Como dejo escrito, con Lugones y Piñeiro Sorondo hablaba mucho sobre
ciencias ocultas. Me había dado desde hacía largo tiempo a esta clase de
estudios, y los abandoné a causa de mi extremada nerviosidad y por
consejo de médicos amigos. Yo había desde muy joven tenido ocasión, si
bien raras veces, de observar la presencia y la acción de las fuerzas
misteriosas y extrañas, que aun no han llegado al conocimiento y dominio
de la ciencia oficial. En _Caras y Caretas_ ha aparecido una página mía,
en que narro cómo en la plaza de la catedral de León, en Nicaragua, una
madrugada vi y toqué una larva, una horrible materialización sepulcral,
estando en mi sano y completo juicio. También en _La Nación_, de Buenos
Aires, he contado cómo en la ciudad de Guatemala tuve el anuncio
psico-físico del fallecimiento de mi amigo el diplomático costarriqueño
Jorge Castro Fernández, en los mismos momentos en que él moría en la
ciudad de Panamá; y la pavorosa visión nocturna que tuvimos en San
Salvador el escritor político Tranquilino Chacón, incrédulo y ateo;
visión que nos llenó más que de asombro de espanto.
He contado también los casos de ese género, acontecidos a gentes de mi
conocimiento. En París, con Leopoldo Lugones, hemos observado en el
doctor Encausse, esto es, el célebre _Papus_, cosas interesantísimas;
pero según lo dejo expresado, no he seguido en esa clase de
investigaciones por temor justo a alguna perturbación cerebral.