Partí, pues, de Nicaragua con la creencia de que no había de volver
nunca más; pero había visto florecer antiguos rosales y contemplado
largamente, en las noches del trópico, las constelaciones de mi
infancia. La familia Darío estaba ya casi concluída. Una juventud
ansiosa y llena de talento se desalentaba, por lo desfavorable del
medio. Y se sentía soplar un viento de peligro que venía del lado del
Norte.
Cuando llegué a París, la contrariedad del ministro Medina al saber que
iba yo a sustituirle en su puesto diplomático de España--pues él era
representante de Nicaragua en cuatro o cinco países de Europa--se
exteriorizó con tal despecho, que me juró aquel provecto caballero no
volver a poner los pies en España. Me dirigí a Madrid con objeto de
presentar mis credenciales. Me hospedé en el Hotel de París, y procuré
que aquella Legación, con información de pobreza, tuviese una
exterioridad, ya que no lujosa, decorosa. La prensa me había saludado
con toda la cordialidad que inspiraba un reconocido amigo y queredor de
España.
Recibí la visita del primer Introductor de Embajadores, Conde de Pie de
Concha, noble gentilísimo, y me anunció que el Rey me recibiría en
seguida, pues tenía que partir no recuerdo para qué punto. A los tres
días debía verificarse la ceremonia de la entrega de mis credenciales; y
todavía un día antes andaba yo en apuros, porque no había recibido de
París mi flamante y dorado uniforme. Felizmente me sacó del paso mi buen
amigo el doctor Manrique, ministro de Colombia; él hizo que me probara
el suyo y me quedó a las mil maravillas; y he allí cómo el antiguo
Cónsul general de Colombia en Buenos Aires, fué recibido por el rey de
España, como ministro de Nicaragua, con uniforme colombiano.
Su Majestad el Rey estuvo conmigo de una especial amabilidad, aunque en
este caso todos los diplomáticos dicen lo mismo. Me habló de mi obra
literaria. Conversó de asuntos nicaragüenses y centroamericanos,
demostrando bien informado conocimiento del asunto, y dejó en mi ánimo
la mejor impresión. Cada vez que hablé con él, en el curso de mi misión,
me convencí de que no es solamente el rey _sportman_ de los periódicos
e ilustraciones, sino un joven bien pertrechado de los más diversos
conocimientos, y hecho a toda suerte de disciplinas. Una vez concluída
mi conversación con el monarca, pasé a presentar mis respetos a las
reinas. La reina Victoria apareció ante mi vista como una figura de
arte. Por su rosada belleza, la pompa rica de su elegancia ornamental, y
hasta por la manera como estaba dada la luz en el estrecho recinto donde
me recibió de pie y me tendió la mano para el beso usual. ¡Cuán hermosa
y rubia reina de cuentos de hadas! Hablé con ella en francés; todavía no
se expresaba con facilidad en español. Y tras cumplimientos y preguntas
y respuestas casi protocolares, fuí a saludar a la reina madre doña
María Cristina, delgada y recta, con la particular distinción y aire
imperial que reveló siempre la archiduquesa austriaca que había en la
soberana española. Se mostró conmigo afable y de excelente memoria. Así,
después del acostumbrado diálogo diplomático, me dijo que recordaba la
ocasión en que, en una de las ceremonias de las fiestas colombianas, le
había sido presentado por su primer ministro, D. Antonio Cánovas del
Castillo.
Después hice mi visita a las infantas: doña Isabel, acompañada de su
inseparable marquesa de Nájera, hoy fallecida. El excelente carácter de
doña Isabel, su cultura y su llaneza, bien conocidos de los argentinos,
no ocultan el genio artístico que hay en ella; y cuyo amor al arte supe
en esa oportunidad y en otras posteriores, por su conversación y por su
museo. La infanta doña Luisa, una linda Orleáns, casada con el viudo D.
Carlos, delicada y fina aunque _sportswoman_ airosa y vigorosa que va de
cuando en cuando a bañar su beldad de sol a Sevilla. Y la desventurada
infanta María Teresa, desventurada como su pobre hermana, y tan
desventurada como sencilla y bondadosa, cuya muerte acaba de llorar toda
España. Me recibió en compañía de su marido el príncipe D. Fernando de
Baviera, hijo de su tía la infanta doña Paz. Doña María Teresa,
ingenuamente, sufrió conmigo una equivocación, lamentable para mí,
_¡hélas!_ pues, acostumbrada a representantes hispanoamericanos como los
Wilde, los Iturbe, los Candamo, los Beiztegui, me confundió con esos
millonarios, y me habló de mi automóvil... ¡Pobrecita infanta María
Teresa! A la infanta doña Eulalia no la pude saludar, pues ya se sabe
que es una parisiense y que reside en París.