La noche que me dedicara D. Juan Valera, y en la cual leí versos, me
dijo: «Voy a presentar a usted una reliquia». Como pasaran las doce y la
reliquia no apareciese, creí que la cosa quedaría para otra ocasión,
tanto más, cuanto que comenzaban a retirarse los contertulios. Pero D.
Juan me dijo que tuviese paciencia y esperase un rato más. Quedábamos ya
pocos, cuando a eso de las dos de la mañana, sonó el timbre y a poca
entró, envuelto en su capa, un viejecito de cuerpo pequeño, algo
encorvado y al parecer bastante sordo. Me presentó a él el dueño de la
casa, mas no me dijo su nombre, y el viejecito se sentó a mi lado. El
para mí desconocido, empezó a hablarme de América, de Buenos Aires, de
Río de Janeiro, en donde había estado por algún tiempo con cargos
diplomáticos o comisiones del gobierno de España; y luego, tratando de
cosas pasadas de su vida, me hablaba de «Pepe»: «Cuando Pepe estuvo en
Londres»... «Un día me decía Pepe»... «Porque como el carácter de Pepe
era así»... El caso me intrigaba vivamente. ¿Quién era aquel viejecito
que estaba a mi lado? No pude dominar mi curiosidad, me levanté y me
dirigí a D. Juan Valera. «Dígame, señor, le dije, ¿quién es el señor
anciano a quien usted me ha presentado?»--«La reliquia», me contestó.
«¿Y quién es la reliquia?» «_Bueno es el mundo, bueno, bueno, bueno_»...
La reliquia era D. Miguel de los Santos Alvarez; y Pepe, naturalmente,
era Espronceda.
Salimos casi de madrugada. Campillo, y yo; con nosotros D. Miguel. Desde
la cuesta de Santo Domingo, llegamos hasta la puerta del Sol, y luego a
las cercanías del Casino de Madrid. Yo tenía la intención de ir a
acompañar la reliquia a su casa, pues ya los resplandores del alba
empezaban a iluminar al cielo. Se lo manifesté y él, con mucho gracejo,
me contestó:--«Le agradezco mucho, pero yo no me acuesto todavía. Tengo
que entrar al Casino, en donde me aguardan unos amigos... Ya ve usted;
calcule los años que tengo... ¡y luego dirán que hace daño trasnochar!»
Me desprendí muy satisfecho de haber conocido a semejante hombre de tan
lejanos tiempos.
Un día, en un hotel que daba a la Puerta del Sol, adonde había ido a
visitar al glorioso y venerable D. Ricardo Palma, entró un viejo cuyo
rostro no me era desconocido, por fotografías y grabados. Tenía un gran
lobanillo o protuberancia, a un lado de la cabeza. Su indumentaria era
modesta, pero en los ojos le relampagueaba el espíritu genial. Sin
sentarse habló con Palma de varias cosas. Este me presentó a él; y yo me
sentí profundamente conmovido. Era D. José Zorrilla, «el que mató a D.
Pedro y el que salvó a don Juan...» Vivía en la pobreza, mientras sus
editores se habían llenado de millones con sus obras. Odiaba su famoso
_Tenorio_... Poco tiempo después, la viuda tenía que empeñar una de las
coronas que se ofrendaran al mayor de los líricos de España... Después
de que Castelar había pedido para él una pensión a las Cortes, pensión
que no se consiguió a pesar de la elocuencia del Crisóstomo, que habló
de quien era propietario del cielo azul, «en donde no hay nada que
comer»...
Conocí a D.ª Emilia Pardo Bazán. Daba fiestas frecuentes, en ese tiempo,
en honor de las delegaciones hispano-americanas que llegaban a las
fiestas del centenario colombino. Sabidos son el gran talento y la
verbosidad de la infatigable escritora. Las noches de esas fiestas
llegaban los orfeones de Galicia, a cantar alboradas bajo sus balcones.
La señora Pardo Bazán todavía no había sido titulada por el Rey; pero
estaba en la fuerza de su fama y de su producción. Tenía un hijo,
entonces jovencito, D. Jaime, y dos hijas, una de ellas casada hoy con
el renombrado y bizarro coronel Cavalcanti. Su salón era frecuentado por
gente de la nobleza, de la política y de las letras; y no había
extranjero de valer que no fuese invitado por ella. Por esos días vi en
su casa a Maurice Barrés, que andaba documentándose para su libro _Du
sang, de la volupté et de la Mort_. Por cierto que le pasó una aventura
graciosísima en una corrida de toros.