En casa de Pujol intimé con un gran tipo, muy de aquellas tierras. Era
el general Cayetano Sánchez, sostenedor del presidente Barillas, militar
temerario, joven aficionado a los alcoholes, y a quien todo era
permitido por su dominio y simpatía en el elemento bélico. Recuerdo una
escena inolvidable. Una noche de luna habíamos sido invitados varios
amigos, entre ellos mi antiguo profesor, el polaco D. José Leonard, y el
poeta Palma, a una cena en el castillo de San José. Nos fueron servidos
platos criollos, especialmente, uno llamado «chojín», sabroso plato, que
por cierto, nos fué preparado por el hoy general Toledo, aspirante a la
presidencia de la República. Sabroso plato, en verdad, ácido, picante,
cuya base es el rábano. Los vinos abundaron como era de costumbre, y
después se pasó al café y al coñac, del cual se bebieron copas
innumerables. Todos estábamos más que alegres, pero al general Sánchez
se le notaba muy exaltado en su alegría, y como nos paseásemos sobre las
fortificaciones, viendo de frente a la luz de la luna las lejanas torres
de la Catedral, tuvo una idea de todos los diablos. «A ver, dijo, ¿quién
manda esta pieza de artillería?» y señaló un enorme cañón. Se presentó
el oficial, y entonces Cayetano, como le llamábamos familiarmente, nos
dijo: «Vean ustedes que lindo blanco. Vamos a echar abajo una de las
torres de la Catedral. Y ordenó que preparasen el tiro. Los soldados
obedecieron como autómatas; y como el general Sánchez era absolutamente
capaz de todo, comprendimos que el momento era grave. Al poeta Palma se
le ocurrió una idea excelente.--«Bien, Cayetano, le dijo: pero antes
vamos a improvisar unos versos sobre el asunto. Haz que traigan más
coñac». Todos comprendimos, y heroicamente nos fuimos ingurgitando
sendos vasos de alcohol. Palma servía copiosas dosis al general Sánchez.
El y yo recitábamos versos, y cuando la botella se había acabado, el
general estaba ya dormido. Así se libró Guatemala de ser despertada a
media noche a cañonazos de buen humor. Cayetano Sánchez, poco tiempo
después, tuvo un triste y trágico fin.
Por entonces aconteció un hecho que tuvo por muchos días suspensa la
atención pública. El hijo de uno de los más íntegros y respetados
magistrados de la capital tenía amores con una dama, casada con un
extranjero. Como el marido oyese ruido una noche, se levantó y se
dirigió al comedor, en donde estaba oculto el amante de su mujer. Este
se arrojó sobre el pobre hombre y lo mató encarnizadamente con un puñal.
La posición del joven, y sobre todo la del padre, aumentaban lo trágico
del crimen. El asesino estuvo preso por algún tiempo, y luego creo que
le fué facilitada la fuga. Años después, reducido a la pobreza, se le
encontró cosido a puñaladas en el banco de un paseo, en una ciudad de
los Estados Unidos, según se me ha contado.