En Madrid, me hospedé en el hotel de Las Cuatro Naciones, situado en la
calle del Arenal y hoy transformado. Como supiese mi calidad de hombre
de letras, el mozo Manuel me propuso:--«Señorito, ¿quiere usted conocer
el cuarto de don Marcelino? El está ahora en Santander y yo se lo puedo
mostrar». Se trataba de don Marcelino Menéndez y Pelayo, y yo acepté
gustosísimo. Era un cuarto como todos los cuartos de hotel, pero lleno
de tal manera de libros y de papeles, que no se comprende cómo allí se
podía caminar. Las sábanas estaban manchadas de tinta. Los libros eran
de diferentes formatos. Los papeles de grandes pliegos estaban llenos de
cosas sabias, de cosas sabias de don Marcelino--. «Cuando está don
Marcelino no recibe a nadie», me dijo Manuel. El caso es que la buena
suerte quiso que cuando retornó de Santander el ilustre humanista yo
entrara a su cuarto, por lo menos algunos minutos todas las mañanas. Y
allí se inició nuestra larga y cordial amistad.