Conocí mucho a D. Antonio Cánovas del Castillo, a quien fuí presentado
por D. Gaspar Núñez de Arce. Hacía poco que aquel vigoroso viejo, que
era la mayor potencia política de España, se había casado con doña
Joaquina de Osma, bella, inteligente y voluptuosa dama, de origen
peruano. Mucho se había hablado de ese matrimonio, por la diferencia de
edad; pero es el caso que Cánovas estaba locamente enamorado de su
mujer, y su mujer le correspondía con creces. Cánovas adoraba los
hombros maravillosos de Joaquina, y por otras partes, en las estatuas de
su _sérre_, o en las que decoraban vestíbulos y salones, se veían como
amorosas reproducciones de aquellos hombros y aquellos senos
incomparables, revelados por los osados escotes. La conversación de
Cánovas, como saben todos los que le trataron de cerca, era llena de
brío y de gracia, con su peculiar ceceo andaluz. Su mujer no le iba en
zaga como conversadora lista y pronta para la «ripposta»; y pude
presenciar, en una de las comidas a que asistiera en el opulento palacio
de la Huerta, en la Guindalera, a una justa de ingenio en que tomaban
parte Cánovas, Joaquina, Castelar y el general Riva Palacio.
Cuéntase ahora en Madrid una leyenda, que si no es cierta, está bien
inventada como un cuento de antaño o como un romántico poema. Dícese que
cuando Cánovas fué asesinado por truculento y fanático anarquista
italiano, se repitió en España el episodio de doña Juana la Loca. Y que,
una vez que el cuerpo de su marido fué enterrado, después que le hubo
acompañado hasta el lugar de su último reposo, sin derramar, como
extática, una sola lágrima, la esposa se encerró en su palacio y no
volvió a salir mas de él. Dícese que apenas hablaba por monosílabos con
la servidumbre para dar sus órdenes; que recorría los salones
solitarios, con sus tocas de viuda; que una noche de invierno se vistió
de blanco con su traje de novia; que por la mañana, los criados la
buscaron por todas partes sin encontrarla; hasta que la hallaron en el
jardín, ya muerta; tendida con la cara al cielo y cubierta por la nieve.
Ello es lindo y fabuloso; Tennyson, Bécquer o Barbey d’Aureville.