XLV

Retorné a Buenos Aires, y como el producto de mi labor periodística y

literaria no me fuese suficiente para vivir, avino que el doctor Carlos

Carlés, que era Director general de Correos y Telégrafos, me nombró su

secretario particular. Yo cumplía cronométricamente con mis

obligaciones, las cuales eran contestar una cantidad innumerable de

cartas de recomendación que llegaban de todas partes de la República, y

luego recibir a un ejército de solicitantes de empleos, que llevaban en

persona sus cartas favorables. En las primeras no me faltaba el «Con el

mayor gusto...» y «en la primera oportunidad...» o: «En cuanto haya

alguna vacante...» Y a los que llegaban, siempre les daba esperanzas:

«vuelva usted otro día... Hablaré con el director... Lo tendré muy

presente... Creo que usted conseguirá su puesto...» Y así la gente se

iba contenta.

En la oficina tuve muy gratos amigos, como el activísimo y animado Juan

Migoni y el no menos activo aunque algo grave de intelectualidad y de

estudio, Patricio Piñeiro Sorondo, con quien me extendía en largas

pláticas, en los momentos de reposo, sobre asuntos teosóficos y otras

filosofías. Cuando Leopoldo Lugones llegó, también de empleado, a esa

repartición, formamos, lo digo con cierta modestia, un interesante trío.

Cuando no contestaba yo cartas, escribía versos o artículos. En las

quemantes horas del verano nos regocijaba en la secretaría la presencia

de un alegre y moreno portero que nos llevaba refrigerantes y riquísimas

horchatas. Delante de mí pasaban las personas que iban a visitar al

director; y recuerdo haber visto allí, por la primera vez, la noble

figura del doctor Sáenz Peña, actual Presidente de la República.

Autobiografía Obras Completas Vol. XV · 第 46 / 123 题