Claro es que mi mayor número de relaciones estaba entre los jóvenes de
letras, con quienes comencé a hacer vida nocturna, en cafés y
cervecerías. Se comprende que la sobriedad no era nuestra principal
virtud. Frecuentaba también a otros amigos que ya no eran jóvenes, como
ese espíritu singular, lleno de tan variadas luces y de quien emanaba
una generosidad corriente, simpática y un contagio de vitalidad y de
alegría, el doctor Eduardo L. Holemberg; o bien el hoy célebre
americanista Ambrosetti, que ilustraba nuestras charlas con sus
ilustrativas narraciones. Con Payró nos juntábamos en compañía del
bizarro poeta, entonces casi un efebo, pero ya encendido de cosas
libertarias, Alberto Ghiraldo; de Manuel Argerich, cariñoso _dandy_,
que escribió para el teatro; del excelente aeda suizo Charles Soussens,
fiel a sus principios de nocturnidad; de José Ingenieros, hoy psiquiatra
eminente; de José Pardo, que fundara varias revistas; de Diego Fernández
Espiro, el mosquetero de los sonantes sonetos; del encantador veterano
Antonino Lamberti, a quien los manes de Anacreonte bendicen y a quien
las Gracias y las Musas han sido siempre propicias y halagadoras.
Otro de mis amigos, que ha sido siempre fraternal conmigo, era Charles
E. F. Vale, un inglés criollo incomparable.
Una noche, con motivo del aniversario de la reina Victoria, le dicté en
el restaurant de «Las 14 provincias», un pequeño poema en prosa,
dedicado a su soberana, que él escribió a falta de papel en unos cuantos
sobres y que no ha aparecido en ninguno de mis libros. Ese poemita es el
siguiente:
_God save the Queen_
To my friend C. E. F. Vale.
Por ser una de las más fuertes y poderosas tierras de poesía;
Por ser la madre de Shakespeare;
Porque tus hombres son bizarros y bravos, en guerras y en olímpicos
juegos;
Porque en tu jardín nace la mejor flor de las primaveras, y en tu cielo
se manifiesta el más triste sol de los inviernos;
Canto a tu reina, oh grande y soberbia Britania, con el verso que
repiten los labios de todos tus hijos:
_God save the Queen_
Tus mujeres tienen los cuellos de los cisnes y la blancura de las rosas
blancas;
Tus montañas están impregnadas de leyenda, tu tradición es una mina de
oro, tu historia una mina de hierro, tu poesía una mina de diamantes;
En los mares, tu bandera es conocida de todas las espumas y de todos los
vientos, a punto de que la tempestad ha podido pedir carta de ciudadanía
inglesa;
Por tu fuerza, oh Inglaterra:
_God save the Queen_
Porque albergaste en una de tus islas a Víctor Hugo;
Porque sobre el hervor de tus trabajadores, el tráfago de tus marinos y
la labor incógnita de tus mineros, tienes artistas que te visten de
sedas de amor, de oros de gloria, de perlas líricas;
Porque en tu escudo está la unión de la fortaleza y del ensueño, en el
león simbólico de los reyes y unicornio amigo de las vírgenes y hermano
del Pegaso de los soñadores;
_God save the Queen_
Por tus pastores que dicen los salmos y tus padres de familia que en las
horas tranquilas leen en alta voz el poeta favorito junto a la chimenea;
Por tus princesas incomparables y tu nobleza secular;
Por San Jorge, vencedor del Dragón; por el espíritu del gran Will y los
versos de Swinburne y Tennyson;
Por tus muchachas ágiles, leche y risa, frescas y tentadoras como
manzanas;
Por tus mozos fuertes que aman los ejercicios corporales; por tus
_scholars_ familiarizados con Platón, remeros o poetas;
_God save the Queen_
Envío.
Reina y emperatriz, adorada de tu inmenso pueblo, madre de reyes.
Victoria favorecida por la influencia de Nile; solemne viuda vestida de
negro, adoradora del príncipe amado; Señora del mar; Señora del país de
los elefantes. Defensora de la Fe, poderosa y gloriosa anciana, el himno
que te saluda se oiga hoy por toda la tierra: Reina buena: «¡Dios te
salve!».