XXXII

Yo soñaba con París desde niño, a punto de que cuando hacía mis

oraciones rogaba a Dios que no me dejase morir sin conocer París. París

era para mí como un paraíso en donde se respirase la esencia de la

felicidad sobre la tierra. Era la Ciudad del Arte, de la Belleza y de la

Gloria; y, sobre todo, era la capital del Amor, el reino del Ensueño. E

iba yo a conocer París, a realizar la mayor ansia de mi vida. Y cuando

en la estación de Saint-Lazare pisé tierra parisiense, creí hallar suelo

sagrado. Me hospedé en un hotel español que por cierto ya no existe. Se

hallaba situado cerca de la Bolsa, y se llamaba pomposamente Grand Hôtel

de la Bourse et des Ambassadeurs... Yo deposité en la caja, desde mi

llegada, unos cuantos largos y prometedores rollos de brillantes y

áureas águilas americanas de a veinte dólares. Desde el día siguiente

tenía carruaje a todas horas en la puerta, y comencé mi conquista de

París...

Apenas hablaba una que otra palabra de francés. Fuí a buscar a Enrique

Gómez Carrillo, que trabajaba entonces empleado en la casa del librero

Garnier.

Carrillo, muy contento de mi llegada, apenas pudo acompañarme, por sus

ocupaciones; pero me presentó a un español que tenía el tipo de un

gallardo mozo, al mismo tiempo que muy marcada semejanza de rostro con

Alfonso Daudet. Llevaba en París la vida del país de Bohemia, y tenía

por querida a una verdadera marquesa de España. Era escritor de gran

talento y vivía siempre en su sueño. Como yo, usaba y abusaba de los

alcoholes; y fué mi iniciador en las correrías nocturnas del Barrio

Latino. Era mi pobre amigo, muerto no hace mucho tiempo, Alejandro Sawa.

Algunas veces me acompañaba también Carrillo, y con uno y otro conocí a

poetas y escritores de París, a quienes había amado desde lejos.

Uno de mis grandes deseos era poder hablar con Verlaine. Cierta noche,

en el cafe D’Harcourt, encontramos al Fauno, rodeado de equívocos

acólitos.

Estaba igual al simulacro en que ha perpetuado su figura el arte

maravilloso de Carrière. Se conocía que había bebido harto. Respondía

de cuando en cuando, a las preguntas que le hacían sus acompañantes,

golpeando intermitentemente el mármol de la mesa. Nos acercamos con

Sawa, me presentó: «Poeta americano, admirador, etc.» Yo murmuré en mal

francés toda la devoción que me fué posible y concluí con la palabra

gloria... Quién sabe qué habría pasado esta tarde al desventurado

maestro; el caso es que, volviéndose a mí, y sin cesar de golpear la

mesa, me dijo en voz baja y pectoral: _¡La gloire!... ¡La gloire!...

¡M... M... encore!..._ Creí prudente retirarme y esperar para verle de

nuevo una ocasión más propicia. Esto no lo pude lograr nunca, porque las

noches que volví a encontrarle, se hallaba más o menos en el mismo

estado; y aquello, en verdad, era triste, doloroso, grotesco y trágico.

Pobre _¡Pauvre Lelian! ¡Priez pour le pauvre Gaspard!_...

Autobiografía Obras Completas Vol. XV · 第 33 / 123 题