Un día, una vecina me llamó a su casa. Estaba allí una señora vestida de
negro, que me abrazó y me besó llorando, sin decirme una sola palabra.
La vecina me dijo: «Esta es tu verdadera madre, se llama Rosa, y ha
venido a verte, desde muy lejos». No comprendí de pronto, como tampoco
me dí exacta cuenta de las mil palabras de ternura y consejos que me
prodigara en la despedida que oía de aquella dama para mí extraña. Me
dejó unos dulces, unos regalitos. Fué para mí rara visión. Desapareció
de nuevo. No debía volver a verla hasta más de veinte años después.
Algunas veces llegué a visitar a D. Manuel Darío, en su tienda de ropa.
Era un hombre no muy alto de cuerpo, algo jovial, muy aficionado a los
galanteos, gustador de cerveza negra de Inglaterra. Hablaba mucho de
política y esto le ocasionó en cierto tiempo varios desvaríos. Desde
luego, aunque se mantuvo cariñoso, no con extremada amabilidad, nada me
daba a entender que fuese mi padre. La verdad es que no vine a saber
sino mucho más tarde que yo era hijo suyo.