XII

Gobernaba este país entonces el doctor Rafael Zaldívar, hombre culto,

hábil, tiránico para unos, bienhechor para otros, y a quien, habiendo

sido mi benefactor y no siendo yo juez de historia, en este mundo, no

debo sino alabanzas y agradecimientos. Llegar yo al puerto de La

Libertad y poner un telegrama a su excelencia todo fué uno.

Inmediatamente recibí una contestación halagadora del presidente, que se

encontraba en una hacienda, en el cual telegrama era muy gentil conmigo

y me anunciaba una audiencia en la capital. Llegué a la capital. Al

cochero que me preguntó a qué hotel iba, le contesté sencillamente: «Al

mejor». El mejor, de cuyo nombre no puedo acordarme aunque quiero, lo

tenía un barítono italiano, de apellido Petrilli, y era famoso por sus

macarroni y su moscato espumante y las bellas artistas que llegaban a

cantar ópera y a recoger el pañuelo de un galante, generoso,

infatigable sultán presidencial. A los pocos días recibí aviso de que el

presidente me esperaba en la casa de gobierno. Mozo flaco y de larga

cabellera, pretérita indumentaria y exhaustos bolsillos, me presenté

ante el gobernante. Pasé entre los guardias y me encontré tímido y

apocado delante del jefe de la República, que recibía, de espaldas a la

luz, para poder examinar bien a sus visitantes. Mi temor era grande y no

encontraba palabras que decir. El presidente fué gentilísimo y me habló

de mis versos y me ofreció su protección; mas cuando me preguntó qué era

lo que yo deseaba, contesté, ¡oh, inefable Jerome Paturot!, con estas

exactas e inolvidables palabras, que hicieron sonreír al varón de

poder:--«Quiero tener una buena posición social. ¿Qué entendería yo por

tener una posición social? Lo sospecho. El doctor Zaldívar, siempre

sonriendo, me contestó bondadosamente:--«Eso depende de usted...» Me

despedí. Cuando llegué al hotel, al poco rato, me dijeron que el

director de policía deseaba verme. Noté en él y en el dueño del hotel un

desusado cariño. Se me entregaron quinientos pesos plata, obsequio del

presidente. ¡Quinientos pesos plata! Macarroni, moscato espumante,

artistas bellas... Era aquello, en la imaginación del ardiente muchacho

flaco y de cabellos largos, ensoñador y lleno de deseos, un buen

comienzo para tener una buena posición social...

Al día siguiente, por la mañana, estaba yo rodeado improbables poetas

adolescentes, escritores en en ciernes y aficionados a las musas.

Ejercía de nabab. Los invité a almozar. Macarroni-moscato espumante. El

esplendor continuó hasta la tarde, y llegó la noche.

¿Qué pícaro Belcebú hizo en las altas horas que me levantase y fuese a

tocar la puerta de la bella diva que recibía altos favores y que

habitaba en el mismo hotel que yo? Nocturno efecto sensacional, desvarío

y locura. Al día siguiente, estaba yo todo mohino y lleno de

remordimientos. La cara del hostelero me indicaba cosas graves, y aunque

yo hablara de mi amistad presidencial, es el caso que mis méritos

estaban en baja. A los pocos días, los quinientos pesos se habían

esfumado y recibí la visita del mismo director de Policía que me los

había traído. Dije yo:--«Viene con otros quinientos pesos».--«Joven--me

dijo con un aire serio y conminatorio--, aliste sus maletas y, de orden

del señor presidente, sígame». Le seguí como un corderito.

Me llevó a un colegio que dirigía cierto célebre escritor, el doctor

Reyes. Oí que el terrible funcionario decía al director: «Que no deje

usted salir a este joven, que lo emplee en el colegio y que sea severo

con él». Dije para mí: «Estoy perdido». Pero el director era un hombre

suave, insinuante, con habilidad indígena, culto y malicioso, y

comprendió qué clase de soñador le llevaban. «Amiguito--me dijo--, no

encontrará usted en mí severidad sino amistad; pórtese bien, dará usted

una clase de gramática. Eso sí, no saldrá usted a la calle, porque es

orden estricta del señor presidente». En efecto, comencé a hacer mi vida

escolar, no sin causar desde luego en el establecimiento inusitadas

revoluciones. Por ejemplo, me hice magnetizador entre los muchachos.

Hacía misteriosos pases y decía palabras sibilinas, y lo peor del caso

es que un día uno de los chicos se me durmió de veras y no lo podía

despertar, hasta que a alguien se le ocurrió echarle un vaso de agua

fría en la cabeza. El director me llamó y me dijo palabras reprensivas.

No insistí, pero enseñé a recitar versos a todos los alumnos y era

consultado para declaraciones y cartas de amor. En tal prisión estuve

largos meses, hasta que un día, también por orden presidencial, fuí

sacado para algo que señaló en mi vida una fecha inolvidable: el estreno

de mi primer frac y primera comunicación con el público.

El presidente había resuelto que fuese yo--la verdad es que ello era

honroso y satisfactorio para mis pocos años--el que abriese oficialmente

la velada que se dió en celebración del Centenario de Bolívar. Escribí

una oda que, según lo que vagamente recuerdo, era bella, clásica,

correcta, muy distinta naturalmente, a toda mi producción en tiempos

posteriores.

Aquí se produce en mi memoria una bruma que me impide todo recuerdo.

Solo sé que perdí el apoyo gubernamental. Que anduve a la diabla con

mis amigos bohemios y que me enamoré ligera y líricamente de una

muchacha que se llamaba Refugio, a la cual escribí, en cierta ocasión,

esta inefable cuarteta, que tuvo desde luego alguna romántica

recompensa:

Las que se llaman Fidelias

Deben tener mucha fe;

Tú, que le llamas Refugio,

Refugio, refugiamé.

Era una chica de catorce años, tímida y sonriente, gordita y sonrosada

como una fruta. El caso fué simplemente poético y sin trascendencias.

Poco tiempo después volví a mi tierra.

Autobiografía Obras Completas Vol. XV · 第 13 / 123 题