LXII

Partí, pues, de Nicaragua con la creencia de que no había de volver

nunca más; pero había visto florecer antiguos rosales y contemplado

largamente, en las noches del trópico, las constelaciones de mi

infancia. La familia Darío estaba ya casi concluída. Una juventud

ansiosa y llena de talento se desalentaba, por lo desfavorable del

medio. Y se sentía soplar un viento de peligro que venía del lado del

Norte.

Cuando llegué a París, la contrariedad del ministro Medina al saber que

iba yo a sustituirle en su puesto diplomático de España--pues él era

representante de Nicaragua en cuatro o cinco países de Europa--se

exteriorizó con tal despecho, que me juró aquel provecto caballero no

volver a poner los pies en España. Me dirigí a Madrid con objeto de

presentar mis credenciales. Me hospedé en el Hotel de París, y procuré

que aquella Legación, con información de pobreza, tuviese una

exterioridad, ya que no lujosa, decorosa. La prensa me había saludado

con toda la cordialidad que inspiraba un reconocido amigo y queredor de

España.

Recibí la visita del primer Introductor de Embajadores, Conde de Pie de

Concha, noble gentilísimo, y me anunció que el Rey me recibiría en

seguida, pues tenía que partir no recuerdo para qué punto. A los tres

días debía verificarse la ceremonia de la entrega de mis credenciales; y

todavía un día antes andaba yo en apuros, porque no había recibido de

París mi flamante y dorado uniforme. Felizmente me sacó del paso mi buen

amigo el doctor Manrique, ministro de Colombia; él hizo que me probara

el suyo y me quedó a las mil maravillas; y he allí cómo el antiguo

Cónsul general de Colombia en Buenos Aires, fué recibido por el rey de

España, como ministro de Nicaragua, con uniforme colombiano.

Su Majestad el Rey estuvo conmigo de una especial amabilidad, aunque en

este caso todos los diplomáticos dicen lo mismo. Me habló de mi obra

literaria. Conversó de asuntos nicaragüenses y centroamericanos,

demostrando bien informado conocimiento del asunto, y dejó en mi ánimo

la mejor impresión. Cada vez que hablé con él, en el curso de mi misión,

me convencí de que no es solamente el rey _sportman_ de los periódicos

e ilustraciones, sino un joven bien pertrechado de los más diversos

conocimientos, y hecho a toda suerte de disciplinas. Una vez concluída

mi conversación con el monarca, pasé a presentar mis respetos a las

reinas. La reina Victoria apareció ante mi vista como una figura de

arte. Por su rosada belleza, la pompa rica de su elegancia ornamental, y

hasta por la manera como estaba dada la luz en el estrecho recinto donde

me recibió de pie y me tendió la mano para el beso usual. ¡Cuán hermosa

y rubia reina de cuentos de hadas! Hablé con ella en francés; todavía no

se expresaba con facilidad en español. Y tras cumplimientos y preguntas

y respuestas casi protocolares, fuí a saludar a la reina madre doña

María Cristina, delgada y recta, con la particular distinción y aire

imperial que reveló siempre la archiduquesa austriaca que había en la

soberana española. Se mostró conmigo afable y de excelente memoria. Así,

después del acostumbrado diálogo diplomático, me dijo que recordaba la

ocasión en que, en una de las ceremonias de las fiestas colombianas, le

había sido presentado por su primer ministro, D. Antonio Cánovas del

Castillo.

Después hice mi visita a las infantas: doña Isabel, acompañada de su

inseparable marquesa de Nájera, hoy fallecida. El excelente carácter de

doña Isabel, su cultura y su llaneza, bien conocidos de los argentinos,

no ocultan el genio artístico que hay en ella; y cuyo amor al arte supe

en esa oportunidad y en otras posteriores, por su conversación y por su

museo. La infanta doña Luisa, una linda Orleáns, casada con el viudo D.

Carlos, delicada y fina aunque _sportswoman_ airosa y vigorosa que va de

cuando en cuando a bañar su beldad de sol a Sevilla. Y la desventurada

infanta María Teresa, desventurada como su pobre hermana, y tan

desventurada como sencilla y bondadosa, cuya muerte acaba de llorar toda

España. Me recibió en compañía de su marido el príncipe D. Fernando de

Baviera, hijo de su tía la infanta doña Paz. Doña María Teresa,

ingenuamente, sufrió conmigo una equivocación, lamentable para mí,

_¡hélas!_ pues, acostumbrada a representantes hispanoamericanos como los

Wilde, los Iturbe, los Candamo, los Beiztegui, me confundió con esos

millonarios, y me habló de mi automóvil... ¡Pobrecita infanta María

Teresa! A la infanta doña Eulalia no la pude saludar, pues ya se sabe

que es una parisiense y que reside en París.

Autobiografía Obras Completas Vol. XV · 第 63 / 123 题