Había vendido miserablemente varios libros a dos _ghettos_, de la
edición que en París han hecho miles y millones con el trabajo mental de
escritores españoles e hispanoamericanos, pagados harpagónicamente, y
como yo me quejase en aquel entonces, por una de mis obras, se me
mostraron las condiciones en que había vendido para la América española
una escritora ilustre su _Vida de San Francisco de Asis_.
Don Justo Sierra, el eminente escritor y poeta, que en Méjico era
llamado «el Maestro», y que acababa de fallecer en Madrid de ministro de
su país, escribió el prólogo para uno de mis volúmenes,
«Peregrinaciones». En París tuve la oportunidad de conocer a este hombre
preclaro, que en los últimos años de la administración del presidente
Porfirio Díaz, ocupó el Ministerio de Instrucción pública.
El gobierno de Nicaragua, que no se había acordado nunca de que yo
existía sino cuando las fiestas colombinas, o cuando se preguntó por
cable de Managua al ministro de Relaciones Exteriores argentino si era
cierta la noticia que había llegado de mi muerte, me nombró cónsul en
París.
Y a propósito, por dos veces se ha esparcido por América esa falsa nueva
de mi ingreso en la Estigia; y no podré olvidar la poco evangélica
necrología que, la primera vez, me dedicara en _La Estrella de Panamá_
un furioso clérigo, y que decía poco más o menos: «Gracias a Dios que ya
desapareció esta plaga de la literatura española... Con esta muerte no
se pierde absolutamente nada...» Hasta dónde puede llevar el fanatismo y
la ignorancia en todo.