VIII

Un día, una vecina me llamó a su casa. Estaba allí una señora vestida de

negro, que me abrazó y me besó llorando, sin decirme una sola palabra.

La vecina me dijo: «Esta es tu verdadera madre, se llama Rosa, y ha

venido a verte, desde muy lejos». No comprendí de pronto, como tampoco

me dí exacta cuenta de las mil palabras de ternura y consejos que me

prodigara en la despedida que oía de aquella dama para mí extraña. Me

dejó unos dulces, unos regalitos. Fué para mí rara visión. Desapareció

de nuevo. No debía volver a verla hasta más de veinte años después.

Algunas veces llegué a visitar a D. Manuel Darío, en su tienda de ropa.

Era un hombre no muy alto de cuerpo, algo jovial, muy aficionado a los

galanteos, gustador de cerveza negra de Inglaterra. Hablaba mucho de

política y esto le ocasionó en cierto tiempo varios desvaríos. Desde

luego, aunque se mantuvo cariñoso, no con extremada amabilidad, nada me

daba a entender que fuese mi padre. La verdad es que no vine a saber

sino mucho más tarde que yo era hijo suyo.

Autobiografía Obras Completas Vol. XV · 第 10 / 123 题