Yo soñaba con París desde niño, a punto de que cuando hacía mis
oraciones rogaba a Dios que no me dejase morir sin conocer París. París
era para mí como un paraíso en donde se respirase la esencia de la
felicidad sobre la tierra. Era la Ciudad del Arte, de la Belleza y de la
Gloria; y, sobre todo, era la capital del Amor, el reino del Ensueño. E
iba yo a conocer París, a realizar la mayor ansia de mi vida. Y cuando
en la estación de Saint-Lazare pisé tierra parisiense, creí hallar suelo
sagrado. Me hospedé en un hotel español que por cierto ya no existe. Se
hallaba situado cerca de la Bolsa, y se llamaba pomposamente Grand Hôtel
de la Bourse et des Ambassadeurs... Yo deposité en la caja, desde mi
llegada, unos cuantos largos y prometedores rollos de brillantes y
áureas águilas americanas de a veinte dólares. Desde el día siguiente
tenía carruaje a todas horas en la puerta, y comencé mi conquista de
París...
Apenas hablaba una que otra palabra de francés. Fuí a buscar a Enrique
Gómez Carrillo, que trabajaba entonces empleado en la casa del librero
Garnier.
Carrillo, muy contento de mi llegada, apenas pudo acompañarme, por sus
ocupaciones; pero me presentó a un español que tenía el tipo de un
gallardo mozo, al mismo tiempo que muy marcada semejanza de rostro con
Alfonso Daudet. Llevaba en París la vida del país de Bohemia, y tenía
por querida a una verdadera marquesa de España. Era escritor de gran
talento y vivía siempre en su sueño. Como yo, usaba y abusaba de los
alcoholes; y fué mi iniciador en las correrías nocturnas del Barrio
Latino. Era mi pobre amigo, muerto no hace mucho tiempo, Alejandro Sawa.
Algunas veces me acompañaba también Carrillo, y con uno y otro conocí a
poetas y escritores de París, a quienes había amado desde lejos.
Uno de mis grandes deseos era poder hablar con Verlaine. Cierta noche,
en el cafe D’Harcourt, encontramos al Fauno, rodeado de equívocos
acólitos.
Estaba igual al simulacro en que ha perpetuado su figura el arte
maravilloso de Carrière. Se conocía que había bebido harto. Respondía
de cuando en cuando, a las preguntas que le hacían sus acompañantes,
golpeando intermitentemente el mármol de la mesa. Nos acercamos con
Sawa, me presentó: «Poeta americano, admirador, etc.» Yo murmuré en mal
francés toda la devoción que me fué posible y concluí con la palabra
gloria... Quién sabe qué habría pasado esta tarde al desventurado
maestro; el caso es que, volviéndose a mí, y sin cesar de golpear la
mesa, me dijo en voz baja y pectoral: _¡La gloire!... ¡La gloire!...
¡M... M... encore!..._ Creí prudente retirarme y esperar para verle de
nuevo una ocasión más propicia. Esto no lo pude lograr nunca, porque las
noches que volví a encontrarle, se hallaba más o menos en el mismo
estado; y aquello, en verdad, era triste, doloroso, grotesco y trágico.
Pobre _¡Pauvre Lelian! ¡Priez pour le pauvre Gaspard!_...