Vivía yo en casa del Licenciado Modesto Barrios, y este licenciado
gentil me llevaba a visitas y tertulias. Una noche oí cantar a una niña.
Era una adolescente de ojos verdes, de cabello castaño, de tez levemente
acanelada, con esa suave palidez que tienen las mujeres de Oriente y de
los trópicos. Un cuerpo flexible y delicadamente voluptuoso, que traía
al andar ilusiones de canéfora. Era alegre, risueña, llena de frescura y
deliciosamente parlera, y cantaba con una voz encantadora. Me enamoré
desde luego; fué «el rayo», como dicen los franceses. Nos amamos. Jamás
escribiera tantos versos de amor como entonces. Versos unos que no
recuerdo y otros que aparecieron en periódicos y que se encuentran en
algunos de mis libros. Todo aquel que haya amado en su aurora sabe de
esas íntimas delicias que no pueden decirse completamente con palabras,
aunque sea Hugo el que las diga. Esas exquisitas cosas de los amores
primeros que nos perfuman la vida, dulce, inefable y misteriosamente.
Iba a comer algunas veces en la casa de esta niña, en compañía de
escritores y hombres públicos. En la comida se hablaba de letras, de
arte, de impresiones varias; pero, naturalmente, yo me pasaba las horas
mirando los ojos de la exquisita muchacha que era mi verdadera musa en
esos días dichosos. Una fatal timidez, que todavía me dura, hizo que yo
no fuese al comienzo completamente explícito con ella, en mis deseos, en
mi modo de ser, en mis expresiones. Pasaban deliciosas escenas de una
castidad casi legendaria, en que un roce de mano era la mayor de las
conquistas. Pero para el que haya experimentado tales cosas, todo ello
es hechicero, justo, precioso. Nos poníamos, por ejemplo, a mirar una
estrella, por la tarde, una grande estrella de oro en unos crepúsculos
azules o sonrosados, cerca del lago y nuestro silencio estaba lleno de
maravillas y de inocencia. El beso llegó a su tiempo y luego llegaron a
su tiempo los besos. ¡Cuán divino y criollo Cantar de los cantares! Allí
comprendí por primera vez en su profundidad: «Mel et lac sub lingua
tua». Hay que saber lo que son aquellas tardes de las amorosas tierras
cálidas. Están llenas como de una dulce angustia. Se diría a veces que
no hay aire. Las flores y los árboles se estilizan en la inmovilidad. La
pereza y la sensualidad se unen en la vaguedad de los deseos. Suena el
lejano arrullo de una paloma. Una mariposa azul va por el jardín. Los
viejos duermen en la hamaca. Entonces, en la hora tibia, dos manos se
juntan, dos cabezas se van acercando, se hablan con voz queda, se
compenetran mutuas voliciones; no se quiere pensar, no se quiere saber
si se existe, y una voluptuosidad miliunanochesca perfuma de esencias
tropicales el triunfo de la atracción y del instinto.
Aconteció que un amigo mío estaba moribundo, y, como es por allí
costumbre, las familias amigas iban a velar al enfermo. Iba así la joven
que yo amaba, y alguien me insinuó que ella había tenido amores con el
doliente. No recuerdo haber sentido nunca celos tan purpúreos y
trágicos, delante del hombre pálido que estaba yéndose de la vida, y a
quien mi amada daba a veces las medicinas. Juro que nunca, durante toda
mi existencia, a no ser en instantes de violencia o provocada ira, he
deseado mal o daño a nadie; pero en aquellos momentos se diría que casi
ponía oídos deseosos, para escuchar si sonaba cerca de la cabecera el
ruido de la hoz de la muerte. Esto lo he dicho concentradamente en unos
cortos versos de mi hoy raro libro publicado en Chile, «Abrojos». Amor
sensual, amor de tierra caliente, amor de primera juventud, amor de
poeta y de hiperestésico, de imaginativo. Pero es el caso que había en
él una estupenda castidad de actos. Todo se iba en ver las garzas del
lago, los pájaros de las islas, las nocturnas constelaciones, y en
medias palabras y en profundas miradas y en deseos contenidos y en esa
profusión de cosas iniciales que constituyen el silabario que todos
sabéis deletrear.
Un día dije a mis amigos:--«Me caso». La carcajada fué homérica. Tenía
apenas catorce años cumplidos. Como mis buenos queredores viesen una
resolución definitiva en mi voluntad, me juntaron unos cuantos pesos, me
arreglaron un baúl y me condujeron al puerto de Corinto, donde estaba
anclado un vapor que me llevó en seguida a la república de El Salvador.