XXXIII

Una mañana, después de pasar la noche en vela, llevó Alejandro Sawa a mi

hotel a Charles Morice, que era entonces el crítico de los simbolistas.

Hacía poco que había publicado su famoso libro _La littérature de tout à

l’heure_. Encontró sobre mi mesa unos cuantos libros, entre ellos un

Walt Whitman, que no conocía. Se puso a hojear una edición guatemalteca

de mi _Azul_, en que, por mal de mis pecados, incluí unos versos

franceses, entre los cuales los hay que no son versos, pues yo ignoraba

cuando los escribí muchas nociones de poética francesa. Entre ellas,

pongo por caso, el buen uso de la _e_ muda, que, aunque no se pronuncia

en la conversación, o es pronunciada escasamente, según el sistema de

algunos declamadores, cuenta como sílaba para la medida del verso.

Charles Morice fué bondadoso y tuvimos, durante mi permanencia en París,

buena amistad, que por cierto no hemos renovado en días anteriores. Con

quien tuve más intimidad fué con Juan Moreas. A éste me presentó

Carrillo en una noche barriolatinesca. Ya he contado en otra ocasión

nuestras largas conversaciones ante animadores bebedizos. Nuestras idas

por la madrugada a los grandes mercados, a comer almendras verdes, o

bien salchichas en los figones cercanos, donde se surten obreros y

trabajadores de «les Halles». Todo ello regado con vinos como el «petit

vin bleu» y otros mostos populares. Moreas regresaba a su casa, situada

por Montrouge, en tranvía, cuando ya el sol comenzaba a alumbrar las

agitaciones de París despierto. Nuestras entrevistas se repetían casi

todas las noches. Estaba el griego todavía joven; usaba su inseparable

monóculo y se retorcía los bigotes de palíkaro, dogmatizando en sus

cafés preferidos, sobre todo en el Vachetts, y hablando siempre de cosas

de arte y de literatura. Como no quería escribir en los diarios, vivía

principalmente de una pensión que le pasaba un tío suyo que era ministro

en el gobierno del rey Jorge, en Atenas. Sabido es que su apellido no

era Moreas, sino Papadiamantopoulos. Quien desee más detalles lea mi

libro _Los Raros_. Me habían dicho que Moreas sabía español. No sabía ni

una sola palabra. Ni él, ni Verlaine, aunque anunciaron ambos, en los

primeros tiempos de la revista _La Plume_, que publicarían una

traducción de «La Vida es Sueño» de Calderón de la Barca. Siendo así

como Verlaine solía pronunciar, con marcadísimo acento, estos versos de

Góngora: «A batallas de amor campo de plumas»; Moreas, con su gran voz

sonora, exclamaba «No hay mal que por bien no venga»... O bien: en

cuanto me veía: «¡Viva don Luis de Góngora y Argote!», y con el mismo

tono, cuando divisaba a Carrillo gritaba: «¡Don Diego Hurtado de

Mendoza!». Tanto Verlaine como Moreas eran popularísimos en el Quartier,

y andaban siempre rodeados de una corte de jóvenes poetas que, con el

Pauvre Lelian, se aumentaban de gentes de la mala bohemia, que no tenían

que ver con el arte ni con la literatura.

Autobiografía Obras Completas Vol. XV · 第 34 / 123 题