LVIII

Me instruí en mis funciones consulares y tenía como canciller a un rubio

y calvo mexicano, limpio de espíritu y de corazón, y a quien

convencimos, en horas risueñas, algunos hispanoamericanos, de que, dado

su tipo completamente igual al de los Hapsburgos y la fecha de su

nacimiento, debía de ser hijo del emperador Maximiliano; y el «rico

tipo», con poco cariño por su papá y poco respeto por su señora mamá,

llegó a aceptar, entre veras y bromas, la posibilidad de su austriaco

parentesco...

Entre mis tareas consulares y mi servicio en _La Nación_, pasaba mi

existencia parisiense. Era ministro nicaragüense en Francia D. Crisanto

Medina, antiguo diplomático de pocas luces, pero de mucho mundo y

práctica en los asuntos de su incumbencia. A pesar de nuestras

excelentes relaciones, había algo entre ellas que impedían una completa

cordialidad. Me refiero a un antiguo drama de familia, relacionado con

el asesinato de mi abuelo materno.

D. Crisanto, de quien ha hecho Luis Bonafoux, en una de sus crónicas,

bien pimentada _charge_, era un hombre tan feliz y tan ecuánime a su

manera, que no tenía la menor idea de la literatura.., Había conocido,

desde los tiempos de Thiers, a Víctor Hugo, a Dumas, a otras cuantas

celebridades; pero de Víctor Hugo no me contaba sino que en un banquete,

en la inauguración del Hôtel de Ville, le libró de un resfriado

levantándose de la mesa y yéndose a poner su gabán, a causa de una

corriente de aire, cosa que D. Crisanto imitó;... y de Dumas, que una

vez, al salir de una reunión, el famoso autor no encontraba su coche, y

D. Crisanto le fué a dejar en su casa en el suyo... Al ecuatoriano Juan

Montalvo le llamaba «aquel Montalvo que escribía»... Tenía gran

admiración por Gómez Carrillo, no porque hubiera leído su obra de

escritor, sino porque Carrillo le servía a veces de secretario, y le

contestaba las notas con frases pocos usuales, notas que unas veces eran

para Nicaragua, otras para Guatemala, porque D. Crisanto había tenido el

talento de conseguir la representación, alternativamente y a veces al

mismo tiempo, de casi todas las cinco repúblicas centroamericanas. Tible

Machado, ministro de Guatemala en Londres y Bruselas, era su pesadilla;

y en la conferencia de La Haya... la cosa acabó en un duelo. Una noche,

en París, la víspera del encuentro en el terreno, me dijo mi ministro:

«Mañana mato a Tible». No lo mató. Cierto es que D. Crisanto había

tenido otro duelo célebre, en tiempos casi prehistóricos, con el

nombrado colombiano, Torres Caicedo, que sacó su herida de la

emergencia.

Contemporáneo de Medina fué el marqués de Rojas, tío de Luis Bonafoux y

que había sido diplomático de Guzmán Blanco, con quien tuvo sus

polémicas y desagrados. Fué aquel marqués pontificio, a quien traté en

su postrimería, muy aficionado a las mujeres y a la buena vida; hombre

rico, tuvo una vejez solitaria y murió entre criadas y criados en su

_garçonnière_. Esos dos ancianos de que he hablado, y que ha tiempo en

paz descansan, eran asiduos al mentidero del Gran Hotel, en donde se

reunían españoles e hispanoamericanos a ejercer la parlería y la

murmuración nacional y de raza.

Autobiografía Obras Completas Vol. XV · 第 59 / 123 题