno de ellos con una gran ventana que
daba hacia el Campo del Moro; el otro, con una galería, desde donde
se divisaba la Casa de Campo y el Pardo, con el fondo de las montañas
azules del Guadarrama.
El joven de aire macilento mejoró pronto en la Casa del Jardín.
Al principio se pasaba allí todo el día contemplando el paisaje: el
Manzanares, con su escasa corriente y las ropas blancas puestas a
secar, que resplandecían al sol; la vega verde de los Carabancheles y
de Getafe, el Palacio Real, que parecía de mármol al anochecer, y las
notas de violeta que tomaba el Guadarrama al acercarse el crepúsculo.
El enfermo, cuando se puso bueno, comenzó a pasear y a montar a caballo.
Al principio iba únicamente a verle un cura joven y tenían los dos
largas conversaciones.
Poco después comenzó a visitar al joven otro señor que aparecía muy de
tarde en tarde. Cuando llegaba éste, el joven y el cura esperaban, se
encerraban los tres y charlaban largo rato.
IV.
LA PROTECCIÓN DEL CURA MANSILLA
DON Francisco Mansilla era un cura vallisoletano emigrado en París
desde 1827. Este cura, hombre emprendedor, violento y mujeriego, había
dado varios escándalos en Valladolid, falsificando unas firmas, y
viéndose en posición difícil se escapó a París.
Mansilla era inteligente y de una actividad inagotable.
Sabía el latín a la perfección y se había especializado en la
casuística. El estudio de la moral le había desmoralizado y conducido a
mirar los hechos con un criterio semejante al de los jesuítas del siglo
XVI y XVII.
Mansilla detuvo sus análisis y sus críticas ante los dogmas de
la religión, comprendiendo que si interiormente los deshacía, se
encontraría sin ningún punto de apoyo en la vida práctica y en la vida
del pensamiento, lo cual para un hombre de voluntad no podía convenir.
Mansilla, al llegar a París, frecuentó los centros absolutistas y
entró poco después de capellán en una casa del Faubourg Saint-Germain y
alternó con lo más rancio y lo más decorativo de la nobleza francesa.
El trato frecuente con la aristocracia realista hizo a Mansilla por
dentro liberal exaltado.
El abate Mansilla, que ganaba muy poco sueldo y no tenía apenas
medios, se pasaba la vida leyendo en su cuarto. Alguna vez que otra
iba a visitar a los conocidos españoles para hablar con ellos y tener
noticias de España.
En 1832, un día de Nochebuena, el abate supo que agonizaba un joven
español, enfermo y abandonado en un hotel miserable de la calle del
Dragón. Este joven era un tal Jorge Tilly, que en medio de una vida
borrascosa había caído enfermo de una fiebre tifoidea. Mansilla no era
hombre de sentimientos dulces, y, sin embargo, experimentó por el joven
casi agonizante un impulso de simpatía, y decidió atenderle hasta su
muerte o hasta su curación.
En la casa aristocrática donde estaba habló de su proyecto, que se tomó
como una manifestación de la piedad cristiana del abate, y se permitió
que se ausentara días y noches para cuidar del joven español. Jorge
Tilly salió de la fiebre tifoidea; pero quedó después de la enfermedad
sin fuerzas, en los huesos, presa de una laxitud terrible.
Cuando Tilly comenzó a levantarse, el abate y él hablaron largo tiempo,
se contaron uno a otro sus respectivas vidas, se confesaron sus faltas,
y después de una serie de explicaciones, se juraron simultáneamente un
pacto de amistad y de ayuda recíproca. Ambos se hallaban cansados de la
vida del extranjero y convencidos de que únicamente en el propio país
se puede prosperar.
Decidieron con este pensamiento trasladarse a España. La dificultad era
la falta de dinero.
Resolvieron reunir sus medios en una alianza ofensiva y defensiva y
estudiaron varios proyectos. El punto de mira fué Madrid. Tilly tenía
las notas de dos mujeres que habían servido a la policía y se las
prestó a Mansilla.
Mansilla las estudió, las extractó y creyó que eran aprovechables.
Era indispensable ir a Madrid. Vendieron los dos todo lo que tenían
y Mansilla se presentó en la corte. El abate trató a los miembros de
la sociedad de _Los Apostólicos_, visitó a Calomarde, intrigó a todas
horas, y al poco tiempo conseguía ser nombrado capellán del convento de
la Encarnación y bibliotecario en el palacio de la condesa de Benavente
de la Puerta de la Vega.
Mansilla visitó a los parientes de Tilly y les aseguró que éste no
era un calavera, sino un joven estudioso que en aquel momento estaba
enfermo en un zaquizamí.
Mansilla consiguió que la familia de Tilly le diera algún dinero para
Jorge, pero ninguno de sus parientes quería tenerlo en su casa.
Mansilla envió el dinero a París, en una letra, y escribió a Tilly lo
que pasaba. Como el abate era un hombre de actividad, quiso encontrar
para su amigo un rincón bueno en donde pudiera restablecerse.
Mansilla conoció a un guarda de la plaza de Oriente, con quien solía
pasear al salir de la iglesia de la Encarnación, y por este guarda,
a un domador de caballos de las caballerizas que tenía el infante don
Francisco en la Montaña del Príncipe Pío.
Fué a ver este sitio, y como le pareció excelente para Tilly, propuso
al domador aceptara como huésped a un sobrino suyo, delicado de salud.
El domador de caballos dijo que no podía hacerlo mientras el mayordomo
del infante don Francisco no le diera su autorización. Mansilla vió a
uno y a otro, movió sus amistades y consiguió el permiso.
Cuando llegó Tilly pudo instalarse en seguida en la Casa del Jardín. La
mujer del domador le preparaba la comida, y él mismo, en un hornillo,
se hacía el desayuno y la cena.
--Ha hecho usted una admirable adquisición--dijo Tilly--, está uno
fuera del pueblo y cerca. Este observatorio es magnífico. Aquí yo me
curaré y después entre los dos haremos grandes cosas.
Tilly mejoró en seguida; paseaba, montaba a caballo, tomaba el sol.
Casi todos los días iba Mansilla a ver a su amigo y tenían los dos
largas conversaciones. Mansilla sabía todo cuanto pasaba; Tilly, como
vivía en la soledad, podía hacer la crítica de los sucesos mejor que el
cura.
V.
TRES AMBICIOSOS
UN poco antes de la muerte del rey, Tilly supo que Aviraneta se
encontraba en Madrid, y le escribió una carta. Aviraneta se presentó
en la Casa del Jardín, y hablaron. Tilly contó a don Eugenio su vida
desde que habían dejado de verse; le habló de su enfermedad y de la
protección del cura Mansilla, con quien estaba unido por agradecimiento
y por interés.
--¿Qué clase de pájaro es ese Mansilla?--preguntó Aviraneta.
--Es un hombre inteligente, enérgico y liberal; todo lo liberal que
puede ser un cura.
--¿Usted puede contar con él?
--Sí, en absoluto. Usted le verá dentro de un rato y charlará usted con
él.
Tilly le dió a Aviraneta toda clase de detalles respecto a Mansilla.
Aviraneta explicó después a Tilly la empresa política en que se veía
metido.
--Yo tengo organizada la Sociedad Isabelina, que ahora marcha viento
en popa--le dijo--. Está formada, principalmente, por militares y por
empleados; pero he pensado que al mismo tiempo podríamos organizar una
serie de triángulos para ayudarnos.
--Me parece muy bien.
--Usted es un hombre que me conviene, decidido, ambicioso y enérgico.
Nos ayudaremos mutuamente y escalaremos las más altas posiciones.
--Nada; cuente usted conmigo.
--¿Este cura Mansilla, querría formar parte de nuestro primer triángulo?
--Ya lo creo.
--Nos vendría muy bien un auxiliar en el Clero. Hay que tener todas las
puertas abiertas. Si no se puede la llave, emplearemos la palanqueta.
--Estamos de acuerdo.
--¿Así que usted cree que podemos constituír el triángulo?
--Nada, está constituído.
--Muy bien; entonces lo formaremos usted, él y yo. Usted el número uno,
Mansilla el dos, yo el tres.
--Muy bien, acepto. Dentro de poco vendrá Mansilla, a quien tengo
citado.
Tilly puso en relación a Aviraneta con el abate Mansilla, y los tres se
prometieron ayudarse y favorecerse. Desde aquel día se formó el primer
triángulo del Centro. ¿Tenían algún dogma? ¿Tenían alguna doctrina?
Al parecer, ni dogma, ni doctrina; su único objeto era ayudarse y
prosperar.
LIBRO SEGUNDO
EL TRUENO
I.
EL PADRE CHAMIZO EN MADRID
EL padre Chamizo fué a vivir a un tercer piso de la calle de Cervantes.
Encontró un cuarto, gabinete con alcoba, bastante espacioso. Este
gabinete había sido amueblado, con pretensiones, sin duda hacía ya
mucho tiempo. Tenía un papel verdoso, desgarrado en muchas partes,
una consola, un espejo sin brillo, un sofá de caoba y seis sillas. La
alcoba estaba oculta con cortinas verdes, con los pliegues desteñidos,
y la cama era de madera y parecía un barco. Chamizo, para arreglar el
cuarto a su gusto, compró en el Rastro una mesa, una estantería para
libros y un sillón cómodo.
La casa aquélla, cuya dueña era una señora pensionista, doña
Purificación Sánchez del Real, no era una casa de huéspedes, sino
algo muy indefinido y madrileño. Doña Puri alquilaba dos cuartos a
caballeros estables y les daba de comer si éstos le anticipaban de
antemano el dinero para la compra. Naturalmente, daba de comer mal,
cosa terrible para Chamizo, y, además de esto, servía la comida a los
caballeros estables en una encrucijada a la que llamaba el comedor,
que era un sitio obscuro, entre pasillos, con una ventana de cristales
empañados que daba a la cocina, que a su vez daba al patio. Sólo de
noche se veía algo en aquel comedor, que según doña Puri estaba bien
por su decoración. Doña Puri llamaba la decoración a unos armarios
simulados que tenía el cuarto en las paredes. Doña Puri era una vieja
encorvada con una mirada suspicaz y una voz de característica de
teatro. Tenía esta señora la nariz corva, la boca sumida y unos lunares
como cerdas en el labio. Era muy redicha y muy sentenciosa.
Su hijo Doroteo, muchacho de unos veinte años, parecía por su aspecto
una de esas aves estúpidas y perplejas de la orden de las zancudas. A
fuerza de creerse sabio lo equivocaba todo y no hacía cosa a derechas.
Muchas veces don Venancio le dió encargos, que el joven Doroteo los
equivocó completamente.
--Perdone usted, yo había entendido que usted quería decir...
--Pero, ¿por qué no entiende usted lo que se le dice simplemente?--le
preguntaba Chamizo.
Tenía Doroteo una novia en la guardilla de enfrente; la pobre muchacha
se pasaba el tiempo en la ventana bordando y Doroteo la escribía versos.
Doña Puri hablaba mucho al padre Chamizo de su hijo.
--Porque como usted, don Venancio, es como si fuera de la
familia...--le decía, y le abrumaba con historias sin interés.
El otro huésped de la casa era un tal don Crisanto Pérez de Barradas,
un señor de barba negra, alto, con melenas y anteojos ahumados. Don
Crisanto tenía una voz hueca y campanuda de pedante. Chamizo, al verle
por primera vez, aseguró que debía ser masón, y, efectivamente, resultó
que lo era.
Don Venancio, los primeros días de su estancia en Madrid, se dedicó a
andar por las calles, a recorrer los cafés y a visitar las librerías
de viejo. Casi siempre volvía a casa con unos cuantos volúmenes
empolvados, que colocaba con placer en los estantes.
--Mi marido--decía doña Puri--era también aficionadísimo a los libros.
No sabe usted qué hombre más culto era.
Don Venancio leía mucho y leía de todo: libros religiosos y profanos,
documentos históricos; tenía sus obras predilectas, que releía con
frecuencia. Sus autores favoritos entre los profanos eran Horacio
y Lucrecio, y entre los místicos, Malon de Chaide y fray Luis de
Granada. La _Guía de pecadores_ y el _Símbolo de la fe_, de fray Luis
de Granada, le entusiasmaban por su lenguaje, y el libro de Malon
de Chaide, _La conversión de la Magdalena_, por sus alusiones y sus
chistes.
Chamizo era, como católico, poco practicante; se le olvidaba muchas
veces la misa del domingo y no daba gran importancia a los rezos.
Para él esto era pura mecánica; probablemente, entre los rezos
maquinales de los católicos, los molinos de oración de los tibetanos
y de los chinos y las calabazas llenas de oraciones que los calmucos
hacen girar con el viento, el ex fraile no encontraba mucha diferencia.
El padre Chamizo recorría Madrid de un extremo a otro, y le gustaba.
Madrid era entonces un pueblo curioso, más interesante que muchas
ciudades de importancia y que muchos pueblos exteriormente típicos,
por tener un carácter especial, el carácter del pueblo alto, seco,
duro. Era difícil que por aquel tiempo hubiera en Europa una capital
tan poco mezclada, tan poco cosmopolita como Madrid; no tenía esa vida
arcaica de las ciudades viejas, como Venecia o Nuremberg; en España,
como Toledo o Salamanca, ciudades todo fachada, ciudades que engañan y
parecen existir para entusiasmar al extranjero ávido de lo pintoresco;
no tenía grandes aspectos.
Madrid moral estaba en consonancia con el Madrid material: pobre,
destartalado, incómodo, con casuchas míseras, con un empedrado
malísimo, y, sin embargo, con rincones admirables, no tan suntuosos
como los de Roma, pero con una gracia más ligera. Jorge Borrow
comprendió en parte el carácter de Madrid como ningún otro escritor
nacional y extranjero y notó su absurdo atractivo. Borrow sintió la
extrañeza de Madrid mejor que Larra, que hizo la crítica un poco
mezquina del señorito que se cree superior porque ha estado en París;
sintió Madrid muchísimo mejor que Mesonero Romanos, que pintó el
cuadrito de costumbres vulgar y ramplón, imitando a los costumbristas
franceses del tipo anodino de Jouy.
Pueblo de poca tradición, no tenía Madrid, como las ciudades antiguas,
el barrio típico, monumental, que interesa al arqueólogo; su carácter
estaba en la vida de las gentes; no había allí la casa gótica, ni el
alero con gárgolas y canecillos, ni la gran fachada del Renacimiento,
pero dentro de la pobreza en la construcción, ¡qué tipo más acusado
tenía todo, lo inanimado y lo vivo, las casas y las calles, como el
alma de los hombres!
Chamizo se divertía en buscar los contrastes, en ver a los elegantes
de la calle de la Montera y a los majos de Puerta de Moros, en oír a
los políticos de la Puerta del Sol y a los paletos de la plaza de la
Cebada, y se entretenía en mirar las tiendas, las pañerías de la calle
de Postas, los comercios de cuchillos de las calles próximas a la Plaza
Mayor. Quería apresurarse a sorber el espíritu castellano, que era el
suyo; identificarse con su pueblo y hartarse de oír su idioma. Aunque
comprendía que era absurdo, le gustaban, más que las plazas anchas y
suntuosas de las capitales de Francia, aquellas plazoletas de Madrid
como la de las Descalzas o la de la Paja, que no le parecían de ciudad,
sino de aldea manchega.
II.
UNA LIBRERÍA DE VIEJO
EL ex claustrado lo pasaba muy bien, muy entretenido en aquel medio
ambiente madrileño, nuevo y extraño para él. La vida se le deslizaba
de discusión en discusión. Discutía de política con los amigos de
Aviraneta, que eran todos liberales; discutía de Filosofía y de
Religión, y discutía, quizá con más entusiasmo que de otra cosa, de la
gran cuestión literaria de la época, que dividía a la gente en clásicos
y románticos. Naturalmente, Chamizo era de los clásicos y oponía a los
nombres de lord Byron, de Walter Scott y de Víctor Hugo las figuras
ilustres de los poetas de la antigüedad.
Muchas de estas discusiones se desarrollaban en un baratillo de libros,
en el que Chamizo se hizo contertulio habitual. Estaba la tiendecita al
comienzo de la calle de la Paz, y era su dueño un viejo ayacucho, el
señor Martín. El señor Martín era un hombre de unos sesenta años, de
cara dura y torva. Había sido sargento en América y estaba enfermo de
reumatismo crónico; al andar arrastraba una pierna.
El señor Martín solía estar con su mujer y un chico en el mostrador
pegando hojas y pastas con engrudo; los días muy fríos se embozaba en
su capa y encendía un brasero con astillas.
El señor Martín, que había empezado su comercio en un portal vendiendo
unos cuantos papeles viejos, tenía muchos libros e iba mejorando sus
géneros. En su tienda había desde incunables hasta romances de ciego.
Su mujer, la señora Balbina, sabía también bastante del oficio; pero
el que se preparaba a abrir las alas y a volar como un águila de la
bibliografía era el aprendiz Bartolillo.
Bartolillo tenía una gran afición por los libros, y se enteraba de todo
y cogía al vuelo lo que oía.
El señor Martín iba y venía de su puesto a las casas donde vendían
libros, siempre cojeando, y traía carros de infolios y de papeles
llenos de polvo, que iba depositando en un sótano próximo y luego
llevándolos a la tienda y examinándolos.
El señor Martín vendía papel timbrado antiguo, documentos, pergaminos,
libros de coro, aleluyas y colecciones de sellos. En esto Bartolo era
el especialista.
A la tiendecilla solía ir mucha gente: criadas que compraban la
historia del guapo Francisco Esteban, de José María el Tempranillo y
de Miguelito Caparrota; estudiantes que vendían los libros de texto;
soldados que pedían una novela de amor, y bibliófilos que iban a
buscar la edición de Salamanca de la _Celestina_, o la _Lex romana
Visigothorum_.
También había en la tienda sus tertulias. A primera hora de la tarde
solían ir gentes de la vecindad: un zapatero remendón y un viejo
memorialista que escribía las cartas a los aguadores y a las criadas,
hombre muy seco, que tenía la cazurrería clásica del español, el
señor Isidro; luego, al anochecer, comenzaban a llegar literatos,
bibliófilos, periodistas, y solía haber largas discusiones.
Alguna que otra vez entraron Lista, Reinoso, Mesonero Romanos y otros
varios escritores. El más asiduo era don Bartolomé José Gallardo.
Gallardo hablaba pestes de todo el mundo. Era un hombre iracundo y
violento, lleno de saña y de cólera contra los demás literatos. Su
acento, extremeño recortado, daba más dureza a sus palabras. Tenía
mucho odio a los abates afrancesados, y había escrito por esta época un
folleto titulado _Cuatro palmetazos bien plantados por el Dómine Lucas
a los gaceteros de Bayona_, contra Lista y Reinoso, y pensaba escribir
otro, _Las letras de cambio o los mercachifles literarios_, para atacar
violentamente a Hermosilla, Miñano, Lista y Burgos.
Gallardo aseguraba que aquella época era la más baja de la historia de
la literatura española, y que nadie sabía nada, cosa que se asegura en
todas las épocas con el mismo grado de certidumbre. Gallardo era amable
con la gente que no podía ser rival suyo. Había visto la sagacidad y la
curiosidad de Bartolillo, el chico de la librería, y le desafiaba y le
mareaba a preguntas y luego le daba explicaciones, que Bartolillo las
cogía al vuelo. Un día el padre Chamizo se encontró en la librería del
señor Martín con un militar, Mac-Crohon, recién venido del extranjero.
Este Mac-Crohon había sido muy amigo del abate Marchena, y quería
recuperar algunos libros de historia del abate que no sabía adónde
habían ido a parar después de su muerte.
Hablaba don Venancio con Mac-Crohon, cuando se acercó Aviraneta con dos
señores: uno era don Bartolomé José Gallardo; el otro, el abogado de
Burgos don José de la Fuente Herrero. Venían los tres discutiendo de
política; decían que los liberales corrían un gran peligro por lo mucho
que trabajaba el partido apostólico dirigido por la Sociedad secreta El
Angel Exterminador.
--La masonería escocesa, a la que pertenecemos todos--decía Gallardo--,
está desorganizada y sin trabajar, con sus columnas abatidas.
--Esta es la fraseología de los masones--pensó Chamizo, y no hizo mucho
caso de ello.
Saludó a Mac-Crohon, que unos días después le regaló un tomo de
Lucrecio, que había pertenecido a Marchena, y se dedicó a ver
las estampas de Brambilla y Gálvez, del Sitio de Zaragoza, y las
litografías que habían hecho hacía unos años de los Sitios Reales y de
los cuadros del Museo, bajo la dirección de Madrazo, algunos dibujantes
y litógrafos extranjeros como Brambilla, Asselineau y Pic de Leopold.
Cuando Aviraneta y sus amigos concluyeron su conversación salieron de
la librería, y Chamizo comenzó a hablar con Gallardo de bibliografía
y de historia eclesiástica. Dieron un paseo por la calle de Alcalá,
volvieron a la Puerta del Sol y allí se despidieron todos.
Al marchar hacia casa juntos Aviraneta y Chamizo, por la calle del
Príncipe, un señor viejo se abalanzó a Aviraneta y le estrechó entre
los brazos...
--¡Adiós, don Venancio!--dijo Aviraneta al ex fraile--. Me voy con este
señor.
--¿Quién es?--le preguntó Chamizo, por curiosidad.
--Es don Lorenzo Calvo de Rozas, un hombre que se distinguió en el
Sitio de Zaragoza y que fué ministro en 1823.
Los días siguientes siguió Chamizo acudiendo a la librería de viejo del
señor Martín, donde compraba algunas menudencias. Se hizo muy amigo de
la casa.
El hijo del señor Martín era un joven de unos veintitrés años, llamado
Román, a quien llamaban el Terrible. Román estaba casado con la hija de
un encuadernador. Era hombre vicioso, impulsivo, violento, que no le
gustaba trabajar y saqueaba a su padre. Muchas veces Chamizo presenció
tremendas disputas entre el padre y el hijo, que acababan con insultos
y con amenazas.
III.
UN JESUÍTA
UN día acababa Chamizo de levantarse de la cama y estaba leyendo la
_Historia secreta de Procopio_, en una edición antigua, cuando llamaron
a su puerta y entró en su cuarto un cura joven. Saludó éste al ex
fraile y le dió una tarjeta donde ponía:
JACINTO JIMÉNEZ,
S. J.
--Usted dirá que desea--le preguntó Chamizo.
--Vengo a tomar informes de su vida y de su conducta.
--¿De mi vida?
--Sí, señor; de parte de los padres de la Compañía de Jesús.
--Señor mío--replicó don Venancio--, la Comunidad en la que yo profesé
ha sido extinguida, y yo me considero con libertad de acción para
vivir independientemente y sin tener que dar cuentas a ninguna otra
Orden.
--¿Pero usted se considera dentro de la Iglesia?--preguntó el curita.
--Sí.
--Pues entonces debe usted obedecer.
--Según a quién--contestó Chamizo; y a las observaciones del jesuíta
replicó con citas de San Agustín, San Juan Crisóstomo, San Jerónimo,
Orígenes, etc. El padre Jacinto no andaba muy bien en cuestiones de
disciplina eclesiástica, y dijo:
--Dejemos, si usted quiere, esas cuestiones teóricas, y vamos a la
realidad. Se ha sabido que usted tiene relaciones con masones y
revolucionarios. Se le ha visto a usted con frecuencia en una librería
de viejo en compañía de don Bartolomé José Gallardo, que es uno de los
enemigos más acérrimos de la religión.
--Hablo con él porque es un escritor erudito; pero yo no participo de
sus ideas. A esa librería de viejo van también algunos eclesiásticos.
--Bueno. Aquí deseamos saber, padre Chamizo--preguntó el padre Jacinto
echándoselas de hombre franco y campechano--, si usted está con
nosotros o con ellos.
--Yo no estoy con nadie. Yo no intento mas que encontrar un medio de
ganarme la vida honradamente, y nada más.
--Nosotros se lo proporcionaremos.
--¿Ustedes?
--¡Sí! Con una condición.
--¿Y es?
--Que usted nos comunique los trabajos que hagan sus amigos liberales.
--¡Pero si no hacen trabajo alguno!
--Sí, sí; los hacen.
--Bien; aunque los hagan, yo no los conozco, y si los conociera porque
me los hubieran comunicado en confianza, yo no iba a dar parte de ello
al primer reciénvenido.
--Es que yo no soy el primer reciénvenido--dijo irguiéndose el padre
Jacinto--; soy la Iglesia.
Quedó el ex fraile anonadado al oír el tono que empleó el jesuíta al
decir esto.
--De todas maneras--concluyó diciendo Chamizo--, yo para espiar no
sirvo. Que me den un trabajo cualquiera, y lo haré; pero espiar, no.
--Está usted muy embuído en las ideas del siglo, padre Chamizo--replicó
el jesuíta--. Todo lo que se hace para mayor gloria de Dios está bien
hecho. Volveré otro día, y creo que le convenceré a usted.
Diciendo esto, el jesuíta sonrió y se retiró del cuarto.
IV.
SILUETAS DE CONSPIRADORES
AL día siguiente, por la tarde, don Venancio se encontró a Paquito
Gamboa, el militar con quien había estado en el lazareto de San
Sebastián, en la calle de Atocha; dieron un paseo, y, a la vuelta,
entraron en el Café de Venecia, de la calle del Prado. Se sentaron
cerca de la ventana. Era aquel local un sitio obscuro, ahumado, con
un olor especial en que se mezclaban el aroma del café tostado, con
el humo del tabaco, y un tufo como de polilla que echaban los divanes
ajados de terciopelo.
--¿Y la mayoría de esta gente son militares?--preguntó Chamizo.
--No--contestó Gamboa--. Muchos de estos son vagos, que esperan que
llegue el buen momento charlando en un rincón, fumando y jugando al
billar. Algunos, que se dan por militares indefinidos y de la reserva,
son aventureros, perdidos, cuando no estafadores.
Gamboa le habló después a Chamizo de que se conspiraba activamente.
Suponía que Aviraneta andaba en el ajo y que debían estar complicados
Calvo de Rozas, Romero Alpuente, Flórez Estrada, Gallardo y otros
constitucionales.
Gamboa pensaba hablar a Aviraneta y ofrecerse a él. Le invitó a ir a
Chamizo a casa de doña Celia, y se fué porque tenía que acudir a la
guardia.
Acababa de salir el joven militar, cuando entraron en el café Calvo
de Rozas, con un señor grueso, de patillas, y después, formando otro
grupo, dos viejos carcamales, en compañía de Aviraneta y de un hombre
con aire frailuno.
Se sentaron todos en una mesa: los dos carcamales, Flórez Estrada
y Romero Alpuente, se sentaron en el diván, y los demás, en sillas
alrededor. La conversación se refirió a motivos generales de política.
Calvo de Rozas, hombre de mal talante, de aspecto ceñudo y sombrío,
hablaba con una sequedad antipática. Se decía que en el Sitio de
Zaragoza había mandado despóticamente como un bajá. Se le tenía por
aragonés, pero había nacido en Vizcaya. En Francia, en tiempo de la
Revolución, hubiera figurado entre los jacobinos.
Romero Alpuente, un viejo repulsivo, amarillo, con un aspecto de
cadáver y con los ojos vidriosos, hablaba despacio, de una manera
petulante, y mezclaba en su conversación frases chocarreras, que él era
el primero en reír con un gesto tan frío y tan triste, que daba horror.
Respecto a Flórez Estrada, parecía una sombra, un anciano decrépito,
con un pie en la sepultura.
El señor grueso de las patillas era don Juan Olavarría, hombre que
se tenía por sesudo y por serio y que vivía en una continua fiebre
proyectista. Los canales, los puertos, las fábricas, el convertir los
montes en llanuras y las llanuras en montes, era su obsesión.
El otro personaje era el masón Beraza. Beraza tenía un aire frailuno.
Iba afeitado, tenía una calva hasta el cogote, la frente abultada y la
nariz respingona. Su cuerpo era gordo y fofo, y sus ademanes, un tanto
femeninos. Debía de ser un hablador frenético, porque constantemente se
le veía perorando con un dedo en el aire y sonriendo con una sonrisa
plácida y estólida.
Al cabo de algún tiempo salieron del café, en fila, los contertulios
liberales, todos de capa y de sombrero redondo. Estos conspiradores de
capa y copa iban muy serios y ceñudos.
Al salir, Aviraneta le vió a Chamizo y se acercó a él.
--¡Hombre! Le voy a presentar a usted a estos señores.
--No, no.
--¿Por qué no?
--Usted anda ahí en su fregado revolucionario, que a mí no me conviene.
--¡Bah! Usted es de los nuestros, padre Chamizo.
--No; no soy de los de ustedes. Yo soy católico, apostólico, romano
y monárquico, y ustedes son unos impíos, unos anarquistas, unos
conspiradores...
--¡Ca, hombre! No haga usted caso. ¿Quién le ha metido a usted esas
bolas?
El ex fraile dijo primero lo que le había contado Gamboa, y después le
habló de la visita del jesuíta que había tenido el día anterior.
Aviraneta se quedó serio.
--Y usted, ¿qué va a hacer?--preguntó.
--Yo, nada. Yo no le voy a espiar a usted, que es amigo mío.
--Gracias, don Venancio. Lo que vamos a hacer es una cosa. Yo le daré
a usted de cuando en cuando alguna noticia que sepa, y usted se la
comunicará al curita ése.
--No me gusta el procedimiento. No sé qué traman ellos y qué traman
ustedes.
--¿Nosotros? Muy poca cosa. ¿Sabe usted cuál es nuestro objeto? Pues es
hacer una partida del trueno para asustar a los realistas y decidir al
Gobierno a que nos acepten a todos en el ejército y en los ministerios.
--Mal camino han elegido ustedes.