Tres amigos médicos tuve, que fueron alternativamente los salvadores de
mi salud. Fué el uno el doctor Francisco Sicardi, el novelista y poeta
originalísimo, cuya obra extraordinaria y desigual tiene cosas tan
grandes que pasan los límites de la simple literatura. Su «Libro
Extraño» es de lo más inusitado y peregrino que haya producido una pluma
en lengua castellana. El otro médico, era Martín Reibel, el fraternal e
incomparable Hipócrates de los poetas, a quien Eduardo Talero, entre
otros, debe la vida, y yo, más de una vez, el afianzamiento del más
sacudido y atormentado de los organismos. El otro era Prudencio Plaza,
con quien fuí a pasar una temporada a la isla de Martín García, cuando
él era médico de aquel lazareto. Pasamos allí horas plácidas; nos
perfeccionábamos en el tiro del mauser; leíamos el _Quijote_, nos
confiábamos las ilusiones de nuestros mutuos porvenires. Pero no
olvidaré jamás la llegada de los cadáveres de enfermos sospechosos de
alguna contagiosa enfermedad; ni una autopsia que vi hacer desde lejos,
del cuerpo largo y bronceado de un hindú, pues era la primera vez, la
primera y la única, que he visto ejecutar el horrible y sabio
descuartizamiento. De Martín García envié a _La Nación_ algunas
correspondencias informativas firmadas con un pseudónimo.
Hice después un viaje a Bahía Blanca, en compañía del amigo Rouquaud. No
era por cierto Bahía Blanca el emporio que es ahora; sin embargo, ya se
hablaba mucho del futuro colosal que debería llegar para esa espléndida
región argentina.
De Bahía Blanca partí para una estancia del doctor Argerich, y allí fué
mi primera visita a la Pampa inmensa y poética. Poética, sí, para quien
sepa comprender el vaho de arte que flota sobre ese inconmesurable
océano de tierra, sobre todo en los crepúsculos vespertinos y en los
amaneceres. Allí supe lo que era el mate matinal, junto al fogón, en
compañía de los gauchos, rudos y primitivos, pero también poéticos. Allí
nemrodicé, con excelente puntería, contra martinetas, avestruces, tordos
y pechirrojos, y aun fáciles y poco avisadas vizcachas. Allí atisbé, con
las botas dentro del agua, bandadas de patos, y perseguí a ese espía
escandaloso del aire que se llama el «teru-teru»; allí anduve a caballo
varios días, desde los amaneceres hasta los atardeceres; allí adquirí
fuerzas, y renové mi sangre, y fortifiqué mis nervios, y pasé quizás,
entre gentes sencillas y nada literarias, los más tranquilos días de mi
existencia.