Una mañana, después de pasar la noche en vela, llevó Alejandro Sawa a mi
hotel a Charles Morice, que era entonces el crítico de los simbolistas.
Hacía poco que había publicado su famoso libro _La littérature de tout à
l’heure_. Encontró sobre mi mesa unos cuantos libros, entre ellos un
Walt Whitman, que no conocía. Se puso a hojear una edición guatemalteca
de mi _Azul_, en que, por mal de mis pecados, incluí unos versos
franceses, entre los cuales los hay que no son versos, pues yo ignoraba
cuando los escribí muchas nociones de poética francesa. Entre ellas,
pongo por caso, el buen uso de la _e_ muda, que, aunque no se pronuncia
en la conversación, o es pronunciada escasamente, según el sistema de
algunos declamadores, cuenta como sílaba para la medida del verso.
Charles Morice fué bondadoso y tuvimos, durante mi permanencia en París,
buena amistad, que por cierto no hemos renovado en días anteriores. Con
quien tuve más intimidad fué con Juan Moreas. A éste me presentó
Carrillo en una noche barriolatinesca. Ya he contado en otra ocasión
nuestras largas conversaciones ante animadores bebedizos. Nuestras idas
por la madrugada a los grandes mercados, a comer almendras verdes, o
bien salchichas en los figones cercanos, donde se surten obreros y
trabajadores de «les Halles». Todo ello regado con vinos como el «petit
vin bleu» y otros mostos populares. Moreas regresaba a su casa, situada
por Montrouge, en tranvía, cuando ya el sol comenzaba a alumbrar las
agitaciones de París despierto. Nuestras entrevistas se repetían casi
todas las noches. Estaba el griego todavía joven; usaba su inseparable
monóculo y se retorcía los bigotes de palíkaro, dogmatizando en sus
cafés preferidos, sobre todo en el Vachetts, y hablando siempre de cosas
de arte y de literatura. Como no quería escribir en los diarios, vivía
principalmente de una pensión que le pasaba un tío suyo que era ministro
en el gobierno del rey Jorge, en Atenas. Sabido es que su apellido no
era Moreas, sino Papadiamantopoulos. Quien desee más detalles lea mi
libro _Los Raros_. Me habían dicho que Moreas sabía español. No sabía ni
una sola palabra. Ni él, ni Verlaine, aunque anunciaron ambos, en los
primeros tiempos de la revista _La Plume_, que publicarían una
traducción de «La Vida es Sueño» de Calderón de la Barca. Siendo así
como Verlaine solía pronunciar, con marcadísimo acento, estos versos de
Góngora: «A batallas de amor campo de plumas»; Moreas, con su gran voz
sonora, exclamaba «No hay mal que por bien no venga»... O bien: en
cuanto me veía: «¡Viva don Luis de Góngora y Argote!», y con el mismo
tono, cuando divisaba a Carrillo gritaba: «¡Don Diego Hurtado de
Mendoza!». Tanto Verlaine como Moreas eran popularísimos en el Quartier,
y andaban siempre rodeados de una corte de jóvenes poetas que, con el
Pauvre Lelian, se aumentaban de gentes de la mala bohemia, que no tenían
que ver con el arte ni con la literatura.