De mi entrevista con el ministro de Relaciones Exteriores y con el de
Hacienda resultó que por disposición presidencial se me hizo, como en
San Salvador, director y propietario de un diario de carácter
semioficial. A los pocos días, salía el primer número de _El Correo de
la tarde_.
Era el general Barilas un presidente voluntarioso y tiránico, como han
sido casi todos los presidentes de la América Central. Se apoyaba desde
luego en la fuerza militar, pero tenía cierta cultura y excelentes
rasgos de generosidad y de rectitud. Uno de sus ministros era Ramón
Salazar, literato notable, de educación alemana. La guerra se inició,
pero concluyó felizmente al poco tiempo. El poder de los Ezetas se
afianzó en San Salvador por el terror. En cuanto a mí, hice del diario
semi-oficial una especie de cotidiana revista literaria. Frecuentaba a
D. Valero Pujol, uno de los españoles de mayor valor intelectual que
hayan venido a América y cuyo nombre, no sé por qué, quizás por el
rincón centroamericano en que se metiera, no ha brillado como merece.
Viejo republicano, amigo de Salmerón y de Pí y Margall, creo que fué,
durante la república, gobernador de Zaragoza. En Guatemala era y es
todavía el Maestro. Ha publicado valiosos libros de historia y tres
generaciones le deben su luces. Era director de la Biblioteca Nacional
el poeta cubano José Joaquín Palma, hombre exquisito y trovador
zorrillesco. Es aquel autor de cierta poesía que se encontró entre los
papeles de Olegario Andrade y que se publicó como suya, averiguándose
después que era de Palma.
Tenía varios colaboradores literarios para mi periódico, entre los
cuales un jovencito de ojos brillantes y cara sensual, dorada de sol de
trópico, que hizo entonces sus primeras armas. Se llamaba Enrique Gómez
Carrillo. Otro joven, José Tible Machado, que escribía páginas a lo
Bourget, el Bourget bueno de entonces, y que después sería un conocido
diplomático y actualmente redactor de _Le Gaulois_ de París, y otros.
Hice lo que pude de vida social e intelectual, pero ya era tiempo de que
viniese mi mujer y acabásemos de casarnos. Y así, siete meses después de
mi llegada, se celebró mi matrimonio religioso, siendo uno de mis
padrinos el doctor Fernando Cruz, que falleció después de ministro en
París.