Era el alma de las delegaciones hispanoamericanas el general don Juan
Riva Palacio, ministro de Méjico, varón activo, culto y simpático. En la
corte española el hombre tenía todos los merecimientos; imponía su buen
humor, y su actitud, siempre laboriosa, era por todos alabada. El
general Riva Palacio había tenido una gran actuación en su país como
militar y como publicista, y ya en sus últimos años fué enviado a
Madrid, en donde vivía con esplendor, rodeado de amigos, principalmente
funcionarios y hombres de letras. Se cuenta que algún incidente hubo en
una fiesta de Palacio, con la reina regente doña María Cristina, pues
ella no podía olvidar que el general Riva Palacio había sido de los
militares que tomaron parte en el juzgamiento de su pariente, el
emperador Maximiliano; pero todo se arregló, según parece, por la
habilidad de Cánovas del Castillo, de quien el mejicano era íntimo
amigo.
Tenía don Vicente, en la calle de Serrano, un palacete lleno de obras de
arte y antigüedades, en donde solía reunir a sus amigos de letras, a
quienes encantaba con su conversación chispeante y la narración de
interesantes anécdotas. Era muy aficionado a las zarzuelas del género
chico y frecuentaba, envuelto en su capa clásica, los teatros en donde
había tiples buenas mozas. Llegó a ser un hombre popular en Madrid, y,
cuando murió, su desaparición fué muy sentida.
Fuí amigo de Castelar. La primera vez que llegué a casa del gran hombre
iba con la emoción que Heine sintió al llegar a la casa de Goethe.
Cierto que la figura de Castelar tenía, sobre todo para nosotros los
hispanoamericanos, proporciones gigantescas, y yo creía, al visitarle,
entrar en la morada de un semidios. El orador ilustre me recibió muy
sencilla y afablemente en su casa de la calle Serrano. Pocos días
después me dió un almuerzo, al cual asistieron, entre otras personas, el
célebre político Abarzuza y el banquero don Adolfo Calzado. Alguna vez
he escrito detalladamente sobre este almuerzo, en el cual la
conversación inagotable de Castelar fué un deleite para mis oídos y para
mi espíritu. Tengo presente que me habló de diferentes cosas referentes
a América, de la futura influencia de los Estados Unidos sobre nuestras
Repúblicas, del general Mitre, a quien había conocido en Madrid, de _La
Nación_, diario en donde había colaborado; y de otros tantos temas en
que se expedía su verbo de colorido profuso y armonioso. En ese almuerzo
nos hizo comer unas riquísimas perdices que le había enviado su amiga la
duquesa de Medinaceli. Hay que recordar que Castelar era un «gourmet» de
primer orden, y que sus amigos, conociéndole este flaco, le colmaban de
presentes gratos a Meser Gaster. Después tuve ocasión de oir a Castelar
en sus discursos. Le oí en Toledo y le oí en Madrid. En verdad era una
voz de la naturaleza, era un fenómeno singular, como el de los grandes
tenores, o los grandes ejecutantes. Su oratoria tenía del prodigio, del
milagro; y creo difícil, sobre todo ahora que la apreciación sobre la
oratoria ha cambiado tanto, que se repita dicho fenómeno, aunque hayan
aparecido tanto en España como en la Argentina, por ejemplo en Belisario
Roldán, casos parecidos.
He recordado alguna vez, cómo en casa de doña Emilia Pardo Bazán y en un
círculo de admiradores, Castelar nos dió a conocer la manera de perorar
de varios oradores célebres que él había escuchado, y luego la manera
suya, recitándonos un fragmento del famoso discurso réplica al cardenal
Manterola. Castelar era en ese tiempo sin duda alguna, la más alta
figura de España y su nombre estaba rodeado de la más completa gloria.