Me embarqué para la capital argentina, llevando como «valet» a un
huesudo holandés que sin recomendación alguna se me presentó
ofreciéndome sus servicios.
Y héme aquí, por fin, en la ansiada ciudad de Buenos Aires, a donde
tanto había soñado llegar desde mi permanencia en Chile. Los diarios me
saludaron muy bondadosamente. _La Nación_ habló de su colaborador con
términos de afecto, de simpatía y de entusiasmo, en líneas confiadas al
talento de Julio Piquet. _La Prensa_ me dió la bienvenida, también en
frases finas y amables, con que me favoreciera la gentileza del ya
glorioso Joaquín V. González.
Fuí muy visitado en el hotel en donde me hospedaran. Uno de los primeros
que llegaron a saludarme fué un gran poeta a quien yo admiraba desde
mis años juveniles, muchos de cuyos versos se recitan en mi lejano país
original: Rafael Obligado. Otro fué D. Juan José García Velloso, aquel
maestro sapiente y sensible, que vino de España, y que cantó y enseñó
con inteligencia erudita y con cordial voluntad.
Presenté mi Carta Patente y fuí reconocido por el gobierno argentino
como Cónsul General de Colombia. Mi puesto no me dió ningún trabajo,
pues no había nada que hacer, según me lo manifestara mi antecesor, el
Sr. Samper, dado que no había casi colombianos en Buenos Aires y no
existían transacciones ni cambios comerciales entre Colombia y la
República Argentina.
Fuí invitado a las reuniones literarias que daba en su casa don Rafael
Obligado. Allí concurría lo más notable de la intelectualidad
bonaerense. Se leían prosas y versos. Después se hacían observaciones y
se discutía el valor de éstas. Allí me relacioné con el poeta y hombre
de letras doctor Calixto Oyuela, cuya fama había llegado hacía tiempo a
mis oídos. Conocía sus obras, muy celebradas en España. Talento de cepa
castiza, seguía la corriente de las tradiciones clásicas, y en todas sus
obras se encuentra la mayor corrección y el buen conocimiento del
idioma. Me relacioné también con Alberto del Solar, chileno radicado en
Buenos Aires, que se ha distinguido en la producción de novelas, obras
dramáticas, ensayos y aun poesías. Con Federico Gamboa, entonces
secretario de la Legación de México, que animaba la conversación con
oportunas anécdotas, con chispeantes arranques y con un buen humor
contagioso e inalterable, y que ha producido notables piezas teatrales,
novelas y otros libros amenos y llenos de interés. Con Domingo Martinto
y Francisco Soto y Calvo, ambos cuñados de Obligado, ambos poetas y
personas de distinción y afabilidad. Con el doctor Ernesto Quesada,
letrado erudito, escritor bien nutrido y abundante, de un saber
cosmopolita y políglota; y con otros más, pertenecientes al Buenos Aires
estudioso y literario. El dueño de casa nos regalaba con la lectura de
sus poesías, vibrantes de sentimiento o llameantes de patriotismo. Así
pasábamos momentos inolvidables que ha recordado Federico Gamboa, con su
estilo ágil y lleno de sinceridad, en las páginas de su «Diario».