IX

Por ese tiempo, algo que ha dejado en mi espíritu una impresión

indeleble, me aconteció. Fué mi primer pesadilla. La cuento, porque,

hasta en estos mismos momentos, me impresiona. Estaba yo, en el sueño,

leyendo cerca de una mesa, en la salita de la casa, alumbrada por una

lámpara de petróleo. En la puerta de la calle, no lejos de mí, estaba la

gente de la tertulia habitual. A mi derecha había una puerta que daba al

dormitorio; la puerta estaba abierta y vi en el fondo obscuro que daba

al interior, que comenzaba como a formarse un espectro; y con temor miré

hacia este cuadrado de obscuridad y no vi nada; pero, como volviese a

sentirme inquieto, miré de nuevo y vi que se destacaba en el fondo negro

una figura blanquecina, como la de un cuerpo humano envuelto en lienzos;

me llené de terror, porque vi aquella figura que, aunque no andaba, iba

avanzando hacia donde yo me encontraba. Las visitas continuaban en su

conversación, y, a pesar de que pedí socorro, no me oyeron. Volví a

gritar y siguieron indiferentes. Indefenso, al sentir la aproximación de

«la cosa», quise huir y no pude, y aquella sepulcral materialización

siguió acercándose a mí, paralizándome y dándome una impresión de horror

inexpresable. Aquello no tenía cara y era, sin embargo, un cuerpo

humano. Aquello no tenía brazos y yo sentía que me iba a estrechar.

Aquello no tenía pies y ya estaba cerca de mí. Lo más espantoso fué que

sentí inmediatamente el tremendo olor de la cadaverina, cuando me tocó

algo como un brazo, que causaba en mí algo semejante a una conmoción

eléctrica. De súbito, para defenderme, mordí «aquello» y sentí

exactamente como si hubiera clavado mis dientes en un cirio de cera

oleosa. Desperté con sudores de angustia.

De la familia materna no conocía casi a nadie. Como mis padres eran

primos, los parientes maternos llevaban también con el suyo el apellido

Darío, así oía yo la historia novelesca de dos hermanos de mi madre,

Antonio, llamado «el indio Darío», que por cierto era, según decires, un

hombre guapo, rubio y de ojos azules y que murió asesinado cruelmente en

una revolución en la ciudad de Granada, en donde, después de ultimarle,

le ataron a la cola de un caballo y fué arrastrado por las calles; e

Ignacio, muerto a traición de un escopetazo; unos dicen que por asuntos

de amores y otros que por robarle, después de haber salido de una casa

de juego. Había también dos primos de mi madre, que habitaban en el

puerto de Corinto, y se dedicaban al negocio de exportación de maderas,

especialmente de mora y de palo de campeche.

Cuántas veces me despertaron ansias desconocidas y misteriosos ensueños

las fragatas y bergantines que se iban con las velas desplegadas por el

golfo azul, con rumbo a la fabulosa Europa. En muchas ocasiones fuí al

puerto, en pequeñas barcas, por los esteros y manglares, poblados de

grandes almejas y cangrejos, y me iba a admirar al cónsul inglés,

Miller, que perseguía a balazos, con su winchester, a los tiburones.

X

Se publicaba en León un periódico político titulado _La Verdad_. Se me

llamó a la redacción--tenía a la sazón cerca de catorce años--, se me

hizo escribir artículos de combate que yo redactaba a la manera de un

escritor ecuatoriano, famoso, violento, castizo e ilustre, llamado Juan

Montalvo, que ha dejado excelentes volúmenes de tratados, conminaciones

y catilinarias. Como el periódico _La Verdad_ era de la oposición, mis

estilados denuestos iban contra el gobierno, y el gobierno se escamó. Un

día fuí requerido por la policía. Se me acusaba como vago, y me libré de

las oficiales iras porque un doctor pedagogo, liberal y de buen querer,

declaró que no podía ser vago quien como yo era profesor en el colegio

que él dirigía. En efecto: desde hacía algún tiempo, enseñaba yo

gramática en tal establecimiento.

Cayó en mis manos un libro de masonería, y me dió por ser masón, y

llegaron a serme familiares Hiram, el Templo, los caballeros Kadosh, el

mandil, la escuadra, el compás, las baterías y toda la endiablada y

simbólica liturgía de esos terribles ingenuos.

Con esto adquirí cierto prestigio entre mis jóvenes amigos. En cuanto a

mi imaginación y mi sentido poético, se encantaban en casa con la visión

de las turgentes formas de mi prima, que aun usaba el traje corto; con

la cigarrera Manuela, que manipulando sus tabacos me contaba los cuentos

del príncipe Kamaralzaman y de la princesa Badura, del Caballo Volante,

de los genios orientales, de las invenciones maravillosas de las Mil y

Una Noches.

Brillaba el fuego de los tizones en la cocina, se oía el ruido de las

salvas que sirven para desgranar las mazorcas de maíz. Un perro,

_Laberinto_, estaba a mi lado con el hocico entre las patas. Vageaba en

el silencio la cálida noche. Yo escuchaba atento las lindas fábulas.

Mas la vida pasaba. La pubertad transformaba mi cuerpo y mi espíritu. Se

acentuaban mis melancolías sin justas causas. Ciertamente, yo sentía

como una invisible mano que me empujaba a lo desconocido. Se despertaron

los vibrantes, divinos e irresistibles deseos. Brotó en mí el amor

triunfante y fuí un muchacho con ojeras, con sueños y que se iba a

confesar todos los sábados.

Por este tiempo llegaron a León unos hombres políticos, senadores,

diputados, que sabían de la fama del «poeta niño». Me conocieron. Me

hicieron recitar versos. Me dijeron que era preciso que fuera a la

capital. La mamá Bernarda me echó la bendición, y partí para Managua.

Managua, creada capital para evitar los celos entre León y Granada, es

una linda ciudad situada entra sierras fértiles y pintorescas, en donde

se cultiva profusamente el café; y el lago, poblado de islas y en uno de

cuyos extremos se levanta el volcán de Momotombo, inmortalizado

líricamente por Víctor Hugo, en la «Leyenda de los siglos».

Mi renombre departamental se generalizó muy pronto, y al poco tiempo yo

era señalado como un ser raro. Demás decir que era buscado para la

incontenible manía de versos para álbumes y abanicos.

A la sazón, estaba reunido el Congreso.

Era presidente de él un anciano granadino, calvo, conservador, rico y

religioso, llamado don Pedro Joaquín Chamorro. Yo estaba protegida por

miembros del Congreso pertenecientes al partido liberal, y es claro que

en mis poesías y versos ardía el más violento, desenfadado y crudo

liberalismo. Entre otras cosas se publicó cierto malhadado soneto que

acababa así, si la memoria me es fiel:

«El Papa rompe con furor su tiara

sobre el trono del regio Vaticano».

Presentaron los diputados amigos una moción al Congreso para que yo

fuese enviado a Europa a educarme por cuenta de la nación. El decreto,

con algunas enmiendas, fué sometido a la aprobación del presidente. En

esos días se dió una fiesta en el palacio presidencial, a la cual fuí

invitado, como un número curioso, para alegrar con mis versos los oídos

de los asistentes. Llegó y, tras las músicas de la banda militar, se me

pide que recite. Extraje de mi bolsillo una larga serie de décimas,

todas ellas rojas de radicalismo anti-religioso, detonantes,

posiblemente ateas, y que causaron un efecto de todos los diablos. Al

concluir, entre escasos aplausos de mis amigos, oí los murmullos de los

graves senadores, y vi moverse desoladamente la cabeza del presidente

Chamorro. Este me llamó, y, poniéndome la mano en un hombro, me dijo,

más o menos:--«Hijo mío, si así escribes ahora contra la religión de tus

padres y de tu patria, ¿qué será si te vas a Europa a aprender cosas

peores?» Y así, la disposición del Congreso no fué cumplida. El

presidente dispuso que se me enviase al Colegio de Granada; pero yo era

de León. Existía una antigua rivalidad entre ambas ciudades, desde

tiempo de la Colonia. Se me aconsejó que no aceptase tal cosa, pues ello

era opuesto a lo resuelto por los congresales, y porque ello humillaba a

mi vecindario leonés; y decididamente renuncié el favor.

En Managua conocí a un historiador ilustre de Guatemala, el doctor

Lorenzo Montúfar, quien me cobró mucho cariño; al célebre orador cubano

Antonio Zambrana, que fué para mí intelectualmente paternal, y al doctor

José Leonard y Bertholet, que fué después mi profesor en el Instituto

Leonés de Occidente y que tuvo una vida novelesca y curiosa. Era polaco

de origen; había sido ayudante del general Kruck en la última

insurrección; había pasado a Alemania, a Francia, a España. En Madrid

aprendió maravillosamente el español, se mezcló en política, fué íntimo

de los prohombres de la república y de hombres de letras, escritores y

poetas, entre ellos D. Ventura Ruiz de Aguilera, que habla de él en uno

de sus libros, y D. Antonio de Trueba. Llegó a tal la simpatía que

tuvieron por él sus amigos españoles que logró ser Leonard hasta

redactor de la _Gaceta de Madrid_.

Así, pues, mis frecuentaciones en la capital de mi patria eran con gente

de intelecto, de saber y de experiencia, y por ellos conseguí que se me

diese un empleo en la Biblioteca Nacional. Allí pasé largos meses

leyendo todo lo posible y entre todas las cosas que leí _¡horrendo

referens!_ fueron todas las introducciones de la Biblioteca de Autores

Españoles de Rivadeneira, y las principales obras de casi todos los

clásicos de nuestra lengua. De allí viene que, cosa que sorprendiera a

muchos de los que conscientemente me han atacado, el que yo sea en

verdad un buen conocedor de letras castizas, como cualquiera puede

verlo en mis primeras producciones publicadas, en un tomo de poesías,

hoy inencontrable, que se titula «Primeras Notas», como ya lo hizo notar

don Juan Valera, cuando escribió sobre el libro «Azul». Ha sido

deliberadamente que después, con el deseo de rejuvenecer, flexibilizar

el idioma, he empleado maneras y construcciones de otras lenguas, giros

y vocablos exóticos y no puramente españoles.

Era director de la Biblioteca Nacional un viejo poeta llamado Antonio

Aragón, que había sido en Guatemala íntimo amigo de un gran poeta

español, hoy bastante desconocido, pero a quien debieron mucho los

poetas hispanoamericanos en el tiempo en que recorrió este continente.

Me refiero a D. Fernando Velarde, originario de Santander, a quien ha

hecho felizmente justicia en uno de sus libros el grande y memorable D.

Marcelino Menéndez y Pelayo. D. Antonio Aragón era un varón excelente,

nutrido de letras universales, sobre todo de clásicos, griegos y

latinos. Me enseñó mucho y él fué el que me contó algo que figura en las

famosas Memorias de Garibaldi. Garibaldi estuvo en Nicaragua. No puedo

precisar en qué fecha, pues no tengo a la vista un libro publicado por

Dumas, y D. Antonio le conoció mucho. Estableció la primera fábrica de

velas que haya habido en el país. Habitó en León en la casa de D. Rafael

Salinas. Se dedicaba a la caza. Muy frecuentemente salía con su fusil,

se internaba por los montes cercanos a la ciudad y volvía casi siempre

con un venado al hombro y una red llena de pavos monteses, conejos y

otras alimañas. Un día, alguien le reprendió porque al pasar el viático,

y estando en la puerta de la casa, no se quitó el sombrero, y él dijo

estas frases, que me repitiera D. Antonio muchas veces: «¿Cree usted que

Dios va a venir a envolverse en harina para que le metan en un saco de

m...?»

Autobiografía Obras Completas Vol. XV · 第 11 / 123 题