Otra hospitalidad de buen humor que me acogiera por esos días fué la del
excelente amigo Rouquad. Allí rendíamos tributo a la gula, con platos
suculentos que solía dirigir el dueño de casa. Allí llegaban, entre
otros compañeros ya nombrados, un joven poeta de audacia y fantasía, que
ha producido después libros muy plausibles. Se llamaba Américo Llanos,
era de origen uruguayo y desempeña actualmente el consulado de su país
en San Sebastián de España, con su verdadero nombre, Armando Vasseur.
Iba también cierto abate francés, de apellido Claude, que enseñaba su
idioma al melodioso y elegante lírico de dorados cabellos, Eugenio Díaz
Romero. Este abate tenía una historia de las más escabrosas y que habría
interesado a Barbey d’Aurevilly. Era sobrino de un cardenal. Había
venido a la Argentina muy bien recomendado, pero al hombre le gustaban
mucho los alcoholes, en especial la demoníaca agua verde del ajenjo. En
una de las provincias colgó los hábitos, pues se había enamorado
locamente de la mujer con quien tuvo varios hijos. Ella, atemorizada o
arrepentida, le abandonó para casarse con otro; y poseyó al abate la
mayor desesperación, y la desesperación y el veneno verde le llevaron
casi a la locura. Volvió a Buenos Aires y entonces fué cuando le conocí.
En _La Nación_ he publicado una página en que narro cómo el general
Mitre pudo socorrer una vez al infeliz religioso, en momentos de miseria
y de angustia. Mucho tiempo después, se me apareció en París el
desventurado. Iba de nuevo vestido con sus ropas talares. Lo tenía
recluído el arzobispo en un convento. Le dejaban salir muy de tarde en
tarde y en compañía de algún otro sacerdote; pero esa vez llegó solo. Me
contó sus horas de oración y de arrepentimiento, mas poco á poco se fué
exaltando.--«Vamos, me dijo, a dar una vuelta.» Yo le acompañé a la
calle. Conversaba ya tranquilo, ya agitado, sobre todo cuando me
recordaba a la mujer de quien siempre estaba enamorado, y a sus hijos. Y
como pasáramos cerca de un café:--«Entremos, me dijo, tengo mucha sed,
tomaremos algún refresco». Por más que me opuse, vi que la cosa era
irremediable. Entramos, y con asombro de los concurrentes, el abate, en
vez de un refresco, ya comprenderéis que pidió su veneno. Yo me despedí
más tarde. Al día siguiente llegó a verme de nuevo en un estado
lamentable. Me dijo que todo aquello no era sino obra del demonio; que
él estaba arrepentido y que para cortar el mal de raíz, se iría a una
cartuja que está en una isla cerca de Niza. Creí que todas esas promesas
eran historias; pero el abate desapareció y a los pocos días recibía yo
unas cuantas fotografías de la Cartuja, y una carta en que el triste me
anunciaba su definitiva separación del mundo. No volví a saber nunca más
de él.