Entre los verdaderos amigos de Verlaine, había uno que era un excelente
poeta, Maurice Duplessis. Este era un muchacho gallardo, que vestía
elegante y extravagantemente, y que con Charles Maurras, que es hoy uno
de los principales sostenedores del partido Orleanista, y con Ernesto
Reynaud, que es comisario de policía, formaban lo que se llama la
escuela Romana, de que Moreas era el sumo Pontífice. A Duplessis, que
fué desde entonces muy mi amigo, le he vuelto a ver recientemente
pasando horas amargas y angustiosas, de las cuales le librara alguna vez
y ocasionalmente la generosidad de un gran poeta argentino.
Yendo en una ocasión por los bulevares, oí que alguien me llamaba. Me
encontré con un antiguo amigo chileno, Julio Bañados Espinosa, que había
sido ministro principal de Balmaceda. Se ocupaba en escribir la historia
de la administración de aquel infortunado presidente. Nos vimos
repetidas veces. Me invitó a comer en un círculo de Esgrima y Artes, que
no era otra cosa, en realidad, sino una casa de juego, como son muchos
círculos de París. Allá me presentó al famoso Aurelien Scholl, ya viejo
y siempre monoculizado. Se decía que el juego no era perseguido en ese
club, porque la influencia de Scholl... pero no deseo repetir aquí
murmuraciones bulevarderas.
Comía yo generalmente en el café Larue, situado enfrente de la
Magdalena. Allí me inicié en aventuras de alta y fácil galantería. Ello
no tiene importancia; mas he de recordar a quien me diese la primera
ilusión de costoso amor parisién. Y vaya una grata memoria a la gallarda
Marión Delorme, de victorhuguesco nombre de guerra, y que habitaba
entonces en la avenida Víctor Hugo. Era la cortesana de los más bellos
hombros. Hoy vive en su casa de campo y da de comer a sus finas aves de
corral. Los cafés y restaurants del bosque no tuvieron secretos para mí.
Los días que pasé en la capital de las capitales, pude muy bien no
envidiar a ningún irreflexivo «rastaquouere». Pero los rollos de águilas
iban mermando y era preciso disponer la partida a Buenos Aires. Así lo
hice, no sin que mi codicioso hotelero, viendo que se le escapaba esa
«pera», como dicen los franceses, quisiese quedarse con el resto de mis
oros, de lo cual me libró la intervención de un cónsul, y de mi buen
amigo Tible Machado, que residía, también con cargo consular, en el
puerto del Havre.