«Prosas Profanas», cuya sencillez y poca complicación se pueden apreciar
hoy, causaron al aparecer, primero en periódicos y después en libro,
gran escándalo entre los seguidores de la tradición y del dogma
académico; y no escasearon los ataques y las censuras y mucho menos las
bravas defensas de impertérritos y decididos soldados de nuestra
naciente reforma. Muchos de los contrarios se sorprendieron hasta del
título del libro, olvidando las prosas latinas de la Iglesia, seguidas
por Mallarmé en la dedicada al Des Esseint de Huysmans; y sobre todo,
las que hizo en «roman paladino», uno de los primitivos de la castellana
lírica. José Enrique Rodó explicó y Remy de Gourmont me había
manifestado ya respecto a dicho título, en una carta: «C’est une
trouvaille». De todas esas poesías ha hecho el autor de «Motivos de
Proteo» una encantadora exégesis.
Una de ellas, la titulada «Era un aire suave», fué escrita en edad de
ilusiones y de sueños y evocada en esta ciudad práctica y activa, un
bello tiempo pasado, ambiente del siglo XVIII francés, visión imaginaria
traducida en nuevas verdades músicas. Ella dice la eterna ligereza cruel
de aquella a quien un aristocrático poeta llamara _Enfant Malade_, y
trece veces impura; la que nos da los más dulces y los más amargos
instantes en la vida; la Eulalia simbólica que ríe, ríe, ríe, desde el
instante en que tendió a Adán la manzana paradisíaca. Como siempre, hubo
sus aplausos y sus críticas, en las cuales, gente que había oído hablar
de decadentes y de simbolistas, aseguraban ser mis producciones
ininteligibles, censura cuya causa no he podido nunca comprender. Como
he dicho, había también quienes me seguían y me aplaudían; y tiempo
después debían aquí repetirse por la obra de otros poetas de libertad y
de audacia, iguales censuras, como también iguales aplausos.
Mi poesía _Divagación_ fué escrita en horas de soledad y de aislamiento
que fuí a pasar en el Tigre Hotel. ¿Tenía yo algunos amoríos? No lo
sabré decir ahora. Es el caso que en esos versos hay una gran sed
amorosa y en la manifestación de los deseos y en la invitación a la
pasión, se hace algo como una especie de geografía erótica. El poema
concluía así:
... Amor, en fin, que todo diga y cante,
Amor que encante y deje sorprendida
A la serpiente de ojos de diamante
Que está enroscada al árbol de la vida.
Amame así, fatal, cosmopolita.
Universal, inmensa, única, sola.
Y todas; misteriosa y erudita;
Amame mar y nube; espuma y ola.
Sé mi reina de Saba, mi tesoro;
Descansa en mis palacios solitarios.
Duerme. Yo encenderé los incensarios
Y junto a mi unicornio cuerno de oro
Tendrán rosas y miel tus dromedarios.