El gobierno nicaragüense nombró a Vargas Vila y a mí--Vargas Vila era
Cónsul general de Nicaragua en Madrid--miembros de la Comisión de
límites con Honduras, que Nicaragua envió a España, siendo el rey Don
Alfonso el árbitro que debía resolver definitivamente en el asunto en
cuestión. El ministro Medina era el jefe de la Comisión; pero nunca nos
presentó oficialmente ni contaba, ni quería contar con nosotros para
nada. Vargas Vila tiene sobre esto una documentación inédita que algún
día ha de publicarse. El fallo del rey de España, no contentó, como casi
siempre sucede, a ninguna de las partes litigantes, y eso que Nicaragua
tenía como abogado nada menos que a D. Antonio Maura. La poca avenencia
del ministro Medina conmigo hizo que yo me resolviese a hacer un viaje
a Nicaragua.
Hacía cerca de diez y ocho años que yo no había ido a mi país natal.
Como para hacerme olvidar antiguas ignorancias e indiferencias, fuí
recibido como ningún profeta lo ha sido en su tierra... El entusiasmo
popular fué muy grande. Estuve como huésped de honor del Gobierno
durante toda mi permanencia. Volví a ver, en León, en mi casa vieja, a
mi tía abuela, casi centenaria; y el Presidente Zelaya, en Managua, se
mostró amable y afectuoso. Zelaya mantenía en un puño aquella tierra
difícil. Diez y siete años estuvo en el poder y no pudo levantar cabeza
la revolución conservadora, dominada, pero siempre piafante. El
Presidente era hombre de fortuna, militar y agricultor, mas no se crea
que fué ese la reproducción de tanto tirano y tiranuelo de machete como
ha producido la América española. Zelaya fué enviado por su padre, desde
muy joven, a Europa; se educó en Inglaterra y Francia; sus principales
estudios los hizo en el colegio Höche, de Versalles; peleó en las filas
de Rufino Barrios, cuando este Presidente de Guatemala intentó realizar
la unión de Centro América por la fuerza, tentativa que le costó la
vida.
Durante su presidencia, Zelaya hizo progresar el país, no hay duda
alguna. Se rodeó de hombres inteligentes, pero que, como sucede en
muchas partes de nuestro continente, hacían demasiada política y muy
poca administración; los principales eran hombres hábiles, que
procuraban influir para los intereses de su círculo en el ánimo del
gobernante. Esos hombres se enriquecieron, o aumentaron sus caudales, en
el tiempo de su actuación política. Otros adláteres hicieron lo mismo;
la situación económica en el país se agravó, y las malquerencias y
desprestigios de los que rodeaban al jefe del Estado recayeron también
contra él. Esto lo observé a mi paso. El descontento había llegado a tal
punto en Occidente, cuando se creyó, con motivo del matrimonio de una de
las señoritas Zelaya, que el Presidente entraba en connivencias con los
conservadores de Granada, que había preparada en León, para una próxima
visita presidencial, una conjuración contra la vida del general Zelaya.
Amigos míos, entre ellos, principalmente, el doctor Luis Debayle y D.
Francisco Castro, ministro de Hacienda, y el mismo ministro de
Relaciones Exteriores, Sr. Gámez, pidieron al presidente la legación de
España para mí. La unánime aprobación popular, el pedido de sus amigos,
y su innegable buena voluntad, hicieron que el general Zelaya me
nombrase ministro en Madrid, pero no sin que tuviese que luchar con
intrigas palaciegas y pequeñeces no palaciegas, que hacían su sordo
trabajo en contra, y esto a pesar de que la legación tenía un pobre y
casi desdoroso presupuesto, que fué todavía mermado a la salida del Sr.
Castro del Ministerio de Hacienda.