Me instruí en mis funciones consulares y tenía como canciller a un rubio
y calvo mexicano, limpio de espíritu y de corazón, y a quien
convencimos, en horas risueñas, algunos hispanoamericanos, de que, dado
su tipo completamente igual al de los Hapsburgos y la fecha de su
nacimiento, debía de ser hijo del emperador Maximiliano; y el «rico
tipo», con poco cariño por su papá y poco respeto por su señora mamá,
llegó a aceptar, entre veras y bromas, la posibilidad de su austriaco
parentesco...
Entre mis tareas consulares y mi servicio en _La Nación_, pasaba mi
existencia parisiense. Era ministro nicaragüense en Francia D. Crisanto
Medina, antiguo diplomático de pocas luces, pero de mucho mundo y
práctica en los asuntos de su incumbencia. A pesar de nuestras
excelentes relaciones, había algo entre ellas que impedían una completa
cordialidad. Me refiero a un antiguo drama de familia, relacionado con
el asesinato de mi abuelo materno.
D. Crisanto, de quien ha hecho Luis Bonafoux, en una de sus crónicas,
bien pimentada _charge_, era un hombre tan feliz y tan ecuánime a su
manera, que no tenía la menor idea de la literatura.., Había conocido,
desde los tiempos de Thiers, a Víctor Hugo, a Dumas, a otras cuantas
celebridades; pero de Víctor Hugo no me contaba sino que en un banquete,
en la inauguración del Hôtel de Ville, le libró de un resfriado
levantándose de la mesa y yéndose a poner su gabán, a causa de una
corriente de aire, cosa que D. Crisanto imitó;... y de Dumas, que una
vez, al salir de una reunión, el famoso autor no encontraba su coche, y
D. Crisanto le fué a dejar en su casa en el suyo... Al ecuatoriano Juan
Montalvo le llamaba «aquel Montalvo que escribía»... Tenía gran
admiración por Gómez Carrillo, no porque hubiera leído su obra de
escritor, sino porque Carrillo le servía a veces de secretario, y le
contestaba las notas con frases pocos usuales, notas que unas veces eran
para Nicaragua, otras para Guatemala, porque D. Crisanto había tenido el
talento de conseguir la representación, alternativamente y a veces al
mismo tiempo, de casi todas las cinco repúblicas centroamericanas. Tible
Machado, ministro de Guatemala en Londres y Bruselas, era su pesadilla;
y en la conferencia de La Haya... la cosa acabó en un duelo. Una noche,
en París, la víspera del encuentro en el terreno, me dijo mi ministro:
«Mañana mato a Tible». No lo mató. Cierto es que D. Crisanto había
tenido otro duelo célebre, en tiempos casi prehistóricos, con el
nombrado colombiano, Torres Caicedo, que sacó su herida de la
emergencia.
Contemporáneo de Medina fué el marqués de Rojas, tío de Luis Bonafoux y
que había sido diplomático de Guzmán Blanco, con quien tuvo sus
polémicas y desagrados. Fué aquel marqués pontificio, a quien traté en
su postrimería, muy aficionado a las mujeres y a la buena vida; hombre
rico, tuvo una vejez solitaria y murió entre criadas y criados en su
_garçonnière_. Esos dos ancianos de que he hablado, y que ha tiempo en
paz descansan, eran asiduos al mentidero del Gran Hotel, en donde se
reunían españoles e hispanoamericanos a ejercer la parlería y la
murmuración nacional y de raza.