Conocí a D. Gaspar Núñez de Arce, que me manifestó mucho afecto y que,
cuando alistaba yo mi viaje de retorno a Nicaragua, hizo todo lo posible
para que me quedase en España. Escribió una carta a Cánovas del Castillo
pidiéndole que solicitase para mí un empleo en la compañía
Trasatlántica. Conservaba yo hasta hace poco tiempo la contestación de
Cánovas, que se me quedó en la redacción del _Fígaro_ de la Habana.
Cánovas le decía que se había dirigido al marqués de Comillas; que éste
manifestaba la mejor voluntad; pero que no había, por el momento, ningún
puesto importante que ofrecerme. Y a vuelta de varias frases elogiosas
para mí, «es preciso, decía, que lo naturalicemos». Nada de ello pudo
hacerse, pues mi visita era urgente.
Conocí a D. Ramón de Campoamor. Era todavía un anciano muy animado y
ocurrente. Me llevó a su casa el doctor José Verdes Montenegro, que era
en ese tiempo muy joven. Se quejó el poeta de las _Doloras_ y de los
_Pequeños Poemas_, de ciertos críticos, en la conversación. «No quieren
que los chicos me imiten», decía. Conservaba entre sus papeles, y me
hizo que la leyera, una décima sobre él que yo había publicado en
Santiago de Chile y que le había complacido mucho. Era un amable y
jovial filósofo. Gozaba de bienes de fortuna; era terrateniente en su
país de Asturias, allí donde encontrara tantos temas para sus fáciles y
sabrosas poesías. Ese risueño moralista era en ocasiones como su gaitero
de Gijón. Muchas veces sonríe mostrando la humedad brillante de una
lágrima.
Uno de mis mejores amigos fué D. Juan Valera, quien ya se había ocupado
largamente en sus _Cartas Americanas_ de mi libro _Azul_, publicado en
Chile. Ya estaba retirado de su vida diplomática; pero su casa era la
del más selecto espíritu español de su tiempo, la del «tesorero de la
lengua castellana», como le ha llamado el conde de las Navas, una de las
más finas amistades que conservo desde entonces. Me invitó D. Juan a sus
reuniones de los viernes, en donde me hice de excelentes conocimientos:
el duque de Almenara Alta, D. Narciso Campillo y otros cuantos que ya no
recuerdo. El duque de Almenara era un noble de letras, buen gustador de
clásicas páginas; y por su parte, dejó algunas amenas y plausibles.
Campillo, que era catedrático y hombre aferrado a sus tradicionales
principios, tuvo por mí simpatías, a pesar de mis demostraciones
revolucionarias. Era conversador de arranques y ocurrencias
graciosísimas, y contaba con especial donaire cuentos picantes y
verdes.