XXIX

Los miembros de la delegación de Nicaragua, recibimos en la sección

correspondiente de la Exposición, y en su oportunidad, a los reyes de

España, que iban acompañados de los de Portugal. El día de la visita fué

la primera vez que observé testas coronadas. Me llamó la atención

fuertemente la hermosura de la reina portuguesa, alta y gallarda como

todas las Orleans, y fresca como una recién abierta rosa rosada. Iba

junto a ella el obeso marido, que debía tener tan trágico fin. En la

vecina sección de Guatemala, sucedió algo gracioso. Había preparado el

delegado guatemalteco, doctor Fernando Cruz, dos abanicos espléndidos

para ser obsequiados a la reina; pero uno de ellos era más espléndido

que el otro, puesto que era el destinado para la reina regente doña

María Cristina. Los abanicos estaban sobre una bandeja de oro. El

ministro, antes de ofrecerlos, anunció el obsequio en cortas y

respetuosas palabras. La reina doña Amelia de Portugal vió los dos

abanicos y con su mirada de joven y de coqueta se dió cuenta de cuál era

el mejor; y, sin esperar más, lo tomó para sí y dió las gracias al

ministro.

Antes de retornar a Nicaragua, fuí invitado a tomar parte en una velada

lírico-literaria. Hablamos dos personas. Un joven orador de barba negra,

que conquistaba a los auditorios con su palabra cálida y fluyente, D.

José Canalejas, que fué luego presidente del Consejo de Ministros, y yo,

que leí unos versos, creo que los titulados _A Colón_. Poco tiempo

después tomaba el vapor para Centro-América, en el mismo puerto de

Santander, en donde había desembarcado.

No tengo en la memoria ningún incidente del viaje de retorno, solamente

de las horas que el vapor se detuviera en el puerto de Cartagena, en

Colombia. Cartagena de Indias, la ciudad fundada por aquel antepasado D.

José María de Heredia, a quien el poeta cubano-francés ha cantado y

Claudius Popelin ha retratado en cuadro memorable. No lejos de Cartagena

está la residencia de Cabrero, en donde se encontraba entonces retirado

el antiguo Presidente de la República y célebre publicista y poeta,

doctor Rafael Núñez. Este hombre eminente ha sido de las más grandes

figuras de ese foco de superiores intelectos, que es el país

colombiano. Digan lo que quieran sus enemigos políticos, el nombre de

Rafael Núñez ha de resplandecer más tarde en una cierta y definitiva

gloria. Era un pensador y un formidable hombre de acción. Bajé a tierra

a hacerle una visita. Acompañábanle, cuando penetré a su morada, su

esposa doña Soledad y una sobrina. Me recibió con gravedad afable. Me

dijo cosas gratas, me habló de literatura y de mi viaje a España, y

luego me preguntó:--«¿Piensa usted quedarse en Nicaragua?»--«De ninguna

manera, le contesté, porque el medio no me es propicio.» «Es verdad, me

dijo. No es posible que usted permanezca allí. Su espíritu se ahogaría

en ese ambiente. Tendría usted que dedicarse a mezquinas políticas;

abandonaría seguramente su obra literaria y la pérdida no sería para

usted sólo, sino para nuestras letras. ¿Querría usted ir a Europa?» Yo

le manifesté que eso sería mi sueño deseado; y al mismo tiempo expresé

mis ansias por conocer Buenos Aires. «Puesto que usted lo quiere,

agregó, yo escribiré a Bogotá, al presidente señor Caro, para que se le

nombre a usted cónsul general en Buenos Aires, pues cabalmente la

persona que hoy ocupa ese puesto va a retirarse de la capital argentina.

Vaya usted a su país a dar cuenta de su misión, y espere las noticias

que se le comunicarán oportunamente.» No hay que decir que yo me llené

de esperanzas y de alegrías.

Autobiografía Obras Completas Vol. XV · 第 30 / 123 题