Yo seguí habitando la misma casa de la calle Faubourg Montmartre y
cuando regresaba por las madrugadas, solía entrar a cenar a un
establecimiento situado en mi vecindad, y que se llamaba _Au filet de
Sole_. En uno de esos amaneceres llegué en compañía de un escritor
cubano, Eulogio Horta. Estábamos cenando en uno de los extremos del
salón del café. Había un nutrido grupo de hombres de aspectos e
indumentarias que yo no sabía conocer aún, alemanes en su mayor parte, y
franceses. Casi todos ostentaban sendos alfileres y anillos de
brillantes y estaban acompañados de unas cuantas hetairas de lujo.
Espumeaba con profusión el _cordon rouge_, y al son de los violines de
los tziganos, algunas parejas danzaban más que libremente. De pronto
entro una joven, casi una niña, de notable belleza; se dirigió a uno de
los hombres, rojo, rechoncho, de fosco aspecto, con tipo de carnicero,
habló con él algunas palabras... La bofetada fué tan fuerte que resonó
por todo el recinto y la pobre muchacha cayó cual larga era... A Eulogio
Horta y a mí se nos subió, sobre los vinos, lo hispanoamericano a la
cabeza, y nos levantamos en defensa de la que juzgábamos una víctima;
pero la cuadrilla de rufianes se alzó como uno solo, amenazante,
lanzándonos los más bajos insultos. Y lo peor era que quien nos
insultaba más, con la cara ensangrentada, era la moza del bofetón... No
nos pasó algo serio porque el gerente del establecimiento, que me
conocía desde Buenos Aires, salió a nuestra defensa, habló en alemán con
ellos y todo se calmó. Luego vino a nosotros y nos advirtió que nunca se
nos ocurriera salir a la defensa de tales _gourgandines_.
Otras cuantas aventuras de este género me acontecieron, pues en esa
época yo hacía vida de café, con compañeros de existencia idéntica, y
derrochaba mi juventud, sin economizar los medios de ponerla a prueba.