Comencé a publicar en _La Nación_ una serie de artículos sobre los
principales poetas y escritores que entonces me parecieron raros, o
fuera de lo común. A algunos les había conocido personalmente, a otros
por sus libros. La publicación de la serie de «Los raros», que después
formó un volumen, causó en el Río de la Plata excelente impresión, sobre
todo entre la juventud de letras, a quien se revelaban nuevas maneras de
pensamiento y de belleza. Cierto que había en mis exposiciones, juicios
y comentos, quizás demasiado entusiasmo; pero de ello no me arrepiento,
porque el entusiasmo es una virtud juvenil que siempre ha sido
productora de cosas brillantes y hermosas; mantiene la fe y aviva la
esperanza. Uno de mis artículos me valió una carta de la célebre
escritora francesa, Mme. Alfred Valette, que firma con el pseudónimo de
_Rachilde_, carta interesante y llena de _esprit_, en que me invitaba a
visitarla en la redacción de el «Mercure de France» cuando yo llegase a
París. A los que me conocen no les extrañará que no haya hecho tal
visita durante más de doce años de permanencia fija en la vecindad de la
redacción del «Mercure». He sido poco aficionado a tratarme con esos
«chermaïtre», franceses, pues algunos que he entrevisto me han parecido
insoportables de _pose_ y terribles de ignorancia de todo lo extranjero,
principalmente en lo referente a intelectualidad.
Pasaba, pues, mi vida bonaerense escribiendo artículos para _La Nación_,
y versos que fueron más tarde mis «Prosas Profanas», y buscando por la
noche el peligroso encanto de los paraísos artificiales. Me quedaba
todavía en el Banco Español del Río de la Plata algún resto de mis
águilas americanas; pero éstas volaron pronto, por el peregrino sistema
que yo tenía de manejar fondos. Me acompañaba un extraordinario
secretario francés, que me encontré no sé dónde, y que me sedujo
hablándome de sus aventuras en Indo-China. Considerad que me contaba:
«Una vez en Saigón...» o bien: «Aquella tarde en Singapour...», o bien:
«Entonces me contestó mi amigo el Maradjad...» ¡No solamente le hice mi
secretario, sino que él llevaba en el bolsillo mi libro de cheques!
Felizmente, cuando volaron todas las águilas, voló él también, con su
larga nariz, su infaltable sombrero de copa y su largo levitón.
Vino la noticia de la muerte del doctor Rafael Núñez, y pocos meses
después recibí nota de Bogotá, en que se me anunciaba la supresión de mi
consulado. Me quedé sujeto a lo que ganaba en _La Nación_, y luego a un
buen sueldo que por inspiración providencial me señaló en _La Tribuna_
su director, ese escritor de bríos y gracias que se firmaba _Juan
Cancio_, y que no es otro que mi buen amigo Mariano de Vedia. Mi
obligación era escribir todos los días una nota larga o corta, en prosa
o verso, en el periódico. Después me invitó a colaborar en su diario «El
Tiempo» el generoso y culto Carlos Vega Belgrano, que luego sufragó los
gastos para la publicación de mi volumen de versos «Prosas Profanas».