XLII

En la redacción de _Tribuna_ me relacioné, por presentación de Mariano

de Vedia, con el doctor Lorenzo Anadón, con el general Mansilla, y los

poetas Carlos Roxlo y Christián Roeber. Mansilla simpatizó mucho conmigo

y publicó a este respecto un precioso y chispeante artículo. Le visité.

En su casa me mostró cosas curiosísimas, entre ellas el mejor retrato

que yo haya visto de su tío D. Juan Manuel de Rozas. Alcancé a conocer

también a su madre, doña Agustina, la belleza célebre que aun

resplandecía en su ancianidad, y a quien, cuando murió, deshojé un

ramillete de rosas literarias. El poeta Roxlo era de trato suave y

delicado y no adivinaba yo en él al futuro vigoroso combatiente de las

luchas políticas. Publicaba sus versos impregnados de perfume patrio y

en los cuales hay sollozos de guitarra pampera, melancólicos aires

rurales, y la revelación armoniosa de un profundo sentir. Roeber era

tipo romántico y legendario. Su novela vital se contaba en voz baja. Se

decía que, por drama de amores, lo que menos le había pasado era recibir

una bala en la cabeza, en duelo, por lo cual tuvo que estar un tiempo

encerrado en un manicomio. Es lo cierto que tenía un conocido título

español, con el cual publicó una serie de traducciones de las novelas de

cierto alegre y ha tiempo pasado de moda autor francés. Mansilla me dió

una comida a la cual invitó a algunos intelectuales. Tengo presente la

larga conversación que allí tuve con el doctor Celestino Pera, y la

interesantísima fecundia de nuestro anfitrión, que narrara amenos

sucesos y prodigara agudas ocurrencias, felices frases, con ese poder de

conversador ágil y oportuno que se ha reconocido en todas partes.

Fundé una revista literaria en unión de un joven poeta tan leído como

exquisito, de origen boliviano, Ricardo Jamies Freyre, actualmente

vecino de Tucumán. Ricardo es hijo del conocido escritor, periodista y

catedratico que ha publicado tan curiosas y sabrosas tradiciones desde

hace largo tiempo, en su país de Bolivia, y que en Buenos Aires hizo

aparecer un valioso volumen sobre el antiguo y fabuloso Potosí. El y su

hijo eran para mí excelentes amigos. Con _Brocha Gorda_, pseudónimo de

Jaimes padre, solíamos hacer amenas excursiones teatrales, o bien por la

isla de Maciel, pintoresca y alegre, o por las fondas y comedores

italianos de La Boca, en donde saboreábamos pescados fritos, y pastas al

jugo, regados con tintos chiantis y oscuros barolos. Quien haya

conversado con Julio L. Jaimes, sabrá del señorito y del ingenio de los

caballeros de antaño.

Con Ricardo no entrábamos por simbolismos y decadencias francesas, por

cosas d’annunzianas, por prerrafaelismos ingleses y otras novedades de

entonces, sin olvidar nuestras ancestrales Hitas y Berceos, y demás

castizos autores. Fundamos, pues, la «Revista de América», órgano de

nuestra naciente revolución intelectual y que tuvo, como era de

esperarse, vida precaria, por la escasez de nuestros fondos, la falta de

suscripciones y, sobre todo, porque a los pocos números, un

administrador italiano, de cuerpo bajito, de redonda cabeza calva y

maneras untuosas, se escapó llevándose los pocos dineros que habíamos

podido recoger. Y así acabó nuestra entusiasta tentativa. Pero Ricardo

se desquitó, dando a luz su libro de poesías _Castalia Bárbara_, que fué

una de las mejores y más brillantes muestras de nuestros esfuerzos de

renovadores. Allí se revelaba un lírico potente, delicado, sabio en

técnica y elevado en numen.

Autobiografía Obras Completas Vol. XV · 第 43 / 123 题