En el cuerpo diplomático, no sabiendo jugar al _bridge_ y con el sueldo
que tiene un secretario de legación de cualquier país presentable, y con
lo de la literatura y los versos, hacía yo, entre los de la carrera, un
papel suficientemente medianejo... Entre los embajadores, disfruté la
grata cortesía del fastuoso britano Sir Maurice Bunsen, y la acogida
siempre simpática y afectuosa del Nuncio, monseñor Vico, hoy cardenal.
Mi único amigo verdadero era el embajador de Francia, porque era también
amigo de las musas; íntimo de Mistral, y autor de páginas muy
agradables, lo cual, señores positivos, no obsta para que actualmente
sea director de la Banque Otomane en Constantinopla.
A todo esto, el gobierno de Nicaragua, preocupado con sus políticas, se
acordaba tanto de su legación en España como un calamar de una máquina
de escribir... Y ahí mis apuros... No, no he de callar esto... Después
de haber agotado escasas remesas de mis escasos sueldos, que según me ha
dicho el general Zelaya, tuvo que poner de su propio peculio, y cuando
ya se me debía el pago de muchos meses, _La Nación_ de Buenos Aires, o
mejor dicho, mis pobres sesos, tuvieron que sostener, mala, pésimamente,
pero, en fin, sostener, la legación de mi patria nativa, la República de
Nicaragua, ante su Majestad el rey de España... En fin, para no tener
que hacer las de cierto ministro turco, a quien los acreedores sitiaban
en su casa de la Villa y Corte, trasladé mi residencia a París, en donde
ni tenía que aparentar, ni gastar nada, diplomáticamente.