XLIII

Y se creó el grupo del Ateneo. Esta asociación, que produjo un

considerable movimiento de ideas en Buenos Aires, estaba dirigida por

reconocidos capitanes de la literatura, de la ciencia y del arte.

Zuberbuhler, Alberto Williams, Julián Aguirre, Eduardo Schiaffino,

Ernesto de la Cárcova, Sivori, Ballerini, de la Valle, Correa Morales y

otros animaban el espíritu artístico; Vega Belgrano, D. Rafael Obligado,

D. Juan José García Velloso, el doctor Oyuela, el doctor Ernesto

Quesada, el doctor Norberto Piñero y algunos más, fomentaban las letras

clásicas y las nacionales, y los más jóvenes alborotábamos la atmósfera

con proclamaciones de libertad mental.

Yo hacía todo el daño que me era posible al dogmatismo hispano, al

anquilosamiento académico; a la tradición hermosillesca, a lo

pseudo-clásico, a lo pseudo-romántico, a lo pseudo-realista y

naturalista, y ponía a mis «raros» de Francia, de Italia, de Inglaterra,

de Rusia, de Escandinavia, de Bélgica y aun de Holanda y de Portugal,

sobre mi cabeza. Mis compañeros me seguían y me secundaban con denuedo.

Exagerábamos, como era natural, la nota. Un Benjamín de la tribu, Carlos

Alberto Becú, publicó una _plaquette_, donde por primera vez aparecían

en castellano versos libres a la manera francesa; pues los versos libres

de Jaimes Freyre eran combinaciones de versos normales castellanos. Becú

hace tiempo abandonó sus inclinaciones líricas y es hoy un grave y

sesudo internacionalista. Luis Berisso publicaba su _Pensamiento de

América_, su traducción de _Belkis_, del portugués Eugenio de Castro, y

trabajaba porque se relacionaran los jóvenes intelectuales argentinos

con los del resto de Hispano-América. Leopoldo Díaz escribía sus

elegancias parnasianas, sus poemas de esfuerzo isotérico. Angel de

Estrada anunciaba con su producción el sutil e intenso poeta y el

prosista artístico y sugestivo que es hoy. Con él y con Alberto Vergara

Biedma, profundizador y elocuente, divagábamos sobre temas de belleza.

Miguel Escalada, que abandonó a las generosas musas, burilaba o miniaba

poemitas de singular y suave gracia. Eduardo de Ezcurra nos hablaba de

su estética y nos citaba siempre a Campanella, uno de sus autores

favoritos. Carlos Baires nos hacía pensar en trascendentes problemas,

con sus iniciaciones filosóficas. Mauricio Nirenstein nos mostraba

selecciones de las letras alemanas y nos instruía en asuntos talmúdicos.

José Ingenieros, con su aguda voz y su agudo espíritu nos hacía vibrar

en súbitos entusiasmos itálicos. José Pardo llevaba alguna página de

pasión, y el bien de su sedoso carácter. José Ojeda nos ungía con el

óleo de la música; y si hay otros que no vienen ahora a mi memoria, han

de perdonármelo a causa del tiempo. Por esos días di en el Ateneo una

conferencia en extremo laudatoria sobre el soñador lusitano Eugenio de

Castro. De ese vibrante grupo del Ateneo brotaron muchos versos, muchas

prosas; nacieron revistas de poca vida, y en nuestras modestas comidas a

escote, creábamos alegría, salud y vitalidad para nuestras almas de

luchadores y de _réveurs_. Un día apareció Lugones, audaz, joven, fuerte

y fiero, como un cachorro de hecatónquero que viniera de una montaña

sagrada. Llegaba de su Córdoba natal, con la seguridad de su triunfo y

de su gloria. Nos leyó cosas que nos sedujeron y nos conquistaron. A

poco estaba ya con Ingenieros redactando un periódico explosivo, en el

cual mostraba un espíritu anárquico, intransigente y candente. Hacía

prosas de detonación y relampagueo que iban más allá de León Bloy; y

sonetos contra «muffles» que traspasaban los límites del más acre

Laurent Tailhade. Vega Belgrano lo llevó a _El Tiempo_, y allí

aparecieron lucubraciones y páginas rítmicas de toda belleza, de todo

atrevimiento y de toda juventud. Dió al público su libro «Las montañas

del oro», para mí el mejor de toda su obra, porque es donde se expone

mayormente su genial potencia creadora, su gran penetración de lo

misterioso del mundo; y porque hasta sus imperfecciones son como esos

informes trozos de roca en donde se ve, a los brillos del sol, el rico

metal que la veta de la mina oculta en su entraña. Yo agité palmas y

verdes ramos en ese advenimiento; y creí en el que venía, hoy crecido y

en la plena y luminosa marcha de su triunfante genio.

Autobiografía Obras Completas Vol. XV · 第 44 / 123 题