Florida estaba mi adolescencia. Ya tenía yo escritos muchos versos de
amor y ya había sufrido, apasionado precoz, más de un dolor y una
desilusión a causa de nuestra inevitable y divina enemiga: pero nunca
había sentido una erótica llama igual a la que despertó en mis sentidos
e imaginación de niño, una apenas púber saltimbanqui norteamericana, que
daba saltos prodigiosos en un circo ambulante. No he olvidado su nombre:
Hortensia Buislay.
Como no siempre conseguía lo necesario para penetrar en el circo, me
hice amigo de los músicos y entraba a veces, ya con un gran rollo de
papeles, ya con la caja de un violín; pero mi gloria mayor fué conocer
el payaso, a quien hice repetidos ruegos para ser admitido en la
farándula. Mi inutilidad fué reconocida. Así, pues, tuve que resignarme
a ver partir a la tentadora, que me había presentado la más hermosa
visión de inocente voluptuosidad en mis tiempos de fogosa primavera.
Ya iba a cumplir mis trece años y habían aparecido mis primeros versos
en un diario titulado «El Termómetro», que publicaba en la ciudad de
Rivas el historiador y hombre político José Dolores Gómez. No he
olvidado la primera estrofa de estos versos de primerizo, rimados en
ocasión de la muerte del padre de un amigo. Ellos serían ruborizantes si
no los amparase la intención de la inocencia:
«Murió tu padre, es verdad,
lo lloras, tienes razón,
pero ten resignación,
que existe una eternidad
do no hay penas...
y en un trozo de azucena
moran los justos cantando...»
No, no continuaré. Otros versos míos se publicaron y se me llamó en mi
república, y en las cuatro de Centro América, «el poeta niño». Como era
de razón, comencé a usar larga cabellera, a divagar más de lo preciso, a
descuidar mis estudios de colegial, y en mi desastroso examen de
matemáticas fuí reprobado con innegable justicia.
Como se ve, era la iniciación de un nacido aeda. Y la alarma familiar
entró en mi casa. Entonces, la excelente anciana protectora quería que
aprendiese a sastre, o a cualquier otro oficio práctico y útil, pero mis
románticos éxitos con las mozas eran indiscutibles, lo cual me valía,
por mi contextura endeble y mis escasas condiciones de agresividad, ser
la víctima de fuertes zopencos rivales míos, que tenían brazos robustos
y estaban exentos de iniciación apolínea.