Naturalmente que desde mi llegada me presenté a la redacción de _La
Nación_, donde se me recibió con largueza y cariño. Dirigía el diario el
inolvidable Bartolito Mitre. Lo encontré en su despacho fumando su
inseparable largo cigarro italiano. Sentí a la inmediata, después de
conversar un rato, la verdad de su amistad transparente y eficaz que se
conservó hasta su muerte. Me llevó a presentarme a su padre el general,
y me dejó allí, ante aquel varón de historia y de gloria, a quien yo no
encontraba palabra que decir, después de haber murmurado una salutación
emocionada. Me habló el general Mitre de Centro América y de sus
historiadores Montufar, Ayón, Fernández; recordó al poeta guatemalteco
Batres, autor de «El Reloj», habló de otras cosas más. Me hizo algunas
preguntas sobre el canal de Nicaragua. Estuvo suave y alentador en su
manera seria y como triste, cual de hombre que se sabía ya dueño de la
posteridad. Salí contentísimo.
Era Administrador de _La Nación_ D. Enrique de Vedia. Alto, delgado,
aspecto de figura de caballero del Greco. Grave y acerado, tenía una
sólida y variada cultura y un gusto excelente. A pesar de la diferencia
de caracteres y de edades, cultivábamos la mejor amistad, y por
indicación suya escribí muchos de los mejores artículos que publiqué en
ese época en _La Nación_. Era subdirector del diario _Aníbal Latino_,
esto es, José Ceppi, hombre al parecer un tanto adusto, pero dotado de
actividad, de resistencia y de inmejorables condiciones para el puesto
que desempeñaba. Secretario de redacción era Julio Piquet, experto
catador de elixires intelectuales, escritor de sutiles pensares y de
gentilezas de estilo, y que contribuía poderosamente a la confección de
aquellos números nutridos de brillante colaboración del gran periódico,
que se diría tenían carácter antológico. En la casa traté a crecido
número de redactores y colaboradores, de los cuales unos han
desaparecido y otros se han alejado por ley del tiempo y de los cambios
de la vida; pero ninguno fué más íntimo compañero mío que Roberto J.
Payró, trabajador insigne, cerebro comprendedor e imaginador, que sin
abandonar las tareas periodísticas ha podido producir obras de aliento
en el teatro y en la novela. Fué asimismo amigo mío el autor de _La
Bolsa_, José Miró, que firmaba con el pseudónimo de _Julián Martel_ y
cuya única obra auguraba una rica y aquilatada producción futura. El
pobre Miró pasó en trabajosa bohemia y en consuetudinaria escasez, los
mejores años de su juventud, y, ¡oh, ironías de la suerte!, después que
murió de tuberculosis, se encontró que una parienta millonaria le había
dejado en su testamento una fortuna.