No puedo rememorar por cuál motivo dejó de publicarse mi diario, y tuve
que partir a establecerme en Costa Rica. En San José pasé una vida
grata, aunque de lucha. La madre de mi esposa era de origen
costarriqueño y tenía allí alguna familia. San José es una ciudad
encantadora entre las de la América Central. Sus mujeres son las más
lindas de todas las de las cinco repúblicas. Su sociedad una de las más
europeizadas y norteamericanizadas. Colaboré en varios periódicos, uno
de ellos dirigido por el poeta Pío Víquez, otro por el cojo Quiroz,
hombre temible en política, chispeante y popular; intimé allí con el
ministro español Arellano, y cuando nació mi primogénito, como he
referido, su esposa, Margarita Foxá, fué la madrina.
Un día vi salir de un hotel, acompañado de una mujer muy blanca y de
cuerpo fino, española, a un gran negro elegante. Era Antonio Maceo. Iba
con él otro negro, llamado Bembeta, famoso también en la guerra cubana.
Tuve amigos buenos como el hoy general Lesmes Jiménez, cuya familia era
uno de los más fuertes sostenes de la política católica. Conocí en el
Club principal de San José a personas como Rafael Iglesias, verboso,
vibrante, decidido; Ricardo Jiménez y Cleto González Víquez,
pertenecientes a lo que llamaremos nobleza costarriqueña, letrados
doctos, hombres gentiles, intachables caballeros, ambos verdaderos
intelectuales. Todos después han sido presidentes de la República.
Conocí allí también a Tomás Regalado, manco como D. Ramón del Valle
Inclán, pero maravilloso tirador de revólver con el brazo que le
quedaba; hombre generoso, aunque desorbitado cuando le poseía el demonio
de las botellas, y que fué años más tarde presidente también, de la
República de El Salvador. Sobre el general Regalado cuéntanse anécdotas
interesantes que llenarían un libro.
Después del nacimiento de mi hijo la vida se me hizo bastante difícil en
Costa Rica y partí solo, de retorno a Guatemala, para ver si encontraba
allí manera de arreglarme una situación. En ello estaba, cuando recibí
por telégrafo la noticia de que el gobierno de Nicaragua, a la sazón
presidido por el doctor Roberto Sacasa, me había nombrado miembro de la
delegación que enviaba Nicaragua a España con motivo de las fiestas del
centenario de Colón. No había tiempo para nada; era preciso partir
inmediatamente. Así es que escribí a mi mujer y me embarqué a juntarme
con mi compañero de delegación, D. Fulgencio Mayorca, en Panamá. En el
puerto de Colón tomamos pasaje en un vapor español de la compañía
Trasatlántica, si mal no recuerdo el _León XIII_; y salimos con rumbo a
Santander.
Se me pierden en la memoria los incidentes de a bordo; pero sí tengo
presente que iban unas señoras primas del escritor francés Edmond About;
que iba también el delegado por el Ecuador, don Leonidas Pallarés,
artista, poeta de discreción y amigo excelente; uno de los delegados de
Colombia, Isaac Arias Argaez, llamado el _chato_ Arias, bogotano
delicioso, ocurrente, buen narrador de anécdotas y cantador de pasillos,
y que, nombrado cónsul en Málaga se quedó allí, hasta hoy, y es el
hombre más popular y más querido en aquella encantadora ciudad andaluza.
En Cuba se embarcó Texifonte Gallego, que había sido secretario de ya no
recuerdo qué Capitán General. Texifonte, buen parlante, de grandes dotes
para la vida, hizo carrera. ¡Ya lo creo que hizo carrera! Hacíamos la
travesía lo más gratamente posible, con cuantas ocurrencias imaginábamos
y al amor de los espirituosos vinos de España. Nos ocurrió un curioso
incidente. Estábamos en pleno Océano, una mañanita, y el sirviente de
mi camarote llegó a despertarme:--«Señorito, si quiere usted ver un
naúfrago que hemos encontrado, levántese pronto». Me levanté. La
cubierta estaba llena de gente, y todos miraban a un punto lejano donde
se veía una embarcación y en ella un hombre de pie. El momento era
emocionante. El vapor se fué acercando poco a poco para recoger al
probable naúfrago, cuando de pronto, y ya el sol salido, se oyó que
aquel hombre, con una gran voz, preguntó en inglés:--«¿En qué latitud y
longitud estamos?». El capitán le contestó también en inglés, dándole
los datos que pedía, y le preguntó quién era y qué había pasado.--«Soy,
le dijo, el capitán Andrews, de los Estados Unidos, y voy por cuenta de
la casa del jabón Sapolio, siguiendo en este barquichuelo el itinerario
de Cristóbal Colón al revés. Hágame el favor de avisar cuando lleguen a
España al cónsul de los Estados Unidos que me han encontrado
aquí».--«¿Necesita usted algo?», le dijo el capitán de nuestro vapor.
Por toda contestación, el yankee sacó del interior del barquichuelo dos
latas de conservas que tiró sobre la cubierta del _León XIII_, puso su
vela y se despidió de nosotros. Algunos días después de nuestra llegada
a España, Mr. Andrews arribaba al puerto de Palos, en donde era recibido
en triunfo. Luego, buen yankee, exhibió su barca, cobrando la entrada, y
se juntó bastantes pesetas.