La traición de Estrada inició la caída de Zelaya. Este quiso evitar la
intervención yankee, y entregó el poder al doctor Madriz, quien pudo
deshacer la revolución, en un momento dado, a no haber tomado parte los
Estados Unidos, que desembarcaron tropas de sus barcos de guerra para
ayudar a los revolucionarios.
Madriz me nombró Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario, en
misión especial, en México, con motivo de las fiestas del Centenario. No
había tiempo que perder, y partí inmediatamente. En el mismo vapor que
yo iban miembros de la familia del presidente de la República, general
Porfirio Díaz, un íntimo amigo suyo, diputado, D. Antonio Pliego, el
ministro de Bélgica en México y el conde de Chambrun, de la legación de
Francia en Washington. En la Habana se embarcó también la delegación de
Cuba que iba a las fiestas mexicanas.
Aunque en La Coruña, por un periódico de la ciudad, supe yo que la
revolución había triunfado en Nicaragua, y que el presidente Madriz se
había salvado por milagro, no diera mucho crédito a la noticia. En la
Habana la encontré confirmada. Envié un cablegrama pidiendo
instrucciones al nuevo gobierno y no obtuve contestación alguna. A mi
paso por la capital de Cuba, el Ministro de Relaciones Exteriores, señor
Sanguily, me atendió y obsequió muy amablemente. Durante el viaje a
Veracruz conversé con los diplomáticos que iban a bordo, y fué opinión
de ellos que mi misión ante el gobierno mexicano era simplemente de
cortesía internacional, y mi nombre, que algo es para la tierra en que
me tocó nacer, estaba fuera de las pasiones políticas que agitaban en
ese momento a Nicaragua. No conocían el ambiente del país y la especial
incultura de los hombres que acababan de apoderarse del gobierno.
Resumiré. Al llegar a Veracruz, el introductor de diplomáticos, Sr.
Nervo, me comunicaba que no sería recibido oficialmente, a causa de los
recientes acontecimientos, pero que el gobierno mexicano me declaraba
huésped de honor de la nación. Al mismo tiempo se me dijo que no fuese a
la capital, y que esperase la llegada de un enviado del ministerio de
Instrucción Pública. Entre tanto, una gran muchedumbre de veracruzanos,
en la bahía, en barcos empavesados y por las calles de la población,
daban vivas a Rubén Darío y a Nicaragua, y mueras a los Estados Unidos.
El enviado del Ministerio de Instrucción Pública llegó con una carta del
ministro, mi buen amigo D. Justo Sierra, en que en nombre del presidente
de la República y de mis amigos del gabinete, me rogaban que pospusiese
mi viaje a la capital. Y me ocurría algo bizantino. El gobernador civil,
me decía que podía permanecer en territorio mexicano unos cuantos días,
esperando que partiese la delegación de los Estados Unidos para su país,
y que entonces yo podría ir a la capital; y el gobernador militar, a
quien yo tenía mis razones para creer más, me daba a entender que
aprobaba la idea mía de retornar en el mismo vapor para la Habana...
Hice esto último. Pero antes visité la ciudad de Jalapa, que
generosamente me recibió en triunfo. Y el pueblo de Teccelo, donde las
niñas criollas e indígenas, regaban flores y decían ingenuas y
compensadoras salutaciones. Hubo vítores y músicas. La municipalidad dió
mi nombre a la mejor calle. Yo guardo, en lo preferido de mis recuerdos
afectuosos, el nombre de ese pueblo querido. Cuando partía en el tren,
una indirecta me ofreció un ramo de lirios y un puro azteca: «Señor, yo
no tengo que ofrecerle más que esto»; y me dió una gran piña perfumada y
dorada. En Veracruz se celebró en mi honor una velada, en donde hablaron
fogosos oradores y se cantaron himnos. Y mientras esto sucedía, en la
capital, al saber que no se me dejaba llegar a la gran ciudad, los
estudiantes en masa, e hirviente suma de pueblo, recorrían las calles en
manifestación imponente contra los Estados Unidos. Por la primera vez,
después de treinta y tres años de dominio absoluto, se apedreó la casa
del viejo Cesáreo que había imperado. Y allí se vió, se puede decir, el
primer relámpago de la revolución que trajera el destronamiento.
Me volví a la Habana acompañado de mi secretario, Sr. Torres Perona,
inteligente joven filipino, y del enviado que el Ministro de Instrucción
Pública habíale nombrado para que me acompañase. Las manifestaciones
simpáticas de la ida no se repitieron a la vuelta. No tuve ni una sola
tarjeta de mis amigos oficiales... Se concluyeron, en aquella ciudad
carísima, los pocos fondos que me quedaban y los que llevaba el enviado
del ministro Sierra. Y después de saber, prácticamente, por propia
experiencia, lo que es un ciclón político, y lo que es un ciclón de
huracanes y de lluvia en la isla de Cuba, pude después de dos meses de
ardua permanencia, pagar crecidos gastos y volverme a París, gracias al
apoyo pecuniario del diputado mexicano Pliego, del ingeniero Enrique
Fernández, y, sobre todo, a mis cordiales amigos Fontaura Xavier,
ministro del Brasil, y general Bernardo Reyes, que me envió por cable,
de París, un giro suficiente.