Y se creó el grupo del Ateneo. Esta asociación, que produjo un
considerable movimiento de ideas en Buenos Aires, estaba dirigida por
reconocidos capitanes de la literatura, de la ciencia y del arte.
Zuberbuhler, Alberto Williams, Julián Aguirre, Eduardo Schiaffino,
Ernesto de la Cárcova, Sivori, Ballerini, de la Valle, Correa Morales y
otros animaban el espíritu artístico; Vega Belgrano, D. Rafael Obligado,
D. Juan José García Velloso, el doctor Oyuela, el doctor Ernesto
Quesada, el doctor Norberto Piñero y algunos más, fomentaban las letras
clásicas y las nacionales, y los más jóvenes alborotábamos la atmósfera
con proclamaciones de libertad mental.
Yo hacía todo el daño que me era posible al dogmatismo hispano, al
anquilosamiento académico; a la tradición hermosillesca, a lo
pseudo-clásico, a lo pseudo-romántico, a lo pseudo-realista y
naturalista, y ponía a mis «raros» de Francia, de Italia, de Inglaterra,
de Rusia, de Escandinavia, de Bélgica y aun de Holanda y de Portugal,
sobre mi cabeza. Mis compañeros me seguían y me secundaban con denuedo.
Exagerábamos, como era natural, la nota. Un Benjamín de la tribu, Carlos
Alberto Becú, publicó una _plaquette_, donde por primera vez aparecían
en castellano versos libres a la manera francesa; pues los versos libres
de Jaimes Freyre eran combinaciones de versos normales castellanos. Becú
hace tiempo abandonó sus inclinaciones líricas y es hoy un grave y
sesudo internacionalista. Luis Berisso publicaba su _Pensamiento de
América_, su traducción de _Belkis_, del portugués Eugenio de Castro, y
trabajaba porque se relacionaran los jóvenes intelectuales argentinos
con los del resto de Hispano-América. Leopoldo Díaz escribía sus
elegancias parnasianas, sus poemas de esfuerzo isotérico. Angel de
Estrada anunciaba con su producción el sutil e intenso poeta y el
prosista artístico y sugestivo que es hoy. Con él y con Alberto Vergara
Biedma, profundizador y elocuente, divagábamos sobre temas de belleza.
Miguel Escalada, que abandonó a las generosas musas, burilaba o miniaba
poemitas de singular y suave gracia. Eduardo de Ezcurra nos hablaba de
su estética y nos citaba siempre a Campanella, uno de sus autores
favoritos. Carlos Baires nos hacía pensar en trascendentes problemas,
con sus iniciaciones filosóficas. Mauricio Nirenstein nos mostraba
selecciones de las letras alemanas y nos instruía en asuntos talmúdicos.
José Ingenieros, con su aguda voz y su agudo espíritu nos hacía vibrar
en súbitos entusiasmos itálicos. José Pardo llevaba alguna página de
pasión, y el bien de su sedoso carácter. José Ojeda nos ungía con el
óleo de la música; y si hay otros que no vienen ahora a mi memoria, han
de perdonármelo a causa del tiempo. Por esos días di en el Ateneo una
conferencia en extremo laudatoria sobre el soñador lusitano Eugenio de
Castro. De ese vibrante grupo del Ateneo brotaron muchos versos, muchas
prosas; nacieron revistas de poca vida, y en nuestras modestas comidas a
escote, creábamos alegría, salud y vitalidad para nuestras almas de
luchadores y de _réveurs_. Un día apareció Lugones, audaz, joven, fuerte
y fiero, como un cachorro de hecatónquero que viniera de una montaña
sagrada. Llegaba de su Córdoba natal, con la seguridad de su triunfo y
de su gloria. Nos leyó cosas que nos sedujeron y nos conquistaron. A
poco estaba ya con Ingenieros redactando un periódico explosivo, en el
cual mostraba un espíritu anárquico, intransigente y candente. Hacía
prosas de detonación y relampagueo que iban más allá de León Bloy; y
sonetos contra «muffles» que traspasaban los límites del más acre
Laurent Tailhade. Vega Belgrano lo llevó a _El Tiempo_, y allí
aparecieron lucubraciones y páginas rítmicas de toda belleza, de todo
atrevimiento y de toda juventud. Dió al público su libro «Las montañas
del oro», para mí el mejor de toda su obra, porque es donde se expone
mayormente su genial potencia creadora, su gran penetración de lo
misterioso del mundo; y porque hasta sus imperfecciones son como esos
informes trozos de roca en donde se ve, a los brillos del sol, el rico
metal que la veta de la mina oculta en su entraña. Yo agité palmas y
verdes ramos en ese advenimiento; y creí en el que venía, hoy crecido y
en la plena y luminosa marcha de su triunfante genio.