Retorné a Buenos Aires, y como el producto de mi labor periodística y
literaria no me fuese suficiente para vivir, avino que el doctor Carlos
Carlés, que era Director general de Correos y Telégrafos, me nombró su
secretario particular. Yo cumplía cronométricamente con mis
obligaciones, las cuales eran contestar una cantidad innumerable de
cartas de recomendación que llegaban de todas partes de la República, y
luego recibir a un ejército de solicitantes de empleos, que llevaban en
persona sus cartas favorables. En las primeras no me faltaba el «Con el
mayor gusto...» y «en la primera oportunidad...» o: «En cuanto haya
alguna vacante...» Y a los que llegaban, siempre les daba esperanzas:
«vuelva usted otro día... Hablaré con el director... Lo tendré muy
presente... Creo que usted conseguirá su puesto...» Y así la gente se
iba contenta.
En la oficina tuve muy gratos amigos, como el activísimo y animado Juan
Migoni y el no menos activo aunque algo grave de intelectualidad y de
estudio, Patricio Piñeiro Sorondo, con quien me extendía en largas
pláticas, en los momentos de reposo, sobre asuntos teosóficos y otras
filosofías. Cuando Leopoldo Lugones llegó, también de empleado, a esa
repartición, formamos, lo digo con cierta modestia, un interesante trío.
Cuando no contestaba yo cartas, escribía versos o artículos. En las
quemantes horas del verano nos regocijaba en la secretaría la presencia
de un alegre y moreno portero que nos llevaba refrigerantes y riquísimas
horchatas. Delante de mí pasaban las personas que iban a visitar al
director; y recuerdo haber visto allí, por la primera vez, la noble
figura del doctor Sáenz Peña, actual Presidente de la República.