En la redacción de _Tribuna_ me relacioné, por presentación de Mariano
de Vedia, con el doctor Lorenzo Anadón, con el general Mansilla, y los
poetas Carlos Roxlo y Christián Roeber. Mansilla simpatizó mucho conmigo
y publicó a este respecto un precioso y chispeante artículo. Le visité.
En su casa me mostró cosas curiosísimas, entre ellas el mejor retrato
que yo haya visto de su tío D. Juan Manuel de Rozas. Alcancé a conocer
también a su madre, doña Agustina, la belleza célebre que aun
resplandecía en su ancianidad, y a quien, cuando murió, deshojé un
ramillete de rosas literarias. El poeta Roxlo era de trato suave y
delicado y no adivinaba yo en él al futuro vigoroso combatiente de las
luchas políticas. Publicaba sus versos impregnados de perfume patrio y
en los cuales hay sollozos de guitarra pampera, melancólicos aires
rurales, y la revelación armoniosa de un profundo sentir. Roeber era
tipo romántico y legendario. Su novela vital se contaba en voz baja. Se
decía que, por drama de amores, lo que menos le había pasado era recibir
una bala en la cabeza, en duelo, por lo cual tuvo que estar un tiempo
encerrado en un manicomio. Es lo cierto que tenía un conocido título
español, con el cual publicó una serie de traducciones de las novelas de
cierto alegre y ha tiempo pasado de moda autor francés. Mansilla me dió
una comida a la cual invitó a algunos intelectuales. Tengo presente la
larga conversación que allí tuve con el doctor Celestino Pera, y la
interesantísima fecundia de nuestro anfitrión, que narrara amenos
sucesos y prodigara agudas ocurrencias, felices frases, con ese poder de
conversador ágil y oportuno que se ha reconocido en todas partes.
Fundé una revista literaria en unión de un joven poeta tan leído como
exquisito, de origen boliviano, Ricardo Jamies Freyre, actualmente
vecino de Tucumán. Ricardo es hijo del conocido escritor, periodista y
catedratico que ha publicado tan curiosas y sabrosas tradiciones desde
hace largo tiempo, en su país de Bolivia, y que en Buenos Aires hizo
aparecer un valioso volumen sobre el antiguo y fabuloso Potosí. El y su
hijo eran para mí excelentes amigos. Con _Brocha Gorda_, pseudónimo de
Jaimes padre, solíamos hacer amenas excursiones teatrales, o bien por la
isla de Maciel, pintoresca y alegre, o por las fondas y comedores
italianos de La Boca, en donde saboreábamos pescados fritos, y pastas al
jugo, regados con tintos chiantis y oscuros barolos. Quien haya
conversado con Julio L. Jaimes, sabrá del señorito y del ingenio de los
caballeros de antaño.
Con Ricardo no entrábamos por simbolismos y decadencias francesas, por
cosas d’annunzianas, por prerrafaelismos ingleses y otras novedades de
entonces, sin olvidar nuestras ancestrales Hitas y Berceos, y demás
castizos autores. Fundamos, pues, la «Revista de América», órgano de
nuestra naciente revolución intelectual y que tuvo, como era de
esperarse, vida precaria, por la escasez de nuestros fondos, la falta de
suscripciones y, sobre todo, porque a los pocos números, un
administrador italiano, de cuerpo bajito, de redonda cabeza calva y
maneras untuosas, se escapó llevándose los pocos dineros que habíamos
podido recoger. Y así acabó nuestra entusiasta tentativa. Pero Ricardo
se desquitó, dando a luz su libro de poesías _Castalia Bárbara_, que fué
una de las mejores y más brillantes muestras de nuestros esfuerzos de
renovadores. Allí se revelaba un lírico potente, delicado, sabio en
técnica y elevado en numen.