XXXI

De este modo, encuéntreme el lector, como dos meses después, en la

ciudad de Panamá, en donde, según carta que había recibido en Managua,

del doctor Rafael Núñez, se me debía entregar por el gobernador del

Istmo mi nombramiento de cónsul general de Colombia en Buenos Aires. Así

fué, por la eficaz recomendación de aquel hombre ilustre. No solamente

se me entregó mi nombramiento--en el cual se me decía que se me daba

este puesto por no haber entonces ninguna vacante diplomática--y mi

carta patente correspondiente, sino una buena suma de sueldos

adelantados. En seguida tomé el vapor para Nueva York.

Me hospedé en un hotel español, llamado el hotel América; y de allí se

esparció en la colonia hispanoamericana de la imperial ciudad la

noticia de mi llegada. Fué el primero en visitarme un joven cubano,

verboso y cordial, de tupidos cabellos negros, ojos vivos y penetrantes

y trato caballeroso y comunicativo. Se llamaba Gonzalo de Quesada, y es

hoy ministro de Cuba en Berlín. Su larga actuación panamericana es harto

conocida. Me dijo que la colonia cubana me preparaba un banquete que se

verificaría en casa del famoso «restaurateur» Martín, y que el «Maestro»

deseaba verme cuanto antes. El Maestro era José Martí, que se encontraba

en esos momentos en lo más arduo de su labor revolucionaria. Agregó

asimismo Gonzalo, que Martí me esperaba esa noche en Harmand Hall, en

donde tenía que pronunciar un discurso ante una asamblea de cubanos,

para que fuéramos a verle juntos. Yo admiraba altamente el vigor general

de aquel escritor único, a quien había conocido por aquellas formidables

y líricas correspondencias que enviaba a diarios hispanoamericanos como

_La Opinión Nacional_ de Caracas, _El Partido Liberal_ de México, y,

sobre todo, _La Nación_ de Buenos Aires. Escribía una prosa profusa,

llena de vitalidad y de color, de plasticidad y de música. Se

transparentaba el cultivo de los clásicos españoles y el conocimiento de

todas las literaturas antiguas y modernas; y, sobre todo, el espíritu de

un alto y maravilloso poeta. Fuí puntual a la cita, y en los comienzos

de la noche entraba en compañía de Gonzalo de Quesada por una de las

puertas laterales del edificio en donde debía hablar el gran

combatiente. Pasamos por un pasadizo sombrío; y, de pronto, en un cuarto

lleno de luz, me encontré entre los brazos de un hombre pequeño de

cuerpo, rostro de iluminado, voz dulce y dominadora al mismo tiempo, y

que me decía esta única palabra: «¡Hijo!».

Era la hora ya de aparecer ante el público, y me dijo que yo debía

acompañarle en la mesa directiva; y cuando me di cuenta, después de una

rápida presentación a algunas personas, me encontré con ellas y con

Martí en un estrado, frente al numeroso público que me saludaba con un

aplauso simpático. ¡Y yo pensaba en lo que diría el gobierno colombiano

de su cónsul general sentado en público, en una mesa directiva

revolucionaria antiespañola! Martí tenía esa noche que defenderse. Había

sido acusado, no tengo presente ya si de negligencia o de precipitación,

en no sé cuál movimiento de invasión a Cuba. Es el caso, que el núcleo

de la colonia le era en aquellos momentos contrario; mas aquel orador

sorprendente tenía recursos extraordinarios, y aprovechando mi

presencia, simpática para los cubanos que conocían al poeta, hizo de mí

una presentación ornada de las mejores galas de su estilo. Los aplausos

vinieron entusiásticos, y él aprovechó el instante para sincerarse y

defenderse de las sabidas acusaciones, y como ya tenía ganado al

público, y como pronunció en aquella ocasión uno de los más hermosos

discursos de su vida, el éxito fué completo y aquel auditorio, antes

hostil, le aclamó vibrante y prolongadamente.

Concluído el discurso, salimos a la calle. No bien habíamos andado

algunos pasos, cuando oí que alguien le llamaba: «¡Don José! ¡Don José!»

«Era un negro obrero que se le acercaba humilde y cariñoso». «Aquí le

traigo este recuerdito», le dijo. Y le entregó una lapicera de

plata.--«Vea usted, me observó Martí, el cariño de esos pobres negros

cigarreros. Ellos se dan cuenta de lo que sufro y lucho por la libertad

de nuestra pobre patria». Luego fuimos a tomar el té a casa de una su

amiga, dama inteligente y afectuosa, que le ayudaba mucho en sus

trabajos de revolucionario.

Allí escuché por largo tiempo su conversación. Nunca he encontrado, ni

en Castelar mismo, un conversador tan admirable. Era armonioso y

familiar, dotado de una prodigiosa memoria, y ágil y pronto para la

cita, para la reminiscencia, para el dato, para la imagen. Pasé con él

momentos inolvidables, luego me despedí. El tenía que partir esa misma

noche para Tampa, con objeto de arreglar no sé qué preciosas

disposiciones de organización. No le volví a ver más.

Como él no pudo presidir el banquete que debían de darme los cubanos,

delegó su representación en el general venezolano Nicanor Bolet Peraza,

escritor y orador diserto y elocuente. Al banquete asistieron muchos

cubanos preeminentes, entre ellos Benjamín Guerra, Ponce de León, el

doctor Miranda y otros. Bolet Peraza pronunció una bella arenga y

Gonzalo de Quesada una de sus resonantes y ardorosas oraciones. Al día

siguiente tomamos el tren Gonzalo y yo, pues mi deseo era conocer la

catarata de Niágara, antes de partir para París y Buenos Aires. Mi

impresión ante la maravilla confieso que fué menor de lo que hubiera

podido imaginar. Aunque el portento se impone, la mente se representa

con creces lo que en la realidad no tiene tan fantásticas proporciones.

Sin embargo, me sentí conmovido ante el prodigio natural, y no dejé de

recordar los versos de José María de Heredia, el de castellana lengua.

Retornamos a Nueva York y tomé el vapor para Francia.

Autobiografía Obras Completas Vol. XV · 第 32 / 123 题